Octavio Augusto, el primer emperador romano

Cayo Octavio Augusto, el primer emperador romano, empezó como un joven inexperto y acabó convertido en dios, tras regir durante 43 años los destinos de Roma.

Octavio Augusto

Nacido en el año 63 a.C., Cayo Octavio Turino era nieto de una hermana de Julio César, cuyo nombre completo era Cayo Julio César Octaviano. Puesto que este lo nombró heredero, adoptaría en su honor el nombre de Octaviano. Durante los primeros años de su vida pública se mostró hábil aliándose con sus principales oponentes, a la espera del mejor momento para eliminarlos.

Dispuesto a todo para alcanzar el poder, luego no dudó en enfrentarse militarmente a la mano derecha de César, Marco Antonio. Y su ambición lo llevó a sacrificar la vida de Cicerón para lograr la alianza del Segundo Triunvirato (43-38 a.C.), que formó junto a Marco Antonio y Lépido, los más fieles colaboradores de César.

Aun así, nunca destacó como militar. Si bien se le atribuyen algunos triunfos, como la batalla de Filipos (42 a.C.) frente a los asesinos de César, en realidad los logró Marco Antonio. Y con el tiempo sería el general Marco Agripa, su gran amigo, quien le ayudaría a combatir a sus antiguos aliados. Agripa actuó siempre en los momentos precisos, pero Octaviano se llevó el éxito. Un buen ejemplo es la batalla naval de Accio (31 a.C.) contra Marco Antonio y su aliada Cleopatra. Aparte del poder, estaban en juego dos modelos políticos imperiales distintos. Octaviano estuvo a punto de perder. Según las malas lenguas, se mareó en cubierta y fue Agripa quien hubo de actuar en solitario para derrotarlos.

Aunque no la militar, sí demostró su valía política a través de las reformas que darían lugar al régimen llamado Principado de Augusto (27 a.C.), por haber recibido su artífice el título de princeps. Probablemente, su mejor arma fue la paciencia. A diferencia de César, no quiso precipitarse al imponer una reforma monárquica; prefirió conceder tiempo a la oligarquía senatorial, claramente republicana, para que aceptase sus reformas. Y aunque para restituir la República en un nuevo contexto, el Principado, hubo de eliminar a algunos oponentes, en general empleó la política de pactos. Simbólicamente, devolvió el poder al Senado y terminó con los regímenes personales: la dictadura de César y los triunviratos. A cambio, se le concedieron ciertos poderes y honores; el principal de ellos, el título de Augustus, que significa noble, venerable y sagrado, pero también viene de augere, engrandecer. Había logrado un nombre con santidad, Augusto el venerado, pero para ser omnipotente necesitaba más autoridad, así que decidió honrar la memoria de su padre adoptivo y encargó una estatua de Julio César para un templo, colocándola junto a Marte y Venus. Así, si César era un dios, él era el hijo de un dios. Eso abrió la puerta a la autocracia y llevó implícita la construcción de templos y altares en honor de Augusto, nombre que llevarían desde entonces todos los emperadores.

Entre las atribuciones extraordinarias que recibió estaban un amplio poder legislativo, el gobierno de las provincias aún por pacificar, la gestión del fisco y el censo y la creación oficial de la guardia pretoriana, la primera fuerza armada a las órdenes de un dirigente romano con carácter permanente y capaz de mantener el orden en la capital. Con el tiempo recibiría otro título honorífico de manos del Senado: “Padre de la Patria”, y parece ser que lo hizo visiblemente emocionado.

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Expansión y reformas

En manos de Octavio, la República había muerto para dejar paso al modelo seudomonárquico, y Augusto demostró ser muy hábil a la hora de camuflar su absolutismo bajo una apariencia “democrática”. Sus reformas se basaron en el miedo de los ciudadanos a una nueva guerra civil. Como monarca de facto, y con la excusa de consolidar un nuevo sistema imperial más allá de las ciudades-Estado, llevó a cabo profundas reformas tanto políticas como sociales y territoriales. Pretendía limar los desequilibrios que habían llevado a la República a la crisis. Así, dejó al Senado el gobierno de muchas provincias y concedió a estas bastante autonomía económica, aunque apenas capacidad política. Puesto que había aumentado mucho el número de senadores, usó su cargo de censor para purgar el Senado y eliminar a los que se mostraban menos dispuestos a perder poder. Logró someterlos, pero el sueño de la vuelta de la República no había terminado. Por eso, en el año 23 a.C. hubo un complot fallido para asesinarlo.

 

Más información sobre el tema en el artículo La importancia de llamarse Augusto de Laura Manzanera. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Roma, de Julio César a Nerón. El nacimiento de un Imperio.

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