Los celtas en el imaginario popular

Desde que se excavaron las primeras tumbas celtas a mediados del siglo XIX en Centroeuropa, hasta lo que entendemos hoy por celta. Así ha evolucionado el imaginario popular de esta antigua población de la Edad del Hierro.

La investigación arqueológica sobre los celtas se inició a mediados del siglo XIX en Centroeuropa. Las primeras tumbas de carro del Valle del Rin, en Alemania, se excavaron a partir de 1830; poco más tarde comenzaron las excavaciones en el yacimiento austriaco de Hallstatt (1848) que habría de hacerse tan célebre como para bautizar a la Primera Edad del Hierro, y en 1856 se iniciaron los trabajos en el sitio de La Tène (Suiza) —un lugar de ofrendas votivas a las aguas—, que sirvió para caracterizar a la Segunda Edad del Hierro. Entre 1861 y 1865 se desarrollaron los trabajos en Alesia (noreste de Francia), emblemático sitio porque fue donde el jefe galo Vercingétorix resistió hasta el final al asedio romano en el 52 a. C. Las excavaciones y la interpretación fueron posibles gracias al interés personal de Napoleón III (1808-1873), y Alesia y Vercingétorix se convirtieron en los grandes mitos galos.

La década de 1860 representó la primera demarcación del campo de estudio de la Edad del Hierro y de los celtas que, enseguida, se asociaron al final de la época de La Tène. Se vinculaban así los celtas referidos por las fuentes clásicas greco-latinas y la cultura arqueológica lateniense. En el Renacimiento se impulsó el estudio de los textos clásicos y a fines del siglo XVIII la identificación del tronco lingüístico celta supondría el principio de la lingüística histórica celta que ayudó a definir estos pueblos. El concurso de la arqueología en las décadas centrales del siglo XIX acabaría por proporcionar un «rostro material» a los celtas de las fuentes clásicas y de la paleolingüística. Textos clásicos, lenguas célticas y arqueología conformaron el concepto de los antiguos celtas en Centroeuropa y la Europa Occidental. Pero las discusiones sobre las interpretaciones de pasajes de los relatos greco-latinos, las complejidades de la paleolingüística y los aburridos catálogos de hallazgos arqueológicos no ayudaban a divulgar a los celtas. Con todo, la fascinación sobre ellos estaba creciendo por casi toda Europa.

Cruz celta
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Representación gráfica

Los celtas se ligaron a la emergencia y/o reforzamiento de los estados-nación, porque en la medida en que eran los primeros pueblos de nombre conocido de la antigua historia de Europa construían un pasado noble, prestigioso y aún atractivo. Los celtas necesitaban tener representación gráfica para ganar terreno en la cultura popular frente al cierto elitismo de historiadores, filólogos y arqueólogos. Para creer en los celtas hacía falta «ver» a los celtas. Y eso es lo que empezaron haciendo los manuales escolares franceses y los grandes carteles de las escuelas decimonónicas. Hacían visibles a los celtas, los mostraban en dibujos y viñetas compendiando los episodios más famosos y sus formas de vida —las famosas cabañas redondas—, y lo hacían en la educación básica de casi toda la ciudadanía. Las imágenes de los celtas se centraron en dos tipos muy concretos: la figura del guerrero, jefe y rix, y el druida, los sacerdotes sabios y adivinos. Pero como la arqueología celta estaba dando sus primeros pasos a mediados del siglo XIX, la construcción de imágenes populares quedo al albur de la inspiración de artistas, recogiendo imágenes y tradiciones del Romanticismo que invento bardos como Ossian, que se fueron incorporando al rico imaginario visual celta. Las estampas «imaginadas» de los artistas fueron anteriores al descubrimiento arqueológico de los celtas. La imagen visual se creó antes que el conocimiento.

Con mucha efectividad las imágenes escolares eran potentes, duraderas y persistentes, calando en la mente de los estudiantes. Aunque los errores y las informaciones falsas estaban a la orden del día, como mostraba una reciente exposición titulada «Un galo en mi cartera» (2017). Del mismo año un libro, Gaulois. Images, usages & Stereotipes, se interroga críticamente sobre la resbaladiza imagen de los galos, que oscila entre la manipulación histórica y la moderna arqueología. Las imágenes encierran conocimientos, intencionalidades e ideologías, pero de su «deconstrucción» aprendemos cosas muy interesantes.

Nuevos celtas

El imaginario visual del siglo XIX perduró largamente en el siglo XX, como un profundo y estable paradigma. Al imaginario escolar se sumaron poco a poco —y a veces en paralelo— otros imaginarios, en primer lugar la «estatuatomanía» y la pintura histórica. En las últimas décadas del siglo XIX y comienzos del XX se levantaron estatuas de Vercingétorix en la propia Alesia (1865) y Clermont-Ferrand (1870), de Ambiorix, rey de los Eburones y héroe fundacional belga en Tongeren (1866), del lusitano Viriato en Viseu (Portugal) —desde 1910 monumento nacional—, y en Zamora (1903), y de la reina britana Boudica en Londres (1902). La pintura de historia fijó clichés de los celtas, a través de los grandes personajes citados, algunos hechos históricos —caídas de Alesia y Numancia, migración de los Helvecios y batallas célebres contra Roma—, y grupos celtas, ennoblecidos como ancestros y origen de estados/pueblos europeos actuales.

En las décadas siguientes del siglo XX la fascinación celta siguió engrosando el imaginario popular. Los celtas saltaron a anuncios publicitarios, especialmente en Francia, y Les Gaulois fueron la inspiración de publicidad creativa gráfica de comida (carnes, quesos), bebida (cervezas, elixires y tisanas) y cigarrillos (Gauloises: «el cigarrillo de Francia, tan diferente, tan francés») y aún de neumáticos y jabones. En España, más modestamente, los cigarrillos Celtas tuvieron éxito en las primeras décadas después de la Guerra Civil, y menos en otras publicidades. También saltaron a personajes centrales en álbumes de cromos de Historias nacionales, a obras literarias, a tebeos de intención aleccionadora para niños y jóvenes y otros de gran éxito, como las Aventuras de Asterix, que desde 1959 han visto publicados 39 álbumes, traducidos a más de cien idiomas y vendidos por cientos de millones. Acaso los celtas más famosos del mundo. Entre nosotros Coraza, el Celtibero (Ed. Maga 1962) tuvo corta vida y éxito, pero en los últimos tiempos renacen celtas, celtíberos y castreños en cómics de tiradas cortas pero casi continuas, como la serie Os Barbanzons de P. Carreiro sobre el noroeste, varios sobre Numancia: Estrella del crepúsculo (2006); Numancia, Historia de España en viñetas (2019); Hijos de las cenizas (2020); y hasta tenemos unos peculiares celtíberos aragoneses: Thurrakos (2012).

El imaginario colectivo creo que funciona como una especie de robot de cocina, en cuyo producto resultante —si es que es mensurable—, resulta difícil identificar los ingredientes. Acaso, como he sugerido en otro sitio, necesitemos investigar cómo crea la gente su percepción sobre el pasado, a partir de qué fuentes, y qué influencia tiene cada una de ellas. Y lograr una especie de gigantesca matriz de Harris (estratigrafía de fuentes) de cómo se configura el conocimiento popular.

Los cambios más sustanciales corresponden a finales del siglo pasado y comienzos del actual. Con nuevos estudios académicos sobre los celtas, más críticos («Nuevo celticismo») e incorporando novedosas líneas de investigación como la paleoetnología y la arqueogenética, coinciden ahora con la crisis del saber escolar —antaño casi omnipotente—, en la creación del imaginario popular. Los «nuevos celtas» presentan fuertes connotaciones de los viejos clichés pero también nuevos soportes y nuevas fuentes de distorsión. Se trata de los celtas del siglo XXI que han asaltado la televisión, el cine, los medios de comunicación de masas, las páginas de Internet, las publicaciones de mitología —pero también de magia, tarot y otros temas esotéricos y de la New Age—, los cómics de fantasía heroica y los videojuegos educativos y de ficción total.

La «celtomanía» ha ampliado poderosamente sus fronteras y no siempre para bien, pero es bueno prestar atención y conocerla para poder desmitificar errores y criticar excesos, desde el profundo respeto pero también desde el compromiso firme con la investigación y con nuestra obligación divulgadora para llegar a cuantos más públicos mejor. Porque todos los públicos tienen su dignidad. Para concluir, acaso haya que decir que los celtas son siempre «reinventados» y, parafraseando a la gran Jacquetta Hawkes, que «cada época tiene los celtas que merece, o desea».

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