Mujeres influyentes en los tiempos de Roma

De Cleopatra a Popea, pasando por Livia, las Agripinas y Mesalina, una serie de féminas de gran carácter ejercieron su influencia sobre los hombres utilizando a menudo el sexo y los venenos como armas. Así es al menos como nos ha llegado, probablemente una mezcla de mito y realidad.

La dinastía Julio-Claudia está recorrida de arriba abajo por mujeres excepcionales que ejercieron un verdadero poder en la sombra y tuvieron una influencia capital en el desarrollo de los primeros casi cien años del Imperio Romano. La historiografía clásica las ha encasillado en dos estereotipos: depredadoras sexuales, que provocan la perdición de los hombres, o envenenadoras capaces de determinar el curso de una dinastía quitando de en medio a emperadores y herederos sin dejar rastro. Por supuesto, de ambas cosas hubo, pero esta concepción tiene mucho que ver también con la misoginia de la época y el testimonio de escritores –Tácito, Dion Casio y otros– que, en el contexto del paso de la República al Imperio, explicaban así una influencia femenina en los asuntos públicos que consideraban indeseable.

La primera de estas mujeres no pertenece a Roma ni a ninguna de sus familias, pero ocupó un lugar destacado en las luchas que desembocaron en la creación del Imperio. Se trata de Cleopatra VII, última reina de Egipto, un Estado que para Roma tenía una importancia estratégica fundamental como reserva inagotable de cereales y riquezas. Además de por su afición al lujo, Cleopatra ha pasado a la historia por haber seducido a dos prohombres romanos: Julio César y Marco Antonio. Su enfrentamiento con un tercero, Octavio –futuro emperador Augusto–, fue su perdición.

En 47 a.C., Julio César llegó a Egipto persiguiendo a su enemigo Pompeyo y se vio rápidamente envuelto en la lucha por el poder que enfrentaba a la reina Cleopatra con su hermano y esposo Ptolomeo XIII. El hastiado César, que por entonces tenía 53 años, cayó enseguida atrapado por el embrujo de la joven y exótica Cleopatra, de solo 19, quien se dice que se coló en su palacio envuelta en una alfombra. Del romance entre ambos nació un hijo –Cesarión– y, cuando tres años más tarde César fue asesinado, Cleopatra se encontraba con él en Roma, instalada en una villa al otro lado del Tíber como su concubina.

 

La reina corruptora

La estancia de Cleopatra en Roma provocó escándalo y la convirtió en objeto de una enorme animadversión. El hecho de que la máxima autoridad de un Estado fuese una mujer era inconcebible y peligroso para los romanos. Además, se le atribuían todo tipo de excesos sexuales y alcohólicos y se la hacía responsable de la corrupción moral de César en Egipto, donde se decía que se había convertido en “el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres”. Peor aún, se la culpaba de las tentaciones monárquicas de Julio César, que en los últimos tiempos de la República eran motivo de honda preocupación y acabaron llevando al complot para acabar con su vida. En el odio a Cleopatra destacó Cicerón, que habló de su arrogancia y su insolencia y dejó escrito cuánto la detestaba.

 

Por supuesto, Cleopatra era mucho más que eso. Era una mujer extraordinariamente inteligente, de exquisita educación griega y gran cultura, que hablaba numerosas lenguas y fue la primera de la dinastía ptolemaica en aprender egipcio. Y de hecho cuando, muerto César, tuvo que regresar precipitadamente a Egipto, gestionó los asuntos públicos con eficiencia.

Un proceso de seducción similar se repitió, años después y aún más acentuado, con Marco Antonio, quien, en un famoso encuentro en la ciudad turca de Tarso –relatado por Plutarco y recreado por Shakespeare–, quedó atrapado al instante por el boato y la voluptuosidad de Cleopatra, con la que se instaló en Egipto y tuvo tres hijos. Esto permitió a Octavio –que de ser aliado había pasado a mortal enemigo– construir un relato propagandístico de enorme éxito en el que presentaba al antiguo general como un hombre feminizado, orientalizado, entregado al placer y desprovisto ya de cualquier virtud tradicionalmente romana. Marco Antonio y Cleopatra fueron derrotados en la batalla de Accio (31 a.C.), que abocó a ambos al suicidio; él por amor –creía que Cleopatra se había suicidado previamente– y ella porque sabía que su único destino era desfilar cargada de cadenas por las calles de Roma como botín de guerra.

 

Livia o la austeridad

Así llego Octavio al poder absoluto, y esto catapultó al primer plano de la política a su esposa, Livia, que representaba todo lo opuesto a la reina egipcia. Pese a la flagrante contradicción de no tener hijos con el emperador, Livia encarnó a la perfección a la matrona romana. El matrimonio duró 52 años, hasta la muerte de Augusto, y se presentó como un ejemplo sobre el que debía modelarse la nueva sociedad del Imperio. Livia y Augusto hicieron de su austeridad, real o supuesta, un acto de ostentación permanente. Habitaban una vivienda modesta, él vestía la ropa que ella cosía en casa, se alimentaban frugalmente y censuraban el uso excesivo de joyas. Todo esto acompañado de un puritanismo sexual que culminó en las leyes contra el adulterio de los años 18 a.C. y 2 a.C.

Había algo, sin embargo, en lo que Livia se apartaba de la tradición romana, y era el uso del poder. Livia ejerció a través de su marido una influencia política hasta entonces inaudita en una mujer, cosa que, además de obedecer a su formidable personalidad, fue también un signo de los tiempos. Con la llegada del Imperio, el Senado perdió una capacidad de decisión que pasó a ejercerse en el ámbito doméstico del emperador, donde las mujeres sí podían hacer valer su ascendiente. El cambio disgustó a algunos autores clásicos –Tácito, en particular– y está en el origen de la imagen negativa que se ha transmitido de las pocas mujeres que en la época tuvieron alguna oportunidad de ejercer un poder real.

Existe también una leyenda negra sobre Livia que parte del posible papel jugado para situar a su hijo Tiberio –hijo de un matrimonio anterior con Tiberio Claudio Nerón– como sucesor de Augusto, cosa que ocurrió después de que varios de los herederos naturales de este fueran muriendo, uno tras otro, en sospechosas circunstancias. Para que Tiberio llegase a emperador, antes tuvieron que desaparecer Marcelo, sobrino de Augusto, y Cayo, Lucio y Póstumo, sus tres nietos. Los rumores que adjudican a Livia el papel de envenenadora los recogen Dion Casio y Tácito, que incluso insinúan la posibilidad de que envenenara al propio Augusto. Nada de esto aparece en Suetonio, sin embargo, otra fuente fundamental sobre la época. Son acusaciones de las que no hay pruebas y sobre las que difícilmente habrá una respuesta definitiva.

 

Lo cierto es que Augusto adoptó a Tiberio, pese a que le tenía en poca estima, y que este le sucedió en el año 14. Durante los primeros años de su reinado, Livia siguió gozando de una importante influencia, pero según diversas fuentes Tiberio no soportaba las interferencias de su madre ni tampoco la conciencia de deberle el poder, por lo que, poco a poco, la fue relegando. Su retiro voluntario en Capri se interpreta como medida para alejarse de ella.

Cuando, con 87 años, Livia murió, el cruel y taciturno Tiberio recibió la noticia con frialdad, le negó todos los honores y no fue a su funeral (mandó a Calígula). Pero eso no es todo. Cuenta Suetonio que Tiberio retrasó la decisión de asistir o no durante días, de forma que al final hubo que enterrar el cuerpo a toda prisa debido al avanzado estado de descomposición en que se hallaba.

 

Las indomables agripinas

A Tiberio se le debe el asesinato de una mujer excepcional, Agripina la Mayor, esposa de Germánico, el general que podía haberlo sido todo y murió también, cómo no, en extrañas circunstancias. La desaparición del aclamado y adorado Germánico –que, a instancias de Augusto, había sido adoptado por Tiberio– despejó convenientemente el camino a la sucesión de Druso, el hijo biológico del emperador. Este, no obstante, murió tres años después envenenado por su propia esposa, Livila, que actuaba en connivencia con Sejano –hombre fuerte de Tiberio–, de quien era amante.

Agripina era una mujer famosa por su carácter y su valentía –acompañaba a su marido en las campañas y se había convertido en heroína popular por su forma de enfrentarse en solitario a tropas amotinadas en el Rin– y se empeñó en aclarar la muerte de Germánico hasta las últimas consecuencias, cosa que no podía terminar bien. El resultado fue un agrio enfrentamiento con Tiberio y Livia que duró años y acabó con Agripina desterrada en la isla de Pandataria, donde murió de hambre, y con dos de sus hijos asesinados. Durante la detención, los soldados se comportaron con ella de forma tan brutal que Agripina perdió un ojo.

Pero quien fue realmente influyente en la dinastía fue su hija Agripina la Menor, hermana de Calígula, sobrina y esposa del emperador Claudio –al que supuestamente envenenó–, emperatriz de Roma y madre y víctima de Nerón. Agripina la Menor adquirió protagonismo al comienzo del reinado de su hermano, de quien, al igual que sus otras dos hermanas, Drusila y Julia Livila, se supone que era amante (se dice, además, que por capricho del emperador las tres se prostituían con miembros de la nobleza).

 

El inevitable choque con Mesalina

En el año 39, Agripina fue desterrada por participar en una conjura palaciega contra Calígula a la misma isla que su madre, Pandataria, de donde años después la rescataría el siguiente emperador, su tío Claudio, que por entonces estaba casado con Mesalina. La historia ha retratado a Mesalina como una mujer cruel, aficionada a ejecutar a personas a capricho –por ejemplo, a Julia Livila, por un supuesto adulterio con el filósofo Séneca–, y se supone que entre ambas se estableció una creciente rivalidad. Suetonio recoge el rumor de que Mesalina mandó a unos sicarios a estrangular mientras dormía al hijo de Agripina, el niño Nerón, porque lo veía como una amenaza para el futuro de su hijo. Esta operación se frustró cuando salió de debajo de la almohada una serpiente que hizo huir a los asesinos.

 

Bigamia y envenenamiento

Además Mesalina encarna como nadie el mito de la depredadora sexual, aunque sobre esto hay también bastantes dudas, dado que quienes, varias décadas más tarde, lo transmitieron –Tácito, Suetonio, Juvenal, Plinio el Viejo– confiesan que escribían basándose en rumores.  Lo que nos ha llegado, en cualquier caso, es la historia de una emperatriz dominada por la pasión sexual que no solo se prostituía en el barrio romano de Subura bajo el seudónimo de la Loba, sino que lanzó un desafío a las meretrices de Roma para ver quién era capaz de atender a más hombres a lo largo de una noche.

Leyendas al margen, parece claro que Mesalina sí tuvo numerosos amantes y que la relación con uno de ellos, el senador Cayo Silio, fue lo que precipitó su caída. Hay discrepancias sobre las verdaderas intenciones de la pareja –según parece, deponer a Claudio–, pero lo cierto es que, aprovechando su ausencia, Mesalina y Silio cometieron la osadía de pretender casarse y organizar una boda con todos sus aditamentos: velo, festejos, banquete y lecho nupcial.

Claudio, que se encontraba en Ostia, fue advertido de las intenciones bígamas de su mujer por el liberto Narciso y volvió a toda prisa a Roma. La noticia corrió como la pólvora y la ceremonia acabó precipitadamente, los invitados salieron huyendo y Mesalina se echó a la calle para ir al encuentro de Claudio y solicitar clemencia. Aquí las versiones difieren, pero se supone que Claudio estuvo tentado de perdonarla y que fueron sus hombres de confianza, los libertos, quienes decidieron ejecutarla de inmediato para que no tuviera la oportunidad de ablandar al emperador con su belleza. Esa misma noche se le ordenó que se suicidase, cosa que no fue capaz de hacer –según Tácito, “porque su alma estaba corrompida por la lujuria”– y hubo de ser ajusticiada. Cuando al día siguiente se le comunicó a Claudio el hecho, este se limitó a murmurar y pedir otra frasca de vino.

Llegó entonces la gran oportunidad de Agripina la Menor, una mujer manipuladora y ambiciosa –al menos, según la tradición historiográfica– que llevaba años intrigando para situar a su hijo en la cúspide del poder.

El papel de Agripina con Nerón ha sido comparado a menudo con el de Livia con Tiberio. Agripina – de quien se sospechaba que había envenenado a su segundo marido para quedarse con su fortuna– se casó con Claudio y lo convenció de que adoptara a Nerón, al que situó por delante de su propio hijo, Británico, en la línea sucesoria (Mesalina no andaba tan desencaminada, después de todo). Se supone que con el tiempo Claudio se arrepintió de esta decisión y pensó en revocarla, pero no pudo hacerlo porque falleció en el año 54 tras ingerir unas setas venenosas. Todas las fuentes antiguas coinciden en que Agripina estuvo detrás de su muerte, si bien los autores modernos lo ponen en duda, dado que era una acusación habitual en la época.