Los idus de marzo, el asesinato de Julio César

La historia antigua de Occidente, protagonizada por Roma, llegó a un punto de inflexión el 15 de marzo del año 44 a.C. con el trágico asesinato de Julio César. Las crónicas detallaron los nombres de sus asesinos, pero lo cierto es que el causante último de la muerte de César no fue otro que su propio éxito.

Imagen: Wikimedia Commons.

El complot que se materializó en el Senado de Roma durante los idus de marzo de 44 a.C. estuvo trufado de ingredientes ajenos al motivo patriótico –la salvación de la República– que los conjurados esgrimieron para justificarse. Básicamente, esos ingredientes fueron distintas formas del miedo. En primer lugar, estaba el miedo de sus rivales a ver limitado o suprimido su poder si César llegaba todavía más alto. Luego, el miedo de las familias patricias más conservadoras presentes en el Senado a perder su privilegiado estatus, desalojadas por otros grupos y familias con menos abolengo pero seguidores acérrimos del nuevo régimen cesarino. La casta que había detentado hasta entonces el poder en la sombra –la plutocracia romana– estaba dispuesta a todo para impedirlo: Roma les pertenecía y nadie iba a poner tal cosa en cuestión, porque era su futuro lo que estaba en juego. También ayudó el miedo de algunos íntimos amigos de César, quienes temían sinceramente que su ascenso estratosférico culminara en una restauración monárquica que liquidase las libertades del régimen republicano. Es decir, que César acabara, irremediablemente, por convertirse en el rey absoluto de Roma.

Sus enemigos, cuyos principales motivos eran el rencor, la envidia y los intereses económicos, hallaron en la suma de esos miedos el sustrato para la conjura y en la sospecha de que César terminaría coronándose rey el pretexto perfecto para matarlo. Pero la complejidad del asesinato de Julio César no puede entenderse sin saber quién era y en qué se había convertido a los 55 años, cuando fue apuñalado.

 

Cayo Julio César nació el año 100 a.C. en el seno de la familia de los Julios.

 

El sobrino de Cayo Mario

Vástago de una linajuda familia (los Julios) de historia oscura hasta un par de generaciones antes de su nacimiento, Cayo Julio César no solo fue un hombre con múltiples talentos, sino también un tipo con suerte y con un olfato fuera de lo común para la búsqueda del éxito. Físicamente era alto y bien parecido y rebosaba salud. También era ambicioso, listo, práctico y valiente. Tuvo la suerte de que algunos miembros de su familia materna (los Aurelios) entraran en el gobierno durante su adolescencia y de que su tía Julia se casara con el prominente Cayo Mario, un personaje fundamental en la Roma de aquel tiempo. Militar y político, su nuevo tío revitalizó el ejército fragmentando las legiones –que habían crecido demasiado para manejarlas con eficacia– en diversas cohortes. Nada menos que siete veces fue elegido Mario para ejercer el consulado, más que ningún otro en la historia de la República, sacudida entonces por las hoscas rencillas entre el partido popular, que hoy podríamos considerar de izquierdas –y al que pertenecían Mario y César–, y el de los optimates o excelentes, que defendían los privilegios de los aristocráticos nobiles y a quienes hoy llamaríamos derechistas. Esta rivalidad, que venía de lejos en la sociedad romana, había dado lugar a una primera guerra civil que comenzó cuando César tenía doce años y se prolongó hasta que tuvo dieciocho, con un coste de 65.000 víctimas mortales. Los populares, que controlaban el Senado después de una matanza de senadores optimates, nombraron cónsules a Mario, el tío de César, y a Cina, que se había convertido en su suegro. Y estos, a su vez, favorecieron a su respectivo sobrino y yerno con el importante nombramiento de sacerdote de Júpiter o flamen Dialis.

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Algo después, los optimates entraron en Roma conducidos por Sila, que se proclamó dictador y actuó como tal masacrando a muchos populares. César estuvo a punto de ser uno de ellos, pero lo evitó su origen patricio y se puso a salvo en Cilicia, el sur de la actual Turquía. A los 22 años, tras la muerte de Sila, regresó a Roma y se aproximó a los cónsules Craso y Pompeyo, que le hicieron concejal de festejos. César aprovechó para darse a conocer montando unos juegos deslumbrantes, que serían recordados durante mucho tiempo y le darían una gran popularidad. Luego aspiró al puesto de Pontífice Máximo –cabeza religiosa del Estado romano– y repartió sobornos a manos llenas para comprar los votos necesarios. Tanto se endeudó que, el día del nombramiento, le confió a su madre que si regresaba a casa solo sería como Pontífice: debía tanto dinero que la única forma de pagarlo era obtener el puesto. Lo consiguió por mayoría aplastante.

 

De las Galias al Rubicón

Al pueblo le caía muy bien. Reconocían en él a un miembro activo del partido popular y, como hemos dicho, recordaban sus excelentes juegos. Así que cuando, en una ocasión, fue depuesto por el Senado a causa de haber apoyado a Quinto Cecilio Metelo Nepote –a quien hoy tendríamos por un extremista de izquierdas–, una enorme muchedumbre amotinada espontáneamente se presentó ante su casa con el propósito de ponerse a sus órdenes. Lejos de azuzarlos, su actitud fue contenerlos, agradecerles el gesto y pedirles que volvieran a casa. Al saberlo el Senado, que se había reunido de urgencia tras producirse el motín, le rogó que volviera, le colmó de alabanzas y le restauró en su puesto y dignidad. Pero el pueblo solo era una parte de la política romana, que estaba minada como tantas otras por la corrupción, el clientelismo y los intereses de los poderosos. Para un joven ambicioso, era preferible trabajarse una buena fama lejos de Roma y regresar cubierto por el polvo de las batallas victoriosas. También era la mejor forma de hacerse con una fortuna personal que, a la vuelta, respaldara el prestigio acumulado. Luchando bajo las águilas se estaba al margen del desgaste político y no se alimentaban nuevos enemigos. El camino a seguir, por consiguiente, era el de las armas.

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Y en ese rumbo fue donde encontró el éxito que siempre buscara. A los 40 años fue elegido miembro del primer triunvirato, junto a Pompeyo y Craso. Sus campañas militares, redactadas de su puño y letra con un estilo sencillo y transparente, no lo cuentan todo, pero están lo suficientemente exentas de autobombo como para leerlas hoy día sin empacho. Con las campañas, sin embargo, se corría el riesgo de ser calumniado o difamado en Roma sin que el interesado pudiera defenderse, y eso fue lo que le ocurrió a César cuando sus enemigos políticos optimates se hicieron con el Senado. Después de conquistar las Galias y penetrar en Britania y Germania, donde nunca habían llegado las legiones, fue llamado a Roma. Era consciente de que si obedecía sería sometido a juicio y desterrado en el mejor de los casos, así que tomó la resolución de enfrentarse a sus enemigos y cruzó con sus tropas –lo cual estaba vedado– el límite de Roma situado en el río Rubicón. Este desafío provocó otra guerra civil, en la que derrotó a los optimates de Pompeyo en Tapso (África), Farsalia (Grecia) y Munda (la actual Montilla cordobesa, en Hispania), que fue su última batalla y una de las más apuradas: salió victorioso –nunca perdió un combate–, pero atravesó contratiempos tan graves que llegó a sacar la daga para suicidarse antes de ser apresado.

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Tan amado como odiado

A los 54 años, un Julio César convertido en vencedor indiscutible –tanto de los enemigos de Roma cuanto de sus propios enemigos romanos– fue proclamado dictador por el Senado durante el plazo extraordinario de un decenio. Pero ese plazo senatorial no estaba de acuerdo con el del destino, que solo iba a concederle nueve meses de vida. Su capacidad para granjearse el amor incondicional de unos y el odio profundo de otros se reveló plenamente en aquellos meses. Sus legionarios lo veneraban, y él correspondió concediéndoles propiedades rústicas y una pequeña fortuna de 24.000 sestercios a cada uno como su parte del botín. El pueblo también estaba entusiasmado con César: lo tenía por un fiel y antiguo aliado, además de un formidable general invicto. Él, por su parte, alimentaba ese fervor popular con largueza. A su vuelta de las campañas, hizo distribuir 100 denarios, 100 kilos de trigo y un cántaro de aceite a cada ciudadano de Roma. Organizó banquetes populares multitudinarios, repartos de carne, espectáculos de danza, competiciones atléticas, naumaquias (espectáculos navales), festivales de teatro, combates de gladiadores, desfiles con elefantesy carreras de carros; todo gratuito y durante semanas, de modo que la gente se instalaba en las calles montando tenderetes. Las aglomeraciones produjeron numerosas víctimas por asfixia y aplastamiento, pero el pueblo romano no recordaba haber disfrutado tanto jamás.

Solo entonces, con el pueblo y las legiones de su parte, comenzó César a gobernar. Entre otras cualidades, tenía la de ser un magnífico organizador, y empezó por reorganizar el propio tiempo. Promulgó un nuevo calendario –el juliano– con la misma estructura que el nuestro (365 días y un año bisiesto cada cuatro), y es casi increíble el número de leyes, resoluciones, reformas y disposiciones que puso en marcha durante aquellos pocos meses de gobierno. La justicia empezó a funcionar como nunca, las finanzas florecieron y la ciudad se llenó de nuevos proyectos que la embellecerían. También mejoró la higiene y la sanidad: nombró inspectores para los alimentos y concedió la ciudadanía a todos los médicos que trabajaban en Roma. Hizo un censo fiable, erigió templos, proyectó bibliotecas y puentes y, en fin, sometió al Estado a un ritmo tal que algunos decidieron que el asesinato era la única solución para frenar aquel vértigo, aquella revolución cada vez más imparable que acabaría llevándoselos por delante.

Moneda con la efigie de Marco Bruto. Imagen: iStock Photo.

 

Crónica de una conjura

Así se amasó el magnicidio, un verdadero golpe de Estado precedido por una conjura que ha sido descrita por autores clásicos como Apiano, Suetonio o Plutarco, y aprovechada por el genio de Shakespearepara componer una obra maestra muy representada y filmada. Investigaciones posteriores han determinado el lugar exacto en el que se produjo el asesinato, que actualmente ocupa la plaza romana Largo di Torre Argentina, así como algunos datos adicionales sobre el papel de varios conjurados. Por lo que se ha llegado a saber, el origen se sitúa en la persona de Marco Junio Bruto, un amigo íntimo de César a quien algunos creían su hijo natural. Por esa razón, Bruto era la persona perfecta para encabezar la revuelta, pero nunca se ha sabido si sus actos derivaron de una angustiosa y sincera inquietud por la República, que consideraba amenazada por César, o si fue alentado o inspirado de alguna manera por las fuerzas ocultas de la plutocracia romana. El caso es que, junto a su familiar Décimo Junio Bruto y a Casio Longino, logró agrupar a más de sesenta senadores y ciudadanos prominentes para su propósito y fijaron para ejecutarlo la fecha de los idus (la mitad del mes) de marzo.

César, por su parte, estaba cansado y enfermo, aunque no lo aparentaba. Soplaban vientos lúgubres en Roma, y los presagios no le eran propicios en absoluto. El arúspice Espurina le previno sobre los idus de marzo, y tanto los días anteriores como los siguientes al atentado se produjeron prodigios: los caballos lloraban, los pájaros se comportaban de un modo extraño y César y su esposa Calpurnia eran presa de inquietantes pesadillas. Tan aguda era su prevención que Calpurnia logró que su marido desistiera de acudir al Senado aquel día, pero uno de los conjurados, Décimo Bruto, le convenció de lo contrario en el último momento. Por el camino, recibió un mensaje anónimo que le prevenía del complot, pero no llegó a leerlo y se presentó en la Curia. Apenas se hubo sentado, el conjurado Tilio Cimbro se le acercó y le sujetó por los hombros mientras otro, Casca, le asestaba la primera puñalada, a la que siguieron otras veintidós; entre ellas, la de Marco Bruto, que sin duda le resultaría la más dolorosa. Por eso, según varios autores, al recibirla habría murmurado aquella célebre frase: “¿Tú también, hijo?”.

 

La muerte de la República

El pueblo, que amaba mayoritariamente a César, quedó perplejo ante los hechos y tardó en reaccionar, pero tras el discurso de Marco Antonio y el funeral de César se hizo con antorchas y marchó hacia las casas de los amotinados. Fue el primer paso de un proceso histórico que demostraría la magnitud del error de aquel magnicidio: la sangre de César no salvó a la República, sino que la ahogó para siempre en un charco del que nacería el Imperio.

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