Los Julio-Claudios: una familia imperial

La dinastía Julio-Claudia, producto de la unión de dos de las familias más destacadas de la historia de Roma, dio lugar a la subida al trono de cinco emperadores. Curiosamente, ninguno hijo biológico del anterior.

“Muchacho, tú se lo debes todo a tu nombre”. La frase se la lanzó con desprecio Marco Antonio al joven Octaviano, el sobrino nieto de Julio César. Aunque cometía con ella el error de menospreciarlo, parte de razón tenía el popular cónsul romano al referirse al que había sido el inesperado heredero salido del testamento de César, solo conocido tras su traicionero asesinato. Desde su tumba, el líder más admirado de la época adoptó formalmente al hijo de la hija de su hermana, Julia la Menor, y le dio su nombre; a partir de entonces se le conocería como Cayo Julio César Octavio. Eso se convertiría en el mejor salvoconducto: un pasaporte al poder, que fue aprovechado con gran habilidad por el inteligente chico (por algo lo había escogido el lúcido César). Y de él saldría toda una familia imperial, la dinastía Julio-Claudia, que dio cinco imperators.

Los Julios formaban una de las mejores gens (agrupaciones familiares) de Roma. Por supuesto se trataba de patricios, que remontaban sus orígenes hasta Julo, un personaje que habría sido nada menos que nieto de Eneas, el héroe troyano huido a la península Itálica tras la destrucción de la mítica ciudad. Ya en Italia habían tenido a algunos de sus más lejanos ascendientes entre los reyes de Alba Longa, una ciudad de la región del Lacio en los montes Albanos, destruida por Roma en el siglo VII a.C. Tras la campaña contra Alba Longa, algunas familias locales destacadas, como los Julios, habían sido perdonadas y llevadas a Roma, permitiéndoseles ingresar en el patriciado. Prueba de su excelente asimilación es que un Julio llegó a cónsul ya en el siglo V antes de Cristo. Se iniciaba así su participación destacada en la alta política. Durante estos siglos, mantendrían la costumbre de que todas las mujeres de la familia llevaran como nombre Julia.

Los Claudios, por su parte, procedían de los sabinos, uno de los principales pueblos prerromanos, que habían habitado el área de los montes del mismo nombre, al este del río Tíber. El fundador de esta gens en el siglo V, Apio Claudio Sabino, huyó de su tribu natal al ser partidario de la unión con Roma; decisión acertada, ya que llegaría a cónsul de esta. El mismo cargo lo alcanzarían muchos de sus descendientes.

Ambas familias se distinguieron por una gran endogamia: los matrimonios entre parientes fueron la norma, e incluso se darían algunos casos de incesto. Estuvieron muy mezclados entre ellos, y este es el motivo por el que la historia los aúna como miembros de una misma dinastía.

A pesar de este panorama, curiosamente, ninguno de los cinco emperadores de la dinastía sería hijo del anterior. De la misma forma que César había adoptado a Octavio, este haría lo propio con su sucesor, Tiberio, y este a su vez con Calígula. En el caso de los otros dos, Claudio y Nerón, intervendrían factores más propios de la lucha por el poder, ya que sus respectivos antecesores fueron asesinados.

Emperador busca heredero

La adopción fue una práctica muy habitual entre estos mandatarios por una doble razón: a la carencia de descendencia directa se unía la voluntad de escoger al mejor para el puesto como resultado de una cierta reminiscencia de la meritocracia inherente a la República, que había sido la forma de gobierno durante tantos siglos de Roma y su orgullo. Buscar al mejor para la más alta magistratura fue siempre una preocupación destacada de estos emperadores. Y los factores naturales, como la corta esperanza de vida en la época, o el riesgo que sufrían muchos de estos patricios que lideraban ejércitos en grandes guerras contra pueblos extranjeros, no hacían sino complicar la sucesión dinástica.

Ya el propio Julio César había carecido de descendencia masculina, lo que le llevó a fijarse en Octaviano. En realidad, sí tuvo con Cleopatra, reina de Egipto, un hijo varón, Cesarión (o Ptolomeo XV), pero, como esta no era su esposa y el niño tenía muy corta edad cuando él murió, nunca contó para la sucesión. Convertido el sobrino-nieto en el hombre fuerte de Roma y con el nombre de Octavio, él sí prestaría mucha atención al riesgo potencial que aquel hijo medio egipcio de César representaba para él y ordenaría matarlo tras derrotar a Marco Antonio y Cleopatra. Así cortaba de raíz cualquier posible reclamación dinástica.

La falta de un heredero varón se repetiría en el caso de Octavio (que para entonces ya sumaba también a su nombre el de Augusto). A pesar de casarse tres veces –con Claudia, Escribonia y Livia–, solo tuvo una hija, llamada Julia la Mayor, que además resultó ser bastante problemática. Casada a los catorce años con su primo, Marcelo, a la muerte de este se había entregado a una vida de constantes aventuras amorosas que la convirtieron en “la viuda alegre de Roma”, en expresión del escritor Indro Montanelli.

 

Más información sobre el tema en el Dossier La dinastía Julio-Claudia de José Ángel Martos. Aparece en el MUY HISTORIA, dedicado a Roma, de Julio César a Nerón. El nacimiento de un Imperio.

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