Los mitos del origen del mundo, leyendas universales

Las grandes civilizaciones históricas elaboraron relatos similares para explicar las incógnitas existenciales: los misterios de la naturaleza, el nacimiento de la vida y del cosmos, el temor a la muerte y al más allá...

Lascaux
Cueva de Lascaux. Imagen: Wikimedia Commons.

Los santuarios rupestres de Lascaux (en la Dordoña francesa) y de Altamira (en Cantabria) nos permiten imaginar cuáles eran las creencias religiosas en el período paleolítico, una de cuyas deidades más representativas debió ser la Madre creadora de la vida. Hace unos 25 000 años, nuestros antepasados fueron capaces de desarrollar un pensamiento simbólico que plasmaron en las paredes de grandes cuevas pintando animales, formas humanas con máscaras y enigmáticas manos.

Pero ¿por qué hicieron aquellas fantásticas obras en lo más hondo de las cuevas? ¿Sus autores querían que fueran vistas solo en determinadas ocasiones? En su libro Nuestra especie, el antropólogo Marvin Harris da respuesta a estas preguntas: “El hecho de que las pinturas murales aparezcan en galerías subterráneas remotas e inaccesibles, donde los artistas tenían que utilizar lámparas de aceite para ver lo que hacían, prueba que esas figuras formaban parte de ceremonias religiosas”. En el zoroastrismo –religión ancestral que todavía hoy se practica en la India e Irán–, el dios Ozmad fue el creador de la vida, al arrojar parte de su luz al abismo del cosmos. En el Egipto milenario, Ra fue la divinidad que hizo posible todo lo que existe. En Mesoamérica, el mismo papel correspondió a Quetzalcóatl, la Serpiente de Plumas de Quetzal, el ser superior que enseñó a los humanos la agricultura, la orfebrería, las matemáticas y la astronomía.

 

La necesidad del ser humano de creer en dioses está relacionada con la de comprender su existencia y con el temor a perder la vida

Dios Ra
Ra, el dios creador del Antiguo Egipto. Imagen: iStock Photo.

 

De dónde venimos, adónde vamos…

Estos y otros seres celestiales fueron considerados por sus seguidores como los creadores de todo lo que conocemos: las grandes civilizaciones históricas compartieron mitos similares para explicar las incógnitas existenciales. ¿Por qué era tan importante la religión para esos pueblos? Los antropólogos Edward B. Taylor y James Frazer creen que la religión existe porque ayuda a la gente a dar sentido a situaciones incomprensibles, como el origen de la vida, la muerte o el tránsito al más allá. El sociólogo alemán Niklas Luhmann asegura que las creencias religiosas y los mitos ofrecen orientación a quienes sienten temor ante los misterios de la naturaleza (la existencia, la muerte, las tormentas o los terremotos). Pero ¿hay alguna diferencia entre religión y mitología? Los occidentales entendemos por religión las tres monoteístas; las más primitivas las consideramos animistas, y a las que practicaron los grecolatinos en el período clásico las llamamos mitológicas.

¿Y qué consideramos mitos, cómo se pueden definir? Según Carlos García Gual, surgen como respuesta a la necesidad humana de comprender la realidad y justificar nuestra existencia. “Explican el mundo a su manera, porque hablan de los grandes temas: la creación, el más allá o el sentido de la vida”, afirma este catedrático de Filología Griega y escritor que ahora ocupa el sillón J de la Real Academia Española. Dadas estas respuestas, podría decirse que religión y mitología son la misma cosa. O al menos, tratan de dar sentido a las mismas cuestiones. Entre ellas, una explicación de la muerte y de su consecuencia inmediata, la vida en el más allá, dos aspectos que siempre han suscitado una profunda inquietud en todas las culturas. Entonces, ¿el miedo a lo desconocido es el origen de lo sagrado? La necesidad del ser humano de creer en un dios creador está directamente relacionada con la de comprender su propia existencia y con el temor que siente a perder la vida, la salud, las cosechas o la caza. En casi todas las religiones resuena la misma plegaria temerosa: “Señor, protégenos de todo mal. Danos la vida”.

Si los dioses egipcios exhiben en sus manos el signo de anj o ankh (la llave de la vida), el dios del Antiguo y Nuevo Testamento surge como un ente viviente que vela por nosotros. En el mensaje de Cristo a sus apóstoles aparece la misma idea: “Yo vivo, y vosotros viviréis en mí”. En el mito del Diluvio, que aparece ya en las civilizaciones mesopotámicas, los que sobreviven al desastre agradecen al Ser Supremo el haberles perdonado la vida. Cuando las aguas bajan, la barca conduce al elegido a las faldas de una gran montaña. Si en la Biblia el afortunado es Noé y el monte es el Ararat, en la mitología griega el protagonista es Deucalión y el monte es el Parnaso.

Deucalión y Pirra
Deucalión y Pirra creando humanos a partir de piedras. Imagen: Wikimedia Commons.

 

“La aparición de las sociedades Estado dio lugar a nuevas creencias religiosas e instituciones eclesiásticas controladas por sacerdotes, que eran los que interpretaban la voluntad de los dioses y los que se encargaban de oficiar los rituales”, afirma Marvin Harris. Fue en aquel momento cuando los monarcas se vincularon a las divinidades, convirtiéndose en sus representantes en la Tierra.

Los restos momificados de los reyes y faraones fueron enterrados en lujosas sepulturas junto a joyas, carros, cerámica y otros objetos de lujo que les serían de utilidad en la otra vida. Mientras sus almas subían al firmamento para reunirse con los dioses, sus restos momificados permanecían ocultos en este mundo. Hay varios ejemplos emblemáticos de estas prácticas, como las tumbas egipcias del Valle de los Reyes o el sepulcro que alberga los restos mortales del emperador Qin Shi Huang, que fue enterrado en Xian (China) con un impresionante ejército de guerreros de terracota.

Ya en el mundo antiguo, la connivencia de dirigentes políticos y dioses hizo que los más perspicaces dijeran que la religión había sido inventada por el poder para lograr la sumisión de un pueblo supersticioso y temeroso de las fuerzas divinas. Esa vinculación de la realeza con las fuerzas celestiales queda plasmada, por ejemplo, en la famosa Estela de Hammurabi, en la que los dioses entregan al monarca las insignias reales.

En la Grecia clásica, Alejando Magno no tuvo ningún reparo en decir que había sido engendrado por el mismo Zeus, lo que demostraría que los dioses del Olimpo lo habían ungido para que él los representara en la Tierra. Por su parte, el historiador Polibio ofrece una explicación muy práctica sobre la importancia de la religión y de los ritos sagrados: “Son imprescindibles para mantener unida a la República y asegurar el orden social en Roma”.

En los tiempos remotos, los creyentes alimentaban a los dioses con la esencia espiritual de los animales sacrificados en su honor, lo que facilitaba que la carne pudiera ser repartida entre el pueblo. Pero a medida que creció el poder de las clases dirigentes, las ofrendas se convirtieron en donaciones obligatorias de animales y otros tributos que fueron a parar a palacios y santuarios, enriqueciendo a reyes, cortesanos y sacerdotes.

Los sacrificios eran rituales religiosos que concedían un papel estelar al derramamiento público de sangre, tanto de animales como de seres humanos. A finales del siglo XIX, el arquitecto y arqueólogo alemán Robert Koldewey sacó a la luz los restos de la ciudad de Babilonia y de la Torre de Babel bíblica, que fue construida durante el reinado de Nabopolasar (626-605 a.C.). En lo alto de aquel enorme zigurat, que tenía siete plantas y 90 metros de altura, los sacerdotes oficiaban rituales de sangre al dios Marduk para bendecir a su pueblo en la guerra.

Guerreros de Terracota
Guerreros de Terracota. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Sacrificios humanos y cultos secretos

A unos cuarenta kilómetros de la capital mexicana se encuentra el yacimiento de Teotihuacán, cuya importancia se debe al grado de desarrollo social y cultural que alcanzó aquella civilización precolombina, como demuestran sus gigantescas pirámides. Las empinadas escalinatas de estas construcciones, su colorido y los altares donde se llevaban a cabo los sacrificios humanos –con la extracción del corazón de las víctimas– nos permiten imaginar aquel espectáculo solemne e inquietante que, además de provocar un gran impacto a los feligreses, demostraba el poder natural de los dioses y la supremacía de la casta sacerdotal.

En la Grecia clásica, los sacerdotes también se afanaron en realizar todo tipo de sacrificios para apaciguar la furia de los dioses. Las actividades arriesgadas, como las expediciones de caza o las guerras, no podían emprenderse sin antes llevar a cabo un sacrificio para pedir protección a las figuras mitológicas del Olimpo. Jenofonte, historiador, militar y filósofo, contó que los atenienses prometieron a la diosa Artemisa sacrificarle tantas cabras como persas mataran en el campo de batalla. Y en la batalla de Salamina (480 a.C.), el estratega Temístocles ordenó sacrificar a tres cautivos persas para asegurarse la victoria.

Junto a las creencias oficiales, en las civilizaciones antiguas también se practicaban ceremonias ocultas sujetas a sus propias divinidades. Eran los cultos mistéricos, cuyos elaborados rituales prometían a sus seguidores el acceso a secretos esenciales y a una existencia plena más allá de la triste vida del resto de los mortales. Muchos de esos cultos bebían de viejos mitos mesopotámicos, como el de Ishtar, que descendió a los infiernos para después regresar a la vida, o de mitos egipcios, como el de Osiris, que fue despedazado por Seth y resucitado por Isis y Horus.

Torre de Babel
Imagen: Wikimedia Commons.

 

El temor a los dioses

Una de las premisas que debe tener muy en cuenta todo creyente es que debe ser temeroso de los dioses. De hecho, las formas de sumisión y dependencia aparecen en todas las religiones; la más extendida es inclinarse o bajar la cabeza. Hoy día, los musulmanes tocan el suelo con la frente cuando imploran a Alá y los cristianos se arrodillan con humildad cuando rezan a su dios. La mayoría de las religiones antiguas establecieron su liturgia en torno al temor. Esquilo recordaba que el miedo a Zeus era “el miedo supremo”. Cuando la peste negra asolaba grandes territorios de Europa, los flagelantes se unían a las procesiones que suplicaban el perdón de dios ante los pecados cometidos por los hombres. Junto al miedo y la sumisión aparece la exaltación de las divinidades. El dios, al igual que el rey, se mostraba a los fieles sentado en un majestuoso trono elevado. Los dioses de la Edad de Bronce vivían en la cima de las montañas, lo mismo que los bodhisattvas budistas, que guiaban a los fieles hacia la iluminación. Los templos de algunas culturas evolucionaron en torres o zigurats, como en Mesopotamia o en Mesoamérica, a semejanza de los montes sagrados venerados por diversas culturas asiáticas. En el Egipto antiguo, las pirámides eran escaleras para que el alma del faraón alcanzara su lugar entre las estrellas. Los soberanos del valle del Nilo eran considerados los intermediarios de los dioses en la Tierra. Al morir se fusionaban con Osiris, momento en que eran venerados como una deidad más del olimpo egipcio. La reunificación de los reinos Alto y Bajo en una sola corona se efectuó bajo la guía espiritual del dios tebano Amón, a cuya gloria se construyeron numerosos templos en Karnak.

 

En el antiguo Egipto, las pirámides eran escaleras al cielo para que el alma del faraón, tras fusionarse con Osiris, alcanzara su lugar entre las estrellas

 

Al llegar al trono, Akenatón dio la espalda a Amón e instauró a Atón, el disco solar, como única divinidad. Aquel revolucionario faraón abandonó también la tradicional capital de Tebas para construir otra a 290 kilómetros al norte, en un lugar que actualmente se denomina Tell el-Amarna. Algunos egiptólogos afirman que el culto a Atón fue la primera religión monoteísta de la historia.

Las otras tres vigentes hoy día, el judaísmo, el cristianismo y el islam, hunden sus raíces en la Biblia, cuya importancia radica en ser el texto fundacional del mundo hebreo. En sus páginas se narra el origen de todo lo conocido, pero también los entresijos de la liberación del pueblo judío y su constante resistencia a la opresión. Esta fascinante compilación de mitos, imágenes y documentos del pasado constituye una genial creación literaria y espiritual que se ha convertido en la obra más leída e influyente de la historia de la humanidad.

Quetzalcoatl
Quetzalcoatl. Imagen: iStock Photo.