Los misterios del mundo clásico

En civilizaciones antiguas como la egipcia, la griega o la romana se practicaban ritos secretos que provenían de variados cultos mistéricos. Estos impregnaban la forma de entender el mundo hace miles de años.

El corazón de Roma o de la antigua Atenas latían en el interior de la cella de sus templos, o en el altar doméstico en el que ricos y pobres invocaban la protección de los dioses. La religión impregnaba todos los quehaceres de las gentes del mundo antiguo. Y las ciudades eran grandes espacios de culto, cruce de caminos entre lo mundano y lo sagrado, entre lo humano y lo divino. Pero más allá de los canales, muy tangibles, de difusión de la religión oficial, más allá de la lógica de los ritos públicos en la urbe o en los grandes santuarios panhelénicos, existía otro universo de creencias cuasi invisible, o cuando menos misteriosamente críptico, que se desarrollaba en el ámbito de una intimidad colectiva presidida por un secretismo inviolable. Más allá del amparo institucional del que gozaban los mitos y las creencias comunes, y por tanto oficiales, surgía una religión no reglada, personal, que elegía sus propios dioses y reformulaba sus propios mitos persiguiendo un alivio frente a las angustias del día a día en una búsqueda casi clandestina de la salvación personal. Los cultos mistéricos, en efecto, fomentaban actitudes más individualistas hacia la vida de ultratumba a través de elaborados rituales relacionados con el mito de la muerte y la resurrección de determinadas divinidades, con la halagüeña perspectiva de un renacimiento en un Más Allá mucho más acogedor que el mundo de los vivos.

Osiris
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Entre el mundo y el inframundo

Es ese anhelo de inmortalidad, de una vida mejor más allá de la vida entre los vivos el denominador común de estos cultos privados, no oficiales, que mediante la iniciación ritual en las etapas de tránsito entre la muerte y la vida de personajes divinos y mitológicos como Osiris, Dioniso o Deméter formalizan el acceso a un conocimiento de lo sagrado vetado al común de los mortales. Las aventuras y desventuras de estas divinidades, a caballo entre el mundo y el inframundo, cuajan en el ámbito de los cultos mistéricos en mitos cruentos o incruentos en los que se mimetizan tradiciones legendarias procedentes de todos los rincones de la cuenca mediterránea. Muchos de estos cultos beben más o menos explícitamente de viejos mitos mesopotámicos, como el de Ishtar, que desciende al inframundo para después volver a la vida, y sobre todo egipcios; muy especialmente el de la muerte de Osiris, despedazado por Seth pero resucitado a la postre gracias a la recomposición de su cuerpo obrada por Isis y Horus (su esposa e hijo, respectivamente), que cuaja a lo largo y ancho del mundo grecorromano como el mito cruento por antonomasia y la fuente de la que beben algunos de los cultos mistéricos más célebres de la antigüedad. Desde Asia Menor, poco a poco, estos mitos irán asentándose, pertinentemente transformados y asimilados a la realidad y a las leyendas locales, penetrando en Grecia y Roma y eclosionando definitivamente —a juzgar por las muy limitadas fuentes de que disponemos—, hacia el siglo VI a. C., con el afianzamiento en Grecia de los misterios eleusinos y dionisiacos respectivamente.

Son los grecorromanos, sin duda, los cultos esotéricos antiguos que mejor conocemos, gracias a los testimonios literarios y a la abundante iconografía que en el mundo griego y romano los representa. Pero uno de los elementos sobre los que unos y otros construyen mitos y rituales es el misticismo religioso de los egipcios, que giraba alrededor de la figura del sacerdote, custodio de saberes secretos que estaban en la base misma de su poder como miembros de una casta exclusiva. Es, sin embargo, muy poco lo que se sabe realmente acerca del esoterismo en el país de los faraones y de los presuntos ritos iniciáticos asociados con el culto a determinadas divinidades. Los sacerdotes, por ejemplo, guardaban bajo llave el conocimiento de la escritura, que gozaba de un carácter divino muy marcado y que, precisamente por ello, era una herramienta de poder oportunamente restringida a unos pocos.

Símbolos esotéricos

Durante mucho tiempo, de hecho, antes del hallazgo y traducción de la piedra Rosetta, la masonería y el rosacrucismo interpretaban los jeroglíficos egipcios como un intrincado código de símbolos esotéricos y no como un sistema de escritura propiamente dicho. Para ellos, las pirámides en realidad no eran tumbas, sino templos destinados a la ejecución de rituales de iniciación mística; pero lo cierto es que la mayoría de los jeroglíficos que tanto fascinaban a masones y rosacruces no databan, ni mucho menos, de los tiempos del Imperio Antiguo, sino que más bien se trataba de textos de época ptolemaica, de sustrato religioso-filosófico más griego que egipcio. Y aunque es innegable la influencia de la mitología egipcia en la cristalización de los cultos mistéricos del mundo clásico, a menudo esta ha sido sobredimensionada en tiempos relativamente recientes, a través de un proceso de mitificación/idealización del pasado egipcio.

Tanto o más importante fue la influencia de religiones orientales como el mazdeísmo, fundado por Zoroastro, nacido en algún momento entre finales del II milenio a. C. y el siglo VI a. C., cuya poderosa casta sacerdotal —los llamados Magos— dominaba el arte de la astrología, la interpretación de los sueños y la magia. El principio motriz del mazdeísmo, que tanta influencia habría de tener en los cultos mistéricos y en el esoterismo moderno, es el dualismo, el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, que impregnará con mayor o menor intensidad el pensamiento de Pitágoras (no en vano se decía, incluso, que había sido discípulo de un mago o del mismísimo Zaratustra) así como los principios, ya en época romana, del mitraísmo y del cristianismo primitivo. Los mitos ancestrales de ambas culturas, egipcia y mesopotámica, cruzaron el Egeo desde Asia Menor camino de Grecia, donde, a partir del siglo VI a. C., los cultos mistéricos empezaron a echar raíces, en un complejo proceso de mestizaje cultural, y a ganar adeptos y prestigio.

Misterios milenarios

En la ciudad de Eleusis, situada unos veinte kilómetros al oeste de Atenas, se celebraban los misterios más antiguos y populares del mundo griego. Su origen se remontaba a la era micénica, y se celebraron durante casi dos mil años (desde mediados del II milenio a. C. hasta el año 500, aproximadamente) anualmente, vertebrados alrededor de uno de los mitos incruentos helenos por antonomasia, primo hermano del de la Ishtar oriental, que tenía a la diosa de la fertilidad Deméter como gran protagonista. Así, reza el mito, se encontraba su hija Perséfone en el campo recogiendo una flor de narciso cuando fue raptada por Hades, que la arrastró consigo al inframundo. Deméter abandonó el Olimpo para acudir de inmediato al rescate y vagó sin éxito, desesperada, en busca de su hija hasta que se detuvo junto a un pozo en Eleusis. Acogida por las hijas del rey Céleo, la diosa ocultó su verdadera identidad haciéndose cargo durante años de Triptolemo, el hijo de los reyes. Pero, cuando se disponía a convertirlo en inmortal exponiéndolo al fuego divino, fue descubierta por la reina. Encolerizada, la diosa abandonó Eleusis no sin antes disponer la construcción de un santuario. Así, una vez al año, en Eleusis, en el contexto de las Tesmoforias (festividades consagradas a la diosa Deméter), se celebraban los misterios más concurridos de la antigua Grecia. Los cultos mistéricos, estrictamente hablando, no constituían sociedades secretas propiamente dichas, en tanto en cuanto estaban abiertos a cualquiera que quisiera participar en ellos, pero sí se estructuraban alrededor de una serie de sofisticados ritos iniciáticos que habrían de servir como referente e inspiración de muchas sociedades secretas modernas.

Así, los iniciados recorrían a pie en procesión nocturna, cada 19 de septiembre, el trayecto entre Atenas y Eleusis con la cara completamente cubierta. Una vez en la ciudad sagrada, eran introducidos en el santuario de Deméter (el Telesterion) donde ingerían el ciceón, bebida sagrada a base de poleo y de un parásito de la cebada que, probablemente, provocaba alucinaciones a los candidatos, induciéndolos a un estado de euforia en el que esperaban a la primera luz del amanecer, cuando a los iniciados les era revelado al fin el secreto de la inmortalidad. Un secreto que, naturalmente, no podrían revelar bajo ninguna circunstancia, razón por la cual no conocemos los detalles de la dimensión privada de este culto y de lo que realmente acontecía en el interior del Telesterion.

Rituales con vino

El mito cruento por antonomasia del mundo grecolatino tenía a Dioniso-Baco como epicentro. Al igual que Osiris, Dioniso fue desmembrado y sus pedazos hervidos en una caldera por los Titanes, hasta que la diosa Rea —como Isis en el mito egipcio— reconstruyó sus miembros para devolverlo a la vida. Todos los años, a finales de febrero y primeros de marzo Atenas se vestía de gala para celebrar las Antesterias, uno de los festivales principales de la polis ática, que honraba a Dioniso a través de múltiples rituales relacionados con el vino y de la celebración de un popular certamen de comedias. Pero, más allá de los márgenes de la religión oficial, el culto dionisiaco adquiría una dimensión mucho más popular, vinculada a la celebración de cultos mistéricos que, a diferencia de los eleusinos, tenían un carácter no institucional y fundamentalmente informal. El vino, como no podía ser de otro modo, era el ingrediente principal de estos rituales. La popularidad de Dioniso en todo el arco mediterráneo va pareja a la extensión del consumo de vino, y es probable que existieran múltiples variedades de cultos mistéricos en diferentes escalas y lugares; todos ellos, eso sí, emparentados por el absoluto secretismo. El consumo de vino garantizaba una conexión directa con el dios y, naturalmente, la desinhibición necesaria para proceder con las prácticas orgiásticas características de estos misterios, en los que jugaban un papel central las bacantes, mujeres iniciadas en el culto dionisiaco que, en el frenesí extático, se entregaban completamente al vino, la danza y el sexo, en ceremonias prohibidas a los varones. A diferencia de los cultos eleusinos, los misterios dionisiacos solían celebrarse lejos del ámbito urbano, en las montañas y al abrigo de la noche.

Muy vinculados a estos rituales estaba la figura mítica de Orfeo, poeta y músico tracio que, supuestamente, habría introducido en Grecia los misterios dionisiacos. Orfeo, que como Deméter con Perséfone, había intentado sin éxito rescatar a su esposa Eurídice del inframundo, otorgó una dimensión escatológica a los cultos asociados a Dioniso. El orfismo, de hecho, introdujo en Grecia desde Asia la creencia en la transmigración de las almas y, aunque Dioniso ocupa un papel esencial en el universo de sus rituales, los misterios órficos y los misterios dionisiacos, de los que tan poca información disponemos, tenían características diferenciadas.

El culto a Dioniso tuvo una difusión extraordinaria durante el helenismo, y en Roma los misterios báquicos gozaron de una popularidad extraordinaria desde el siglo III  a.C. hasta su desaparición, probablemente, a finales del siglo IV. Las celebérrimas bacanales se celebraban en secreto, originalmente solo entre mujeres, en el bosque de Simila, junto al monte Aventino, a mediados de marzo. Los misterios báquicos escandalizaban y preocupaban a muchos romanos, defensores de las viejas tradiciones y costumbres, y por tal motivo fueron prohibidos mediante un decreto del Senado en el año 186 a. C., aunque siguieron celebrándose clandestinamente hasta que Julio César volvió a legalizar su celebración en el año 50 a. C. Tres siglos después, les perdemos definitivamente la pista.

Cultos clásicos

El proceso de sincretismo y orientalización de la religión popular se manifiesta aún con más fuerza en el mundo helenístico y romano, mucho más expuestos geográficamente al contacto con estas exóticas creencias, más permeables aún a la penetración de mitos foráneos, convenientemente reelaborados de acuerdo con la sensibilidad y las costumbres del Mediterráneo occidental. Acaso las tradiciones de rituales mistéricos más características del mundo romano, como expresión espontánea de esa religiosidad no oficial que demandaba atajos para alcanzar la inmortalidad o la dicha en el Más Allá, llegan de la mano de los cultos cruentos egiptizantes, más en concreto los de Isis y Osiris. El culto a Isis llegó a Atenas en el siglo IV a. C., pero fue bajo el impulso de los Ptolomeos en Egipto, durante el siglo siguiente, cuando cobró forma, con la introducción de Serapis —identificado en la mitología griega con Hades y Asclepio—, divinidad sincrética por antonomasia, en el panteón local.

El culto a Isis penetró en Roma por vez primera a finales del siglo II a. C., aunque su eclosión definitiva se produciría cuatrocientos años después, con una meteórica expansión por todo el Imperio. El éxito de este culto se explica por la fácil asimilación de la diosa a las figuras de, por ejemplo, la Astarté fenicia o la Hera, Afrodita y Rea griegas y por la familiaridad mediterránea con el mito de la desmembración de Osiris. Por otro lado, el culto isíaco que penetró en el mundo romano en el siglo III a. C. tenía tantos componentes griegos como egipcios gracias a las reformas religiosas acometidas por Ptolomeo, en las que participó muy activamente un ateniense, Timoteo, vinculado a las familias sacerdotales relacionadas con los cultos eleusinos. Así, cuando la religión isíaca cuajó en el ámbito grecolatino lo hizo ya sustancialmente helenizada, lo que sin duda favoreció su éxito e implantación.

Recreaciones míticas

Sabemos que los misterios isíacos, y los ritos iniciáticos asociados, se estructuraban en torno a una jerarquización del culto modelada a partir de los usos y costumbres del sacerdocio egipcio. Los iniciados debían purificarse durante unos diez días antes de la ceremonia, absteniéndose de comer ciertos alimentos prohibidos y de mantener relaciones sexuales. Llegada la hora, los aspirantes, con la cabeza afeitada por completo, participaban en una suerte de recreación del mito de la muerte y resurrección de Osiris cuyos detalles no conocemos, puesto que revelarlos podía acarrear la muerte. A la mañana siguiente, tras una procesión hacia el templo, se celebraba un banquete para completar el proceso, si bien sabemos que existían varios grados de iniciación de los que da noticia Apuleyo en El asno de oro sin demasiado detalle. El culto isíaco y sus misterios tuvieron tanto éxito que acabaron por seducir a emperadores como Cómodo, Septimio Severo, Caracalla o Diocleciano, que los practicaron en diferentes momentos de su vida.

Tanto o más éxito tuvo en el Imperio romano una religión llegada del lejano Oriente, que hunde sus raíces en el hinduismo védico y que desde la India penetró, para adquirir su configuración definitiva, en Persia, imprimiendo una honda huella en el mazdeísmo. El mitraísmo, en efecto, llegó a Roma procedente de Frigia a finales del siglo I, y llegó para quedarse, convirtiéndose en la religión mistérica pagana por antonomasia hasta que en el siglo V fue barrida por la expansión, social e institucional, del cristianismo.

Enigmáticos misterios

Mitra era el dios del Sol, una divinidad redentora cuyo culto caló de manera muy intensa en las filas de las legiones romanas. Se han encontrado mitreos (edificios rectangulares, total o parcialmente subterráneos, presididos por un relieve representando una tauroctonía, el sacrificio ritual de un toro a manos del propio Mitra tocado por un gorro frigio) a lo largo y ancho de todo el Imperio, lo que prueba su extraordinaria difusión en todas las direcciones. Pero su popularidad debía de ser especialmente notable en las fronteras del norte, a juzgar por la multitud de santuarios consagrados a Mitra que la arqueología ha podido documentar. Aunque el mitraísmo perdió finalmente el pulso con el cristianismo, y sus cultos fueron definitivamente proscritos por Teodosio, ofreció una extraordinaria resistencia gracias a su excepcional arraigo en distintos estamentos de la sociedad romana. Especialmente populares eran sus enigmáticos misterios, estructurados en siete grados de iniciación, que implicaban la celebración de una serie de carreras y combates simbólicos, banquetes rituales, el ritual cruento de purificación por antonomasia, el taurobolio, y la entrega, una vez alcanzado el séptimo grado, de una corona de laurel como símbolo de resurrección. Tanto el cristianismo como el mitraísmo procedían de Asia, pero a pesar de la resistencia concreta de emperadores como Juliano el Apóstata, un mitraista militante, la presión de las altas jerarquías cristianas, conscientes de la fortaleza y del arraigo social del culto, acabó por surtir efecto. El cristianismo a la postre acabaría por ganar el pulso, precipitando la erradicación de todos los cultos mistéricos paganos en el Imperio.

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