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¿Cuál fue la primera invasión bárbara de Roma?

Las invasiones bárbaras de los siglos III y IV cambiaron el panorama europeo, hasta entonces bajo el yugo del Imperio Romano.

Guerra cimbria
Imagen: Wikimedia Commons.

El final de la todopoderosa Roma es de sobra conocido, aunque solo sea en líneas generales. Para el siglo IV, la división del imperio en un sector occidental y otro oriental ya denotaba que la cosa no funcionaba tan bien como lo había hecho en el pasado y la decadencia económica, la inestabilidad política y las constantes disputas contra los pueblos sublevados de las provincias o contra los invasores de fuera del territorio romano acabaron por llevar al Imperio Romano de Occidente a su inevitable caída en el año 476. Sin embargo, esto solo era la puntilla a un problema que se extendía desde hacía tiempo y cuyo precursor más antiguo lo encontramos en el siglo II a.C., cuando Roma sufrió su primera invasión.

Fue entonces cuando una tribu de origen germánico procedente de la península de Jutlandia, lo que hoy es Dinamarca, decidió partir hacia el sur para buscar unas buenas tierras donde asentarse. Entre los años 120a.C. y 115a.C. el norte de Europa vivió una serie de cambios climáticos que pudieron animar a los cimbrios, los teutones y los ambrones (entre otros) a buscar pastos más verdes en el sur.

Los que tomaron la iniciativa fueron los cimbrios, que abandonaron la tierra de sus ancestros frente al mar Báltico, en Jutlandia y el sur de Escandinavia; pero pronto sumaron a su causa a sus vecinos teutones y combatieron juntos contra escordiscos y boyenses, muchos de los cuales acabaron uniéndose a sus filas. En el año 113a.C. hicieron algo inaudito para aquella época: invadieron la provincia de Nórico (entre las actuales Austria, Baviera y Eslovenia) y marcharon sobre territorio romano. El responsable de la defensa era el cónsul Gneus Papirius Carbo, un político sin ninguna experiencia militar previa que se propuso aniquilar a los invasores y ganarse un nombre.

Lo más curioso de todo es que Carbo llegó a un acuerdo con los cimbrios para que se marcharan a cambio de un pago considerable, pero prefirió romper el pacto y atacar a las tropas de Boirix mientras se retiraban. El romano no tardó en comprender su error. Las hordas bárbaras se reagruparon y, como respuesta a aquel intento de engañarlos, cargaron contra las legiones de Carbo y se vengaron de una manera brutal, haciéndoles pagar con creces por cada baja que les habían causado durante aquel ataque sucio. Los ejércitos del cónsul fueron exterminados en la batalla de Noreya.

Tras su victoria, los invasores decidieron cambiar de rumbo y se dirigieron hacia la Galia en vez de hacia la península Itálica. Como ya se ha dicho, estos guerreros no buscaban solo el botín, sino también un hogar donde asentarse y crecer como comunidad. El flujo de cimbrios y teutones que viajaban desde sus tierras natales hasta dentro de las fronteras romanas no terminó hasta el año 101a.C. y las expediciones no estaban formadas únicamente por hombres dispuestos a combatir, sino que viajaban con sus familias. La guerra cimbria puso en serios aprietos a la República de Roma, algo que no sucedía desde la Segunda Guerra Púnica (218a.C.).

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