Las lenguas celtas

Las lenguas celtas conforman un grupo que pertenece a la macrofamilia indoeuropea. Son parientes, pues, de los distintos miembros, extintos o no, de las familias anatolia, indoirania, armenia, eslava, báltica, germánica, itálica, griega, albanesa... Repasamos las clasificaciones según criterios geográfico-cronológicos y lingüísticos.

Las lenguas celtas conforman un grupo que pertenece a la macrofamilia indoeuropea. Son parientes, pues, de los distintos miembros, extintos o no, de las familias anatolia, indoirania, armenia, eslava, báltica, germánica, itálica, griega, albanesa...

A pesar de la gran extensión que llegaron a ocupar los pueblos celtas (Europa occidental y central, parte de Italia e incluso Asia Menor), poco a poco fueron cediendo al empuje de otros pueblos, sobre todo germanos y romanos, quedando absorbidos por ellos o arrinconados en las islas británicas.

Las lenguas celtas suelen clasificarse atendiendo a criterios geográfico-cronológicos y lingüísticos. Conforme a los primeros se dividen en:

Celta continental, cuyos testimonios abarcan desde el siglo VII o VI antes de la era hasta los primeros siglos después.

Celta insular, testimoniadas a partir de la Edad Media y muchas de ellas todavía habladas en la actualidad.

Inscripción celta
Wikipedia

En cuanto al criterio lingüístico, se atendió a la evolución del sonido indoeuropeo labiovelar *k w , que se pronuncia como una ka en español —de ahí velar—, pero redondeando los labios a la vez, de donde labial. De este modo se distingue entre:

Celta P: ese sonido *k w evolucionó a p.

Celta Q, porque se mantuvo, al menos en una primera fase.

Aunque esta segunda clasificación está siendo revisada desde hace algunos años, todavía sigue siendo válida desde un punto de vista descriptivo.

Teniendo en cuenta ambos criterios, va a exponerse a continuación un panorama de las lenguas celtas que han dejado registro escrito a lo largo de la historia. Se sabe con seguridad que en la Antigüedad y la Edad Media hubo pueblos celtófonos que o bien no dejaron esos testimonios directos o, si lo hicieron, estos se perdieron para siempre. Su existencia se conoce gracias a las referencias que de ellos dejaron otros pueblos, las denominadas fuentes indirectas. Es el caso del gálata, en la actual Turquía, o el cúmbrico, en la actual Escocia.

A. Celta continental

A.1. Celta P:

A.1.1. Lepóntico: el centro epigráfico de esta lengua es la ciudad suiza de Lugano, a orillas del lago del mismo nombre y entre los de Como y Mayor. En un radio de unos 100 km a partir de ella, en territorio suizo e italiano, se han hallado unas 150 inscripciones, escritas en un alfabeto etrusco de la variedad septentrional, denominado también alfabeto de Lugano, aunque esta denominación no parece adecuada en la actualidad. La cronología de este corpus epigráfico abarca desde el siglo VII o VII a. e. hasta el II-I a. e. Los documentos más sobresalientes del corpus lepóntico son las estelas funerarias, en las que se ha detectado hasta dieciséis veces la palabra transcrita pala (que quizá sonase [bala]), que podría significar algo parecido a ‘tumba’ o ‘lápida’. También abundan los epígrafes sobre cerámica, con indicaciones de propiedad. A finales del siglo XIX se denominó a esta lengua lepóntico, pues se creía que era la lengua de los Lepontii, pueblo celta que ocupó una zona más al norte, en el cantón suizo de Ticino. Sin embargo, esta lengua corresponde en realidad a los miembros de la cultura de Golaseca. El glotónimo ha perdurado en la bibliografía especializada. En los años setenta del siglo XX , M. Lejeune confirmó su carácter lingüístico celta. Es una lengua celta P como demuestra la conjunción copulativa enclítica -pe < *k w e,cf. latín -que y celtibérico -QVE, -kue.

A.1.2. Galo: es habitual distinguir entre un galo transalpino y uno cisalpino, hablando desde la perspectiva romana. El primero, el galo «del otro lado de los Alpes», llegó a extenderse por las actuales Francia, Bélgica, Luxemburgo, la mayor parte de Suiza y parte de Holanda y Alemania. En definitiva, el territorio compuesto por las tres partes a las que alude César al comienzo de La Guerra de las Galias, además de la ya provincia romana de la Narbonensis.

El conjunto epigráfico de esta lengua se divide en corpus galo-griego y galo-latino, que se diferencian, como puede suponerse, por adoptar y adaptar los alfabetos griego y latino a su lengua. También existen diferencias cronológicas y espaciales entre ambos conjuntos. Mientras el primero es anterior al siglo II a. e. y se localiza, principalmente, en la provincia Narbonense —siendo las bocas del Ródano su epicentro epigráfico—, el segundo es más septentrional y se data a partir de época cesariana, sobre todo en los siglos I y II d.e.

Además de unas 70 leyendas monetales galo-griegas, se conocen inscripciones sobre metal, como la enigmática lámina de plomo de Eyguières, la de la espada de hierro de Port (Suiza), la del recipiente de plata de Vallauris (Alpes Marítimos) y el torque de oro de Mailly-le-Camp (Aube). También hay abundantes inscripciones sobre cerámica y sobre piedra. De estas últimas la mayoría, unas cuarenta, son epitafios, en menor escala dedicatorias y alguna inscripción pública.

Del corpus galo-latino se tienen unas doscientas leyendas monetales más que del galo-griego. Hay inscripciones sobre metal, como los calendarios (fragmentarios) sobre bronce de Coligny y del santuario de Villards-d’Héria o los plomos de Chamalières y Larzac, ambos de carácter mágico. Famoso es el conjunto alfarero de La Graufesenque, así como las tejas de Châteaubleau. También se conocen inscripciones sobre piedra, la mayoría dedicatorias a divinidades.

Se considera galo cisalpino, «el de este lado de los Alpes», a la lengua testimoniada en el norte de Italia en una serie de inscripciones entre las que destacan la de San Bernardino de Briona (siglo I a. e.), y las bilingües galo-latín de Todi (segunda mitad del siglo II a. e.) y de Vercelli (siglo i a. e.). Si bien se tiene clara la relación entre el galo cisalpino y el transalpino, ya no lo es tanto la existente entre el galo cisalpino y el lepóntico. Hay autores que los consideran dos lenguas diferentes, pero también los hay que piensan que son dialectos, junto con el galo transalpino, de una sola lengua: el galo. Algo parecido sucede con el sistema de escritura. El galo cisalpino utilizó un alfabeto etrusco de la variedad septentrional y hay autores que hablan de un alfabeto galo cisalpino frente a uno lepóntico. Para otros, en cambio, se trata del mismo alfabeto, que formaría parte de una familia de escrituras del norte de la antigua Italia, usadas por lenguas como el venético y rético.

A.1.3. Nórico, del que se conserva un magro corpus epigráfico: un fragmento de una inscripción, procedente de Grafenstein (Austria), y una breve de Ptuj (Eslovenia), de entre los siglos II y III d. e.

A.2. Celta Q:

A.2.1. Celtibérico: es la lengua en la que se hallan redactadas inscripciones indígenas procedentes de una zona de la península ibérica que abarca las cabeceras de los ríos Duero, Tajo, Júcar y Turia, hasta el nacimiento del río Martín, por el oeste, sur y este; y, por el norte, el curso medio del Ebro. Los romanos y las fuentes antiguas denominaron a este territorio, habitado por belos, titos, lusones y arévacos, Celtiberia. Ocasionalmente también se citan como celtíberos a pelendones y vacceos. El continuum epigráfico-lingüístico de los primeros queda dentro de la zona descrita, no así la de los segundos, aunque tendrían, si no la misma lengua, una muy parecida. Lo mismo le pasaría a los berones y, quizás, a los carpetanos, cuyo continuum también queda fuera del área, al menos en parte. Habitarían la zona meridional del espacio los turboletas, olcades y lobetanos. La cronología de estos testimonios abarca desde finales del siglo III a. e. hasta el I d. e. y se hallan escritos en un sistema de escritura propio, adoptado y adaptado del semisilabario ibérico levantino, y en alfabeto latino.

Fueron los trabajos de A. Tovar en la década de los cuarenta del siglo XX los que sirvieron para dar a conocer en Europa que aquí había testimonios escritos de una lengua celta con su particular pérdida de * p originaria intervocálica en VERAMOS < * uper-amos, de tipo Q, por su tratamiento de la labiovelar, -QVE < * -k w e , de Peñalba de Villastar (Teruel) (cf. latín -que ‘y’). La comunidad científica europea debió rendirse, por fin, a la celticidad del celtibérico en 1982 con el conocimiento del Primer Gran Bronce de Contrebia Belaisca (Botorrita), el documento con sintaxis compleja más largo que se conoce en una lengua celta antigua. De ese yacimiento también procede el Tercer Gran Bronce, listado con más de doscientas fórmulas onomásticas, cuya finalidad no se ha podido todavía determinar. Además de estos dos documentos, las téseras de hospitalidad, con más de cincuenta documentos, es el tipo más característico de la epigrafía celtibérica.

También en la península ibérica se han encontrado restos de dos lenguas cuya celticidad se discute:

- La lengua del suroeste o tartésico: su corpus está conformado en la actualidad por unas noventa estelas, la mayoría de las cuales se localizan en el sur de Portugal, y algunos grafitos, que se datan entre los siglos VIII y V a. e. Está escrita en un semisilabario de la misma familia que el ibérico y celtibérico.

- El lusitano, cuyos testimonios se ubican en la mitad norte de Portugal y provincia de Cáceres en España (siglos I-II d.e.). De momento se conocen seis inscripciones en alfabeto latino: Viseu, Cabeço das Fraguas, Lamas de Moledo, Arronches, Arroyo de la Luz (x2).

B. Celta insular

B.1. Celta P o Britónico:

B.1.1. Galés, en el que se distinguen tres periodos: galés antiguo, con una tradición literaria que comienza en los siglos VI y VII ; galés medio, siglos XII-XIV , cuya obra más destacada es el conjunto de relatos mitológicos Mabinogion; y el galés moderno.

B.1.2. Córnico: hablado hasta el siglo XIX en Cornualles, los textos más antiguos que se conservan son algunas glosas del siglo XII. En la actualidad se están haciendo grandes esfuerzos por recuperarla.

B.1.3. Bretón: Debido a los encontronazos de los anglo-sajones y los britones, alrededor del 450-470 d. e. un grupo de estos últimos procedentes de Cornualles y Devon emigraron hacia el noroeste de Francia. Se asentaron en una zona que denominaron Britania debido a su lugar de origen. En el siguiente siglo siguieron algunas oleadas de emigración más. Su lengua fue transformándose dando lugar al bretón. Su cronología es: bretón antiguo (c. 800-1100); bretón medio (c. 1100-1600); y bretón moderno a partir de 1600, que está aguantando el empuje del francés. Tendría que englobarse desde el punto de vista geográfico en el celta continental, pero de manera tradicional se encuadra en el insular.

B.2. Celta Q, también denominado Goidélico o Gaélico:

B.2.1. Irlandés: existe una serie de documentos, unos 370, escritos sobre piedra, de carácter funerario sobre todo, localizados especialmente en Irlanda, aunque también se hallan en Gales, Cornualles y la Isla de Man (y con dudas en Escocia e Inglaterra), que remontan al siglo IV d. e. y llegan hasta el VII . Están escritos en un sistema especial de escritura, de origen desconocido, llamado ogámico. La lengua que aparece escrita en este sistema es considerada una forma muy antigua del irlandés que se ha denominado paleoirlandés.

Además de esta etapa, para el estudio de la lengua irlandesa se establecen las siguientes: irlandés antiguo (c. 850), irlandés medio (c. 900-1450), e irlandés moderno (a partir de 1475). Su documentación está escrita en alfabeto latino o su derivación el Cló Gaelach y la más temprana data de los siglos VII- VIII d.e. Son textos breves, generalmente de carácter religioso, como las glosas de Würzburg, de Milán, etc. A lo largo de la Edad Media se desarrollará la famosa literatura irlandesa recogida en los Ciclos Mitológico, del Ulster, de Fenian y el Histórico.

B.2.2. Gaélico escocés: introducido en las Tierras Altas de Escocia por colonos irlandeses, entre los siglos IV y VI. Hacia el siglo XIII ya tenía identidad propia. Todavía se mantiene no solo en Escocia, sino también en zonas de Canadá, en sus correspondientes variantes.

B.2.3. Manés: lengua de la isla de Man, que sobrevivió hasta los años setenta del siglo XX.

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