Faraonas y mujeres reinantes, egipcias poderosas

Separadas por casi milenio y medio, Hatshepsut y Cleopatra son los ejemplos mejor conocidos del destacado papel ejercido por la mujer en la civilización egipcia. Pero no fueron casos únicos, aunque sobre la vida y los hechos de otras “faraonas” es más lo que ignoramos que lo que sabemos.

Nefertiti
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Conviene recordar que, pese a ser la más famosa soberana de Egipto –por su vinculación con Julio César y por su apasionante biografía, pasto de la literatura y el cine–, Cleopatra VII Filopátor Nea Thea (o simplemente Cleopatra en el imaginario colectivo) no fue una reinafaraón. También que de estas –ese es su nombre correcto; lo de "faraonas" es solo una licencia– hubo contados casos en los más de tres milenios de historia (3100-30 a.C.) del Antiguo Egipto. Y eso que el estatus social y el acceso a espacios de mando de las egipcias fue muy superior al de las griegas o las romanas, algo debido a su igualdad legal con los hombres –podían denunciarlos por maltrato, manejar herencias, comprar y vender bienes o divorciarse– y a las peculiaridades de su religión, con la diosa Isis a la cabeza.

Así, aunque la relevancia de las mujeres en la corte resulta indiscutible –la Gran Esposa Real (Hemet Nesu Weret) tuvo en muchas ocasiones un enorme poder en la sombra o incluso como corregente y se la consideraba guardiana y protectora de la nación– y, además, casarse con una fémina de sangre real era un plus de legitimidad casi inevitable –con excepciones: Amenemhat I, Amenhotep III– para que un varón accediese al trono (de ahí los frecuentes enlaces entre hermanos), este estaba reservado, en principio y por tradición, al hombre. Sin embargo, amparándose en vacíos sucesorios –por no haber un aspirante claro o adecuado– y en crisis de Estado, varias reinas-faraones ocuparon a lo largo de los siglos el más alto puesto del país del Nilo.

 

Tres, cinco, ocho… o más

¿Quiénes y cuántas fueron estas mujeres extraordinarias? Según el historiador grecolatino Diodoro Sículo, que en la Sicilia romana del siglo I a.C. compiló lo que entonces se sabía sobre los faraones, solo hubo cinco: por orden cronológico, Nitocris, Neferusobek, Hatshepsut, Nefertiti y Tausert. Tanto él como otras fuentes clásicas se hicieron eco, para dar esta cifra, de la obra previa de Manetón, sacerdote egipcio que, en la época ptolemaica (siglo III a.C.), se encargó de redactar la historia de su país y censar la larga lista de sus reyes.

No obstante, el número real de reinas-faraones no está nada claro. Los hallazgos arqueológicos han arrojado luz sobre otras posibles candidatas, por lo que no puede descartarse que sigan apareciendo en el futuro pistas rescatadas del olvido; un olvido, en muchos casos, ni casual ni inocente, pues la memoria de varias de estas monarcas fue perseguida y destruida con saña por sus –masculinos– sucesores.

A día de hoy, se da por históricamente documentado el reinado en solitario de tres de ellas, Neferusobek, Hatshepsut y Tausert. Los de las otras dos de la lista de Manetón-Diodoro (la oscura Nitocris y la fascinante Nefertiti) se tienen por muy probables. Y aún hay tres más, hasta un total de ocho, que han surgido de las sombras del pasado, si bien envueltas en prudentes dudas por ser muy anteriores en el tiempo.

Reinafaraón
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Merinteith y las dos Jentkaus

Así, no se ha podido demostrar todavía que llegara a gobernar con poder absoluto la más antigua de todas, Meritneith, que vivió en torno al año 3000 a.C., a principios de la Dinastía I (Período Arcaico). El egiptólogo británico William Flinders Petrie la catalogó en su día como un faraón masculino de nombre Merneith, pero varios hallazgos –entre otros, la ausencia del Nombre de Horus (símbolo del rey formado por un halcón sobre un serej o estructura decorada)– demostraron que había sido en realidad una mujer enterrada con insólitos honores reales; porque lo que apunta a su posible reinado es su grandiosa tumba en Abidos. Se sabe que fue regente de su hijo Den durante la minoría de edad de este, pero la incógnita que persiste es si alcanzó a poseer los títulos propios de un faraón o se limitó a asesorar al joven heredero.

Aún más enigmático es el caso de las dos siguientes e hipotéticas reinas-faraones, que comparten nombre y etapa histórica, el Imperio Antiguo. De la primera, Jentkaus I, dan testimonio su tumba en Guiza y una pequeña pirámide dedicada a ella en Abusir, y se estima que vivió a caballo entre las Dinastías IV y V (2510-2470 a.C.). Pero lo que sembró el desconcierto entre los egiptólogos fueron las representaciones en que aparece tocada con el uraeus (corona con la cobra) y con la barba postiza faraónica, y en las que se la llama –aunque hay quien dice que es una traducción errónea o inexacta– "Rey del Alto y Bajo Egipto y Madre del Rey del Alto y Bajo Egipto". Por todo ello, se la ha querido asimilar con la esquiva figura de Dyedefptah, el supuesto último faraón de la Dinastía IV, pero sin ninguna certeza. Igual de inciertos son los datos sobre Jentkaus II, ya perteneciente a la Dinastía V: ¿fue un faraón de pleno derecho o solo madre de uno? Sea como fuere, hay varias representaciones de ella también con el uraeus y la barba, lo que convierte a ambas Jentkaus en las únicas mujeres en lucir dichos atributos hasta la llegada de Hatshepsut, mil años después.

 

Dos reinas-faraones de las que poco sabemos son Nitocris, una heroína legendaria según la pinta Heródoto, y Neferusobek, última de la Dinastía XII

Nitocris
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De Nitocris a Tausert

La vaguedad también desdibuja, aunque menos, a la pionera de las reinas-faraones según los historiadores clásicos, Nitocris, que es mencionada en algunas listas reales y podría haber gobernado en solitario por espacio de dos años, de 2183 a 2181 a.C., cerrando la Dinastía VI. Heródoto hace de ella una heroína legendaria que, para vengar la muerte de su marido, Merenra II, ahoga en el Nilo a sus asesinos –entre ellos, su propio hermano– y luego se suicida lanzándose al fuego. Manetón la alaba por su belleza y valentía y le atribuye falsamente la tercera pirámide de Guiza (obra de Micerino). "Faraona" o no, sí parece probado que se trató de un personaje destacado en la crisis que puso fin al Imperio Antiguo.

El Imperio Medio acabó con otra soberana, Neferusobek, que reinó al menos cuatro años, de 1777 a 1773 a.C., siendo así la última gobernante de la Dinastía XII. Nuevamente, poco sabemos de ella: hija de Amenemhat III, se habría hecho con el poder tras enfrentarse a su hermano Amenemhat IV, con quien en principio lo compartía. Su nombre de coronación consta en la lista real de Saqqara y en su época se erigió el complejo funerario de Amenemhat III en Hawara. Pese a los convulsos tiempos que le tocaron, parece que su sucesión fue pacífica.

De la siguiente en la lista, la trascendental Hatshepsut, hay que ocuparse en capítulo aparte porque así lo merece, lo mismo que Nefertiti, tanto en su faceta de consorte de Akenatón como en la más discutida de reina-faraón. Lo cual nos lleva hasta la quinta y última, la reina Tausert, también inmersa en un período caótico y conflictivo: el final de la Dinastía XIX, la de Seti I y Ramsés II. Al morir su marido, Seti II, Tausert se hizo cargo de la regencia de su hijo Siptah y, tras fallecer este, subió al trono y gobernó durante dos años, de 1188 a 1186 a. C. No lo tuvo fácil: acosada por el clero de Amón, el estamento militar y los reyes nubios y cuestionada por el pueblo, fue derrocada por Sethnajt, fundador ramésida de la Dinastía XX, quien mancilló su memoria con bulos y leyendas.

Hatsheput
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El empoderamiento de Hatsheput

Pero si hubo una auténtica "faraona" en la historia de Egipto, esa fue sin duda la formidable Hatshepsut, cuyo reinado, que transcurrió entre 1479 y 1457 a.C. y fue por tanto el más largo de los regidos por mujeres (22 años), es un paradigma de empoderamiento femenino en el mundo antiguo. Hija predilecta del faraón Tutmosis I –según algunas fuentes, este redactó un papiro señalándola como heredera–, ambiciosa, inteligente y dotada para el mando, supo usar la potestad que le daba su sangre real para esquivar las trampas sucesorias. Casada con su hermano Tutmosis II, al enviudar y en un gesto sin precedentes, apartó de la línea dinástica al hijo de este con una concubina, Tutmosis III, arguyendo su corta edad y su dudoso linaje, y se calzó ella misma el atuendo y la barba de faraón. Para ello contó con el apoyo de dos poderosos cortesanos, el alto funcionario Hapuseneb y el arquitecto real Senenmut (supuestamente, amante suyo). Fue también fundamental que se autoproclamara hija de Amón, una jugada maestra para la que tuvo que "comprar" a los sacerdotes del culto a dicho dios, lo que contribuiría al excesivo poder posterior de este clero.

Comenzó así una de las etapas más prósperas y pacíficas de la Dinastía XVIII y de todo el devenir del Antiguo Egipto; la carismática reina solo llevó a cabo campañas defensivas de frontera y se dedicó a asuntos como la célebre expedición a Punt, el mítico y exótico país de la mirra. Asimismo, puso gran empeño en restaurar templos y edificios destruidos durante las guerras con los hicsos y añadió notables construcciones a Tebas, incluidos memorables obeliscos. Senenmut erigió su proyecto más conocido, el templo de Dyeser Dyeseru (en Deir el-Bahari), joya del Egipto monumental. Por si faltaran pruebas de su relevancia, Hatshepsut fue, que se sepa, la única mujer faraón que se hizo representar como esfinge.

Su estrella empezó a apagarse con las muertes de Senenmut y Hapuseneb, probablemente urdidas por Tutmosis III, su futuro sucesor, que la odiaba por habérsele adelantado en el poder y que, en consecuencia, se dedicó a borrar luego cuanto pudo de su legado. Pero antes la reina-faraón aún tuvo fuerzas para tratar de establecer una dinastía femenina nombrando corregente a su hija Neferura (según algunos, nacida de su relación con el arquitecto real). El inesperado deceso de la niña, empero, frustró este sueño, y Hatshepsut moriría en su palacio de Tebas antes de cumplir los 50 años. Su momia, descubierta en el Valle de los Reyes junto a la de su amado padre, reveló al ser analizada en 2007 que la soberana habría padecido diabetes, obesidad y alopecia en sus últimos años de vida.

Estatua egipcia mujer
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Cleopatra, un final por todo lo alto

Y así, andando los siglos, llegaron las últimas reinas a Egipto en tiempo de los ptolomeos, la dinastía que rigió el país entre 305 y 30 a.C. tras ser instaurada por Ptolomeo I Sóter, general de Alejandro Magno. Las reinas ptolemaicas, que nunca renunciaron a su esencia helénica, lo fueron al casarse con sus hermanos para legitimarlos en el trono. Las hubo destacables –Cleopatra II (185-116 a.C.), Berenice III (116-80 a.C.)...–, pero ninguna como la última de todas ellas y postrer monarca del país del Nilo antes de que fuera anexionado al Imperio Romano: Cleopatra VII.

Tanto ha dado que hablar, como decíamos al principio, que su historia está llena de mitos: sobre su belleza o fealdad, sobre la prominencia de su nariz... Plutarco, en el siglo I, atribuyó su magnetismo más a la inteligencia, los exquisitos modales y la conversación que a la apariencia física. Era una mujer muy preparada y hablaba varias lenguas además del griego (fue el primer mandatario ptolemaico que aprendió el egipcio).

 

Cleopatra era una mujer muy preparada: hablaba varias lenguas además del griego y fue el primer rey ptolemaico que aprendió el egipcio

Cleopatra
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Fue coronada en 51 a.C., a los 17 años y junto a su hermano Ptolomeo XIII, de tan solo 12, con quien se había casado según la tradición. Este se dejó llevar por las maquinaciones de Arsínoe, hermana de ambos, y amparados por el eunuco Potino consiguieron apartar a la joven del trono y expulsarla de Alejandría. Pero Cleopatra era mucha Cleopatra y, con el apoyo –y el amor, mitificado entre otros por Shakespeare y Bernard Shaw– de Julio César, recuperó su puesto, no sin pasar por una guerra civil en la que ardió la Biblioteca de Alejandría por culpa de las tácticas del militar romano. Mientras pugnaba por afianzarse como reina casándose con otro de sus hermanos, Ptolomeo XIV, nacía de su relación con César un hijo, Ptolomeo XV, más conocido como Cesarión, y ella se dedicaba a embellecer la capital helenística egipcia con distintas obras públicas. César sería asesinado (44 a.C.) y Cleopatra reeditaría su historia de amor con uno de los aspirantes a sucederlo, Marco Antonio, con quien tuvo tres hijos. Entretanto, siguiendo cierta truculenta costumbre ptolemaica, había envenenado a su segundo esposo, Ptolomeo XIV, para no tener que compartir el poder más que con su hijo Cesarión.

Su affaire con Antonio iba a tener fatales consecuencias, para ella y para su país: enfrentados al nuevo poder romano personificado en Octavio, y con el pueblo egipcio sumido en la hambruna y harto de sus derroches, Cleopatra y su amado fueron derrotados en la batalla de Accio (31 a.C.) y después se suicidaron (ella, según la leyenda, haciéndose morder por un venenoso áspid). Un final por todo lo alto, pero con el lamentable efecto colateral de la definitiva subordinación de Egipto a Roma.