La Primera Guerra Médica: duelo de titanes

Bajo el montículo de Soros, en la llanura que se extiende frente a las playas de la bahía de Maratón, todavía yacen las cenizas de los soldados atenienses y persas que cayeron en una batalla mítica, que supuso el momento álgido del primer gran confl icto entre Oriente y Occidente.

La mayoría de los historiadores, con Heródoto a la cabeza, considera que el origen de las Guerras Médicas hay que buscarlo en la sucesión de acontecimientos que provocó el ascenso de Ciro II el Grande, el primer rey de la dinastía aqueménida, al trono del Imperio persa. Ciro acaudilló a su pueblo para liberarse del yugo medo y extender sus dominios por todo Oriente Próximo hasta dar forma a un nuevo Imperio que parecía no tener límites. Las ambiciones expansionistas del rey persa eran insaciables y el enfrentamiento con los griegos asentados en Asia no se haría esperar.

En aquel entonces, los jonios (pueblo de cultura helénica que residía en Asia Menor) vivían sometidos bajo el reinado de Creso, rey de Lidia. El monarca aprovechó el clima de inestabilidad reinante en la zona para invadir los territorios vecinos a su frontera occidental, convencido de que los persas no reaccionarían al estar demasiado ocupados en extender sus dominios. El exceso de confianza de Creso le llevó a cometer un error estratégico que le costaría caro. Ciro presentó batalla a su ejército en Capadocia y le obligó a emprender una apresurada retirada para evitar su total destrucción. Refugiado en la ciudad de Sardes, Creso confiaba en que su repliegue y el desarme de su ejército servirían para apaciguar a su enemigo. El rey de Lidia volvió a equivocarse y las tropas persas se presentaron ante las murallas de Sardes para sitiarla. Después de dos semanas de asedio, la ciudad cayó, y Ciro conquistó toda Lidia en 547 a.C.

Darío I el Grande
Darío I el Grande. Imagen: Wikimedia Commons

 

Un imperio en expansión

Ante el avance imparable de los persas, las ciudades jonias se vieron obligadas a someterse a ellos. Aquellas que se atrevieron a desafiar la autoridad de Ciro y participaron en una revuelta lidia contra la ocupación sufrieron una represión implacable. Ante los brutales métodos aplicados por los persas, muchos de sus habitantes optaron por el exilio hacia el Mediterráneo occidental, donde se fundaban nuevas ciudades griegas. Las islas de mayor tamaño frente a la costa jonia mantuvieron su independencia durante cierto tiempo, pero en 518 a.C. los persas se habían hecho con el control de toda Asia Menor y la mayoría de las islas orientales del Egeo, entre ellas Lesbos y Samos.

Los persas encontraron la ocasión que habían estado esperando para extender su hegemonía en la región con ocasión de la rebelión jonia provocada tras los sucesos que tuvieron lugar en Naxos, la más próspera de las islas Cícladas (archipiélago situado en el Egeo meridional). Tras una revuelta interna, el pueblo de la isla había expulsado a la oligarquía dominante, que exiliada en Mileto había pedido ayuda al tirano Aristágoras para recuperar el poder perdido. Aristágoras vio en esta solicitud la oportunidad que esperaba para dominar la isla, pero al carecer de las fuerzas necesarias para emprender con garantías una campaña militar acudió a Artafernes, el sátrapa persa que gobernaba Lidia, en busca de ayuda. La conquista de Naxos parecía fácil y abriría el camino a la expansión persa por el Egeo, antesala de los territorios de la Grecia continental. Ante esta perspectiva, Darío, el rey persa en ese momento, dio su consentimiento a la operación y se organizó una flota de 200 trirremes dispuesta al asalto. Sus tripulaciones habían sido reclutadas entre los puertos griegos de Asia Menor, mientras que la fuerza de combate estaba integrada por soldados persas reclutados en las posesiones del imperio.

El ataque no pilló por sorpresa a los habitantes de Naxos, que, advertidos de la presencia de la flota enemiga por los comerciantes que navegaban entre las Cícladas, tuvieron tiempo de reforzar las defensas de la ciudad y acumular víveres para resistir un prolongado asedio. Tras cuatro meses de infructuosos ataques, los persas se vieron obligados a retirarse sin conseguir su objetivo.

Ante este fracaso inesperado, Aristágoras decidió cambiar de bando y liderar una sublevación de los jonios contra los persas. Las causas que provocaron su traición se derivaron de sus compromisos incumplidos: había quedado en una posición incómoda y decidió aprovechar en su favor el descontento latente que existía en las ciudades jonias hacia los persas para ofrecerse a dirigir una revuelta contra los opresores, encarnados en las figuras de los tiranos. La sublevación consiguió derrocar a muchos de ellos, que buscaron la protección de Artafernes.

 

El expansionismo de Ciro era insaciable: el choque con los griegos asentados en Asia no se hizo esperar

Mardonio
Imagen: Wikimedia Commons

 

La astuta campaña de Mardonio

Tras recuperar su libertad, los jonios se prepararon para una guerra inminente contra los persas. Junto a sus aliados atenienses, se lanzaron contra Sardes en un ataque por sorpresa que cogió desprevenido a Artafernes, que en el último momento consiguió refugiarse en la acrópolis de la ciudad, a la espera de refuerzos que no tardaron en llegar. La presencia de un gran ejército persa forzó una apresurada retirada griega, que acabó en una caótica desbandada en la que los jinetes enemigos los masacraron.

Los intentos por extender la rebelión a otros territorios sometidos no tuvieron éxito, ante la rápida reacción de los persas. La muerte de Aristágoras supuso un duro golpe para un movimiento que se mostraba inmune al desaliento, pero que carecía del liderazgo político y militar necesario para alcanzar sus objetivos.

Tras varios años de conflicto enquistado, la Primera Guerra Médica comenzó en 492 a.C. Artafernes había optado por la conciliación al adoptar medidas como la reducción de los tributos o la retirada de las tropas persas acantonadas en la región, con la excepción del ejército de Mardonio, yerno de Darío que había sido enviado para hacerse cargo de la situación militar. Mardonio se apresuró a destituir a los tiranos que aún se mantenían en el poder y permitió la instauración de gobiernos democráticos regidos bajo el principio de isonomia (igualdad de todos ante la ley). Estas decisiones le acarrearon las simpatías y el apoyo de los griegos, que desconocían la verdadera intención que se ocultaba tras su nombramiento: sentar las bases para consolidar el avance persa hacia el Egeo.

Para cumplir su misión oculta, Mardonio penetró en Tracia y conquistó la ciudad de Tasos, apoderándose de su flota de trirremes. Desde allí, avanzó siguiendo la costa norte del Egeo en dirección a Macedonia. Gracias a su hábil combinación de maniobras políticas y militares, los persas habían logrado adentrarse en la Grecia continental sin encontrar obstáculos. Sin embargo, cuando nada parecía interponerse en su camino, una tempestad hizo naufragar a la mayor parte de los barcos de la flota de Mardonio. Debido a la fuerza de los elementos, los persas fracasaron en su primer intento por apoderarse de Grecia, pero no estaban dispuestos a arrojar tan pronto la toalla.

Así, al año siguiente –491 a.C.–, el rey Darío envió embajadores a los Estados más poderosos de Grecia con un regalo simbólico de tierra y agua que debía ser correspondido de igual forma como señal de sometimiento. Todos se doblegaron menos Atenas y Esparta, que ejecutaron a los enviados persas.

 

El todopoderoso Darío, poco acostumbrado a ser desafiado, reunió un gran ejército para aplastar a los griegos

Duelo entre un guerrero persa y un griego
Imagen: Wikimedia Commons

 

Formidable ejército invasor

El todopoderoso rey Darío, poco acostumbrado a que lo desafiasen, reunió un gran ejército con el que pensaba aplastar el orgullo griego. Las fuentes históricas de la época hablan de un contingente compuesto por más de 600 000 hombres, en su mayoría tropas iraníes procedentes del corazón del Imperio persa. Estimaciones más realistas sitúan esa cifra en 25 000 soldados embarcados en una flota de 600 barcos. Esta expedición militar estaba al mando de dos jefes: Datis, un curtido comandante veterano de la rebelión jonia, y Artafernes, hijo del sátrapa de Lidia llamado como él. Su objetivo era establecer una cabeza de puente en Atenas desde la que lanzar una ofensiva a mayor escala y con fuerzas superiores contra el resto del territorio griego.

El ejército de invasión avanzó por el archipiélago de las Cícladas; en la isla de Eubea, encontraron la primera resistencia en la ciudad de Eretria. Los atenienses, que habían establecido una colonia en la cercana Calcis, movilizaron a 4 000 de sus ciudadanos para acudir en ayuda de Eretria, pero cuando llegaron se encontraron a sus líderes discutiendo sobre si debían presentar o no resistencia. Ante esas dudas, los atenienses decidieron volver sobre sus pasos y la ciudad se enfrentó en solitario a su destino. Cuando el impresionante ejército de Datis y Artafernes se desplegó ante sus murallas, era demasiado tarde para negociar.

Los persas atacaron con decisión en sucesivos asaltos, que se saldaron con numerosas bajas por ambas partes. Se había cumplido una semana de cruentos combates frente a los muros de la ciudad cuando una facción de sus habitantes, partidaria de la rendición, abrió las puertas de las murallas para franquear el paso a los invasores. En contra de la clemencia que los traidores habían esperado, los persas destruyeron Eretria hasta los cimientos y sometieron a la esclavitud a la mayoría de su población.

La victoria supuso una inyección de moral para los persas, que prosiguieron su avance con la intención de desembarcar cerca de Atenas. Hipias, antiguo tirano de la ciudad forzado al exilio, los acompañó como guía y consejero. Fue él quien recomendó al ejército persa desembarcar en la bahía de Maratón, un lugar caracterizado por una amplia llanura donde podría desplegar todo su poderío.

Los mandos militares griegos tenían claro que debían atacar al enemigo en cuanto pusiera pie en tierra firme, para impedir el ataque contra Atenas. Habían conseguido reunir una fuerza compuesta por 9 000 hoplitas, nombre que recibían los ciudadanos soldados de las polis griegas, apoyados por varios centenares de hombres de Platea, una ciudad aliada. Al llegar a la llanura de Maratón, el ejército griego se situó en una posición elevada a lo largo del trazado de la calzada que conducía hasta Atenas, a la espera de recibir refuerzos procedentes de Esparta. Antes de partir hacia el campo de batalla, los atenienses habían enviado a Filípides, su mejor corredor, con una petición de ayuda para los espartanos. Filípides recorrió más de 220 kilómetros en menos de dos días para entregar el mensaje. Los espartanos aceptaron enviar un pequeño contingente que demoró su partida hasta que llegara la luna llena.

Batalla de Maratón
Batalla de Maratón. Imagen: Getty Images

 

Victoria griega contra todo pronóstico

El alto mando griego, formado por diez generales, decidió someter a votación el siguiente paso. La mitad se decantó por atacar mientras que el resto consideró que lo más sensato era esperar. El empate lo rompió el voto de calidad del polemarca Calímaco. Este magistrado se mostró partidario de un asalto inmediato, pero antes de que los hoplitas pudieran estar listos los persas avanzaron hasta situarse frente a las posiciones que ocupaban los atenienses. Con esta maniobra pretendían atraerlos hacia la llanura para entablar un combate en campo abierto, en el que esperaban imponer su superioridad numérica. Las primeras líneas de los dos ejércitos estaban separadas por una distancia inferior a un par de kilómetros. Y así, en una fecha del verano de 490 a.C. sobre la que los historiadores de nuestros días todavía no se han puesto de acuerdo, ambos bandos se prepararon para una batalla que parecía inminente. Los atenienses decidieron atacar a primera hora de la mañana, cuando los persas todavía no habían tenido tiempo de despertarse del todo. Los hoplitas avanzaron al paso en perfectas formaciones cerradas, pero cuando se pusieron a tiro de las flechas y jabalinas del enemigo cargaron a la carrera, convirtiéndose en una temible fuerza de choque.

Las filas persas consiguieron rechazar el empuje del centro griego, pero en los flancos los atenienses destrozaron su precaria cohesión y dispersaron a sus unidades. En un rápido movimiento de tenaza, los griegos cayeron sobre el grueso del ejército enemigo sembrando el pánico. La rápida actuación de los experimentados oficiales persas consiguió mantener la disciplina entre sus hombres y salvarlos de la total aniquilación. Tras organizar una desesperada retirada, embarcaron a los supervivientes en los barcos atracados frente a la costa. Sobre el campo de batalla de Maratón quedaron los cuerpos sin vida de más de 6 000 de sus soldados. Los griegos tan solo perdieron 192 hoplitas.

Los refuerzos espartanos llegaron al día siguiente y solo tuvieron tiempo de comprobar la magnitud de la derrota persa y elogiar a los atenienses por su victoria. En un intento de contrarrestar su fracaso, Datis puso rumbo a Atenas con la esperanza de capturarla por mar. Los vigías divisaron en el horizonte a la flota enemiga y tuvieron tiempo de avisar a los victoriosos hoplitas de Maratón, que en una extenuante marcha a paso ligero lograron llegar a tiempo de unirse a la guarnición. Cuando Datis comprobó con asombro que la ciudad estaba bien protegida, no tuvo más remedio que desistir y regresar a Asia Menor para asumir ante Darío las consecuencias de su fracaso.

La democracia ateniense –ciudadanos unidos en defensa de la libertad y el bien común– había salido victoriosa, pero los griegos sabían que la guerra no había terminado y que los humillados persas volverían a intentarlo. No se equivocaron.

Muerte de Filípides
Muerte de Filípides. Imagen: Wikimedia Commons