La batalla de Leuctra, el final de la poderosa Esparta

Esparta había sido la potencia militar griega más eficaz y logrado que sus hoplitas fuesen considerados invencibles. En 371 a.C., sin embargo, su auge se deshizo rápidamente. De pronto quedó claro que era un gigante con pies de barro.

Fundada por los dorios hacia 900 a.C. en el sur de la península del Peloponeso, a los pocos años ya dominaba las extensas regiones vecinas de Laconia y Mesenia y había sometido a sus habitantes. Ahí radica la gran diferencia de Esparta respecto al resto de polis griegas: con apenas 30 000 personas y un ejército de como mucho 9 000 hombres, debía controlar un enorme espacio y a unos 200 000 nativos. A diferencia de las otras polis dominaba un amplio territorio, lo que también le confirió la originalidad de no necesitar tierras y colonias allende los mares; tan solo fundó una colonia, la de Tarento, en el sur de Italia, en 704 a.C., y en un momento en que aún no estaba plenamente consolidada como potencia. De esta manera se configuró con un gran aislamiento respecto al conjunto del mundo helenístico. Su exclusivo sistema político, con dos reyes a la cabeza del poder (diarquía), contribuyó aún más a su excepcionalidad.

Desde el principio, Esparta tuvo que guerrear para asegurarse el control del territorio y frenar los intentos de rebelión de los habitantes autóctonos, a los que redujo a la categoría de siervos sin derechos. Eran los llamados ilotas (“los que nada tienen”), propiedad del Estado. Este clima de permanente belicosidad fue conformando un carácter, unos valores y un funcionamiento político basado en la fuerza. Y dada su gran desventaja demográfica, los espartanos recurrieron a hacer de cada varón un guerrero capaz de vencer en las más duras adversidades. Ello se plasmó en la agogé, el particular sistema educativo, parte del conjunto de normas legales que la legendaria figura de Licurgo elaboró como reguladora de la vida espartana.

 

En Esparta solo se permitían la guerra y la política; el servicio militar iba de los 20 a los 60 años

Esparta
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Peculiaridades de Esparta

Cada ciudadano debía ser un perfecto soldado y aborrecer distracciones tales como el arte (que era casi inexistente), el comercio, los vicios extranjeros, el trabajo manual, los metales preciosos (utilizaban barras de hierro como moneda), los lujos y las joyas. Con el fin de mantener la igualdad entre los espartanos y no dividirlos con envidias, también estaba prohibida la propiedad privada. Así, la tierra y los ilotas eran del Estado, que los cedía equitativamente para su explotación a cada ciudadano varón mayor de 30 años, los homoioi (“los iguales”). Las únicas actividades permitidas eran la guerra y la política y, por supuesto, los espartanos debían tener gran número de hijos, que serían futuros guerreros. El servicio militar se extendía de los 20 a los 60 años. Estaba igualmente prohibido que los ciudadanos viviesen en el campo, pues siempre habían de residir en donde pudiesen oír las trompetas de llamada en caso de guerra. Obviamente, el trabajo de la tierra recaía en los ilotas y los periecos (“aquellos que viven alrededor”). Estos sí eran libres, tenían algunos derechos y eran principalmente artesanos y comerciantes. Tanto ilotas como periecos también estaban obligados a suministrar tropas en tiempo de guerra.

El resultado fue una sociedad con el mejor ejército de Grecia, cerrada en sí misma, aislada y centrada en la represión de los ilotas para disuadirles de cualquier rebelión, una sociedad que casi siempre se negó a combatir fuera de su territorio. Tal fue su éxito en el control político y militar, que jamás tuvo la necesidad de contar con murallas. Sin embargo, tenía una debilidad derivada de su elitismo: eran pocos los ciudadanos-soldados. En los tiempos de máximo apogeo no sobrepasaron los 9 000 hombres, y en las posteriores épocas de crisis ni siquiera alcanzaron los 1 000.

Espartanos
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La relajación llegó de Oriente

Ello les obligaba a reclutar a mercenarios y auxiliares ilotas pobremente armados (que podían multiplicar por siete a los espartanos), que en caso de buen comportamiento en el campo de batalla podían ser recompensados incluso con la libertad.

El cénit del poder de Esparta llegó con su victoria sobre Atenas en la Guerra del Peloponeso, iniciada a ­ nales del siglo V a.C. A partir de entonces inició una política imperialista que le permitió controlar la mayor parte de polis griegas, aunque en un clima constante de guerras e insurrecciones contra los que se negaban a aceptar su dominio, en el que los persas también jugaron sus bazas. Pero en los éxitos militares residió el germen de su decadencia. El dinero persa corrompió a Esparta. Sus soldados, que habían tenido que combatir lejos de sus fronteras y de las normas estrictas de Licurgo, saborearon las mieles de otras sociedades más abiertas y lujosas. No fueron pocos los espartanos que se negaron a volver a su país tras disfrutar del antes prohibido mundo extranjero, y los que lo hicieron llevaron consigo las modas y costumbres extrañas que tanto asustaban. Por otra parte, su economía siguió basándose únicamente en la agricultura y la ganadería, siempre con los ilotas como esclavos, por lo que no pudo generar una base financiera sólida con la que pagar sus expediciones militares. Las bajas sufridas en los combates y algunas catástrofes naturales acentuaron la crisis demográfica e hicieron nacer en su seno las diferencias sociales tan temidas, que les hacían más vulnerables tanto ante el extranjero como ante sus ilotas. Esparta, para vencer en la guerra, tuvo que romper su aislamiento, pero ello supuso el hundimiento de su estructura social.

 

Los espartanos se sentían tan seguros que se dedicaron a beber vino antes de la batalla

Pelopidas en la batalla de Lecutra
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La batalla de Leuctra

Ante el desafío de Tebas a la hegemonía de Esparta, esta decidió atacar en Leuctra, región de Beocia al sur de la capital tebana, en 371 a.C. Los espartanos, comandados por el rey Cleómbroto I, creían que bastaba su experiencia y el pánico que despertaban desde hacía siglos entre sus enemigos. Tal era su confianza que, según cuenta Jenofonte, antes de la batalla estuvieron bebiendo abundante vino, lo que al final les pasaría factura. Pero el ejército espartano ya no era el de antaño. Contra lo que muchos sostienen, sus verdaderos hoplitas, las fuerzas de élite, solo eran unos mil hombres, a pesar de haber ordenado la movilización general de todos los varones de entre 20 y 60 años. El grueso de sus fuerzas eran mercenarios, aliados beocios e ilotas forzados a la guerra y, por tanto, de poco espíritu combativo. Se ha estimado que, en total, alcanzaban los 10 000 hombres, pero posiblemente fuesen menos. Enfrente se encontraban los tebanos y sus aliados, que eran unos 7 000 hombres. Al mando estaba el general Epaminondas, que ideó una táctica revolucionaria.

Los espartanos desplegaban sus fuerzas en los tres bloques tradicionales (derecha, centro e izquierda), en falanges de ocho filas de fondo pues, al tener pocos efectivos, no podían disponerlos en doce, como en otros tiempos. Sus mejores soldados (los homoioi) estaban a la derecha, por donde pensaban romper y envolver al enemigo, mientras que sus aliados se situaban en el centro y la izquierda, donde también ubicaron a su caballería. Epaminondas aceptó el desafío y respondió concentrando sus fuerzas de choque en su flanco izquierdo. Allí dispuso un cuerpo de 48 filas de fondo, cada una compuesta por 50 hoplitas, con los mejores hombres en las posiciones de vanguardia, de modo que en ese flanco superaba en número a los espartanos. En contrapartida, tuvo que debilitar y retrasar el centro y la derecha y formar un frente oblicuo con el que contrarrestar el intento de envolvimiento enemigo por ese flanco. Mientras, su fuerza de élite, el Batallón Sagrado, permanecía en reserva, pero también a su izquierda. La idea era sencilla pero audaz. Consistía en concentrar lo mejor de su ejército en un punto concreto en el que poder descargar toda la fuerza con la suficiente energía. Según palabras del mariscal Montgomery, se basaba “en concentrar su fuerza en el punto crucial de la batalla, en lugar de aplicarla, como en el pasado, de tal forma que resultase débil en todas partes y fuerte en ninguna, como la mantequilla extendida sobre el pan”.

Espartanos
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Derrota en campo abierto

La lucha la iniciaron las caballerías, pero la espartana fue rápidamente dispersada por la tebana, mejor y más numerosa. Enseguida la derecha de Esparta avanzó hacia el choque, pero apenas pudieron hacer mella en el sólido muro que formaba la más numerosa izquierda tebana. Trataron de desbordarla envolviéndola, pero el Batallón Sagrado actuó e impidió la maniobra. Mientras tanto, sí es verdad que el centro y la derecha tebana fueron retrocediendo ante el empuje de los aliados de Esparta, pero pudieron contenerles lo suficiente mientras la batalla se decidía en su izquierda (la derecha enemiga). Pronto los espartanos se vieron rodeados y empezaron a sufrir numerosas bajas. A la vista de la situación y dado lo poco motivados que estaban para la batalla, sus aliados de las otras alas emprendieron la huida y les dejaron solos.

Al final, cerca de la mitad de sus hoplitas, unos 500, resultaron muertos, incluyendo a su rey, Cleómbroto I. Los supervivientes también se retiraron apresuradamente. Era la primera vez que Esparta era derrotada en campo abierto. Las consecuencias fueron demoledoras para los vencidos en todos los sentidos. Ante todo, porque se rompió el mito de la invencibilidad espartana, cosa que animó a sus rivales y enemigos a la rebelión. Pero los efectos prácticos también fueron inmediatos. Esparta perdió el control de la mayor parte de la península del Peloponeso, como Mesenia y Arcadia, ante las insurrecciones desatadas por ilotas apoyados por Tebas, lo que inevitablemente provocó escasez. La crisis moral y cultural también se extendió y el rey superviviente, Agesilao II, tuvo que suprimir los castigos que tradicionalmente se imponían a los espartanos que volvían vivos de la derrota (debían regresar con el escudo o sobre el escudo, pero jamás sin él), por no poder reemplazar las bajas. Este mismo rey no pudo impedir, en una defensa desesperada, que poco después la capital cayese en manos de Epaminondas. Falto de recursos para tratar de rehacerse como potencia, tuvo que alquilar a su ejército como mercenarios en guerras civiles en Persia y Egipto.

 

En Leuctra se hundió el mito de la invencibilidad espartana, lo que animó a otras polis a rebelarse

 

Efímera gloria de Tebas

La victoria de Tebas supuso el inicio de su hegemonía sobre el resto de Grecia. De hecho, se convirtió en su centro político y cultural, un lugar al que acudían las élites, fuese como visitantes o rehenes. En Tebas estuvo el joven Filipo, futuro rey de Macedonia, quien aprendió las tácticas militares tebanas. En 362 a.C., el rey espartano, apoyado por Atenas y otras ciudades, trató de sacudirse el dominio tebano en la Batalla de Mantinea, a la que Esparta solo pudo aportar unos 2.500 hombres. Pero una vez más, la sorpresa con que actuó Epaminondas, que volvió a emplear la táctica de Leuctra, desbarató a los enemigos. Esparta ya nunca levantaría cabeza y se convertiría en una ciudad de segundo orden, aunque independiente, hasta que Roma la conquistó definitivamente doscientos años después. Sin embargo, el jefe tebano murió en la batalla, junto con sus principales generales. Faltos de liderazgo, el poder tebano se deshizo y, debilitada, Tebas perdió el control sobre el resto de polis. Con ello volvieron las guerras civiles y las crisis económicas y sociales. Este ambiente favoreció que la pujante Macedonia de Filipo II se hiciese con el control político, en parte por deseo de los propios helenos, cansados del constante clima de inestabilidad, y en menos de diez años consiguió el dominio efectivo de toda Grecia.

Desde el punto de vista bélico, la novedad táctica de Epaminondas, basada en la formación oblicua, absolutamente audaz e imaginativa, marcó un punto de inflexión en la historia militar. Fue el primero en atreverse, asumiendo riesgos evidentes, a concentrar fuerzas en un solo punto para romper la formación enemiga, aunque debilitase el resto de su despliegue. Su ejemplo fue luego seguido por los más destacados militares. Pero, posiblemente, los más famosos en la imitación del método fueron Alejandro Magno, quien estudió de primera mano la maniobra y la aplicó contra los persas, y posteriormente Federico II el Grande de Prusia, ya en el siglo XVIII.

Tebas
Imagen: Wikimedia Commons.
Daniel Delgado

Daniel Delgado

Periodista en construcción. Soy de los que puede mantener una conversación solo con frases de ‘Los Simpson’ y de los que recuerda sus viajes por lo que comió en ellos. Es raro no pillarme con un libro o un cómic en la mano. Valhalla or bust.