La caída del Imperio macedonio y el fin de Alejandro

Aunque el concepto de “Imperio Macedonio” es controvertido, el anhelo de Alejandro Magno, siguiendo el deseo de su padre, ha pasado a la historia como tal. Su extensión desafiaba a la imaginación más atrevida.

Alejandro Magno
Imagen: Wikimedia Commons.

En el sofocante calor del estío babilonio, en la tarde del 13 de junio –según otros, el 10– del año 323 a.C., Alejandro Magno culminaba su agonía y, entre delirios febriles, dejaba huérfano un imperio cuya extensión desafiaba a la imaginación más desatada. Alejandro murió arrastrando consigo un silencio cuya consecuencia habría de ser media centuria de caos y guerra sin cuartel: no había un sucesor claramente designado. Nadie cuestionaba, ni siquiera entonces, que el legítimo heredero del Magno habría de ser miembro de la dinastía argéada, que había gobernado Macedonia desde tiempos inmemoriales, pero la monarquía macedónica, aun siendo de facto hereditaria, no tenía mecanismos automáticos de sucesión. Esta debía ser ratificada por la Asamblea y, aunque la norma era que se aclamara al candidato propuesto por el monarca saliente, la ausencia de esta propuesta, el trauma por la repentina desaparición de líder tan carismático y la improvisación debida a la excepcionalidad de la situación –el Estado, esto es, el rey, se hallaba a miles de kilómetros de Macedonia con la abrumadora mayoría de su ejército– complicaron extraordinariamente el relevo.

Imperio de Alejandro Magno
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La herencia de Alejandro

Alejandro murió dejando como legado una de las más brillantes generaciones de políticos/militares de la historia. La formación en la Escuela de Pajes de Macedonia, desde muy niños, así como el aprendizaje adquirido durante la épica conquista de Asia, había sido una formidable “academia” político-militar para una nómina de generales de extraordinario talento (Pérdicas, Eumenes, Crátero, Antígono, Seleuco, Lisímaco, Ptolomeo...) que, con todo, no supieron sobreponerse al desgobierno, a la imposibilidad material de administrar unos dominios tan vastos e inabarcables, a la vanidad y a su propia ambición, que a la postre habría de destruirlos a casi todos. Había además un problema añadido: ninguno de los herederos potenciales pertenecientes a la estirpe argéada estaba capacitado para gobernar. Filipo Arrideo, hijo del gran Filipo II y hermano bastardo de Alejandro, padecía algún tipo de discapacidad intelectual, y Alejandro IV –que habría de ser, como aquel, efímero rey títere hasta su ejecución en años venideros–, fruto de la unión del Magno con la princesa sogdiana Roxana, no había nacido aún cuando su padre expiró en Babilonia su último aliento.

Así, tras un amago de enfrentamiento civil entre facciones, hubo un reparto salomónico de dignidades, prebendas y territorios que, en la práctica, certi­ficó el principio del fi­n del Imperio de Alejandro, que nunca llegó a disponer, en realidad, de estructuras administrativas sólidas a la altura de la ambición y sed de conquista del rey macedonio. Con Alejandro murió la efímera edad dorada de Macedonia, en primer lugar porque lo “macedonio” se transformó en algo totalmente nuevo cuando entró en contacto con Asia y con Egipto. Filipo II, su padre, había sido el gran arquitecto de esa pujante nación al convertir un reino periférico y secundario de la Grecia continental, poblado por pastores y eminentemente rural, en la gran potencia hegemónica del Mediterráneo oriental –y no solo– gracias a una revolución político-militar sin precedentes, con demasiada frecuencia eclipsada por los logros y el carisma de Alejandro. Sea como fuere, padre e hijo llevaron a Macedonia a la cúspide de su poder.

No obstante, sería inapropiado afirmar que, tras la muerte de Alejandro, Macedonia inició su lento pero inexorable declive, que habría de rubricarse definitivamente en 168 a.C. Y lo sería porque se obviarían con ello las hondas y dramáticas transformaciones del tablero político-territorial a finales del siglo IV y comienzos del III a.C., consecuencia de la muerte de Alejandro y la disgregación de su imperio (que no fue nunca tanto un Imperio Macedonio como un “Imperio Alejandrino”) y de unos mecanismos culturales, políticos, militares y dinásticos extraordinariamente complejos.

 

Los herederos de Alejandro –Filipo Arrideo, su hermanastro, y Alejandro IV, su hijo– fueron eliminados enseguida

Muerte de Alejandro Magno
Muerte de Alejandro Magno. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Una nueva Macedonia

Las Guerras de los Diádocos, libradas por los generales de Alejandro durante más de cuatro décadas (322-281 a.C.), liquidaron definitivamente a la dinastía argéada. Filipo Arrideo fue asesinado por Olimpia, la madre de Alejandro, y Alejandro IV por Casandro, el primer rey de la fugaz dinastía antipátrida (duró apenas ocho años). A partir del segundo cuarto del siglo III a.C., se consolidan tres grandes monarquías helenísticas: la dinastía antigónida en Macedonia, la seléucida en Asia y la ptolemaica en Egipto. En este período, Macedonia, como entidad político-territorial, inicia una etapa de esplendor y decadencia alternos –la inestabilidad crónica es una de las características de esta nueva Macedonia–, en la que los imperios fundados por Seleuco y Ptolomeo (dos de los más estrechos colaboradores de Alejandro) cobran tanto o más protagonismo que la propia Macedonia.

Así, a partir de ese momento, el legado de la gran Macedonia forjada por Filipo y Alejandro se diluye entre Pella (la capital macedonia), Alejandría, Seleucia y Antioquía. La Macedonia antigónida, en un tablero político tan complejo como incendiario – marcado por la rivalidad irreconciliable entre los reinos helenísticos, las feroces acometidas de los bárbaros, muy especialmente tracios, ilirios y galos, la pujanza de las confederaciones griegas, con etolios y aqueos a la cabeza, e incluso las invasiones, como la protagonizada en 273 a.C. por Pirro, rey de Épiro, efímero monarca macedonio hasta en dos ocasiones–, no era ya sino una sombra de la Macedonia de los últimos argéadas. El reino gozó, no obstante, de períodos de estabilidad y razonable prosperidad gracias a monarcas enérgicos como, sobre todo, Antígono II Gónatas (277-239 a.C.), el más capacitado de todos los reyes macedonios posteriores a Alejandro, en un tiempo en el que Macedonia había dejado de ser un poder global y buscaba conservar los equilibrios que le permitían seguir siendo un poder local, algo harto difícil de mantener con tantos frentes abiertos. Pero la puesta de sol, como no podía ser de otro modo, se consumó desde el oeste.

 

Roma en el horizonte

En el año 229 a.C. Roma se cruzó por vez primera, siquiera tangencialmente, en los intereses estratégicos de Macedonia. Las permanentes correrías de los piratas ilirios en el Adriático forzaron una reacción romana que cristalizó en la Primera Guerra Iliria (229-228 a.C.). Bajo el reinado de Antígono III Dosón, Macedonia no vivía su mejor momento. Iliria, que tradicionalmente había estado en la órbita política y militar macedonia, era entonces la menor de las preocupaciones de un Antígono que se afanaba en contener su progresiva pérdida de influencia en la Grecia continental. Y en eso Roma apareció en el horizonte macedonio, y había llegado para quedarse.

Los ilirios, una vez firmada la paz con los romanos y percibiendo la debilidad macedonia, lanzaron una ofensiva desde el norte. Pese a que Antígono logró una sonada victoria en el campo de batalla, perdió la vida en combate. En 221 a.C. se sentó en el trono su sucesor, Filipo V. Fue una transición pacífica y ordenada, algo poco habitual en la casa real macedonia, donde abundaban las conjuras, traiciones y reyertas entre los potenciales aspirantes a la corona (ya que no regía el principio de primogenitura y los monarcas eran polígamos). Además, el nuevo monarca heredaba un escenario de razonable estabilidad. Filipo V en Macedonia, Ptolomeo IV en Egipto y Antíoco III en Asia, todos ellos muy jóvenes, ascendieron al trono con pocos años de diferencia y fueron la última hornada de reyes helenísticos hegemónicos en el Mediterráneo oriental. Pero la presencia de Roma en la región era cada vez más intensa a cuenta de sus desencuentros con los ilirios, aunque, por otro lado, la República estaba enfangada en una traumática e interminable guerra con Cartago (la Segunda Guerra Púnica), lo que consumía la práctica totalidad de sus recursos.

Alejandro Magno
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Filipo V se esmeró en procurar una nueva era de esplendor a Macedonia tratando de someter a los griegos en la guerra de los Aliados itálicos (220-217 a.C.) y preparando una invasión anfibia de Iliria. En este contexto, el primer contacto diplomático entre Roma y Macedonia del que tenemos noticia ocurrió en 217 a.C. Una embajada romana solicitó formalmente a Filipo V la entrega de Demetrio de Faros, que se había granjeado la enemistad de los romanos en el transcurso de las Guerras Ilirias y que encontró refugio en la corte del rey macedonio. Dos años después, Filipo tomó la osada decisión de firmar una alianza con Aníbal, alineándose así por vez primera de manera explícita con los enemigos de Roma. Era el peor escenario posible para la República, con dos frentes abiertos y la posibilidad –que nunca llegó a materializarse– de una ayuda militar directa del macedonio al cartaginés.

 

El legado de Filipo y Alejandro se diluyó entre cuatro centros de poder: Pella, Alejandría, Seleucia y Antioquía

 

Legiones contra falanges

La consecuencia de esta alianza fue el estallido de la Primera Guerra Macedónica, que duró de 214 a 205 a.C. y se desarrolló casi íntegramente en territorio ilirio. Roma aún no estaba en condiciones de volcarse en el escenario macedonio, pero apuntaló alianzas –que habrían de ser duraderas y determinantes– con la Liga Aquea y con la pujante Pérgamo, cuyo rey Átalo recelaba enormemente de Filipo, gran aliado de Prusias I de Bitinia, su peor enemigo. Ninguna de las partes logró éxitos reseñables y en 205 a.C. el conflicto tocó a su fin con la firma de la Paz de Fénice, que permitió a Roma centrar todos sus esfuerzos en la guerra contra Cartago, a punto de finalizar asimismo. Filipo y Antíoco III trataron entonces de aprovechar la creciente debilidad del Egipto ptolemaico anexionándose territorios bajo su esfera de influencia en Tracia, el Helesponto y las Cícladas, en el caso del macedonio. Inevitablemente, sonaron todas las alarmas en las ciudades griegas libres y en el reino de Pérgamo.

Así, la ciudad de Rodas y los emisarios del rey Átalo solicitaron ayuda al Senado romano para frenar las ansias expansionistas de Filipo V. Roma respondió con un ultimátum que el monarca macedonio decidió obviar. En el año 200 a.C., estalló la Segunda Guerra Macedónica, y esta vez Roma podía permitirse poner toda la carne en el asador: fue un punto de inflexión en la historia de la ciudad itálica, que se inclinó definitivamente por una política imperialista y abiertamente ofensiva.

Por otro lado, la guerra brindaba la ocasión a Roma de pasarle factura a Filipo por haber ayudado y alentado a su peor enemigo, Aníbal. Los primeros compases de la guerra fueron favorables al macedonio, pero a partir de 199 a.C. el nuevo cónsul, Tito Quincio Flaminio, comenzó a ganar terreno y empujó a Filipo V a retirarse de Tesalia, mientras la diplomacia le hacía perder a buena parte de sus aliados. Fue allí, en Tesalia, donde Filipo y Flaminio dirimieron dos años después (197 a.C.) el desenlace de la contienda en la Batalla de Cinoscéfalos, en la que las legiones romanas, mucho más flexibles ante las asperezas del terreno, doblegaron a las legendarias falanges macedonias logrando una victoria decisiva, que obligó a Filipo a claudicar. Las condiciones del armisticio fueron duras: abandono de Grecia, Asia Menor, Tracia, Tesalia y el Egeo, disolución de la flota y una indemnización de mil talentos.

Falange macedonia
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El canto del cisne

Filipo V siguió siendo a partir de entonces, hasta su muerte en 179 a.C., rey de una Macedonia mermada y empequeñecida, y se mostró obediente a su nuevo “señor”. No tenía otra alternativa: Macedonia era ya apenas un satélite de la poderosa Roma. La Paz de Apamea, que rubricó la derrota de Antíoco III en 188 a.C., certificó el colapso de las monarquías helenísticas en favor del nuevo hegemón itálico. A pesar de todo, el orgullo macedonio aún tenía una batalla que librar.

Muerto Filipo, su hijo Perseo se mantuvo fiel a las cláusulas del tratado con Roma, pero una intensa actividad diplomática –rubricada con sendas alianzas matrimoniales entre el propio Perseo y Laodice, hija de Seleuco IV, y entre su hermana y Prusias II de Bitinia– volvió a despertar el recelo de Pérgamo. Además, su monarca, Eumenes II, sufrió un atentado en el santuario panhelénico de Delfos que a punto estuvo de costarle la vida, y no tardó en acusar sin prueba alguna a Perseo. Finalmente, en 172 a.C. solicitó la intervención de Roma en su favor. El Senado romano ya no necesitaba coartadas: sus miembros estaban hambrientos de conflictos militares en los que lucirse y hacer fortuna, y Macedonia era un botín codiciable. Pese a los esfuerzos diplomáticos de Perseo para evitar una contienda que nunca buscó, Roma ya había tomado la decisión de destruir Macedonia de una vez por todas. Así, en 171 a.C. y amparándose en una lista de acusaciones a cual más implausible, Roma declaró la guerra a Macedonia por última vez. La Tercera Guerra Macedónica dio la puntilla a la dinastía antigónida. Tras un principio prometedor de campaña, Perseo pronto hubo de enfrentarse a su absoluta soledad frente a un enemigo con múltiples aliados: todos sabían ya cuál era el caballo ganador. El 22 de julio de 168 a.C., en Pidna, ubicada en el golfo de Tesalónica, el nuevo cónsul romano, Lucio Emilio Paulo ‘Macedónico’, midió la fuerza de sus legiones a la de las falanges macedonias por última vez. En un principio, las sarisas (picas largas) macedonias resistieron el empuje romano, hasta que la batalla comenzó a dirimirse en terreno accidentado, circunstancia que aprovecharon los manípulos romanos para penetrar por los huecos abiertos en las líneas macedonias y destruir las falanges.

Fue el canto del cisne de uno de los mayores y más influyentes imperios de la historia: Macedonia dejó de existir como tal reino en la llanura de Pidna. Perseo huyó en primera instancia a Samotracia pero acabaría por entregarse, para ser exhibido como trofeo en las calles de Roma. Murió en una oscura celda de una prisión en Alba Fucens pocos años después de la derrota. Roma no buscó atajos esta vez: abolió la monarquía y convirtió Macedonia en una provincia suya, dividida en cuatro distritos independientes. El gran sueño de Alejandro mordió finalmente el polvo.

Alejandro Magno
Imagen: Wikimedia Commons.