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Príncipes y héroes íberos

Algunos príncipes íberos llegarán a tener un gran poder y a controlar grandes territorios, pero tras la llegada de Roma, toda esta estructura se verá desarticulada rápidamente.

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La sociedad íbera en su origen pudo tener una organización monárquica, muy similar al modo oriental en la cual los reyes eran divinizados, pero luego esta monarquía adquirió un carácter principesco, controlada por una aristocracia que heredaba su poder a través de emparentarse con una determinada descendencia o personaje importante para la sociedad. Los príncipes, y también las princesas, se encontraban en la cúspide de la escala social ibérica. A partir del siglo V a.C. vemos cómo las imágenes de los monarcas están ligadas a guerreros armados, en algunos casos montados a caballo o vestidos con una túnica larga.

En el estudio de las necrópolis se hace evidente los diferentes estratos sociales, los niveles, la jerarquización y el acceso a las riquezas por parte de la sociedad. De esta forma, podemos observar diferentes monumentos funerarios con ricos ajuares y utensilios que nos revelan la condición social de los individuos. Estos podían ser príncipes, guerreros, mujeres aristócratas, sacerdotes, artesanos, agricultores, etc. Pero como veremos, en los cementerios iberos no todo el mundo se enterraba.

La estructura básica del poder requería de una propaganda de legitimación fuertemente diferenciada del resto de la sociedad, y es por eso que los príncipes implantarán a partir del siglo V y IV a.C. una imagen novedosa de una sociedad de clases, fuertemente jerarquizada.

Héroes aristocráticos

Todo esto lo observamos claramente en el sureste peninsular, donde los grandes conjuntos escultóricos localizados y el análisis de las tumbas principescas en las necrópolis, nos narran un sistema sociopolítico en el cual una comunidad está bajo el mando y el poder de una elite principesca que controla las estructuras básicas socioeconómicas de amplios territorios.

Las primeras imágenes que tenemos de los príncipes son el joven jinete que se localizan en la necrópolis de Los Villares de Hoya Gonzalo (Albacete), y el guerrero de la doble armadura, de Cerrillo Blanco en Porcuna (Jaén). Ambas esculturas fechadas en el siglo V a.C.

Una de las formas de legitimar su poder que tenían estos príncipes era vincular a sus antepasados con los grandes mitos y acciones heroicas. Por eso, los príncipes se muestran -seguramente tras su muerte- como auténticos héroes divinizados que han conseguido vencer a peligrosos enemigos o derrotar a fieros animales -algunos mitológicos- convirtiéndose así en grandes protectores de la comunidad. El príncipe debe ser un gran líder, un guerrero capaz de luchar y protagonizar las hazañas más peligrosas. Esto lo podemos observar en muchas representaciones, pero destaca la escultura conocida como la Grifomaquia, hallada en Cerrillo Blanco, en Porcuna (Jaén), en la que podemos ver cómo un príncipe, sin armas y con sus propias manos está luchando contra un grifo, un terrorífico animal mitológico. En la acción se nos muestra la agonía del animal con la lengua fuera y el triunfo del príncipe. De esta manera, no solo se convierte en un héroe sino que, con la derrota del grifo, obtiene la fuerza del animal. Es una hazaña similar a la de Heracles, quien se enfrentó al león de Nemeasin armas, convirtiéndose en el arquetipo mediterráneo del héroe. Todos los príncipes íberos querrán ser Heracles.

El modelo de sociedad heroico-aristocrática tendrá también su reflejo en los poblados, los oppida , donde los príncipes se haven construir grandes palacios. Algunos de ellos han sido excavados recientemente como el del yacimiento de Puente Tablas (Jaén), cuyas estancias son estructuras de representación y poder. Por ejemplo, el salón del trono, porticado con columnas pintadas y suelos enlosados , donde se realizarían recepciones y actos de representación del poder ante sus clientes, al modo conocido de los palacios asiático y mediterráneos, como nos cuenta por ejemplo Homero al describir el palacio de Ulises en la Odisea . Así, encontramos estancias públicas para banquetes y rituales, lugares domésticos privados, zonas productivas destinadas al servicio o al almacenaje, así comoamplias zonas de cuadras.

Algunos príncipes íberos llegarán a tener un gran poder y a controlar grandes territorios, pero tras la llegada de Roma, toda esta estructura se verá desarticulada rápidamente. Los pequeños estados que algunos príncipes-reyes habrían llegado a tener a partir del siglo III a.C., se desmontan. Sabemos, por ejemplo, que el príncipe Culchas estaba al frente de un gran territorio con diecisiete oppida , pero sus gentes fueron derrotadas por Roma.

 

Vicente Barba Colmenero, arqueólogo e investigador de la cultura íbera

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