Nerón, el fin de una dinastía

Aupado al poder por su madre, Agripina, la deriva excéntrica hacia la tiranía del emperador Nerón propició la decadencia de Roma.

Nerón hizo gala de su proverbial populismo con un amplio programa de obras públicas y espectáculos. El celebérrimo incendio del verano del año 64, cuyas causas desconocemos, fue, de hecho, la excusa perfecta que necesitaba el emperador para reconstruir Roma y convertirla en la ciudad grandiosa con la que soñaba. El Princeps, entre tanto, no mostraba interés alguno por lo que se cocía en las provincias y su política exterior fue casi inexistente.

A consecuencia de ello, la falta de control y dejadez en la administración propició el estallido de una grave revuelta en Britania en los años 60 y 61 liderada por Búdica, reina de los icenos, y finalmente sofocada por Suetonio Paulino. Tanto o más preocupante y gravosa para las arcas del Estado fue el estallido de otra rebelión en Judea, donde se estaba gestando uno de los focos de resistencia al Imperio que más quebraderos de cabeza iba a proporcionar a Roma en los tiempos venideros. Nerón confió la pacificación de la provincia a un veterano general de nombre Tito Flavio Vespasiano, futuro emperador de Roma y primer eslabón de la dinastía Flavia, que habría de poner fin a la era de los julio-claudios.

Mientras, en Roma, la situación de las finanzas, consecuencia de la costosísima y megalomaníaca reconstrucción de la ciudad tras el incendio, disparaba el número de opositores y ciudadanos descontentos. Nerón trató de desviar la atención señalando como cabeza de turco a los cristianos, que fueron perseguidos, quemados y sacrificados en los juegos del circo, devorados públicamente por las fieras. Pero la crisis era cada vez más y más profunda: el monarca procedió a devaluar el denario (moneda romana), disparando la inflación, y se vio obligado a subir impuestos y a multiplicar los procesos de lesa majestad para “hacer caja” expropiando a los más ricos.

En el año 65, el malestar creciente cuajó en una conjura liderada por Cayo Calpurnio Pisón, que intentaba asesinar al emperador y acabar de una vez por todas con la espiral de decadencia. Pero la conspiración fue descubierta, y la represión fue salvaje.

Nerón aprovechó la ocasión para erradicar de una vez por todas a los supervivientes de la nobleza de alcurnia, emparentada con las más viejas y reputadas familias republicanas. Una nueva conjura en el seno del ejército pocos meses después privó al Princeps del último gran pilar en el que apoyarse: las legiones. Se había quedado definitivamente solo. Finalmente, su tumba política se esculpió en las provincias a las que tanto había denostado.

Un final indigno

Así, el hartazgo de los ejércitos provinciales cristalizó en la rebelión de la Galia, donde el legado Cayo Julio Vindex –con el apoyo de Servio Sulpicio Galba, gobernador de la Hispania Citerior, y del legado de Lusitania, Salvio Otón– encabezó una revuelta contra la que el emperador ya no tenía capacidad de respuesta. Mientras, en Roma, Nerón se vio privado de su último pilar: la guardia pretoriana, quedando completamente aislado y, en la práctica, sin recursos para hacer valer su autoridad. Así las cosas, tras ser declarado enemigo público por el Senado, huyó de la Ciudad Eterna y, en su desesperación, se quitó la vida el 9 de junio del año 68. Tiempos oscuros estaban por cernirse sobre un Imperio sumido en el caos.

 

Más información sobre el tema en el artículo Claudio y Nerón, el ocaso de una estirpe de Roberto Piorno. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Roma, de Julio César a Nerón. El nacimiento de un Imperio.

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