La importancia de llamarse Octavio

Cayo Octavio Augusto, el primer emperador romano, gobernó 43 años. Empezó como un joven inexperto y terminó siendo césar. Pese a no querer ser rey, ejerció como tal. Más de dos milenios no han podido borrar su legado político.

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Conocido como Octavio de 63 a 44 a.C., como Octaviano de 44 a 27 a.C. y como Augusto a partir de entonces, el primer emperador romano es considerado por muchos historiadores como el más importante y significativo.

En el último siglo antes de Cristo, Roma había sufrido sangrientas guerras civiles y desuniones provocadas por las maniobras de sus generales, ansiosos de poder. Pero la llegada de Augusto lo cambiaría todo. Desde el principio buscó un nexo que uniera a los romanos: quería que creyeran que compartían pasado y futuro, y basó su estrategia en dos pilares. Por un lado, actuó como un imperialista a ultranza, deshaciéndose de sus rivales y unificando los territorios desperdigados para formar un Imperio ordenado y coherente. Por otro, dio a este un nuevo orgullo, empezando por un completo lavado de cara a su capital. Su objetivo era canalizar el orgullo colectivo, “nacional”, en su persona, y para ello grabó su leyenda en piedra. Además, cuidaba mucho su imagen. Según su biógrafo, Suetonio, era rubio, de talla media y nariz prominente y con pocos dientes. Pero sus imágenes, poco o nada realistas, lo mostraban con proporciones heroicas.

 

Heredero de Julio César

Nacido en el año 63 a.C., Cayo Octavio Turino era nieto de una hermana de Julio César, cuyo nombre completo era Cayo Julio César Octaviano. Puesto que este lo nombró heredero, adoptaría en su honor el nombre de Octaviano. Durante los primeros años de su vida pública se mostró hábil aliándose con sus principales oponentes, a la espera del mejor momento para eliminarlos.

Dispuesto a todo para alcanzar el poder, luego no dudó en enfrentarse militarmente a la mano derecha de César, Marco Antonio. Y su ambición lo llevó a sacrificar la vida de Cicerón para lograr la alianza del Segundo Triunvirato (43-38 a.C.), que formó junto a Marco Antonio y Lépido, los más fieles colaboradores de César.

Aun así, nunca destacó como militar. Si bien se le atribuyen algunos triunfos, como la batalla de Filipos (42 a.C.) frente a los asesinos de César, en realidad los logró Marco Antonio. Y con el tiempo sería el general Marco Agripa, su gran amigo, quien le ayudaría a combatir a sus antiguos aliados. Agripa actuó siempre en los momentos precisos, pero Octaviano se llevó el éxito. Un buen ejemplo es la batalla naval de Accio (31 a.C.) contra Marco Antonio y su aliada y amante Cleopatra. Aparte del poder, estaban en juego dos modelos políticos imperiales distintos. Octaviano estuvo a punto de perder. Según las malas lenguas, se mareó en cubierta y fue Agripa quien hubo de actuar en solitario para derrotarlos.

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Aunque no la militar, sí demostró su valía política a través de las reformas que darían lugar al régimen llamado Principado de Augusto (27 a.C.), por haber recibido su artífice el título de princeps. Probablemente, su mejor arma fue la paciencia. A diferencia de César, no quiso precipitarse al imponer una reforma monárquica; prefirió conceder tiempo a la oligarquía senatorial, claramente republicana, para que aceptase sus reformas. Y aunque para restituir la República en un nuevo contexto, el Principado, hubo de eliminar a algunos oponentes, en general empleó la política de pactos. Simbólicamente, devolvió el poder al Senado y terminó con los regímenes personales: la dictadura de César y los triunviratos. A cambio, se le concedieron ciertos poderes y honores; el principal de ellos, el título de Augustus, que significa noble, venerable y sagrado, pero también viene de augere, engrandecer. Había logrado un nombre con santidad, Augusto el venerado, pero para ser omnipotente necesitaba más autoridad, así que decidió honrar la memoria de su padre adoptivo y encargó una estatua de Julio César para un templo, colocándola junto a Marte y Venus. Así, si César era un dios, él era el hijo de un dios.

Entre las atribuciones extraordinarias que recibió estaban un amplio poder legislativo, el gobierno de las provincias aún por pacificar, la gestión del fisco y el censo y la creación oficial de la guardia pretoriana, la primera fuerza armada a las órdenes de un dirigente romano con carácter permanente y capaz de mantener el orden en la capital. Con el tiempo recibiría otro título honorífico de manos del Senado: “Padre de la Patria”, y parece ser que lo hizo visiblemente emocionado.

 

Expansión y reformas

En manos de Octavio, la República había muerto para dejar paso al modelo seudomonárquico, y Augusto demostró ser muy hábil a la hora de camuflar su absolutismo bajo una apariencia “democrática”. Sus reformas se basaron en el miedo de los ciudadanos a una nueva guerra civil. Como monarca de facto, y con la excusa de consolidar un nuevo sistema imperial más allá de las ciudades-Estado, llevó a cabo profundas reformas tanto políticas como sociales y territoriales. Pretendía limar los desequilibrios que habían llevado a la República a la crisis. Así, dejó al Senado el gobierno de muchas provincias y concedió a estas bastante autonomía económica, aunque apenas capacidad política. Puesto que había aumentado mucho el número de senadores, usó su cargo de censor para purgar el Senado y eliminar a los que se mostraban menos dispuestos a perder poder. Logró someterlos, pero el sueño de la vuelta de la República no había terminado. Por eso, en el año 23 a.C. hubo un complot fallido para asesinarlo.

Augusto destacó especialmente en su política exterior, basada en la fundación de colonias por todo el Imperio –donde cedía el poder a las élites locales–, el reparto de lotes de tierra a muchos soldados veteranos y la consolidación de un ejército permanente, que mantenía la seguridad en las fronteras imperiales y hacía de eje central de la administración y del control de los tributos. Así, la pax romana favoreció la integración económica entre provincias y territorios, dándose intercambios comerciales, culturales y étnicos sin parangón.

 

El intento de volver a la tradición

Augusto tuvo éxito en la gestión administrativa y económica, pero fracasó en la política social e ideológica. Creía que el abandono de las tradiciones se había traducido en una ruptura del orden social y en una gran corrupción, y para recuperar el virtuosismo había que empezar por respetar el estatus. ¿Cómo podía un senador casarse con una prostituta o un liberto ser más rico que su antiguo dueño? Había que mantener la preeminencia de las élites senatoriales y económicas y dar a las noblezas provinciales acceso a los mecanismos del poder; y al mismo tiempo, mantener la estabilidad de las clases medias. Por supuesto, sus medidas no beneficiaban en nada a la plebe, los grupos inferiores que debían ser mantenidos por las élites. Y aún beneficiaban menos a esclavos y libertos, que vieron drásticamente limitadas sus posibilidades de promoción. No obstante, desarrolló en Roma una política de repartición de grano y de espectáculos públicos.

Trató de restablecer las antiguas reglas sociales a través de leyes y medidas políticas, pero fue inútil. Su modelo legal resultó más ideológico que realista, pues era imposible ralentizar una sociedad tan dinámica con medidas tan anticuadas. La realidad terminó imponiéndose. Un buen ejemplo son las leyes relacionadas con la familia, dirigidas a limitar el rol de las mujeres para asegurar la natalidad: intentaban frenar el adulterio y el alto número de divorcios y penalizaban a los no casados y a los que no tenían hijos otorgando privilegios a los matrimonios con tres o más.

Pese a su gran esfuerzo por volver “a las prácticas modélicas de nuestros modélicos antepasados”, en sus propias palabras, a Augusto le fue imposible limitar la cambiante sociedad altoimperial.

Por otra parte, el entorno privado del emperador estaba muy lejos de seguir el modelo que él pretendía imponer, como demuestra el caso de su hija Julia la Mayor. Cuando tenía 14 años, la casó con su primo Marco Marcelo, que murió a los dos años sin descendencia. Entonces volvió a casarla, esta vez con su amigo Agripa, que le dio tres hijos, dos de ellos varones: Cayo y Lucio. Cuando Agripa murió en el año 12 a.C., la casó por tercera vez con Tiberio, hijo mayor de su esposa Livia. Pero Tiberio, que se vio obligado a divorciarse, preferiría abandonar su carrera como sucesor y exiliarse a Rodas.

Parece ser que, desde entonces, Julia se dedicó a coleccionar amantes. Séneca habla de “rebaños” de ellos y la califica como “mujer infiel transformada en prostituta”. Cierto o no, en el año 2 a.C. su propio padre la acusó de inmoralidad y la confinó a una pequeña isla. Y sus supuestos cómplices en un complot para asesinar a Augusto fueron ejecutados. Se ignora si ella participó conscientemente o fue utilizada.

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Pax romana muy relativa

Diez años después, la hija de Julia y nieta de Augusto fue acusada de adulterio y también exiliada. Unos meses más tarde, le tocó el turno a Ovidio, quien tras ser acusado de inmoralidad recibió la orden de irse a la última frontera del Imperio, a una fortaleza en el mar Negro. Allí pasaría sus últimos años y todas sus peticiones para volver fueron infructuosas. Aún se desconoce qué provocó exactamente su caída en desgracia.

Roma había crecido casi ininterrumpidamente desde el siglo IV a.C. y esta expansión era realmente difícil de parar y también de mantener. Se necesitaban constantemente más esclavos, más tributos y nuevas tierras. Por eso, pese a declararse partidario de la pax romana, Augusto se vio obligado a continuar las conquistas. Solo quedaban por dominar áreas no urbanizadas donde la estrategia del ejército romano era mucho menos efectiva. Primero escogió zonas montañosas, como el Pirineo y la cornisa cantábrica en la península Ibérica o los Alpes en las Galias. Una vez sometidas estas, se hizo con la Iliria interior (en la actual Serbia).

Sin embargo, en Oriente las cosas fueron muy distintas. Tenían un serio problema en la frontera romana del río Éufrates, donde se topaban con dos terribles enemigos: partos y armenios. A los primeros, ni siquiera Marco Antonio había conseguido doblegarlos, así que Augusto pensó que lo mejor era pactar con ellos. Como lo importante era recuperar el dominio de Armenia bajo influencia parta, consiguió que el rey parto le devolviese las insignias perdidas por Licinio Craso en la batalla de Carrás (en la actual Turquía), en el año 53 a.C., y que hubiese en Armenia reyes de Roma. Con esa magnífica puesta en escena, la recuperación de Armenia se vivió como si de un verdadero triunfo se tratara, cuando en realidad no hubo ninguna lucha. Además, los armenios, súbditos en teoría, eran en la práctica totalmente independientes. Esta fue, a buen seguro, una victoria de la diplomacia; eso sí, muy efectiva. Por último, centró sus intereses en Germania. Sus hombres no tuvieron demasiados problemas en alcanzar el valle del Elba y, aunque no se logró un control totalmente efectivo, una destacada parte de las tribus germanas terminaron entregando sus armas y tributos. Todo iba bien hasta que, en el año 9, esta expansión por Germania terminó drásticamente. El comandante romano en el Rin, Publio Quintilio Varo, confió para su retirada en un jefe querusco que había sido auxiliar de las tropas romanas, Arminio. Pero este le traicionó esperándolo con sus tropas en el bosque de Teutoburgo, donde tres legiones romanas fueron casi aniquiladas por completo.

 

La difícil sucesión

Aparte de la expansión, el otro gran problema en sus últimos años fue el de la sucesión. Había asentado su régimen, un ficticio pero efectivo equilibrio entre república y monarquía. Pero ¿cómo conservar el Principado a su muerte sin otro príncipe legítimo? Es más, ¿cómo podía traspasar sus poderes a alguien si en teoría no era un monarca?

Augusto carecía de hijos varones, así que sus nietos Cayo y Lucio parecían sus mejores bazas. Por eso, les aseguró una carrera política, pero por si acaso también apostó por otros candidatos, entre ellos el segundo hijo de su esposa Livia: Druso. El destino quiso que no fuera ninguno de ellos: Druso murió inesperadamente en el año 9 y Lucio y Cayo también, en plena juventud y con solo 18 meses de diferencia. Llegó a hablarse de asesinatos, de un complot de Livia para promover la candidatura de su hijo Tiberio... y no sería descabellado pensarlo. De hecho, otro posible sucesor, Germánico, sobrino de Tiberio, fue envenenado en Siria en el año 19, quién sabe si con la aquiescencia del propio Tiberio.

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Divinizado para la posteridad

Fuera como fuese, tras la muerte de sus nietos, Augusto se centró en Tiberio, que se había casado con su hija Julia unos años antes. No era el ideal, pero no había alternativa, así que le concedió suficientes poderes para que, a su muerte –que sucedió en Nola en el año 14 (en la actual Campania) –, tuviese su futuro asegurado.

A Augusto le importaba cómo le recordarían; por eso, construyó un mausoleo. Alguien como él no podía desaparecer sin más. Un senador aseguró haber visto su alma subir al cielo. Así empezó el culto al Divus Augustus, cuya primera sacerdotisa fue la misma Livia. Se erigieron templos en su honor y todos los futuros emperadores llevaron su nombre. Nada parece poder borrar el legado del primer emperador romano. Tanto es así que, cuando el último, Rómulo Augústulo, abdicó en 476, su nombre pasó a ser el de un mes: agosto. Y hasta hoy.