De la República al Imperio: la romanización de Hispania

Con la República agonizante, Roma exportó a las colonias su batalla política interna. Tras aplastar a Sertorio, Pompeyo y Julio César se enfrentaron en tierras hispánicas y todavía tuvieron tiempo de acabar con los últimos reductos rebeldes. La península ya era plenamente romana.

Foro de Mërida
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A fines del siglo II a.C., la grave crisis de la República romana afectaba a todos los frentes. El Senado veía el predominio de sus miembros más conservadoramente reaccionarios, la corrupción era general en la administración, las capas populares habían perdido todos los beneficios conseguidos en la etapa de los Gracos y el ejército se hallaba desmoralizado. Además, grandes contingentes de bárbaros (cimbrios y teutones) amenazaban las fronteras del noroeste, y Roma no conseguía dar fin a las guerras norteafricanas contra Yugurta. Aprovechando esta coyuntura, se sucedían las rebeliones de celtíberos y lusitanos, controladas in extremis por los ejércitos romanos. De las campañas de Cayo Valerio Flaco se recuerda la matanza de hasta 20.000 celtíberos, la destrucción de varias ciudades y la venta de poblaciones completas como esclavos.

Los indígenas que no conseguían tierras en los repartos no veían más salida que trabajar en las explotaciones mineras para los publicanos (arrendadores) romanos, o integrarse en el ejército romano como unidades auxiliares. Durante el siglo I a.C., Hispania se vio envuelta en los conflictos civiles del fin de la República, pues no fue ajena a las disputas políticas y militares desatadas en el Senado. Cuando, en el año 83 a.C., Quinto Sertorio se enfrentó al partido de los optimates o aristócratas encabezado por Lucio Cornelio Sila, su futuro político quedó sellado definitivamente.

Al dirigirse a la Hispania Citerior –donde ya había servido como tribuno militar entre los años 97 y 93 a.C.– como nuevo gobernador, Sila había nombrado a otro en su lugar. Desde Cartagena, Sertorio se dirigió a Mauritania y, gracias a sus contactos, consiguió apoyos y seguidores para su lucha en Hispania. En el año 80 a.C., con el apoyo incondicional de los lusitanos, algunos pueblos celtíberos y otras comunidades –además de todos los que huían de las proscripciones silanas–, encabezó las llamadas Guerras Sertorianas (82-72 a.C.).

 

Sertorio combinó sus conocimientos como estratega con su práctica en la guerra de guerrillas

Sertorio
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Sertorio y Perpenna

A sus conocimientos como estratega romano unió su práctica en la guerra de guerrillas, poniendo en jaque de este modo a los ejércitos de Quinto Cecilio Metelo Pío, el gobernador de la Ulterior. Pero Sertorio no se limitó tan solo a enfrentarse a Roma en una guerra civil, sino que organizó el territorio hispano como una provincia independiente, estableciendo todo un sistema de gobierno con capital en Osca (Huesca).

Sertorio contaba con la devoción de los hispanos, que le veían como el protegido de los dioses –sobre todo cuando aparecía acompañado de una cierva blanca amaestrada–, y él les trataba de modo afable, mantenía sus tratos y les aliviaba de sus impuestos o de la obligación de alojar a las tropas romanas. En el año 77 a.C. se le unió el ejército de Marco Perpenna, con lo que prácticamente dominaba la Citerior y algunas zonas de la Ulterior.

El Senado de Roma decidió poner en marcha un ejército de 50.000 infantes y 1.000 jinetes al mando de Cneo Pompeyo Magno, quien desde el 76 hasta el 72 a.C. hubo de hacer frente a Sertorio o sus lugartenientes en diferentes batallas. Finalmente, tuvo que ser una intriga de sus más directos colaboradores, encabezada por Perpenna, la que acabara con la vida de Quinto Sertorio.

Las posteriores victorias de Pompeyo –que sometió definitivamente la Celtiberia– tuvieron como consecuencia la ciudadanía de muchos indígenas, y su acción pacificadora le atrajo abundantes contactos y una nutrida clientela. Esto tuvo una gran importancia en la siguiente etapa, dominada por la guerra civil entre él y Julio César (49-41 a.C.). César ya había estado en la Ulterior, primero como cuestor (69 a.C.) y después como pretor (61 a.C.).

 

La conquista del aguerrido norte

En la provincia Ulterior, César se había ganado el apoyo de grandes capas de la población, sobre todo tras acabar con los últimos focos de rebelión lusitana en la Sierra de la Estrella, desde donde se lanzaban actividades de bandidaje y campañas de guerrillas. En 61 a.C. finalizó la obra inconclusa de Junio Bruto Galaico, llevando las armas y el dominio romano por las regiones independientes de Gallaecia.

Tras sus exitosas campañas como conquistador de las Galias y compartiendo el poder triunviral con Pompeyo y Craso, el Senado de Roma intentó desposeer a César de toda autoridad, lo que le empujó a tomar el poder por la fuerza, desatándose entonces la guerra civil entre él y Pompeyo. Este dominaba buena parte de la Citerior y tenía grandes influencias en la Ulterior, por lo que César tuvo que traer su ejército a la península para reconquistarla.

Entre la batalla de Ilerda (año 49 a.C.) contra Pompeyo y la de Munda (año 45 a.C.) contra los hijos de este –tras la derrota definitiva de Pompeyo en Farsalia y su muerte–, se desarrollaron toda una serie de asedios de ciudades y medidas para recuperar la lealtad de estos territorios. Así, César creó numerosas colonias tanto sobre ciudades preexistentes como en otras nuevas: Ucubi (Espejo), Urso (Osuna), Hispalis (Sevilla), Asta Regia (Jerez), Emporiae (la nueva ciudad romana de Ampurias, al lado de la griega), Tarraco, Celsa (Velilla de Ebro), la nueva Cartago Nova y, quizás, Ilici (Elche). También concedió la ciudadanía romana a amplios grupos de indígenas que le habían apoyado.

En 44 a.C., Julio César sería asesinado. Su sobrino-nieto y heredero, Cayo Julio César Octaviano, tras una breve lucha por el poder contra Marco Antonio, fue nombrado cónsul en el año 30 a.C. El futuro Octavio Augusto fue, poco a poco, acumulando poderes hasta que, finalmente, liquidó la agonizante República romana para convertirla en un Principado, la antesala del Imperio.

 

Desde su nuevo mando, Octaviano remató la conquista de los territorios aún no sometidos por Roma

Guerras cántabras
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Pero ya antes, desde su nuevo mando de cónsul, Octaviano decidió finalizar la conquista de los territorios que aún no se hallaban sometidos a Roma, esto es, la zona poblada por cántabros y astures, cuya derrota tuvo lugar tras una larga guerra entre los años 29 y 19 a.C. Estas regiones estaban pobladas por gentes que, según escribe Estrabón, estaban entre las más incultas y aguerridas de entre todos los pueblos bárbaros: «Todos los montañeses hacen una vida sencilla, bebiendo agua, durmiendo en el suelo y llevando el pelo largo como las mujeres... Toman sus comidas sentados, haciendo alrededor de la pared bancos de piedras. La comida se sirve en giro. Durante la bebida bailan en rueda acompañados por flauta y corneta o también haciendo saltos y genuflexiones... Todos llevan generalmente capas negras y duermen sobre pajas envueltos en ellas. Las mujeres llevan sayos y vestidos con adorno floral. Usan recipientes de madera, como los celtas... Despeñan a los condenados a muerte y a los parricidas los apedrean fuera de la ciudad o del confín... Ponen a los enfermos junto a los caminos, como hicieron los egipcios en el pasado, a fin de consultar a los viajeros que hubiesen padecido un mal parecido. Su sal es rojiza, pero machacada se vuelve blanca. Tal es la vida de los montañeses, es decir, como he dicho de los pueblos que ocupan el lado septentrional de Iberia: galaicos, astures y cántabros hasta los vascones y el Pirineo, ya que es idéntica la vida de todos ellos... El carácter inculto y salvaje de aquellos pueblos se explica no solo por su vida guerrera, sino también por su situación apartada...».

Esta guerra alcanzó una honda repercusión en la política propagandística de Augusto, el nuevo emperador, y se desarrolló en tres fases: la larga campaña de los años 26-25 a.C., que contó con la participación del propio Augusto y se dirigió contra cántabros y astures, una sublevación en los años 23-22 a.C. y un nuevo levantamiento de mayor entidad en el año 19 a.C., que afectó a los cántabros. Augusto hubo de enviar a su lugarteniente Marco Vipsanio Agripa, que sofocó brutalmente la rebelión.

 

Las sucesivas guerras civiles habían agotado el erario romano casi por completo

Falcata hispana
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Nueva división administrativa

Los autores clásicos indican como causa de la llamada guerra cántabra –o guerras cántabras, según las fuentes– las incursiones de cántabros y astures sobre los pueblos de la meseta, como lo habían hecho los antiguos lusitanos en el valle del Guadalquivir. Pero además estaba el interés del Estado romano por las minas de oro y hierro del norte y noroeste. Las guerras civiles habían agotado el erario romano casi por completo y, poco tiempo después de conquistar el territorio, se iniciaron las explotaciones a gran escala. Asimismo, razones estratégicas –como llevar la frontera del Imperio hasta el mar– y políticas –acrecentar el prestigio personal y celebrar triunfos, para estar al mismo nivel que César o Marco Antonio– hicieron que el propio Augusto participara en las operaciones militares.

No es fácil precisar el escenario de la contienda y prácticamente cada historiador de­fiende su propia secuencia de los hechos, pero hay datos fehacientes que apuntan a que, al menos durante los primeros años, se extendió hasta tierras de los astures. Dos años después de comenzada, en el año 27 a.C. y en plena campaña militar, se produjo la nueva división administrativa de la península ibérica en tres provincias, en lugar de las dos en que se había repartido el territorio hispano hasta entonces. Así, la Hispania Ulterior quedó dividida entre la Bética y la Lusitania, de nueva creación, y la Citerior pasó a denominarse Tarraconense. La división se produjo como consecuencia de la guerra y con ella Asturiae y Gallaecia quedaron encuadradas en la provincia de Lusitania, mientras que Cantabria pasó a integrar la provincia Tarraconense bajo el control directo de Augusto, presente en tierras cántabras por esas fechas.

Estatua ecuestre de Augusto
Estatua ecuestre de Augusto Imagen: iStock Photo

 

El fin de la conquista

En efecto, el emperador se trasladó a Segisama (actual Sasamón, en Burgos) para dirigir la campaña y luego la continuó desde su refugio en Tarraco, donde debió quedarse para sanar de una larga enfermedad y donde tuvo que ceder el mando a Agripa, su colaborador más directo. Roma adoptó con los cántabros una cruel política de exterminio de todo hombre capaz de llevar armas, prácticamente extinguiendo esta cultura.

La guerra se puede dar por finalizada en el año 19 a.C., aunque se tiene constancia de rebeliones menores posteriores. Se firmaron pactos con comunidades de indígenas, como el recogido en el llamado Edicto del Bierzo o Bronce de Bembibre, y algunos castros fueron destruidos e incendiados. Roma, al igual que hizo en otras regiones, impuso sus formas de división territorial. Poco después se reorganizó el territorio del norte, incorporándolo conjuntamente con Galicia a la Tarraconense, la única provincia con presencia militar y bajo el mando de un legado imperial. Terminaban los largos años de luchas civiles y guerras de conquista y se inauguraba de este modo una larga época de estabilidad política y económica en Hispania.

Como elemento de control quedaron tres legiones, con labores de pacificación y policía, además de escolta de los convoyes de oro y otros productos. Los veteranos de la primera campaña constituyeron el núcleo de Emerita Augusta (Mérida), la nueva villa fundada a orillas del Guadiana. Y es que la colonización de la última etapa de conquista fue consecuencia sobre todo del asentamiento de emeriti (veteranos): Metellinum (Medellín), Caesaraugusta (Zaragoza)... Otras ciudades se fundaron para controlar este territorio y facilitar el establecimiento de las tropas y de los hispanos dedicados al comercio o la artesanía: Asturica Augusta (Astorga), Lucus Augusti (Lugo) o Braccara Augusta (Braga, Portugal).

Las ciudades se convirtieron así en el mejor vehículo de romanización, pues eran el reflejo de la metrópoli, tanto en sus instituciones como en sus monumentos. En la mayoría de ellas no faltaban los característicos edificios públicos de representación –murallas, foros, templos, mercados– y entretenimiento –termas, teatros, circos, anfiteatros–, además de las construcciones privadas –casas, villas, tumbas–. Toda esta arquitectura era un claro ejemplo que definía a la nueva cultura impuesta por Roma.

Mosaico romano
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