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¿Quiénes fueron los aztecas?

El término “azteca” para agrupar a un conjunto de pueblos que habitaban una misma región (el Altiplano central de México y sus alrededores) y compartían una tradición histórica (entre otras cosas, un origen mítico en Aztlán-Chicomóztoc), entre otros rasgos.

aztecas
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El nombre de aztecas sirve de manera general para referirse al complejo socio-cultural que controlaba un extenso imperio en Mesoamérica en el siglo XVI. Esta palabra es un gentilicio que deriva del nombre del lugar de origen que tenían, según sus historias, varios pueblos entre los que estaban los mexicas, los tepanecas y los chalcas, entre otros. Sin embargo, el uso de “aztecas” provoca cierta confusión y controversia, sobre todo porque ni siquiera parece que estos pueblos lo usaran de manera común para autodenominarse, prefiriendo otros nombres.

Este término comenzó a popularizarse en el siglo XVIII a través de la obra del jesuita novohispano Francisco Javier Clavijero, aunque aparece en fuentes anteriores, como la crónica de Cristóbal del Castillo, del siglo XVI, en la cual se emplea para los habitantes de Aztlán que tenían explotados a los mexicas. La importancia del uso de “azteca” para referirse a la civilización del Altiplano central a la llegada de los europeos fue mayor a partir del siglo XIX, cuando eruditos como William H. Prescott emplearon el apelativo en sus escritos. Desde entonces, este nombre se convirtió en el preferido por el mundo anglosajón frente a la posible confusión entre mexica y mexicano (en inglés, mexican ). Paralelamente, se ha popularizado y extendido su uso a otros idiomas, aunque tal vez no sea el más adecuado.

Un origen mítico común

Como hemos dicho, en la actualidad se plantea, a pesar de sus detractores, el término “azteca” para agrupar a un conjunto de pueblos que habitaban una misma región (el Altiplano central de México y sus alrededores) y compartían una tradición histórica (entre otras cosas, un origen mítico en Aztlán-Chicomóztoc), entre otros rasgos. Dicho espacio geográfico era desde muchos siglos atrás una zona pluriétnica con hablantes de diversos idiomas, aunque, entre los siglos XIV y XVI, el náhuatl funcionaba como la lengua franca y, hasta cierto punto, dominante en la misma. Paralelamente, los grupos humanos que la habitaban compartían muchos rasgos culturales que les dotaban de cierta unidad cultural dentro del área mesoamericana. A esa uniformidad también coadyuvó la preponderancia política del Imperio de la Triple Alianza, apelativo mucho más adecuado que Imperio azteca, que conllevó la imposición de ciertas prácticas culturales.

En 1519, cuando Hernán Cortés desembarcó en las costas del actual estado mexicano de Veracruz, le llegaron las noticias de los mexicas como el grupo dominante en el Imperio, señalando a la ciudad de México-Tenochtitlán como su centro de poder. Se trataba de la última etapa histórica del Posclásico dentro de la región del Altiplano central mexicano, la cual se había iniciado tras el final de los toltecas alrededor del año 1150.

La caída de la capital de ese grupo cultural, Tollán (Tula), abrió un período marcado en sus inicios por la llegada a la región de nuevos pobladores, conocidos genéricamente como chichimecas, que formaron pequeñas entidades políticas denominadas en náhuatl altépetl. A partir de ellas, mediante diversos conflictos y alianzas, se fueron configurando Estados de mayor tamaño y más hegemónicos en la zona. De ellos nos interesa destacar dos.

El primero es el conocido como Imperio tepaneca (1370-1428), cuyo centro principal fue Azcapotzalco.El segundo es el Imperio de la Triple Alianza o azteca (1428-1521), que se levantó tras la victoria sobre los tepanecas de Azcapotzalco.

La capital del imperio

Es complejo entrar en si la capital de este imperio era o no México-Tenochtitlán. No cabe duda de que al momento de la llegada de Hernán Cortés sí lo era, pero antes el mayor peso pudo tenerlo Texcoco, el centro político de otro de los aliados que vencieron al Imperio tepaneca. Los habitantes de ese lugar eran los acolhuas que, junto a los habitantes de Tlacopán (que eran a su vez tepanecas), se unieron en 1428 a los mexica-tenochcas para acabar con la hegemonía de los tepanecas de Azcapotzalco. A partir de su victoria, cambiaron los centros de poder y comenzaron una expasión por toda Mesoamérica mediante conquistas y alianzas, estableciendo un extenso imperio que recibía tributo desde zonas tan lejanas como la actual Guatemala.

Como hemos dicho, hoy en día muchos historiadores defienden que, al inicio del Imperio de la Triple Alianza, la ciudad de Texcoco pudo ser el centro de poder más importante. Este papel estuvo protagonizado sobre todo por el gobernante de esa entidad, el tlatoani Nezahualcoyotl (1428-1472), quien ha pasado a la historia también por facetas como su sabiduría o por cultivar la poesía.

Sería tras la muerte de Nezahualcoyotl cuando los mexica-tenochcas, asentados en la ciudad de México-Tenochtitlán, comenzaran a ganar poder en un proceso de centralización que parece culminar Moctezuma Xocoyotzin o Moctezuma II (1502-1520), momento en que se produce la llegada de Hernán Cortés. Pero dicha centralización del Imperio no fue sin oposición, sino todo lo contrario. Así, contaba con detractores en el interior –por ejemplo, parte de la nobleza texcocana– y en el exterior, como es el caso de los habitantes de Tlaxcala, que se resistían a la conquista. Esta situación fue aprovechada por Hernán Cortés para lograr la derrota del Imperio y, sobre sus bases, establecer el control en favor de la Monarquía Hispánica.

Una cultura compartida

Sin embargo, la derrota de los mexica-tenochcas, asentados en la ciudad de México-Tenochtitlán, no fue el final de una cultura que se había ido construyendo a lo largo de muchos siglos. Entre sus componentes, que eran fruto de la herencia de otros grupos étnicos mesoamericanos que les habían precedido, destacamos aquí los siguientes.

En lo que a la economía se refiere, desarrollaron una intensa actividad comercial, también a larga distancia dentro de Mesoamérica, que facilitaba la circulación de bienes de manera paralela al sistema de recolección del tributo para el Imperio. Cabe destacar también que poseían una economía basada principalmente en la agricultura con el maíz como producto principal, junto a otros como el frijol o la calabaza. Respecto a las técnicas de cultivo, destacó en la zona del Altiplano central la práctica de una agricultura sobre terrenos lacustres para aprovechar al máximo la superficie, lo que permitió en parte atender el aumento de población que se vivió a finales del Posclásico. Esta técnica se conoce como chinampas, y consistía en la construcción de islas artificiales sobre el lago dejando canales entre ellas. En las chinampas se llevaba a cabo la agricultura aprovechando los nutrientes naturales que les proporcionaba su emplazamiento.

Desde el punto de vista religioso, fue una civilización politeísta que tenía un complejo sistema ritual vinculado con las distintas deidades. En concreto para los mexica-tenochcas, la principal deidad fue Huitzilopochtli, que era un dios guerrero vinculado con el carácter del pueblo. A él, junto con Tláloc, estaba dedicado el Templo Mayor de México-Tenochtitlán. Dentro de algunos rituales que se celebraban en su capital, los mexica-tenochcas obligaban a participar a las poblaciones sometidas, pero también a los enemigos, como parte de su estrategia para imponer y mostrar su poder.

Por otro lado, en su cosmovisión, la cuenta del tiempo tenía un papel destacado, con una incidencia primordial en diversos aspectos de la vida cotidiana e incluso del gobierno.

En cuanto a aspectos culturales, al igual que otros pueblos de Mesoamérica contaron con un sistema de escritura que les permitió registrar diversos saberes de carácter religioso e histórico, pero también elementos más ‘prácticos’ como el tributo de las provincias en que se dividía el Imperio. En el apartado de las manifestaciones artísticas, podemos señalar que a través de diversas obras monumentales plantearon un arte imperial que trató de extender la ideología mexica-tenochca, aunque no se buscó suprimir las manifestaciones locales.

Preservación de lo prehispánico

Tras la derrota de los mexica-tenochcas frente a Hernán Cortés y sus aliados indígenas, como hemos dicho, no desaparecieron todos los rasgos de esta cultura. Si bien se persiguieron aquellos aspectos vinculados con la religión, perduraron, por ejemplo, la memoria de su historia, muchos otros elementos ligados a la vida cotidiana y el uso de la lengua (el náhuatl).

Debemos destacar que a esta preservación de la lengua contribuyó, en parte, el hecho de que desde muy temprano quedaran registros escritos de su cultura gracias al interés de los conquistadores y colonos, con un papel protagonista de los religiosos (sobre todo franciscanos, pero también de otras órdenes). También participaron en esa continuidad y conservación los descendientes de los grupos de poder, sobre todo aquellos que se aliaron desde un inicio o aceptaron finalmente la derrota.

Este interés por la civilización prehispánica no desapareció con el paso del tiempo, aunque sí se fue transformando. Así, desde la segunda mitad del siglo XVII, se fue construyendo una visión de ese pasado desde el mundo criollo a partir de una idealización y recreación desde su nueva realidad. En dicho contexto debemos destacar los escritos de Carlos de Sigüenza y Góngora y posteriormente, ya en el siglo XVIII, de Francisco Javier Clavijero. Además hubo otras manifestaciones artísticas, como los cuadros históricos referidos a la conquista española pintados a finales del siglo XVII en los talleres de Miguel González y Juan González, donde se recogió la grandeza de Moctezuma IIcomo monarca.

Finalmente, no debemos olvidar que tampoco desapareció la que era capital del Imperio en 1519. México-Tenochtitlán se transformó en la Ciudad de México que sería el centro del Virreinato de la Nueva España y, tras la independencia, pasó a ser la capital del México independiente. La ciudad que los mexica-tenochcas fundaron sobre un islote en el lago de Texcoco fue en parte desmantelada y el resto quedó enterrado bajo las nuevas construcciones, pero se ha resistido a ser completamente borrada. Así, poco a poco, ha ido aflorando de nuevo a la superficie y aportando nuevos datos a través de los proyectos de arqueología urbana.

De todos los hallazgos, cabe destacar aquí el del Templo Mayor de los mexica-tenochcas, situado a escasos metros de la catedral metropolitana de Ciudad de México. Su excavación comenzó en 1978 y desde entonces sigue aportando información sobre cómo fue la gran civilización de los mexica-tenochcas y su Imperio. Por tanto, hoy sabemos más sobre ellos, pero queda todavía mucho por investigar a través de los nuevos hallazgos y de las interpretaciones de los mismos.

 

Miguel Ángel Ruz Barrio Historiador (Universidad Complutense de Madrid)

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