Brujos y chamanes de la antigüedad

Todas las civilizaciones antiguas –persas, caldeos, hebreos, egipcios, griegos, romanos, celtas...– tuvieron relación con lo mágico, que en su origen estaba íntimamente ligado a las prácticas religiosas.

La magia es una variante más de la poesía. Ambas se posicionan ante la realidad y la transforman, aunque hay una marcada diferencia: la poesía evoca una realidad nueva e imposible; la magia no se contenta con evocarla, sino que la materializa. Sacar un conejo de una chistera no es decir, es hacer.

El ilusionismo –esa preciosa palabra– viene a ser la rebaja de lo mágico al nivel del mero espectáculo. Con sus juegos, el ilusionista intenta situar al espectador ante la perplejidad, y el nivel de su trabajo será tanto más apreciado cuanto mayor sea la imposibilidad de su propuesta. Pero ambos se atienen a una convención tácita: el espectador sabe de antemano que la persona que tiene delante no produce magia, sino la ilusión de lo mágico, que es la ilusión de lo imposible. Y, por su parte, el ilusionista sabe que el espectador sabe.

¿Hay alguien que pueda hacer posible lo que todos consideramos imposible? Hoy creemos que no porque lo dice la ciencia, que es otra forma –tal vez pervertida– de la magia, una nueva magia cínica, sin fe ni ilusión, atenta exclusivamente a los protocolos, que son sus nuevos ensalmos. Pero en otros tiempos más cercanos a nuestra infancia cultural no pensábamos lo mismo. Entonces creíamos que había individuos conocedores del secreto de hacer aquello que la naturaleza no puede hacer; personas especiales, dotadas de una capacidad que solo entidades místicas, divinidades, genios, espíritus o demonios pueden conferir a los humanos. Y esto ya es materia de religión, de modo que la magia y la religión están íntimamente unidas. ¿Qué son los milagros, sino actos de magia? ¿Qué son los ritos, sino representaciones mistéricas?

El conocimiento no compartido es poder. Las estructuras de conocimiento son estructuras de dominio. Los secretos de los druidas, de los caldeos o de los sacerdotes egipcios eran herramientas de superioridad de aquellas castas. Saber lo que los demás ignoran significa estar por encima de ellos, situarse en otro plano. Cuando un observador de los cielos babilonios escudriñaba el firmamento y hacía sus cálculos astronómicos, podía utilizarlos después para arrogarse la capacidad de producir eclipses, por ejemplo. Así lo hace Hank Morgan, el protagonista de la divertida novela de Mark Twain Un yanqui en la corte del rey Arturo.

 

Los sacerdotes de Zaratrusta

A los magos se les atribuía la capacidad de realizar prodigios. El mazdeísmo fue una religión fundada por Zoroastro (o Zaratustra), quien nació hacia el siglo XIII a.C. y predicó una doctrina singular basada en la lucha eterna entre el bien y el mal. Según Heródoto, sus sacerdotes procedían de una tribu meda de ese nombre (los magós) y tenían gran poder en los tiempos del Imperio persa. Eran adivinos, astrólogos, nigromantes, expertos en conjuros e intérpretes de sueños. Se les tenía gran respeto, pero el emperador podía hacerlos crucificar después de haber sufrido un desastre siguiendo sus consejos y profecías, como hizo Astyages con los que le habían aconsejado dejar en paz a Ciro. Aquellos magos primitivos se dedicaban a tareas de protección para atraerse a las fuerzas positivas, pero también podían trabajar como maldecidores, enviando las fuerzas negativas contra sus enemigos. El Antiguo Testamento menciona, en el Libro de los Números, a uno de estos magos llamado Balaam, contratado por Balak, rey de los moabitas, para maldecir a los judíos que se habían asentado en sus tierras.

 

Sentidos de la palabra ‘mago’

El Señor envía a uno de sus ángeles para que detenga a la burra que conduce a Balaam, el cual se muestra incapaz de maldecir a los judíos y, por el contrario, los bendice ante la estupefacción de su contratante. Asimismo, en el Nuevo Testamento, los Reyes Magos que desde Oriente acuden a Belén siguiendo la estrella han sido interpretados como astrónomos persas. La palabra mago es uno de esos términos que han dado sorprendentes volteretas por la historia. Cuando los musulmanes llegaron a Persia y se encontraron con el mazdeísmo, usaron el término mago (madjus), que ellos mismos se daban y que también los griegos habían recogido, para referirse a aquellos sacerdotes de Ahura Mazda a quienes consideraban unos ateos. Y en ese mismo sentido de ateos o gentiles la usaron los musulmanes de España para referirse a los vikingos (al-madjus o almuchuces) que durante algún tiempo extendieron sus razias por la Península y a los que se enfrentaron repetidas veces. De modo que el mismo nombre con el que los griegos conocieron a los persas fue utilizado por los árabes quince siglos más tarde para referirse a los nórdicos.

 

Hay magos natos y magos por delegación. Moisés se convierte en mago cuando recibe de Yahvé el don de transformar su vara en una serpiente. Con esa vara mágica (que luego heredarán las hadas medievales) se presenta ante el faraón, el cual convoca a sus magos oficiales –que la tradición conoce bajo los nombres de Janes y Jambres– para enfrentarlos a Moisés. Este transforma su vara en una serpiente ante los ojos del faraón, y Janes y Jambres hacen otro tanto. Pero dentro del prodigio se produce una señal superior cuando la serpiente de Moisés devora a las otras dos. Después, con la misma vara imbuida de poder divino, el líder de Israel provocará las plagas de Egipto, separará las aguas del mar Rojo y hará brotar agua fresca de una roca en medio del desierto para aplacar la sed de su pueblo.

Desde luego, la condición de mago es, en Moisés, algo adquirido, ajeno a él mismo. Es Yahvé el que opera a través de su mano, lo cual significa un cambio sustancial de perspectiva, porque en los prodigios hay magia y hay milagro. La primera es actividad humana y la segunda es intervención divina. Por eso, los milagros de Jesucristo fueron un manantial de polémica en la Iglesia cristiana primitiva. ¿Los hizo como hombre o como Dios? ¿Los hizo su Padre Eterno a través de él? En cualquier caso, es evidente que sus contemporáneos hubieron de considerarle un poderoso mago. Entre otros prodigios, llevó a cabo lo que ningún otro había conseguido jamás: resucitar a un muerto.

Egipto, cuna de todos los misterios, era tierra de magos. La propia escritura fue un acto de magia en su origen, así como un medio de conservar los conocimientos mágicos del clan sacerdotal. Los egipcios consideraban a sus magos capaces de realizar cualquier prodigio. El primer recinto de lo mágico afectaba al nombre mismo de alguien o algo, pues el nombre formaba parte de su destino humano y espiritual. Lo que no tenía nombre no existía, de tal modo que se celebraba la memoria de un difunto nombrándolo y se le castigaba privándole de nombre o borrando su nombre de los monumentos. Así se hizo con el faraón hereje Amenofis IV, que se atrevió a cambiar su nombre por el de Akenatón.

 

De los egipcios a los griegos

El uso de lo mágico estaba inserto firmemente en la vida cotidiana egipcia. Se buscaba y requería la protección de los dioses para cualquier actividad. La astrología marcaba los tiempos de actuación y se usaban distintos tipos de magia para prevenir, para sanar o para “limpiar” a las personas y a las cosas. Incluso se usaban remedios mágicos como anticonceptivos. El nacimiento y la muerte se desarrollaban entre ritos mágicos, así como los enterramientos. La diferencia entre religión y magia no estaba completamente establecida. Había también magos del clima, que supuestamente podían operar sobre los fenómenos atmosféricos, y magos o encantadores expertos en asuntos amatorios, fabricantes de filtros y elixires y exterminadores de plagas. Se vendían piedras mágicas cubiertas de signos cabalísticos que tenían la propiedad de convertir en contraveneno el agua que se recogía después de correr sobre su superficie. Los amuletos eran frecuentísimos, tanto que todavía hoy abarrotan por millares los museos de todo el mundo.

 

Los griegos, racionales y críticos con lo incomprensible, también sucumbieron al crepuscular ámbito de la magia. Homero crea el personaje de Circe, la maga que interviene activamente en La Odisea y que es tía carnal de otra maga, Medea, la cual encarna a su vez un mito particularmente sombrío, escogido por Eurípides como fundamento de la tragedia del mismo nombre. Pero a este lado de los mitos, en Grecia, había magos, adivinos y sanadores muy reales que viajaban vendiendo ensalmos, amuletos, filtros y elixires. También existió la tendencia de achacar poderes mágicos a ciertos personajes importantes. A Pitágoras se le atribuía la capacidad de aparecer en dos lugares a la vez (bilocación) y de ser saludado a voces por los ríos que cruzaba, pero él mismo negaba vehementemente aquellos prodigios. Su tío Ferécides de Siros tuvo fama de mago y adivino y otros miembros de la secta pitagórica, como el misterioso escita Abaris o el menos enigmático Aristeo de Proconeso, también fueron considerados individuos con poderes mágicos. De Abaris se decía que jamás lo había visto nadie comer ni beber y que había llegado a Grecia montado sobre una flecha. En realidad, los pitagóricos tenían muchos puntos para que se los considerase magos o brujos, ya que practicaban unos ritos secretos y distintos a los demás. Y tenían grandes conocimientos en muchas materias, entre ellas la vida de ultratumba.

 

Imaginería brujeril

Es curioso y revelador que mientras que las magas griegas eran bellas y deseables, las romanas solían tener un aspecto terrible o repelente. Parece posible que esta imaginería romana fuese la que forjara la idea general sobre las brujas medievales. Petronio describe a una de ellas, Proselene (“adoradora de la Luna”), como fea, vieja y calva. También espanta la maga Erichto, que vive entre los muertos y de ellos se alimenta, a la que Lucano describe en su Farsalia: “Delgada, pálida, despeinada, sus pasos queman las semillas en la tierra y su aliento contamina la brisa”. Aunque la peor de todas es la monstruosa Canidia que describe Horacio, quien para preparar un filtro mágico utiliza el hígado y el cerebro de un niño al que previamente ha torturado haciéndole pasar hambre y sed hasta la muerte.

Los celtas, que según griegos y romanos eran gentes muy supersticiosas, tenían a los druidas para regir la autoridad espiritual e intelectual. El druida era a la vez el sacerdote, el sabio y el mago de una comunidad. Los magos celtas abominaban de la escritura, pues temían que sus secretos se divulgasen, así que después de un largo aprendizaje memorístico de oraciones, prácticas, conjuros, botánica, medicina y leyes, que a veces llegaba a los veinte años, el nuevo druida quedaba libre de tareas y obligaciones y era mantenido por la colectividad a cambio de ejercer las funciones de consejero y de mago. Estaba presente en los nacimientos y en los funerales y era responsable tanto del presente como del futuro, ya que otra de sus funciones consistía en la predicción de los acontecimientos. El druida utilizaba antes que nada el poder mágico de la palabra. Podía bendecir o maldecir, y tenía en su mano ordenar o prohibir cualquier actividad a cualquier individuo. La adivinación les ocupaba mucho tiempo, y la ejercían básicamente por el análisis del vuelo de las aves.

 

La necesidad de lo extraordinario

Eran también los médicos de su tribu (incluso realizaban operaciones quirúrgicas) y conocían a fondo las propiedades de los vegetales. Sentían veneración por el muérdago, que consideraban una planta del más allá: lo recogían ritualmente, sin emplear metal, con los pies lavados, una túnica blanca y una ofrenda previa de pan y vino a los dioses. También fabricaban brebajes mágicos, entre los que se contaba el elixir del olvido. Además conocían sortilegios y encantamientos para cada enfermedad, y utilizaban la música para obtener curaciones mágicas.

Hay que concluir que toda sociedad antigua tuvo relación con lo mágico. Y también que lo mágico hubo de estar íntimamente ligado a lo religioso. El animismo, el chamanismo están entre nosotros desde que vivíamos en cavernas. Y continúan aquí porque hay, en el fondo de lo humano, una corriente que necesita creer en algo más allá de la realidad y la rutina cotidianas. Y esa necesidad solo se aplaca con lo extraordinario.