Los asentamientos celtas: poblados, castros y oppida

Los pueblos celtas desarrollaron distintas formas de asentamientos, distintas organizaciones internas e incluso distintos tipos de viviendas. Pero desde una visión de conjunto lo más amplia posible, se pueden identificar diferentes tipos de asentamientos: poblados, castros o hillforts, oppida y granjas y alquerías, que guardan bastantes analogías.

Los pueblos celtas extendidos por buena parte de Europa, de las islas británicas a Anatolia y de la llanura del norte de Europa a las costas del Mediterráneo, desarrollaron distintas formas de asentamientos, distintas organizaciones internas e incluso distintos tipos de viviendas. Pero desde una visión de conjunto lo más amplia posible, se pueden identificar diferentes tipos de asentamientos: poblados, castros o hillforts, oppida y granjas y alquerías, que guardan bastantes analogías. Dejando claro que no existió nunca en territorio tan extenso y a lo largo de más de 500 años un modelo único de esos tipos de asentamientos.

Variedad de asentamientos

La población de las tierras celtas, en su momento final antes del cambio de era, podemos estimar —a través del número de sitios en el registro arqueológico— que pudo estar entre 15 y 20 millones de habitantes. Grupos que, salvo casos excepcionales, vivían en pequeños grupos familiares, repartidos por campiñas, valles y mesetas. La mayor parte de la población era rural, viviendo en granjas, alquerías y pequeñas explotaciones agropecuarias. Por encima habría poblados y otros centros fortificados (castros en la terminología española y hillfortsen la inglesa) y también otros sin defensas que contarían con varios centenares de habitantes. En la cumbre de esas comunidades unos pocos centros alcanzaron demografías de algunos millares de almas y un carácter urbano específico. Fueron grupos humanos con generaciones de esperanza de vida corta, unos 35-45 años. La mortalidad infantil era muy alta, los hombres tenían tasas de mortalidad elevadas por la conflictividad intergrupo y las mujeres debido a las complicaciones en los partos e infecciones puerperales.

Castro celta
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Los celtas del Hallstatt levantaron poblados, en llano y en alto defendidos, con escasa organización interna, casas de madera de planta rectangular y aparentemente sin edificios públicos. Pero en las cabeceras de los valles del Rin, Danubio y Ródano —el corazón del mundo hallstáttico—, grupos más numerosos y fuertes establecieron las llamadas «residencias principescas» (Fürstensitze), emplazadas en alto con fortificaciones de murallas, torres, fosos y puertas bien defendidas. Algunas «residencias principescas» alcanzaron una complejidad que estamos recientemente descubriendo con varios recintos y grandes superficies de ocupación. El caso mejor conocido es el de Heuneburg a orillas del Alto Danubio, con sofisticados medios de fortificación y sobre todo la estimación de que pudo albergar una población de 5000 o 6000 habitantes, en alrededor de 100 ha, un valor insospechado hasta hace pocos años. Centros como Heuneburg, Hohenasperg y Mont Lassois desarrollaron esquemas urbanos, pero de un urbanismo peculiar que no se asemeja al urbanismo hipodámico o en damero del Mediterráneo con sistema de calles bien organizadas y grandes edificios públicos. Este urbanismo hallstáttico de la Primera Edad del Hierro (s.VI-V a. C,) en Centroeuropa ha sido denominado «urbanismo delicado» por su carácter frágil, efímero, desarrollado a lo largo de unas pocas generaciones. Pero los ordenamientos internos de Heuneburg y Mont Lassois con una ordenación regular de estructuras revelan un genuino planeamiento urbano en Centroeuropa. Urbanismo que tuvo su propia lógica interna en términos sociales y políticos. Por ejemplo, las élites de estos centros urbanos, importaban cerámicas finas griegas y vino del Mediterráneo, que apreciaban mucho, y celebraban banquetes para mantener lazos y alianzas con jefes vasallos de segundo / tercer orden. Con todo, este mundo colapsó a lo largo de las primeras décadas del s. v a. C.

Aparición de los oppida

Las grandes transformaciones que vinieron a continuación fueron un proceso de descentralización política, una ruralización creciente de la población y la emergencia de nuevos centros de poder al norte de los centros hallstátticos, las jefaturas de La Tène. En este periodo de los celtas latenienses, aunque se establecieron poblados de nueva planta, hubo una explosión de pequeños asentamientos rurales, reflejo de un importante crecimiento demográfico; así solo en la cuenca de París se han descubierto en las últimas décadas más de 200. Las granjas y alquerías de los primeros tiempos de La Tène (450-300 a. C.) ocupan las campiñas, a menudo rodeadas de fosos y empalizadas de madera —delimitando estructuras cuadrangulares y trapezoidales—, y albergan casas, establos, graneros sobre postes y silos excavados en la tierra.

A finales del s.III y comienzos del II a. C. se produce un nuevo movimiento de centralización, con la aparición de los grandes centros urbanos, los famosos oppida de los textos clásicos. Las causas de la eclosión de los oppida hay que buscarlas en cuatro factores interrelacionados: la intensificación de las producciones agrarias y artesanales, el crecimiento demográfico sostenido, el aumento de la «conectividad social» y la estructuración política y religiosa de los territorios que estos centros realizan.

Centros bien defendidos

Las descripciones de Julio César en su Guerra de las Galias establecieron el canon de estos centros: asentamientos grandes, defendidos y de carácter urbano, aunque las fuentes escritas posteriores añadieron cierta ambigüedad a esta definición. La arqueología ha ido produciendo conocimiento sobre estos centros, a pesar de la diversidad de criterios según las tradiciones de distintos países. El tamaño es un criterio importante: por encima de las 10 ha se suelen considerar oppida, pero pueden llegar a varios centenares de ha en los centros más grandes. Las defensas incluyen distintos tipos de murallas: 1) el murus gallicus con mampostería de piedra y un armazón de grandes troncos cruzados y fijados con grandes clavos, 2) las murallas de postes verticales de madera y 3) las murallas de terraplenes de tierra con fosos en las islas británicas. Las formas se adaptan a los tipos de emplazamiento: con recinto completo amurallado tanto en alto como en llano, en otros casos buscan defensas naturales —ríos y promontorios— para reducir la longitud de muralla a levantar, de forma que barreras pequeñas permitían cerrar espacios en espolones, meandros y horquillas de ríos.

La anatomía interna de estas ciudades celtas permite reconocer barrios artesanales con concentración de talleres cerámicos, metalúrgicos, cecas para emisión de moneda, de trabajo del vidrio y del hueso, y otras materias primas. Por todo ello los oppida fueron también centros de intercambio con redes comerciales importantes. Hay zonas residenciales de las elites y de la población común, áreas sacras con santuarios y otras dependencias, y también espacios vacíos muy posiblemente para celebrar ferias o para poder acoger tras sus murallas a la población dispersa por sus alrededores en los tiempos de conflictividad y peligro.

Los oppida grandes y con una intensa ocupación del espacio alcanzaron a albergar poblaciones nunca vistas antes. En el caso de Manching se han estimado valores entre 5000 y 10000 habitantes y en el de Bibracte entre un mínimo de 5000 y un máximo de 20 000.

La península ibérica: castros y oppida

En el centro, oeste y norte de la península ibérica, los poblados más característicos son los «castros», pequeños asentamientos (entre 0,2 y 2 ha) localizados en alto, en la cumbre de cerros, en espolones fluviales y en escarpes de ladera, que se distribuyen a lo largo de los valles de los ríos. A sus defensas naturales añaden murallas de piedra en seco y, a veces, pequeños fosos y campos de piedras hincadas. En cambio las pequeñas explotaciones rurales son todavía mal conocidas.

En el oriente meseteño, entre los celtíberos, se impone pronto el modelo de «calle central», con caserío de planta rectangular, como la fase inicial de El Ceremeño (Guadalajara). Los asentamientos más grandes apenas tendrían unos pocos centenares de habitantes, no existía jerarquización del territorio y las comunidades debieron ser pequeñas, bastante homogéneas, igualitarias y autosuficientes. A partir del siglo III a. C. el tipo esencial de asentamiento pasó a ser el oppidum, centro fortificado destinado a defender la comunidad y sus bienes, observándose paralelamente un proceso de ordenación jerárquica del territorio. Numancia es un buen exponente de las ciudades celtibéricas.

En el centro de la cuenca del Duero los oppida vacceos más grandes debieron tener una población de unos pocos millares de habitantes. Estos centros ofrecen murallas de adobe y madera con potentes fosos, cuentan con áreas residenciales amplias y arrabales fuera de las murallas, con barrios y basureros. Calles más o menos regulares delimitaban manzanas abiertas a las calles, aunque conocemos poco los detalles por falta de excavaciones en extensión.

En las planicies occidentales de la Meseta, los asentamientos vettones son en su gran mayoría de nueva planta, se dotan de buenas defensas —fosos, campos de piedras hincadas y murallas de piedra con torres y bastiones macizos en ocasiones— y los más importantes, como Las Cogotas, La Mesa de Miranda, Yecla de Yeltes o El Raso, encierran grandes superficies de entre 20 y 70 ha con varios recintos de muralla, algo típico del área vettona. El caserío es insulano sin verdaderas calles, ofreciendo una organización interna bastante diferente al modelo urbano celtibérico o vacceo. Es poca la información sobre los edificios públicos, aunque conocemos posibles áreas sacras o rituales en el oppidum abulense de Ulaca.

En el noroeste hacía el 400 a. C., territorio de los galaicos, los castros se extienden a los valles, en puntos más bajos, cerca de suelos bien irrigados y con visibilidad homogénea del territorio. La población está creciendo de forma importante, ya que el número de castros se multiplica en muchas áreas por 2 ó 3, sin duda como resultado de una intensificación agraria. Los castros, con superficies pequeñas entre 1 y 2 ha, incrementan los elementos defensivos, las puertas son más elaboradas, y son frecuentes los castros con recintos múltiples. En torno a finales del siglo II a. C. surgen los oppida, grandes núcleos con unos pocos millares de habitantes, con estructuras públicas monumentales como santuarios, aljibes, calles empedradas, saunas y canalizaciones de agua, como bien ejemplifican Sanfins y Briteiros.

Los castros asturianos —Campa Torres, San Chuís, Morrión, Caravia y muchos otros— comparten algunos rasgos con los galaicos hacia el oeste y los cántabros hacia el este, mientras que los que se sitúan al otro lado de la cordillera cantábrica ofrecen más afinidades con el área vaccea del Duero.

 

Alberto Lorrio Alvarado es prehistoriador (Universidad de Alicante). Gonzalo Ruiz Zapatero es prehistoriador (UCM).

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