La Segunda Guerra Médica: modelos de heroísmo

Las batallas de las Termópilas y Salamina han pasado a la historia como ejemplos de resistencia frente a una invasión enemiga. Junto a la de Platea, fueron cruciales para que Grecia acabase con la amenaza persa.

Diez años después de la Batalla de Maratón, en 480 a.C., el mundo griego volvió a enfrentarse a una invasión del Imperio aqueménida. Esta vez fue Jerjes I, hijo de Darío, quien organizó una expedición de colosales dimensiones, tanto en número de soldados como en medios materiales. Heródoto, principal fuente sobre las Guerras Médicas, cifra el ejército en 2,5 millones de soldados (más del doble con el personal de apoyo), lo que es evidentemente fantástico, pero estimaciones modernas hablan de alrededor de 150 000 efectivos llegados de todos los rincones del mayor imperio que había conocido hasta entonces la humanidad, desde Egipto hasta el Cáucaso, un despliegue impresionante sin duda destinado a paralizar al enemigo.

La finalidad de la campaña de Jerjes era sobre todo punitiva y se remontaba a los objetivos no alcanzados en la Primera Guerra Médica (492–490 a.C.); el primero, castigar a Atenas por su apoyo a las ciudades de Asia Menor que en la revuelta jónica de 499–493 a.C. se habían alzado contra su padre, pero también vengar la vieja afrenta de la ejecución de los embajadores persas (491 a.C.), a los que, en lugar de tratar con el debido respeto, tanto en Atenas como en Esparta habían arrojado a un pozo. A esto se sumaba la derrota de Maratón.

La preparación de la campaña le llevó a Jerjes cuatro años y, además del reclutamiento del enorme contingente de soldados por todo el Imperio, encargado a los sátrapas –había desde rudos campesinos del Punjab a nubios cubiertos con pieles de león y leopardo–, incluyó dos notables obras de ingeniería: la excavación de un canal en el istmo del monte Athos para que pasaran sus naves –Darío había perdido en la zona muchos barcos y hombres, estrellados contra las rocas– y la construcción de un puente de pontones sobre el Helesponto (en la actualidad, estrecho de los Dardanelos) para que cruzaran las tropas terrestres.

 

El mundo griego se componía de un millar de polis que iban desde Gibraltar hasta el Mar Negro

Jerjes I
Jerjes I. Imagen: Wikimedia Commons.

 

El dividido mundo griego

Las noticias de tales preparativos provocaron alarma entre los griegos, que celebraron un par de encuentros –otoño de 482 a.C. y primavera de 480 a.C.– para decidir qué hacer. Hay que aclarar que, por entonces, Grecia no existía como tal. El mundo griego –la Hélade– se componía de más de un millar de comunidades – polis– que se extendían desde las Columnas de Hércules (Gibraltar) hasta el extremo oriental del Mar Negro, en la actual Georgia. Su unión era inexistente; compartían lengua y religión, pero muchas se hallaban en guerra entre sí y otras se encontraban perfectamente integradas en el Imperio aqueménida y combatían en sus filas. De hecho, las Guerras Médicas y en especial la segunda, fueron un paso fundamental en la creación de una identidad griega.

Las abrumadoras dimensiones del ejército de Jerjes aconsejaban no oponerse al avance persa, cuya victoria se daba por descontada, pese al antecedente de Maratón. Eso es lo que decidieron polis tan importantes como Macedonia, Tesalia y, más tarde, Tebas, mientras Argos se declaraba sospechosamente neutral. De todo ese millar de comunidades, solo unas treinta decidieron resistir. El liderazgo recayó sin discusión sobre Esparta, la mayor potencia terrestre, seguida de Atenas, la potencia marítima. Jerjes había planteado una ofensiva anfibia, que la coalición griega intentó frenar con un bloqueo dual: por tierra en el desfiladero de las Termópilas y por mar en el estrecho de Artemisio. Ambos encuentros tuvieron lugar a la vez, en agosto o septiembre de 480 a.C.

Batallas de Termópilas
Imagen: Wikimedia Commons

 

El sacrificio de Leónidas y los 300

Pocas batallas han sido tan celebradas a lo largo de la historia como ejemplos de valor y entrega como la de las Termópilas, en la que Leónidas – uno de los dos reyes de Esparta– y sus 300 guerreros (además de muchos otros de distintas regiones) perecieron intentando detener el avance persa. Las Termópilas fue una derrota transformada de inmediato en victoria moral, pues el sacrificio no se había hecho en nombre de un rey, sino de las libertades griegas y el bien común.

La coalición helena decidió que el lugar indicado para cerrar el paso de Jerjes hacia el sur de la península Balcánica (Boecia, Ática y el Peloponeso) era el desfiladero de las Termópilas, en la frontera con Tesalia. Dada su estrechez –unos 30 metros de ancho entonces; mucho más amplio en la actualidad, debido a cambios geológicos–, se podría anular la enorme superioridad numérica de los persas con un reducido número de hoplitas (ciudadanos–soldados de las polis).

Pero la alianza tenía un problema: a finales del verano de 480 a.C., Esparta se encontraba inmersa en la celebración de la festividad religiosa de las Carneas, durante la cual se prohibía hacer la guerra. Por ese motivo solo se permitió, y de forma excepcional, la participación de 300 espartanos –esa fue también la causa de que no llegaran a tiempo para auxiliar a los atenienses en Maratón–. Leónidas sabía que era una misión suicida –se lo había dicho el Oráculo de Delfos– y escogió a 300 guerreros de élite que tenían ya un hijo varón, lo que dejaba asegurada la descendencia. Combatieron además guerreros de otras polis –sobre todo, tespios, focenses y locrios opuntios–: en total, unos 7 000 hombres.

Batalla de Salamina
Batalla de Salamina. Imagen: Wikimedia Commons

 

Jerjes llegó al desfiladero y estuvo varios días esperando a que los griegos, a la vista de un ejército tan colosal, decidieran apartarse. Luego envió a un espía que volvió contando que los hombres se dedicaban a hacer ejercicios gimnásticos –desnudos– y a peinarse unas cabelleras extraordinariamente largas. Fue su consejero Demarato, rey espartano exiliado, quien hubo de explicarle que estaban preparándose para combatir hasta la muerte. El quinto día –primero de la batalla–, Jerjes no aguantó más y lanzó un decidido ataque con mil medas que sufrieron una brutal escabechina y causaron muy pocas bajas entre los griegos. La capacidad bélica de estos últimos era muy superior debido tanto al armamento –lanzas más largas y escudos más fuertes– como a tácticas como la famosa falange griega o las huidas fingidas, que los espartanos ejecutaban como nadie. Al día siguiente, Jerjes decidió recurrir a sus mejores hombres, el cuerpo de los 10 000 Inmortales, que volvieron a estrellarse contra el muro griego.

Fue entonces cuando el soberano persa tuvo un golpe de suerte: un griego de Tesalia llamado Efialtes le habló de un camino montañoso que rodeaba las Termópilas –la senda Anopea– y se ofreció a guiarles. Leónidas sabía de la existencia de ese paso y había dejado allí una guardia de 1000 focenses, pero cuando los persas llegaron los hallaron completamente desprevenidos y no tuvieron el menor problema para pasar.

La maniobra dejó rodeados a los griegos, muchos de los cuales iniciaron una retirada de urgencia –no se sabe si con el permiso de Leónidas o no–, pero otros decidieron morir luchando: no solo los 300 espartanos famosos, sino también 700 tespios y 400 tebanos fueron masacrados por las ­flechas persas (un arma que los espartanos despreciaban porque permitía matar a distancia y sin riesgo). En una muestra de lo mucho que le había irritado la insolencia griega de oponérsele, Jerjes, que en la batalla había perdido a 20 000 hombres y dos hermanastros, ordenó la decapitación del cadáver de Leónidas.

 

Jerjes ordenó incendiar los lugares sagrados de la Acrópolis de Atenas; los refugiados lo vieron cuando huían

 

Arde Atenas

La noticia de la caída de las Termópilas llegó a Artemisio cuando la batalla naval se encontraba en pleno apogeo. La ­ ota griega había sufrido un considerable número de bajas, pero otro tanto les ocurría a los persas –que además habían perdido muchos barcos en un par de vendavales–, por lo que el enfrentamiento acababa en tablas. Dado que ya no era necesario proteger el ­ anco de las Termópilas, los griegos decidieron retirarse a la isla de Salamina. Los persas iniciaron el camino hacia el sur y arrasaron Tespias y Platea, algo que determinó una decisión extraordinaria: la evacuación de Atenas, ciudad que Jerjes tomó y ordenó incendiar, incluyendo los lugares sagrados de la Acrópolis, un triste espectáculo que los refugiados atenienses contemplaron desde la distancia. Gran parte de Grecia estaba ya en manos persas, pero para completar la conquista quedaba el Peloponeso. Con el fin de cerrarles el paso, las fuerzas de la coalición se hicieron entonces fuertes en el istmo de Corinto. La experiencia de las Termópilas le había enseñado a Jerjes la dificultad de atacar una posición griega bien defendida, por lo que pareció más aconsejable superar a los griegos por mar. El resultado fue la Batalla de Salamina, un enfrentamiento crucial en esta guerra y uno de los combates navales más importantes de la historia.

Salamina
Batalla de Salamina. Imagen: Wikimedia Commons

 

El error estratégico de Jerjes

Siempre ha desconcertado a los historiadores el hecho de que Jerjes metiera a su flota en los estrechos de Salamina, dos angostos canales dentro del golfo Sarónico donde sus naves, mucho más numerosas, debían combatir en un espacio reducido; algo que, como se había comprobado en Artemisio, favorecía a los griegos. La respuesta más plausible es que cayó en la trampa tendida por el brillante general Temístocles, que, mediante la desinformación proporcionada por un supuesto traidor, papel interpretado por su sirviente Sicino, le hizo creer que la flota griega huiría. Jerjes vio la oportunidad de acabar con la armada enemiga y decidir una guerra que le estaba costando más de lo previsto. No se sabe con exactitud lo que ocurrió en Salamina, pero la flota persa quedó seriamente dañada (perdió entre 200 y 300 naves, de un total de 600). El dramaturgo Esquilo, que luchó allí, recreó luego la batalla en su obra Los persas y dio testimonio de cómo estos se ahogaban por no saber nadar, una destreza que era parte esencial de la formación de cualquier griego. También se sabe por Heródoto que en el bando de Jerjes combatió, al mando de sus cinco barcos, una mujer griega, Artemisia I, reina de Halicarnaso, quien le había advertido contra el peligro de entrar en los estrechos, consejo que este desoyó. Al final, Jerjes contempló la masacre desde el trono que, como en las Termópilas, se había hecho instalar en un altozano, esta vez el monte Aigaleos.

 

Los griegos salieron a buscar batalla fuera del Peloponeso con una impresionante fuerza de 50.000 soldados

Platea
Batalla de Platea. Imagen: Wikimedia Commons

 

Tras el desastre de Salamina, Jerjes volvió apresuradamente a Persia, porque temía quedarse atrapado en la Hélade si los griegos destruían los puentes del Helesponto. Para terminar la tarea, puso al general Mardonio al mando de un numeroso ejército.

En el verano de 479 a.C., la alianza griega reunió una impresionante fuerza de entre 40 000 y 50 000 soldados –aun así, la mitad que sus contrincantes– con la que cruzó el istmo de Corinto y salió a buscar al enemigo fuera del Peloponeso. Mardonio se retiró entonces a Beocia, donde acampó cerca de la ciudad de Platea. Las tropas griegas, al mando de Pausanias, se asentaron en las colinas de los alrededores. Siguió un compás de espera de once días en el que nadie quiso un enfrentamiento directo; los griegos, en particular, porque rehuían el combate en campo abierto con la caballería persa y esperaban una mejor oportunidad. Esta apareció de forma inesperada: las tropas de Pausanias empezaron a quedarse sin suministros y, sobre todo, sin agua, porque los arqueros persas les impedían acercarse a las fuentes naturales de la zona. Pausanias intentó entonces un traslado nocturno a otro sitio, pero al amanecer Mardonio detectó este movimiento y lo interpretó como una retirada, por lo que ordenó atacar.

En el choque subsiguiente se comprobó una vez más la superioridad de la infantería griega: los pesados escudos y las largas lanzas de los hoplitas pudieron contra las lanzas cortas y los escudos de mimbre persas. Pero tuvo lugar, además, otro hecho decisivo: Mardonio murió en mitad de la batalla, alcanzado en la cabeza por la piedra lanzada por un espartano llamado Aeimnesto. Ello desató el caos entre sus hombres, que empezaron a huir desorganizadamente y fueron masacrados, tanto durante la retirada como en su propio campamento –las cifras de muertos se cuentan por decenas de miles–.

Pese a no ser tan celebrada como las anteriores, la Batalla de Platea –unida a la de Mícala, librada el mismo día en la costa de Jonia– fue la que marcó la derrota definitiva de los persas y el fin de la guerra. A partir de entonces, la iniciativa en los posteriores enfrentamientos con el Imperio aqueménida correspondería a Grecia.