Persia, la gran enemiga de Roma

A mediados del siglo III, el Imperio romano no solo se enfrentaba a las tribus bárbaras que cruzaban la frontera natural de los ríos Rin y Danubio, sino también a las acometidas de la poderosa Persia, contra la que Roma –ya en decadencia– luchó sin tregua.

La dinastía sasánida

En el año 236, Ardashir I, el monarca de la nueva dinastía de los sasánidas, tomó las ciudades de Nisibis, Edesa y Carras. El emperador romano Maximino apenas reaccionó ante las alarmantes noticias que llegaban de Mesopotamia. Tenía demasiados problemas internos como para prestar oídos a una nueva incursión persa en Oriente.

El antecesor de Maximino, Alejandro Severo, le había cedido un Imperio en bancarrota y se vio en la necesidad de incrementar los impuestos, lo que provocó el malestar general y disturbios en algunos territorios romanos. Hartos de la presión fiscal a la que eran sometidos, los terratenientes de la provincia de África (actual Túnez) proclamaron emperador a Gordiano, un senador anciano que ejercía las labores de procónsul en ese territorio.

Persépolis
Wikimedia Commons

El octogenario estableció su corte en Cartago y nombró corregente a su hijo, Gordiano II, dos medidas que fueron recibidas con aplausos por los senadores romanos, muchos de los cuales estaban enfrentados a Maximino, razón por la que el Senado le declaró enemigo público del Imperio. Pero los senadores pasaron por alto que Gordiano apenas disponía de fuerzas militares, lo contrario que el gobernador de la vecina Numidia, que albergaba la legión III Augusta. Sus fuerzas derrotaron a Giordano, que se ahorcó cuando supo que su hijo había sido ejecutado como uno de los inductores de la revuelta.

Gracias a los legionarios de Numidia, Maximino mantuvo el poder por un tiempo hasta que sus oficiales acabaron con su vida, lo que obligó al Senado a nombrar un nuevo emperador. El elegido fue un adolescente de trece años llamado Gordiano III, nieto del octogenario que se había autoproclamado emperador en África. Debilitado por la guerra civil y las conspiraciones palaciegas, con un adolescente a la cabeza, el Imperio dio muestra de una gran vulnerabilidad.

Inicio de la decadencia del Imperio

En un plazo de cincuenta años, Roma fue gobernada por veintiséis emperadores, de los cuales todos salvo uno murieron violentamente. Muchos de ellos eran militares que conspiraron contra el gobierno imperial y el Senado y otros pocos eran niños cuando llegaron al poder.

En aquellos años de gran zozobra y violencia, en los que la vida de los poderosos apenas valía nada y en los que las invasiones bárbaras amenazaban las fronteras, fue cuando comenzó a fraguarse la lenta caída del Imperio romano de Occidente.

Mientras tanto, en Persia, el anciano monarca Ardashir cedió el trono a su hijo Sapor I, cuya primera medida fue poner en marcha una gran campaña militar en el año 252 para conquistar Armenia y Siria y saquear Antioquía. El ataque del monarca sasánida coincidió con la irrupción de miles de bárbaros en la frontera oriental del Imperio romano. Mientras las legiones intentaban frenar el empuje de los godos a orillas del río Rin, el joven Gordiano III se puso a la cabeza de un ejército para atacar Mesopotamia y devolver el golpe a los persas. Pero Sapor I le plantó cara.

Una muerte extraña

Tras varios enfrentamientos, el emperador romano murió en extrañas circunstancias. Los persas aseguraron que fueron sus ejércitos los que acabaron con Gordiano III, aunque lo más probable es que fuera asesinado por sus propios hombres. Su sucesor, el emperador Valeriano, dejó a su hijo Galieno a cargo de Occidente y a continuación dirigió sus falanges hacia Oriente, donde recuperó Siria y Antioquía en el año 257.

Sin embargo, aquellos éxitos iniciales se tiñeron de negro cuando Valeriano fue apresado por los persas, lo que causó una tremenda conmoción en la metrópoli, ya que era el primer emperador romano capturado por el enemigo. Un relieve que se conserva en Bishapur (Irán) muestra a un caballo que patea el cuerpo sin vida de Gordiano III, mientras su orgulloso jinete, Sapor I, conduce de la muñeca al derrotado Valeriano, quien poco después sería ejecutado por los persas.

Le sucedió su hijo Galieno, aunque pronto se enfrentó a diversas intrigas que intentaron apartarle del poder. En la Galia, el general Póstumo se proclamó emperador, siendo reconocido como tal por las provincias occidentales de Britania, Hispania y la Galia. El usurpador organizó un Imperio paralelo que fue independiente de la autoridad de Roma durante varios años. Galieno tuvo que asumir la situación sellando un pacto con Póstumo, que renunció a unificar el Imperio bajo su mando y centró sus esfuerzos en defender sus provincias de los bárbaros.

El poder de Palmira

Amenazado en el flanco occidental del Imperio, Galieno se vio obligado a pactar con el príncipe árabe de Palmira, Odenato, para tratar de frenar el empuje de Persia en Oriente Medio. Las fuerzas de Palmira infligieron varias derrotas a los persas y Galieno pagó el favor a Odenato permitiéndole crear un reino en torno a Palmira bajo soberanía romana. Craso error del emperador romano. Cuando el monarca falleció, su mujer Zenobia declaró la independencia de Palmira y amenazó a las provincias romanas de Oriente, lo que debilitó el poder de Galieno, que finalmente fue asesinado por sus oficiales en el año 268.

Su sucesor, Claudio II, heredó los problemas que padecía Roma. Desde el primer momento tuvo que combatir contra las tribus bárbaras, que continuaban presionando las fronteras del Imperio. Meses antes de que Claudio II llegara al trono, los godos habían atacado los Balcanes y otros pueblos bárbaros habían hecho lo propio en la Galia y el norte de Italia. Ante la amenaza que se cernía sobre la península itálica, el emperador organizó un ejército para frenar la peligrosa acometida de los guerreros germánicos.

Tras duros enfrentamientos y sufrir importantes bajas en sus ejércitos, el emperador derrotó a los godos, por lo que fue llamado “Gótico” y “Máximo”. Pero los problemas que atenazaban a Roma seguían allí. A pesar sus victorias contra los alamanes y los godos, Claudio II murió víctima de la peste en el año 270 sin haber logrado taponar las fronteras del Imperio.

Mientras Roma rendía honores al emperador fallecido, nuevas hordas de guerreros bárbaros traspasaron la limes. Pero ¿qué empujaba a los germánicos a actuar de ese modo? En realidad, fueron varios factores los que contribuyeron a incrementar el número de invasiones. Entre ellos, un drástico incremento de la población y un endurecimiento de las condiciones de vida de las tribus bárbaras, probablemente debido a un cambio climático. La falta de soldados para proteger las fronteras romanas también contribuyó a las sucesivas oleadas de bárbaros que penetraban en el territorio imperial y saqueaban las localidades que se encontraban en su camino.

Problemas dentro y fuera de Roma

En aquellos años, muchas legiones luchaban en Oriente contra los persas o en las guerras civiles que tanto debilitaron a Roma, dejando desguarnecidas las fronteras del Rin y el Danubio. Otro de los motivos de la creciente oleada de invasiones bárbaras fueron los guerreros hunos que provenían de las lejanas estepas orientales, cuyo empuje y violencia aterrorizaron tanto a los pueblos germánicos que huyeron en estampida hacia el oeste.

El siglo III estuvo marcado por serios problemas económicos, políticos y sociales en Roma. Las continuas usurpaciones del trono imperial y la consiguiente anarquía política debilitaban poco a poco al Imperio. Uno de esos usurpadores fue el general Aureliano, cuya primera medida fue continuar la lucha contra vándalos, godos, alamanes y yutungos. Aureliano alistó en el ejército imperial a numerosos guerreros germanos y los consideró “federados” al servicio de Roma, lo que provocó una cascada de críticas de los sectores más conservadores de la metrópoli, que consideraban la medida como un signo de decadencia.

Otra de las medidas de Aureliano fue ordenar la construcción de una gigantesca muralla de casi ocho metros de altura para proteger los barrios céntricos de Roma. Algunos de sus lienzos y puertas todavía pueden admirarse en la Ciudad Eterna. En el año 272, el emperador marchó sobre Asia Menor al frente de su remozado ejército y, tras conquistar la ciudad de Tiana, descendió hacia Siria, donde logró varias victorias. Su siguiente paso fue asediar la rebelde Palmira y capturar a su reina Zenobia.

Las tropas que defendían Palmira se rindieron, lo que ahorró sufrimientos a sus habitantes. Sin embargo, cuando Aureliano abandonó la ciudad, los palmirenos proclamaron a un nuevo emperador en el año 273, lo que obligó a las legiones a regresar a la ciudad para someterla a un terrible saqueo. A partir de entonces, las rutas comerciales se desviaron de Palmira, lo que provocó la desaparición del comercio, la principal fuente de ingresos de sus habitantes. La entrada de Aureliano en Roma en 274 fue celebrada con uno de los más grandiosos triunfos de la época.

Reunificación del Imperio

Aureliano podía ufanarse de sus éxitos. En poco tiempo reprimió las acometidas de los bárbaros, metió en cintura al levantisco reino de Palmira, recuperó las provincias orientales que habían caído en la órbita persa y derrotó a Tétrico, que en aquel momento era el emperador de la Galia, lo que supuso la reunificación del Imperio. Muchos pensaron que la dignidad y la fuerza de Roma habían sido recuperadas. Pero los futuros acontecimientos iban a desmentir esa falsa percepción.

La muerte de Sapor I en el año 270 y la llegada al trono de Persia de Bahram I, un monarca muy débil, fue la señal que esperaba Aureliano para iniciar una nueva campaña contra los sasánidas. Pero su empresa fracasó antes de iniciarla, ya que fue asesinado en Tracia (actual Turquía) por un grupo de pretorianos, lo que desató un carrusel de crímenes y conspiraciones que tiñeron de sangre el Imperio.

Los militares golpistas prestaron más atención a sus ambiciones personales que a la creciente amenaza de los pueblos bárbaros, cuyas razias se multiplicaban día a día. El Imperio se tambaleaba peligrosamente.

Otro oficial de la orden ecuestre llamado Tácito fue nombrado emperador, aunque fue asesinado poco después, lo mismo que Floriano, que fue ajusticiado por sus hombres tres meses después de obtener la púrpura imperial. El mismo final tuvieron los emperadores Probo, Caro, Numerio y el aspirante Carino. Aquella sucesión de crímenes se frenó en el año 284, cuando otro militar llamado Diocleciano fue nombrado emperador por sus propios hombres.

Acuerdos de paz entre Roma y Persia

Una de sus primeras medidas fue elevar a uno sus colegas militares, Maximiano, a la dignidad de césar para combatir a las bandas de desertores que estaban sembrando el terror en algunas regiones de la Galia e Hispania. Sus éxitos en esta misión le hicieron merecedor del puesto de emperador corregente con el título de “augusto”. En el año 293, Diocleciano nombró césares a otros dos colaboradores suyos, Constancio y Galerio.

En unos tiempos en los que los emperadores no podían confiar ni en su propia sombra, Diocleciano logró poner en pie un sistema de gobierno compartido entre cuatro emperadores (tetrarquía) que permitía distribuir funciones en un Imperio tan vasto como el romano. Diocleciano se encargó del gobierno de Oriente y Maximiano de Occidente. Ambos cedieron la administración de determinadas provincias a sus respectivos co-césares, Constancio y Galerio.

En el año 294, al poco tiempo de acceder al trono de Persia, Narsés decidió reafirmar su legitimidad emprendiendo una campaña militar contra el Imperio romano. Atento a los movimientos que daba el enemigo, el asistente de Diocleciano en Oriente, Galerio, reunió a sus hombres para combatir la nueva amenaza sasánida. Aunque el romano tropezó en varias ocasiones ante el enemigo, sus tropas recuperaron la iniciativa en Mesopotamia, lo que obligó al rey persa a pedir un acuerdo de paz, cuyas cláusulas fueron muy beneficiosas para Roma.

Tras una década en el poder, Diocleciano y Maximiano dieron un paso atrás para que Constancio y Galerio les sustituyeran. En un intento de continuar con la tetrarquía, los nuevos dirigentes del Imperio designaron como césares a Severo y Maximiano Daya. Sin embargo, la inesperada muerte de Constancio trastocó sus planes. Tal y como había ocurrido en otras ocasiones a lo largo del siglo III, las tropas acuarteladas en Britania proclamaron emperador a Constantino, hijo del fallecido Constancio, lo que desató una nueva guerra civil en el Imperio.

Se rompe el gobierno compartido

Tuvieron que transcurrir varios años de enfrentamientos armados y una batalla, la del Puente Milvio, en la que Constantino derrotó al emperador Majencio, para que Roma volviera a tener un breve momento de respiro. En el año 312, Constantino alcanzó la púrpura imperial, lo que hizo trizas el sistema de gobierno compartido que había ideado Diocleciano. Pese a todo, el nuevo emperador no tuvo reparo en compartir la púrpura con Licinio, aunque eso iba a cambiar bien pronto.

Ambos decretaron el Edicto de Milán, cuyo texto autorizaba la libertad de culto y la devolución a los cristianos de sus bienes confiscados. Poco después, Constantino se deshizo de Licinio y en el año 325 presidió el primer concilio ecuménico en Nicea (en la actual Turquía). Su objetivo era dejar de lado los credos heréticos que dividían a la Iglesia, sobre todo el arrianismo, cuyos seguidores negaban la doble naturaleza humana y divina del hijo de Dios. El Concilio de Nicea fue un cambio crucial en la historia de Occidente. Por primera vez, el emperador buscó el apoyo de la Iglesia para gobernar el Estado.

Continúa leyendo