Claudio y Nerón, el ocaso de una estirpe

Tras el magnicidio de Calígula, su tío Claudio fue elegido inesperadamente emperador. Este miembro marginado de la familia imperial, entregado al estudio, se convirtió en el hombre más poderoso de Roma. Trece años después, el tirano y excéntrico Nerón sucedió a su tío abuelo, lo que supuso el inicio de la decadencia de Roma.

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Las turbulencias de la tardorrepública en el proceso de transmisión de poder habían quedado aparcadas durante el Principado de Augusto y Tiberio. La muerte de César y los estragos de las guerras civiles habían dado paso a un período de aparente estabilidad institucional vertebrada alrededor de la obra de Augusto y el esbozo de un principio dinástico que consolidaba el poder en manos de los julio-claudios. Pero la púrpura, una vez más, volvió a teñirse de rojo en el año 41 cuando los excesos de Calígula y las continuas afrentas a los miembros de la clase senatorial vertebraron una conjura a gran escala en la que estaban implicados senadores, miembros del orden ecuestre, pretorianos y algunos de los colaboradores más íntimos del emperador. Calígula fue asesinado pero, pese a las trágicas circunstancias de la muerte del Princeps y el vacío de poder resultante, el espectro de una hipotética restauración del viejo orden republicano no estuvo nunca encima de la mesa. Nadie discutía, ni siquiera el Senado, que un julio-claudio habría de heredar el cetro del desmesurado Calígula.

 

Los pretorianos, piezas clave

No fue, sin embargo, como habría sido preceptivo, el Senado el que designó al sucesor del malogrado monarca. Simplemente, no hubo tiempo para hacer demasiadas cábalas porque la guardia pretoriana maniobró con rapidez tomando la iniciativa e inaugurando así un largo período de más de cuatro siglos en el que el prefecto del pretorio y sus hombres habrían de convertirse en una pieza central del tablero político, deponiendo y aclamando emperadores a su antojo. Lo que ocurrió después es algo que ni el más certero de los augures habría podido pronosticar unos años antes. De los dos hijos de Druso el Mayor era el carismático Germánico, el padre de Calígula, un militar de historial rutilante, quien estaba destinado a vestir la púrpura. Su hermano Claudio era una presencia invisible dentro de la familia imperial.

Dedicado al estudio y la erudición y recluido entre los muros de palacio, decir que era impopular sería adjudicarle una visibilidad que en verdad no tenía. Cojo, físicamente poco agraciado, tartamudo... eran tantos sus defectos que nadie le habría considerado nunca apto para el gobierno. Y gracias, probablemente, a su aparente insignificancia, se libró de las purgas de Tiberio. Pero el 24 de enero del año 41 los pretorianos optaron por el más improbable de los candidatos: Claudio, que tenía 52 años cuando se convirtió en el hombre más poderoso de Roma, fue el elegido para reemplazar al depuesto y asesinado Calígula.

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Ambicioso reformista

Claudio tenía todas las papeletas para convertirse en un emperador títere, o cuando menos en un gobernante maleable y fácilmente manipulable; al menos, eso era lo que esperaba el Senado. Se equivocaron: Claudio dotó de mayor poder real y simbólico a la figura del Princeps, como cabeza visible del ejército y la administración, ganándose desde muy pronto la hostilidad de la vieja y decepcionada aristocracia senatorial. Quien esperaba un principado de transición pronto se percató de su error.

Claudio fue un ambicioso reformista que dejó su impronta en la práctica totalidad de los ámbitos del gobierno. Suyo fue el impulso de crear una administración estatal, altamente especializada, que centralizaba por primera vez competencias que hasta entonces habían recaído en el Senado. Hizo lo propio con las finanzas decretando la creación de un Fiscus Caesaris, la primera tesorería imperial, y estrechando a la vez la vigilancia sobre el Aerarium Saturni, cuya administración dependía directamente del Senado: una nueva injerencia en los “intocables” asuntos de la casta política de Roma. La consecuencia de todo este proceso fue la sensible multiplicación del número de burócratas imperiales, la mayoría de ellos, procedentes del orden ecuestre (procuratores), lo que a la postre dio lugar a la gestación de una nobleza de nuevo cuño, que pronto haría sombra a la aristocracia senatorial, convirtiéndose en actor principal en la vida política romana de los siglos sucesivos.

Todas estas políticas desataron, como no podía ser de otro modo, las iras de la clase senatorial. Y Claudio reaccionó con mano dura poniendo en marcha numerosos procesos para purgar a los elementos más díscolos de la institución y decretando la ejecución de un total de 35 senadores, por lo que no es de extrañar, habida cuenta de la gran cantidad de cronistas adscritos al Senado, que la imagen del tercer emperador de Roma para la posteridad tenga un sesgo tan poco favorable y tan abiertamente hostil a sus años de gobierno.

 

Obras públicas y política exterior

Claudio cuidó además en extremo la proyección de su imagen de cara a la opinión pública, ganándose las simpatías de la plebe con un ambicioso programa de obras públicas y con políticas destinadas a garantizar el abastecimiento de trigo entre las clases más necesitadas.

Fue mucho más que un emperador burócrata y su política exterior fue tanto o más ambiciosa, mediante la creación de seis nuevas provincias en regiones especialmente conflictivas: Mauretania Tingitana y Mauretania Cesarensis (en el norte de África), Judea, Tracia, Licia y Britania, cuya conquista completó un ambicioso lavado de cara en el mapa provincial. Las operaciones de la guerra de Britania fueron supervisadas en el frente por el propio emperador y se saldaron con la romanización de la mitad sur de la isla, completándose así el proyecto de expansión que Julio César no tuvo tiempo de ejecutar. En paralelo, consolidó el proceso de romanización de las provincias mediante la fundación de numerosas ciudades y la extensión del derecho de ciudadanía a los veteranos de los cuerpos auxiliares de las legiones, quienes, mediante su asentamiento en enclaves coloniales una vez retirados del servicio activo, se convirtieron en uno de los principales vectores de expansión de la romanización.

Lo cierto es que Claudio encontró uno de sus más aguerridos enemigos en el seno de su propia familia: sus sucesivas esposas ejercieron una influencia decisiva en el ámbito de la política. Mesalina fue responsable de la ejecución de numerosos miembros de la clase senatorial y del orden ecuestre, hasta que sus continuas intrigas, a la par que sus escandalosas infidelidades, obligaron al Princeps a quitársela de en medio decretando su condena a muerte.

Más éxito tuvo su siguiente esposa, Agripina la Menor, cuya ambición política sin límites se proyectó hacia su hijo Nerón. Desde que se convirtió en emperatriz, su única obsesión fue garantizar que la sucesión recayera sobre este, para lo cual logró que el emperador nombrara a Nerón tutor de Británico, fruto de su matrimonio con Mesalina y, a priori, legítimo heredero al trono.

 

Proclamación de un nuevo emperador

Finalmente, y tras la eliminación de numerosos rivales políticos, Agripina decidió acelerar los tiempos y envenenó a Claudio para lograr la proclamación de Nerón como nuevo emperador pasando por encima de Británico, a quien no dudó en asesinar unos meses después.

Corría el 13 de octubre del año 54 cuando, nuevamente, los pretorianos decidieron que el hijo de Agripina era el candidato más “cualificado” para el puesto. Los quince mil sestercios destinados a cada uno de los miembros de la guardia, sin duda, fueron un inestimable empujón a la hora de tomar la decisión. El Senado, una vez más, no tuvo más alternativa que ratificar el nombramiento, a pesar de que el nuevo Princeps no había cumplido aún los 18 años. Agripina se aseguró de que su hijo recibiera la mejor de las educaciones del prefecto del pretorio Afranio Burro y, muy especialmente, del filósofo Séneca.

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Influido aún por las enseñanzas de sus dos maestros, Nerón dio inicio al llamado Quinquennium aureum, un lustro marcado por un gobierno eficaz y competente, escrupulosamente fiel a la tradición y comprometido en la protección de los atávicos privilegios de los miembros de la clase senatorial. Poco a poco, Nerón se “independizó” de su madre, que fue perdiendo poder paulatinamente hasta desaparecer casi por completo del vértice de las decisiones políticas. Pero la influencia de Séneca y Burro acabó convirtiéndose en un arma de doble filo, pues exacerbó sus tendencias absolutistas en la esperanza de los dos mentores de poder manejar a su antojo a un Princeps que acumulaba en torno a sí cada vez más y más poder.

 

Giro radical hacia el despotismo

La errática política fiscal del emperador en este primer período de su reinado terminó por consolidar el divorcio entre Nerón y la clase senatorial. Paralelamente, Séneca y Burro iban perdiendo influencia en las decisiones del emperador, que se apoyaba en nuevos consejeros: muy especialmente en su amante, Popea Sabina, decisiva a la hora de empujar al Princeps a desembarazarse de una vez por todas de su madre asesinándola, en la peor tradición de intrigas familiares de la dinastía. Con sus dos mentores y consejeros cada vez más limitados en su capacidad de influencia sobre el joven y ambicioso emperador, Nerón dio finalmente un giro radical hacia el despotismo más exacerbado, dispuesto a dejar su huella en la historia transformando por completo los fundamentos políticos y sociales del régimen.

 

Ataque frontal a la cultura

Nacía así el “neronismo”, un intento por transformar el Principado en una suerte de monarquía teocrática de corte helenístico que socavaba desde la raíz los cimientos mismos de la por entonces ficticia República romana, para indignación de los perplejos e impotentes senadores. Nerón apostó por una monarquía no solo de sustancia, sino también de extravagante estética greco-oriental que era en sí misma un ataque frontal a la cultura y el modo de vida tradicional de los romanos. Fue lo suficientemente hábil como para conquistar el favor de la plebe y de amplios sectores del orden ecuestre, lo que dejaba a los senadores solos en su oposición a las megalómanas políticas del emperador. Con la inestimable colaboración de su nuevo prefecto del pretorio, el siniestro Ofonio Tigelino, Nerón reactivó las purgas contra el Senado celebrando procesos de lesa majestad, una de cuyas víctimas más ilustres fue Octavia, la propia esposa del emperador, cuyo asesinato fue aprovechado por la intrigante Popea para ocupar la “vacante” de emperatriz.

 

Un creciente desastre

Nerón hizo gala de su proverbial populismo con un amplio programa de obras públicas y espectáculos. El celebérrimo incendio del verano del año 64, cuyas causas desconocemos, fue, de hecho, la excusa perfecta que necesitaba el emperador para reconstruir Roma y convertirla en la ciudad grandiosa con la que soñaba. El Princeps, entre tanto, no mostraba interés alguno por lo que se cocía en las provincias y su política exterior fue casi inexistente.

A consecuencia de ello, la falta de control y dejadez en la administración propició el estallido de una grave revuelta en Britania en los años 60 y 61 liderada por Búdica, reina de los icenos, y finalmente sofocada por Suetonio Paulino. Tanto o más preocupante y gravosa para las arcas del Estado fue el estallido de otra rebelión en Judea, donde se estaba gestando uno de los focos de resistencia al Imperio que más quebraderos de cabeza iba a proporcionar a Roma en los tiempos venideros. Nerón confió la pacificación de la provincia a un veterano general de nombre Tito Flavio Vespasiano, futuro emperador de Roma y primer eslabón de la dinastía Flavia, que habría de poner fin a la era de los julio-claudios.

Mientras, en Roma, la situación de las finanzas, consecuencia de la costosísima y megalomaníaca reconstrucción de la ciudad tras el incendio, disparaba el número de opositores y ciudadanos descontentos. Nerón trató de desviar la atención señalando como cabeza de turco a los cristianos, que fueron perseguidos, quemados y sacrificados en los juegos del circo, devorados públicamente por las fieras. Pero la crisis era cada vez más y más profunda: el monarca procedió a devaluar el denario (moneda romana), disparando la inflación, y se vio obligado a subir impuestos y a multiplicar los procesos de lesa majestad para “hacer caja” expropiando a los más ricos.

En el año 65, el malestar creciente cuajó en una conjura liderada por Cayo Calpurnio Pisón, que intentaba asesinar al emperador y acabar de una vez por todas con la espiral de decadencia. Pero la conspiración fue descubierta, y la represión fue salvaje.

Nerón aprovechó la ocasión para erradicar de una vez por todas a los supervivientes de la nobleza de alcurnia, emparentada con las más viejas y reputadas familias republicanas. Una nueva conjura en el seno del ejército pocos meses después privó al Princeps del último gran pilar en el que apoyarse: las legiones. Se había quedado definitivamente solo. Finalmente, su tumba política se esculpió en las provincias a las que tanto había denostado.

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Caos en el Imperio

Así, el hartazgo de los ejércitos provinciales cristalizó en la rebelión de la Galia, donde el legado Cayo Julio Vindex –con el apoyo de Servio Sulpicio Galba, gobernador de la Hispania Citerior, y del legado de Lusitania, Salvio Otón– encabezó una revuelta contra la que el emperador ya no tenía capacidad de respuesta. Mientras, en Roma, Nerón se vio privado de su último pilar: la guardia pretoriana, quedando completamente aislado y, en la práctica, sin recursos para hacer valer su autoridad. Así las cosas, tras ser declarado enemigo público por el Senado, huyó de la Ciudad Eterna y, en su desesperación, se quitó la vida el 9 de junio del año 68. Tiempos oscuros estaban por cernirse sobre un Imperio sumido en el caos.