Sexo y magia amorosa en la antigua Roma

En Roma, si una amante o un enamorado se resistía al cortejo, se podía recurrir a la brujería para vencer su resistencia.

El amor duele. Nos lo recuerdan miles de canciones románticas, novelas y productos televisivos. Es más: seguramente lo hayamos experimentado en carne propia.

Que el amor tiene la forma y la disposición de una enfermedad es una vieja noción bien atestiguada en el mundo antiguo. En Mesopotamia, Grecia y la propia Roma, el afecto, sobre todo el que no el amante no corresponde, se entendía como una dolencia caracterizada por la incapacidad de dormir, comer y descansar.

Cuando el deseo no correspondido se volvía demasiado fuerte, en la vieja Roma podían utilizar la magia para doblegar la voluntad de la persona amada. Se recurría, sobre todo, al uso de defixiones, una práctica bien atestiguada en Grecia desde el siglo V a.C., aproximadamente, y muy frecuente durante la república y el imperio de Roma.

Magia agresiva en la antigüedad: la defixio

Defixio romana
Defixio romana. Imagen: Wikicommons

El término defixio deriva del latín defigere “inmovilizar”, en referencia al objetivo que se buscaban alcanzar con esta práctica mágicas: someter a una persona o a un enemigo, o forzarlo a actuar en contra de su voluntad.  Las ataduras mágicas se utilizaron en toda el área de influencia imperial romana, incluso en el norte de África y las áreas germánicas. Los mismos mecanismos mágicos de la magia agresiva podían utilizarse para conseguir que una persona enferme o incluso muera.

Las defixiones se realizaban con láminas de metal, generalmente de plomo (asociado a la muerte y al planeta Saturno) en las que se inscribía un texto de maldición. La persona recitaba el texto, que solía empezar con la fórmula “yo te ato”, mientras lo escribía sobre la hoja metálica. Una vez hecho esto, la lámina se enrollaba, se retorcía o se clavaba, un acto que expresaba la intención del proceso mágico, esto es, anular a la persona contra la que la defixio iba dirigida. Solían depositarse bajo tierra, en lugares profundos o inaccesibles dominados por las potencias infernales y subterráneas.

Cuando se utilizaban en el ámbito amoroso, en las defixiones se especificaba que la persona con la que se querían mantener relaciones sexuales se viese invadida por la pasión y la excitación. Se explicitaba que solo pudiera pensar en el amante que lanzaba el hechizo, que no pudiese descansar hasta que el encuentro pasional se viese satisfecho, y que el hambre y la sed la atenazasen. En algunos casos, se utilizaba un lenguaje abiertamente sexual. Se explicitaba como objetivo conseguir que los labios, los genitales y las pelvis de los amantes se unieran.

Erotismo, violencia y brujería

Sexo lupanar Pompeya
Escena erótica en un lupanar de Pompeya. Imagen: Wikicommons

Estos procedimientos mágicos buscaban provocar un sufrimiento profundo si el deseo sexual no se aplacaba. La separación del amante se presentaba en el texto de maldición como una tortura física y mental, un fuego intenso que quemaba. Incluso se instaba a que los hombres o mujeres contra los que se realizaba la defixio abandonasen a sus compañeros actuales para unirse sexualmente al que realiza el embrujo. Los síntomas que querían despertarse en la víctima se asemejaban, por tanto, a los que caracterizan al mal de amores.

En el texto que se inscribía sobre la lámina de plomo se incluían fórmulas que especificaban los nombres de los implicados, tanto del que realizaba la hechicería como de la persona cuya entrega sexual se buscaba asegurar. La brujería, por tanto, iba dirigida a objetivos concretos.

La magia erótica recurría a imágenes violentas de sumisión. El amor y el deseo sexual se percibían como una batalla implacable que buscaba someter y subyugar al amante como quien conquista a un enemigo. Se invocaban fuerzas divinas y, sobre todo, demoníacas, para doblegar a la persona objeto de deseo. Los textos de maldición a veces se acompañaban de representaciones de dioses infernales o ctónicos, como Seth o Tifón, sobre todo en el ámbito griego.

Para doblegar la voluntad de la persona deseada también se utilizaban figurillas. En ocasiones, se deponían dos figuras abrazadas dentro de un recipiente, como el ejemplo greco-egipcio encontrado en 1992 en que un tal Priskos intentó ganar los favores de Isis. En otras, se recurría a muñecas vudú. Se atravesaban distintas partes del cuerpo, como los ojos, la cabeza y los genitales con palillos, y se le ataban los brazos y las piernas atados a la espalda para inmovilizar a la víctima y anular su voluntad.

¿Quién solía recurrir a estos métodos mágicos? Aunque la literatura latina clásica presenta la magia erótica como cosa de mujeres, la idea de la magia amorosa como algo “femenino” contrasta con otras fuentes textuales y arqueológicas. Los papiros mágicos y las defixiones constatan que tanto hombres como mujeres recurrían a estas tácticas mágicas para conseguir los favores de amantes reticentes. En un mundo competitivo en el que las barreras sociales, económicas y políticas se interponían entre el sujeto y sus objetivos, la magia abría una vía de acción.

Referencias

Dickie, M. W. 2000. Who Practised Love-Magic in Classical Antiquity and in the Late Roman World? The Classical Quarterly, 50(2): 563-583.

Watson, L. C. 2019. Magic in Ancient Greece and Rome. Londres: Bloomsbury Academic.

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Erica Couto

Erica Couto

Historiadora y aprendiz de batería. Literatura y cine de terror las 24 horas. Las ruinas me hacen feliz

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