La Guerra del Peloponeso: el poder de Atenas

Desde mucho antes de que estallara la guerra abierta en 431 a.C., se fueron sembrando semillas de discordia entre Esparta, que veía amenazada su hegemonía, y la capital del Ática, que emergía como imperio.

La Guerra del Peloponeso cambió muchas cosas. Políticamente, alteró el mapa de la Antigua Grecia: Atenas, la principal potencia antes del conflicto, fue obligada a un estado de sometimiento, mientras Esparta se consolidaba como el nuevo poder griego. Económicamente, su costo se sintió en toda la Hélade: la pobreza se extendió por el Peloponeso, y Atenas quedó arruinada y jamás pudo recuperar su antiguo esplendor. Pero, además, modificó el curso de la historia. La sociedad abierta y democrática y la apuesta por el progreso que representaba Atenas se detuvieron entonces y no regresaron hasta dos milenios después.

La contienda provocó otro cambio: la amplitud y brutalidad del choque entre la democracia ateniense y la oligarquía espartana, cada una de las cuales apoyaba a facciones políticas amigas en otras ciudades-Estado, hizo de las guerras civiles algo común –y muy cruento– en el mundo griego. Así, lo que en su origen era un tipo de conflicto limitado se convirtió en una lucha sin cuartel que incluía atrocidades a gran escala.

Pentecontecia: nace un imperio

Sea como fuere, los años que transcurrieron entre el final de las Guerras Médicas (479 a.C.) y el inicio de la del Peloponeso (431 a.C.) estuvieron marcados, en efecto, por el desarrollo de Atenas como uno de los poderes hegemónicos del mundo mediterráneo. Tras repeler los griegos unidos la invasión persa, la ciudad líder de la Liga de Delos había decidido mantener esta coalición de numerosas polis del Ática, en teoría con carácter meramente disuasorio. Pero lo cierto es que, en dicho período –al cual Tucídides denomina Pentecontecia–, Atenas se convirtió de facto en el Imperio ateniense: para mediados de siglo, los persas habían sido expulsados del Egeo y obligados a ceder una vasta cantidad de territorios a los atenienses, dirigidos desde 469 a.C. por el gran político y militar Pericles, al tiempo que los ex socios independientes de la Liga de Delos iban siendo reducidos a Estados tributarios de la polis principal. Estos tributos fueron empleados para el mantenimiento de una potente flota y para financiar colosales proyectos de obras públicas en Atenas, como la reconstrucción de sus murallas, a la que Esparta se oponía con vehemencia.

La escalada del conflicto

Así, a poco de iniciarse la Pentecontecia, ya comenzaron a surgir fricciones entre Atenas y las polis de la Liga del Peloponeso, comandada por Esparta. En 465 a.C., esta rivalidad latente se volvió explícita al estallar una revuelta de ilotas (siervos) en Esparta, conocida como la rebelión del monte Itome. Para sofocarla, los espartanos solicitaron la ayuda de toda Grecia, Atenas incluida, y esta envió un contingente considerable. Sin embargo, al llegar los soldados atenienses a Lacedemonia, fueron rechazados y enviados de vuelta a casa por los espartanos, mientras que a las tropas de los restantes aliados se les permitió quedarse. Según Tucídides, los espartanos actuaron de este modo por temor a que sus rivales cambiasen de bando y apoyaran a los ilotas; pero la ofensa fue tal, que Atenas rompió su alianza con Esparta.

Acto seguido, se desencadenó un conflicto que iba a prolongarse durante quince años –la historiografía actual lo ha rebautizado como Primera Guerra del Peloponeso– y en el cual Atenas luchó intermitentemente contra Esparta, Corinto, Egina y otros Estados griegos. Al final, temiendo una invasión espartana masiva del Ática, los atenienses devolvieron los territorios que habían ganado en la Grecia continental y tanto Atenas como Esparta se reconocieron mutuamente el derecho a controlar sus respectivas alianzas. Oficialmente, esta guerra concluyó con la Paz de los Treinta Años, firmada en el invierno de 445 a.C.

Una paz de treinta años que duró diez

En 435 a.C., Corinto intervino en la stasis (guerra civil) entre demócratas y oligarcas de su colonia adriática de Epidamno, a la que envió clerucos (colonos) y una guarnición militar para apoyar a los primeros. Los segundos pidieron ayuda a Córcira –también antigua colonia de Corinto– y esta asedió por mar Epidamno con cuarenta barcos, al tiempo que por tierra la cercaban los oligarcas exiliados y sus aliados ilirios. Los corintios doblaron la apuesta mandando una expedición formada por naves y contingentes peloponesios y jonios, y los córciros solicitaron entonces el arbitraje de la Liga del Peloponeso y del Oráculo de Delfos. Como los corintios se opusieron, se entabló al fin una batalla naval frente al promontorio de Leucimna, en Córcira, con inesperada victoria de esta.

Dos años después de aquel triunfo, en 433 a.C., Córcira solicitó su admisión en la Liga de Delos, a sabiendas de que Corinto preparaba una gran flota para consumar su revancha. Plutarco afirma que, en respuesta, los atenienses les enviaron una limitada flota de diez trirremes y, posteriormente y a sugerencia de Pericles, otra escuadra de veinte. Pero entretanto se había iniciado la Batalla de Síbota entre las flotas corintia y córcira y, justo antes de la victoria de los corintios, estos divisaron la escuadra de veinte naves atenienses que se acercaba e, ignorando su magnitud real, se retiraron. A raíz de aquello, Córcira se vio forzada a un pacto con Atenas que conllevó la presencia ateniense en sus puertos y el consiguiente aumento de su expansión hacia el oeste.

 La batalla de Potidea

Los intereses atenienses y corintios chocaron también en el norte del Egeo en torno a Potidea, ciudad de la Calcídica y miembro de la Liga de Delos que, al mismo tiempo, mantenía buenas relaciones con Corinto. Atenas ordenó con arrogancia a su colonia romper esos lazos y no aceptar a partir de ese momento la presencia de magistrados corintios en la ciudad. Pero Potidea contaba con el secreto apoyo de Esparta y del rey macedonio Pérdicas II y anunció su retirada de Delos en 432 a. C.: es lo que se conoce como “defección de Potidea”.

Ante esta rebelión, Pericles envió treinta trirremes en misión de castigo, pero el envío se reveló pronto insuficiente. Por ello, se concentró en doblegar a Macedonia y obligó así a Pérdicas a firmar la paz con Atenas. A continuación, mandó nuevas tropas, dirigidas por el estratego Calias, para atacar a los insurrectos. La Batalla de Potidea se desarrolló en las inmediaciones de la ciudad. Las fuerzas atenienses de Calias lograron imponerse sobre las tropas corintias comandadas por Aristeo, levemente inferiores en número. A la batalla seguiría un largo y extenuante asedio que finalizó con la toma de Potidea por parte de Atenas.

Pero antes, tras concluir la batalla, los ultrajados corintios comenzaron a presionar a Esparta para que tomara medidas contra Atenas. Al mismo tiempo, Corinto ayudaba de tapadillo a la asediada Potidea infiltrando grupos de soldados en la ciudad para reforzar sus defensas. Todo ello era una violación flagrante de la Paz de los Treinta Años, que había estipulado que las Ligas de Delos y del Peloponeso respetarían mutuamente sus “asuntos internos”.

Del decreto de Mégara a la ruptura

Una nueva provocación surgió, también en 432 a.C., en la forma de un decreto ateniense que imponía estrictas sanciones comerciales a Mégara. Este embargo fue ignorado por Tucídides como detonante de la guerra, pero los historiadores modernos señalan que apartar a Mégara de la prosperidad ateniense la redujo a la postración económica y, por tanto, lo consideran una causa más del conflicto.

Así las cosas, los espartanos convocaron una reunión urgente de la Liga del Peloponeso. Se invitó, asimismo, a representantes de Atenas, y la reunión se convirtió en escenario del acalorado debate entre atenienses y corintios. Estos reprocharon a los espartanos su pasividad advirtiéndoles de que pronto se hallarían sin ningún aliado. Por su parte, Atenas recordó a Esparta su historial de victorias militares y la previno de los peligros de enfrentarse a un Estado tan poderoso. Imperturbable ante estas amenazas, la asamblea espartana votó finalmente una resolución: los atenienses habían roto la paz y declarado, en esencia, la guerra.

Estalla la Guerra Arquidámica

Esparta y sus aliados, excepto Corinto, eran dominios con base predominante en tierra, capaces de reunir grandes ejércitos terrestres prácticamente invencibles en campo abierto; el Imperio ateniense, por el contrario, se extendía entre las islas del Egeo. Por ello, la inicial estrategia espartana consistió en invadir el territorio que rodeaba Atenas y sitiarla. Pero los atenienses conservaron su acceso al mar y no sufrieron en exceso el asedio. Durante el sitio, Arquidamo trató de arrancar una negociación a Pericles, pero este y la Asamblea ateniense se negaron a parlamentar.

En estos primeros años, Atenas, además de defenderse, desplegó asimismo una intensa actividad militar: invadió la vecina región de Megáride, expulsó a los habitantes de Egina para establecer en la isla a sus clerucos y se lanzó a por el control absoluto del Golfo de Corinto y de la ruta hacia el Mediterráneo occidental.

Atenas contraataca

Así, en el mismo 431 a.C., Pericles envió una escuadra de cien trirremes a la conquista de la costa del Peloponeso. En Metone, defendida por el brillante general espartano Brásidas, fracasó el empeño, pero la flota tuvo éxito en Élide y en otros lugares. Más tarde, 4.000 hoplitas atenienses y otros combatientes aliados arrasaron la campiña de Epidauro, Trecén, Halias y Hermíone, en la península peloponesia, lo que minó la moral espartana.

Aunque no tanto como para rendirla: ese verano, Esparta envió una nutrida e ilustre embajada a Persia para tratar de conseguir apoyo financiero del gigante asiático contra Atenas. De camino a Persia, los embajadores pararon en la Corte del rey odrisio Sitalces para persuadirlo de abandonar la Liga de Delos. Pero hete aquí que se hallaban de paso en la Corte de Sitalces, a su vez, dos embajadores atenienses, que convencieron al hijo del soberano, Sádoco, para que les entregara a los enviados peloponesios. De este modo, los integrantes de la expedición fueron apresados, conducidos a Atenas y ejecutados sin juicio previo.

En el verano de 430 a.C. Atenas pasaba por un momento muy difícil, no tanto por el prolongado sitio peloponesio como por una epidemia que diezmaba a sus habitantes. La llamada Plaga de Atenas se había introducido en la ciudad por el puerto de El Pireo y propagado a toda velocidad entre una densa población que vivía apiñada dentro de las murallas en precarias condiciones higiénicas.

 El fin de Pericles

De resultas de esta plaga, en tres años perecerían al menos 4.300 personas. A ello había que sumar el agotamiento del tesoro de Atenea, desangrado por la escalada bélica, y la temporal caída en desgracia de Pericles, al que el pueblo acusaba ahora de todos sus males, y que sería por ello degradado y multado.

No obstante, en 429 a.C. Pericles recobró su puesto al frente del ejército con los máximos honores. Pero algo mucho peor lo aguardaba: primero, la muerte de sus hijos Jantipo y Paralos a causa de la plaga... y luego la suya propia, por el mismo motivo, en el otoño de ese año. Su desaparición fue un desastre para Atenas. Lo cierto es que el vacío de poder que dejó fue ocupado en lo sucesivo por personajes contrapuestos, cuyas luchas internas afectaron a la larga al desempeño bélico.