Creación y evolución del ejército egipcio: reyes y guerreros

Aunque al principio Egipto no tuvo la necesidad de contar con un aparato militar importante, la partición del Imperio en dos – durante el Primer Período Intermedio– hizo ver a los faraones que, para sofocar las pretensiones separatistas, se precisaba un ejército instruido y numeroso. Con él se lanzarían luego a la conquista de tierras más allá de sus fronteras.

Ejército egipcio
Imagen: Wikimedia Commons

A pesar de que la civilización egipcia ya existía en el IV milenio a.C., su desarrollo militar era escaso. El desierto que la rodeaba por el este y el oeste era una excelente protección y le permitía estar a salvo de grandes invasiones, a diferencia de los pueblos mesopotámicos, abiertos a las correrías de los pueblos vecinos. Ello le llevó a descuidar el desarrollo del ejército, en comparación con las civilizaciones que entre el Tigris y el Éufrates se estaban creando simultáneamente.

 

Un ejército pequeño

El Alto y Bajo Egipto se unificaron hacia 3100 a.C. bajo la autoridad del mítico primer gran faraón Narmer, fundador de la Dinastía I. Él fue el primer monarca guerrero, pues no solo se impuso al Bajo Egipto sometiendo a los habitantes del delta, sino que posiblemente también expulsó a nómadas extranjeros que se habían instalado en la región. Sin embargo, los datos sobre su persona son muy escasos y hasta confusos, dada su lejanía en el tiempo y los pocos rastros arqueológicos.

Durante los mil años aproximados que duró el Período Arcaico, la civilización egipcia se desarrolló de modo aislado, casi sin contactos con el exterior. Los únicos enemigos que, de vez en cuando, les molestaban eran nómadas libios y nubios del sur, que eran fácilmente rechazados. Por ello su ejército estaba centrado, sobre todo, en asegurar la unidad del Imperio impidiendo las tentaciones separatistas de los gobernadores alejados de la capital. La gran longitud del reino del Nilo facilitaba que algún dirigente se alzase ocasionalmente si percibía debilidad en el poder central. Su aislamiento y el río, que les servía como fuente de vida y medio de transporte, les permitió despreciar incluso el uso de la rueda y de los carros. Su ejército era, por tanto, únicamente de infantería, siendo su fuerza principal la guardia del faraón, reducida pero bien entrenada y profesionalizada, auxiliada por pequeños y esporádicos contingentes de mercenarios libios y nubios, utilizados preferentemente como arqueros. Sus acciones lejos del reino se limitaban a ocasionales expediciones de castigo y saqueo, pero con nulas ambiciones expansionistas. A mediados del III milenio ya existía cierto comercio con puntos de la actual Palestina, Israel y la península de Sinaí, por lo que también en ocasiones se lanzaban algunas operaciones militares hacia esos puntos, pero solo para asegurar las rutas comerciales. En caso de peligro extremo, se llamaba a ­ filas a todos los hombres capaces de empuñar una rudimentaria arma de piedra o madera, y cuando se había conjurado el riesgo cada uno volvía a su quehacer habitual.

Ejército egipcio
Imagen: Wikimedia Commons

 

Hacia 2050 a.C., Egipto se desmembró en lo que se conoce como Primer Período Intermedio, no volviéndose a unir hasta 1900 a.C. con el inicio del llamado Imperio Medio. Los nuevos faraones vieron que era conveniente contar con un ejército más poderoso que conjurase las tensiones separatistas y las incursiones esporádicas de invasores. Ahora, junto a la guardia del faraón, se estableció el reclutamiento obligatorio de uno entre 100 hombres, que pasaron a formar parte de un nuevo ejército profesional y encuadrado por o­ficiales formados, al tiempo que se aumentaba el número de mercenarios extranjeros. En este período se construyeron fortalezas (Buhen y Semna) al sur, en la inestable frontera con Nubia, y al este del delta del Nilo el llamado Muro del Príncipe, así como varios fuertes en la costa del Sinaí para prevenir invasiones asiáticas que comenzaban a apuntar desde el este y vigilar la seguridad de las rutas comerciales que se habían comenzado a abrir. Sin embargo, siguieron sin tener ambiciones conquistadoras, apenas se modernizaron armamentísticamente y continuaron confiando en el desierto como principal defensa. Sus armas eran simples, aunque mortíferas. En el cuerpo a cuerpo empleaban el bastón, la porra, el cuchillo de sílex, el hacha de piedra y la lanza con punta de piedra, hueso o bronce. Los oficiales usaban daga o espada de bronce y, para la lucha a distancia, se usaban el arco y la flecha, con puntas de esos mismos materiales, y una especie de bumeranes. Las corazas de bronce y los cascos estaban reservados a los altos mandos debido a su elevado coste, siendo la defensa más común el simple escudo de mimbre cubierto con cuero. Todas estas armas se elaboraban en los talleres de los palacios o de los templos bajo una estricta supervisión, y allí también eran almacenadas y contabilizadas por los escribas. Durante el Imperio Medio también se creó el cuerpo de cazadores: unidades especiales encargadas de patrullar los desiertos y las fronteras con Nubia, para detectar cualquier movimiento hostil y avisar con antelación de cualquier posible ataque.

 

El ejército era de infantería, siendo su fuerza principal la guardia del faraón, reducida pero bien entrenada

Soldados egipcios
Imagen: iStock Photo

 

El imperio nuevo

Hacia 1650 a.C., Egipto fue invadido por los hicsos –también llamados “príncipes del desierto”– llegados del este, que arrollaron sus defensas gracias a dos armas revolucionarias: los carros tirados por caballos y el arco compuesto, que era capaz de duplicar el alcance del arco convencional. Se abrió con ello el llamado Segundo Período Intermedio y los invasores no fueron expulsados del Bajo Egipto hasta 1537 a.C., cuando se inició el llamado Imperio Nuevo.

Los nuevos faraones decidieron que había que extender las fronteras más allá del Nilo como colchón protector y, de paso, someter al vasallaje a los pequeños reinos de la franja sirio-palestina. Su ejército aumentó en número, lo dotaron de miles de carros y caballos, copiaron el arco compuesto y fueron reemplazando las viejas armas con puntas de piedra por otras de bronce. Con ello crearon un poderoso ejército móvil capaz de enfrentarse al enemigo antes de que llegase al Nilo. Ahora eran 50 000 soldados profesionales divididos en cinco divisiones, aparte de los mercenarios, y masas de carros que se movían en grupos de 50 hombres. También se contrató a miles de artesanos cananeos, hititas y de otros pueblos mesopotámicos y de Anatolia, para que enseñasen a fabricar los complejos carros de guerra, arcos y también las primeras máquinas de asedio (arietes, torres móviles, etc.), que serían imprescindibles para derribar las puertas y murallas de las ciudades que se iban a asaltar. Habían roto con la política aislacionista e inaugurado la fase de los grandes faraones guerreros.

 

Durante el Imperio Medio se creó el cuerpo de cazadores: unidades especiales encargadas de patrullar los desiertos

Arquero egipcio
Imagen: Wikimedia Commons

 

Los grandes conquistadores

El mejor ejemplo de todo este cambio de política fueron las quince campañas victoriosas del faraón Tutmosis III para someter a todos los reinos existentes entre Egipto y los babilonios e hititas, que culminaron con la batalla de Megido en 1479 a.C. En este choque sometió a una gran coalición de ciudades cananeas que se rebeló y, según las crónicas, obtuvo un botín de 924 carros, 2 238 caballos, 200 armaduras de bronce y grandes cantidades de oro y plata. También venció a los hititas, provocando el fin de su antiguo reino, y a Mitanni. En su última expedición acabó con el reino de Qadesh, uno de los últimos vestigios de los hicsos. Su hijo Amenhotep II prosiguió las campañas exitosas de su padre, consolidando y ampliando las conquistas. Pero aún se dio un mayor giro militarista cuando el general Horemheb accedió al poder mediante un golpe de Estado, convirtiéndose en el último faraón de la Dinastía XVIII. Con él se acabaron definitivamente las políticas pacificadoras y comenzó una activa campaña de conquistas en toda la costa sirio-palestina y las actuales Jordania y Siria, campaña que llegó hasta las mismas fronteras del reino hitita en Anatolia. Tras su reinado, el ejército quedo configurado como un poder autónomo, necesitado de un importante presupuesto y que presionaría a los faraones y a la casta sacerdotal para influir en mantener una política exterior agresiva. No podía ser de otro modo, pues las conquistas suponían botines de guerra y los mandos militares estaban interesados en mantener y aumentar sus riquezas, así como en asegurar sus sueldos y recompensas en tierras. Por ello, no es de extrañar que desde ese período se diesen presiones, e incluso golpes de Estado, en las altas esferas de poder para boicotear las políticas pacifistas. En tiempos de paz el ejército servía para tareas de vigilancia interna, fuese ante posibles sublevaciones de descontentos sociales como –y sobre todo– ante los posibles gobernadores díscolos que regentaban las provincias más alejadas y que podían albergar las consabidas tentaciones separatistas. Con ello el ejército pasó a formar parte de la élite gobernante, junto con la familia real, los altos funcionarios y los sacerdotes. Todos se precisaban y se legitimaban mutuamente ante las masas campesinas que labraban los márgenes del Nilo.

 

Ramsés II emprendió campañas contra tribus libias y contra el reino de Kush, en Nubia

 

A la muerte de Horemheb se inició la Dinastía XIX, que sería la más imperialista de todas y en la que Seti I fue el primer faraón destacado. Este emprendió una ambiciosa campaña de conquistas sobre las ciudades-Estado de la costa fenicia, pero sería su hijo quien adquiriese más fama como guerrero invencible: Ramsés II. Fue famoso, sobre todo, por la batalla de Qadesh, el enclave ubicado en la frontera de las actuales Turquía y Siria, en el año 1274 a.C. Allí tuvo lugar ese gran choque en el que los egipcios se enfrentaron a los poderosos hititas, que habían logrado reunir a 40 000 hombres y 3 800 carros tras resurgir en su nuevo reino. Aunque la propaganda egipcia lo celebró como una victoria, el resultado fue de empate, pero demostró la gran preparación y disciplina que había adquirido el ejército egipcio, capaz de combatir con éxito lejos de sus fronteras naturales.

Carro de guerra egipcio
Imagen: iStock Photo

 

Armas de hierro para todos

Este mismo faraón emprendió campañas contra tribus libias y contra el reino de Kush, en Nubia, ampliando sus dominios en todas las direcciones. Entre sus mayores éxitos, sin duda, está el haber vencido a los llamados “Pueblos del Mar”: Egipto fue el único gran reino de todo Oriente Próximo que resistió la invasión que, por ejemplo, provocó el colapso del Imperio hitita. Este hundimiento permitió, curiosamente, que se extendiese el secreto de la fundición del hierro, que hasta ese momento solo ellos conocían; a partir de entonces todos dispusieron de armas más resistentes y baratas que las de bronce. Ramsés II, después de derrotar a los Pueblos del Mar, los supo incorporar como mercenarios a su ejército, procediendo a reorganizarlo y situando al frente de las mejores unidades a sus hijos y parientes cercanos, para garantizar la ­fidelidad de todas las unidades.

El resultado fue que el ejército del faraón se convirtió más que nunca no solo en la columna vertebral del Estado, sino en un cuerpo eficiente y profesional, capaz de combatir en cualquier terreno y en cualquier época del año. Los soldados ahora tenían espíritu de casta y muy arraigados los conceptos de honor y valentía, lo que les hacía creer en su superioridad frente el resto de la población y reforzaba su cohesión interna.

Los posteriores faraones, Merenptah y Ramsés III, mantuvieron la tensión bélica enfrentándose con éxito a incursiones de tribus libias y a los coletazos que aún daban los Pueblos del Mar. Sin embargo, tuvieron que adoptar una política más destinada a mantener las posiciones y, por tanto, de corte defensivo, lo que incrementaría el número de fortalezas en las fronteras. Lo cierto es que, al final de la Dinastía (1188 a.C.), Egipto comenzó un lento pero imparable proceso de decadencia y debilitamiento que, a la larga, le llevaría a ser invadido por otras potencias pujantes en Oriente Próximo que avanzarían, de nuevo, desde el este.

Kopesh
Un kopesh, la espada egipcia. Imagen: Wikimedia Commons