Emperadores hispanos

Tres mandatarios de origen peninsular gobernaron el Imperio. Trajano expandió las fronteras que su sucesor, el pacífico Adriano, trató de mantener, y Teodosio sería el último en reinar sobre Oriente y Occidente

Busto de Trajano
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Trajano (53 – 117)

Fue el primer hispano en acceder al trono imperial y su mandato estuvo marcado por la firmeza política, la expansión territorial y un intenso desarrollo de las infraestructuras.

Cuando llegó al poder imperial en el año 98, Trajano heredó un territorio cuyas fronteras iban de Escocia al norte de África y de las costas atlánticas de Hispania a las fronteras de la Dacia –actual Rumanía–. Un ejército de unos 500 000 hombres defendía aquel enorme ámbito geográfico que, según cálculos recientes, albergaba a más de cincuenta millones de habitantes. Bajo su mandato, Trajano agrandaría todavía más los límites del Imperio romano.

Su reinado, así como el de su sucesor, Adriano, transcurrió en los primeros años del siglo II, una etapa que fue en su conjunto uno de los períodos de mayor gloria para Roma. Es cierto que Trajano impulsó feroces guerras imperialistas, pero también contribuyó a la prosperidad de las provincias que dependían de la gran metrópoli. Su nombramiento como primer emperador originario de la península ibérica fue la culminación de un largo proceso, que comenzó con el desembarco de los Escipiones en Tarraco (Tarragona) en el año 218 a.C. Aunque el primer objetivo de la invasión fue combatir a los cartagineses, los romanos se plantearon pronto la posibilidad de colonizar Hispania, un territorio que ofrecía una reserva minera y agrícola de primer orden.

 

Trajano ordenó la construcción del Foro romano, cuyos edificios y monumentos ideó Apolodoro de Damasco

Estatua de Trajano
Imagen: Wikimedia Commons

 

Oriundo de Hispalis

Una vez vencida Cartago, muchos itálicos comenzaron a emigrar a aquella tierra de promisión. Entre ellos, los ancestros de los emperadores Trajano y Adriano, que se instalaron en Hispalis –actual Santiponce, localidad cercana a Sevilla–. Con el paso del tiempo, aquellos itálicos explotaron los magníficos olivares de la Bética, lo que les convirtió, en pocos años, en ricos terratenientes. Tras un siglo de colonización, en el año 98, murió el emperador Nerva, momento que aprovecharon el militar hispano Licinio Sura y otros destacados senadores de la península para situar en el trono de Roma a Trajano, un brillante general oriundo de Hispalis. La operación tuvo tanto éxito que el nuevo emperador se permitió el lujo de seguir guerreando un año más contra los germanos en la frontera del Rin. Una vez derrotados, Trajano entró triunfal en Roma, en octubre del año 99, y fue agasajado por el Senado y por el pueblo de la metrópoli con el prestigioso título de Germanicus.

A los pocos meses de tomar el poder, aquel belicoso emperador organizó una campaña militar contra los pueblos de la Dacia (Rumanía), a los que venció en el año 102. Tras una breve tregua, volvió a atacarlos para derrotarlos de­finitivamente tres años después, lo que le permitió anexionar la nueva provincia al Imperio y conquistar las ricas minas de oro de la región.

Con aquel fantástico botín en su poder, Trajano ordenó la construcción del Foro romano, cuyos edi­ficios y monumentos fueron ideados por el arquitecto Apolodoro de Damasco. Entre los restos que todavía hoy podemos admirar en Roma se encuentra la famosa Columna Trajana, en cuyo basamento sería enterrado años después el emperador hispano.

Mercado de Trajano
Mercado de Trajano, Roma. Imagen: iStock Photo

 

Tras la campaña en la Dacia, los romanos vivieron una etapa de relativa paz hasta el año 113, momento en que Trajano decidió emprender otra campaña militar, en este caso contra los partos –pueblos que vivían en el territorio del actual Irak–. Los preparativos guerreros coincidieron con la muerte de Licinio Sura, padrino del ‘clan de los hispanos’ y gran valedor del emperador.

Apoyado en sus legiones, y tras cruentos choques contra los partos, aquel militar bregado en los campos de batalla anexionó al Imperio los enormes territorios de Asiria, Mesopotamia y Armenia. Pero, además de un gran militar, Trajano fue un excelente gobernante. Su reinado fue el inicio de una época de gran expansión territorial y creciente prosperidad que perduraría años después, cuando su sucesor, Adriano, accedió al poder. La buena situación económica tuvo su reflejo en Hispania, donde Trajano ordenó renovar la Vía de la Plata –la calzada que unía las actuales Astorga y Mérida– y construir sobre el río Tormes un puente aún en uso. Los dos monumentos romanos más emblemáticos de la península, el acueducto de Segovia y el espectacular puente de Alcántara, también fueron concluidos en tiempos de Trajano.

Trajano
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La búsqueda de un heredero

El emperador sufrió un serio varapalo en el año 115, con una revuelta judía que facilitó la contraofensiva de los partos y provocó la pérdida de gran parte del territorio que había ganado para Roma. En 117, ya muy enfermo, trató de recuperar Asiria, pero no pudo realizar aquel último esfuerzo. Cansado y sin un hijo al que legar el Imperio, Trajano tiró la toalla y decidió regresar a Roma, aunque nunca volvió a verla. Con unos 64 años de edad, el emperador murió en Selinsa (Cilicia) durante su viaje de vuelta a la metrópoli.

Antes, y tras muchas dudas, Trajano había elegido como sucesor a su sobrino-nieto Adriano, un hombre culto en el que no confiaba demasiado. El apoyo del ejército y del poderoso ‘clan de los hispanos’, del que formaba parte Plotina, mujer de Trajano, fue determinante en la decisión ­final del emperador.

Busto de Adriano
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Adriano (76 – 138)

Con un marcado espíritu pacificador, el segundo emperador hispano trató de mantener las fronteras y legó una vasta impronta arquitectónica.

Nada más ser nombrado emperador de Roma, en el año 117, Adriano ordenó retirar las tropas de Mesopotamia (Irak) y, más adelante, llegó a acuerdos de paz con los dacios. Si el belicoso Trajano había volcado su política en la expansión territorial del Imperio, Adriano decidió contraer sus fronteras para protegerlo mejor, lo que permitió un largo período de paz que facilitó el mantenimiento económico de las provincias. En su juventud fue un brillante militar, pero, salvo algunas campañas menores y la guerra que mantuvo con Judea al final de su vida, Adriano fue un hombre menos amante de la guerra que Trajano.

Con ese espíritu paci­ficador, ordenó la construcción de una muralla de contención en Britania –el Muro de Adriano– que logró separar a los civilizados ciudadanos de Inglaterra de los muy aguerridos y nada romanizados pictos, que habitaban la región de Caledonia (Escocia). Además, a través de un ambicioso programa de construcción, Adriano transformó la ­fisonomía de Roma. Dirigió la edificación de su mausoleo –actual Castillo de Sant’Angelo– y ordenó erigir un Panteón, sobre el antiguo templo que construyó Agripa, en homenaje a Augusto. Aún hoy podemos admirar su elegante cúpula en el centro de Roma.

 

Fue un hombre complejo y un gran amante de las artes

Muro de Adriano
Muro de Adriano. Imagen: iStock Photo

 

Luces y sombras

Adriano tuvo una personalidad compleja. Su matrimonio con Vibia Sabina, nieta de Trajano, fue una fuente de irritación permanente para él, poco dado a la vida familiar. Sus constantes viajes por el Imperio y sus escarceos amorosos con efebos le hicieron abandonar sus deberes conyugales.

Le gustaba escribir poesía y sentía un notable interés por la arquitectura. Ordenó construir una biblioteca en Atenas, con centenares de columnas de mármoles raros. En la capital griega también concluyó las obras del templo dedicado a Zeus Olímpico y fomentó la creación del sínodo de todos los griegos, el Panhelenion, donde se reunían libremente los delegados venidos de todos los rincones del mundo helénico. En cuanto a su Hispania natal, muchas ciudades fueron promovidas al estatuto municipal o recibieron el rango de colonia, como Itálica, que fue reconstruida de nueva planta. Su cuidada estructura urbana y la calidad de sus construcciones monumentales aún son patentes en sus evocadoras ruinas.

En Roma, levantó un templo a Venus en el que el culto al Estado se asociaba a la divinidad protectora de los césares. Pero, junto a la religión tradicional, Adriano promovió la veneración de la imagen divina del emperador y de su familia. La monarquía recibía así un cierto carácter sobrenatural. Numerosas inscripciones con­firman la vitalidad del culto al emperador en las provincias hispanas.

En uno de sus muchos viajes por el Imperio, Adriano visitó las maravillas del antiguo Egipto acompañado por un joven griego llamado Antínoo, del que se enamoró apasionadamente. El placentero viaje acabó con el mayor de los reveses: su amante se ahogó en el Nilo en extrañas circunstancias. La muerte de Antínoo, en el año 130, cambió el carácter del monarca.

Dos años después de la tragedia, el emperador prohibió la circuncisión que practicaban los judíos y proyectó convertir Jerusalén en una ciudad de corte clásico con templos paganos, lo que provocó una gran sublevación en Judea capitaneada por Bar Kochva. El lado más cruel y belicoso de Adriano afloró entonces: ordenó una represión que costó la vida a cientos de miles de judíos. Al final de su vida, sin un hijo al que ceder el Imperio, el emperador se recluyó en la Villa Adriana, un fastuoso palacio situado en Tibur –actual Tívoli, junto a Roma– que disponía de tres instalaciones termales, un canal, un teatro e incontables salones. Allí nombró como sucesor a Antonino, un funcionario irreprochable de unos cincuenta años. Poco antes de morir, le pidió a Antonino que adoptara al hijo de su gran amigo Lucio, que falleció joven y no pudo representar el papel de sucesor de Adriano. De esta forma, el fantasma de Lucio podría acariciar el poder cuando su hijo lo recibiera de Antonino.

Teodosio
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Teodosio (347 – 395)

Con él no solo finalizó la lista de emperadores hispanos, sino que también comenzó la imparable decadencia de Roma.

Tuvieron que pasar doscientos cuarenta y un años para que otro hispano alcanzase el trono del Imperio, que en aquella época ya era cristiano y contenía en su interior las semillas de la Edad Media. Fue el 19 de enero del año 379 cuando Teodosio se puso al frente del Imperio de Oriente. Había nacido 32 años antes en Cauca –hoy Coca, Segovia– y era hijo de un hispano del mismo nombre, considerado uno de los más prestigiosos militares del emperador Valentiniano I. Así, cuando su padre Teodosio el Viejo fue enviado a Britania para sofocar una rebelión de escotos y pictos, su hijo le acompañó y se inició con éxito en la carrera militar.

Valentiniano I premió la excelente labor de paci­ficación que llevó a cabo el padre de Teodosio ofreciéndole el mando de la caballería en el frente del Rin. Allí volvió a cosechar tal éxito, que fue destinado al norte de África con la misión de contener los esporádicos ataques de los pueblos mauritanos. De forma inesperada, Valentiniano murió y un grupo de hombres influyentes intentó que su sucesor fuera su hijo, Valentiniano II.

 

Sería el último en gobernar ambos imperios: el de Oriente y el de Occidente.

Teodosio con San Ambrosio
Teodosio y San Ambrosio. Imagen: Wikimedia Commons

 

Una ascensión vertiginosa y extraña

No existen pruebas que lo acrediten, pero es probable que Teodosio el Viejo estuviera en contra de aquella decisión. El hecho es que, por esta u otra razón, fue condenado a muerte y ajusticiado en Cartago a principios de 376. Para el joven Teodosio, el fallecimiento de su padre fue una catástrofe personal. Se refugió en Hispania y contrajo matrimonio con una mujer de su tierra llamada Flaccilla, con la que tuvo su primer hijo, Arcadio.

Mientras tanto, Valentiniano II fue relegado a una acción de gobierno subordinada, siendo Graciano, el otro hijo de Valentiniano I, el que quedó al frente del Imperio de Occidente. En aquel entonces, los territorios de Oriente los regía Valente, aunque su mandato iba a durar muy poco.

En agosto del año 378, en Adrianópolis –cerca de Constantinopla–, los germanos derrotaron al ejército romano aniquilando a cerca de la tercera parte de sus hombres, entre los que se encontraba el propio Valente. El jovencísimo Graciano envió un ejército de Occidente para frenar a los godos, pero Roma necesitaba urgentemente a alguien capaz de encabezar con eficacia la maquinaria bélica romana y controlar la situación en Oriente. Los notables romanos pensaron en el joven Teodosio, que todavía se encontraba en Hispania. Rápidamente fue elevado a jefe del ejército y se le ordenó trasladarse a Tracia, donde combatió e­ficazmente contra los bárbaros. La progresión de su influencia en Roma fue vertiginosa e inexplicable, sobre todo teniendo en cuenta que su padre había sido represaliado pocos años antes. En el año 379, Graciano le ofreció compartir el trono, nombrándole mandatario del Imperio de Oriente.

Durante los años siguientes, los Balcanes se mantuvieron relativamente tranquilos y Teodosio consiguió establecer acuerdos de paz con los godos. A principios de 383, el hispano tuvo noticias de que Máximo, un militar que había servido con su padre, era aclamado por sus legiones como nuevo emperador de Occidente. En un desesperado intento de salvar su trono, Graciano se dirigió a las Galias para enfrentarse al usurpador. En las cercanías de París entabló una primera batalla, pero las fuerzas superiores del enemigo le obligaron a huir hacia el sur. Sin embargo, aquella retirada fue inútil y Máximo dio caza a Graciano, ajusticiándolo ese mismo año.

Teodosio jugó con inteligencia aquella difícil partida de ajedrez. Fingió otorgar su apoyo a Máximo y ganó tiempo para preparar a sus tropas. Poco después, le atacó y acabó con el traidor. Muerto Máximo, Teodosio fue entronizado como emperador de Occidente y Oriente: el Imperio volvía a estar uni­ficado.

Moneda de Teodosio
Imagen: Wikimedia Commons

 

El Imperio se parte otra vez en dos

En enero del año 381, el emperador promulgó una ley que ilegalizaba a los arrianos (escisión del cristianismo), que fueron considerados herejes favoreciendo así a los nicenos, otro grupo cristiano que rendía culto al Espíritu Santo. Cinco años después, Teodosio sufrió la pérdida de su hija pequeña, Pulqueria, y su mujer, Flaccilla. La catástrofe familiar coincidió con un terremoto que sacudió con violencia los alrededores de Constantinopla. El emperador vio una mala señal en aquel desastre natural y decidió apuntalar su poder, para lo cual contrajo matrimonio con la hermana de Valentiniano II, con quien tuvo una hija. De aquel modo, Teodosio y sus hijos se vincularon a la dinastía de los valentinianos, lo que les garantizaba un futuro menos conflictivo. Tras combatir contra otro usurpador, Eugenio, al que también derrotó, Teodosio murió en una iglesia de Milán en febrero de 395.

En aquel momento, el Imperio volvió a ser dividido. Su hijo Honorio se quedó Occidente y Arcadio, nacido en Hispania, gobernó en Oriente. Aquella nueva y de­finitiva escisión del Imperio fue el preludio de las invasiones de los pueblos bárbaros. En el año 410, las tropas de Alarico incendiarían y saquearían la Ciudad Eterna.