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¿Por qué la democracia griega excluía a las mujeres?

A las mujeres griegas de la antigüedad les estaba vetado participar en política. Para sustentar esto, se alegaban motivos biológicos.

Cerámica griega
Imagen: Wikicommons

En la Grecia clásica, el término democracia aludía al poder ejecutivo que ejercía el pueblo (demos). El concepto pueblo, sin embargo, excluía a las mujeres, los esclavos y los niños. El demos estaba constituido únicamente por los ciudadanos, hombres libres a los que se le atribuía thymos, la energía de la psique en la que confluían deseos y emociones, y que alimentaba la autoridad y el comando, y andreia, la masculinidad y cualidad viril del coraje. Las mujeres, al estar desprovistas de estas cualidades no podían ejercer poder alguno en lo político, que era fundamentalmente dialéctico y beligerante.

En el pensamiento griego, las mujeres se consideraban incapaces tanto de luchar como de gobernar, dos actividades que iban de la mano y que aseguraban la independencia política de la comunidad. Lo femenino se percibía como negativo y la feminización de las cualidades masculinas ponía en riesgo el ejercicio de la virilidad. Considerada fría y húmeda, según indicaba la teoría de los humores de la medicina hipocrática, la mujer estaba desprovista de thymos, la capacidad de combatir sobre la que se asentaba la política. De hecho, de las mujeres se esperaba que no se interesasen por cuestiones bélicas y políticas.

Aunque el concepto y la aplicación del derecho de ciudadanía cambiaron a lo largo de la historia de la Grecia clásica, las actitudes respecto a las mujeres se mantuvieron. A las mujeres les estaba reservada el área doméstica en la que ejercían sus funciones de madres y cuidadoras del hogar: allí hilaban, confeccionaban ropa, cocinaban, limpiaban y criaban a los hijos. Por el contrario, el ágora o plaza pública era el espacio de los hombres. A pesar de esta división sexual de los espacios y las funciones sociales, y aunque las mujeres se ocupasen de lo doméstico, el oikos o unidad familiar permanecía bajo la supervisión del hombre que ejerciese como cabeza de familia y su autoridad resultaba incuestionable. Pero ¿cómo se argüía este alejamiento femenino de lo público?

Discurso Pericles
Imagen: Wikicommons

La circunscripción de las mujeres al ámbito privado y su exclusión de los círculos de decisión política se justificaban por una cuestión de naturaleza que tomaba forma tanto en lo biológico como en lo caracterial. Por un lado, filósofos como Platón y Aristóteles sostenían que el cuerpo femenino era imperfecto. En las teorías de la reproducción que propone Aristóteles, a la semilla masculina se le atribuye la capacidad o el poder de dar forma a la materia e imbuirla de las características que determinan la naturaleza humana, mientras que, en su visión, la semilla femenina solo aporta la materia prima. Desde este punto de vista, los hombres son activos y las mujeres pasivas.

A ojos de los pensadores clásicos, esta fisicidad inferior también convertía a las mujeres en seres moralmente defectuosos. La supuesta inferioridad física de las mujeres la situaba de manera automática en una posición subordinada y dependiente respecto al hombre, el ejemplo de lo perfecto. La medicina de la época, además, también sustentaba estas teorías. El corpus hipocrático, un conjunto de textos médicos compuestos entre los siglos V y IV a.C. y atribuidos al médico Hipócrates, establece que el cuerpo de las mujeres es húmedo y esponjoso. Esa esponjosidad tiende a absorber y retener fluidos, que se acumulan en el cuerpo en exceso y pueden producir enfermedades. El exceso de humedad requiere de una purga que reequilibre, en lo posible, el cuerpo: es así como explican la fisiología de la menstruación. Este aparente desequilibrio biológico del cuerpo de las mujeres, que no consigue utilizar sus humores con la eficiencia que se le atribuye al cuerpo masculino, justifica esa imagen de las mujeres como individuos débiles. Demasiado dependientes del funcionamiento de sus cuerpos, de los fluidos y de un útero al que se le atribuía la capacidad de desplazarse y de afectar, con su movimiento, el correcto funcionamiento de los demás órganos, las mujeres representaban lo opuesto del ideal masculino de fuerza. Desde la perspectiva hipocrática, la buena salud dependía de que las mujeres siguieran el camino que sus cuerpos les demandaban: la procreación.

Por otro lado, desde la mitología y la religión se presentaba a las mujeres como seres malvados y débiles, descendientes de Pandora. Hesíodo describe a las mujeres en su Teogonía como los zánganos que se aprovechan del trabajo de las abejas. Según sostuvo Pericles en su Discurso fúnebre, las mujeres no deben dar que hablar, ni en lo bueno ni en lo malo.

En la antigüedad clásica se mencionan mujeres que son alabadas por su inteligencia, sabiduría y dotes de mando, como Aspasia, esposa de Pericles, y Diotima, mentora de Sócrates. Estas referencias excepcionales no eliminan, sin embargo, esa concepción general que identifica a las mujeres como seres débiles, aptos únicamente para la procreación y el cuidado doméstico.

Erica Couto

Erica Couto

Historiadora y aprendiz de batería. Literatura y cine de terror las 24 horas. Las ruinas me hacen feliz

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