Vaivenes en el apogeo de Egipto

Desde la unificación del país del Nilo, en el 3000 a.C., Egipto se convirtió en un imperio cada vez más poderoso. Pero no fue un camino de rosas...

 

Legiones de embalsamadores, artistas y artesanos trabajaron a destajo para dotar a los reyes fallecidos de un rico ajuar funerario, en el que sobresalían elegantes sarcófagos decorados con pinturas, todo tipo de joyas, el lino con el que embalsamaban los cadáveres y otros objetos suntuosos. Toda una tentación para los ladrones de tumbas.

La magnificencia de las tres pirámides de Guiza –la de Jufu (Keops), la de Jafra (Kefrén) y la de Menkaura (Micerino)– marcó el apogeo del Egipto faraónico, un Imperio regido por una monarquía absolutista. Los faraones se mostraban ante sus súbditos como reyes poderosos a la vez que como dioses infalibles, perfectos y temibles. En pleno auge económico, el Estado creó nuevas ciudades como Lunet (la actual Dendera) o Tebas, que desplazó a la antigua Nubt.

Tras la muerte del faraón Pepi II en 2175 a.C., Egipto se sumió en una grave crisis dinástica. Los grandes proyectos de construcción se abandonaron, lo mismo que las expediciones al exterior en busca de recursos. Aquella época de turbulencias sociales y políticas desembocó en una guerra civil que marcó la vida a cuatro generaciones de egipcios (2080-1970 a.C.). La contienda fratricida quedó reflejada en los monumentos de la época, adornados con abundantes escenas de soldados.

“Nunca antes la sociedad egipcia había estado tan militarizada”, escribe el egiptólogo británico Toby Wilkinson en su libro Auge y caída del Antiguo Egipto. Los tebanos se consideraban a sí mismos como los legítimos sucesores del Imperio Antiguo y veían a los gobernantes de Heracleópolis como rebeldes contra un Estado centralizado.

Las diversas provincias egipcias se unieron a uno u otro bando, cambiando de bandera cuando las cosas pintaban mal. Tras años de cruentos enfrentamientos, los tebanos dirigidos por Mentuhotep II atacaron Heracleópolis y la destruyeron, imponiendo a uno de sus jefes militares como gobernador de la ciudad.

 

Tebas, nueva capital

Los vencedores trataron con especial dureza a los rebeldes, arrasando sus últimos reductos e incendiando sus campos. Una vez lograda la victoria, Mentuhotep lanzó a sus hombres a la Baja Nubia para frenar las incursiones de estos ancestrales enemigos de Egipto. Con las fronteras exteriores aseguradas, el monarca se centró en el gobierno de Tebas, una ciudad situada en la orilla oriental del Nilo y dotada de unas excelentes vías de comunicación.

Tebas ya tenía entonces una próspera comunidad de familias acomodadas y una naciente clase media de comerciantes y funcionarios. La victoria tebana convirtió a la ciudad en la nueva capital nacional. Haciendo gala de una gran megalomanía, Mentuhotep se autoproclamó como el elegido de los dioses, ordenó construir templos en su honor y adoptó un nuevo título: Seme-tauy, “el que unifica las Dos Tierras”. Las provincias abandonaron las tentaciones independentistas y el país volvió a ser un territorio unido, gobernado por un poderoso faraón-dios.

El final de la contienda civil abrió las puertas al Imperio Medio, un período cargado de acontecimientos sociales y políticos que tendrían un efecto profundo en el curso de la historia del Antiguo Egipto. Fue asimismo la edad de oro de la literatura, con clásicos como Historia de Sinuhé, El marinero náufrago, Profecía de Neferti y otros textos, que han aportado un caudal de datos sobre la vida cotidiana en el país del Nilo. A través de ellos, podemos ver su mundo tal y como ellos lo vieron.

 

Más información sobre el tema en el dossier La edad de oro del país del Nilo de Fernando Cohnen.Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a El esplendor de Egipto. La edad de oro del país de los faraones.

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