La invasión de Hispania

Alanos, suevos y vándalos fueron las primeras tribus en atravesar los Pirineos. A finales del siglo V, Roma ya había perdido Hispania.

Enemigos y aliados

“Los bárbaros se desparraman furiosos por las Españas. El tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y las vituallas escondidas en las ciudades; reina un hambre tan espantosa que, obligado por ella, el género humano devora carne humana...”. Las palabras son del Cronicón, obra del obispo e historiador Hidacio (400-469), nacido cerca de la actual Orense, en la Gallaecia romana, que fue testigo de la llegada de los suevos a sus tierras y hasta hizo de embajador ante el representante del emperador, el general Flavio Aecio, a quien inútilmente pidió ayuda frente a las hordas invasoras.

Por desgracia para los hispanos de la Gallaecia o de las demás provincias romanas, para Roma los bárbaros eran a un tiempo enemigos y aliados... frente a otros bárbaros más temibles aún. De hecho, Aecio lograría detener en el año 451, en los Campos Cataláunicos, al mismísimo Atila, rey de los hunos, gracias a que los visigodos, los francos, los alanos, los burgundios y los sármatas eran el grueso de sus tropas imperiales. El Imperio romano era ya tan solo una sombra de su pasado, un entramado corrupto que agonizaba ante las continuas avalanchas de “bárbaros o gentes que balbucean”, de pueblos de más allá del limes, la frontera que sus disminuidas tropas apenas podían defender.

Hispania

El cruce del ‘limes’

Todo había empezado el día de Nochevieja del año 406, cuando una horda de hombres y mujeres cruzó el Rin. Lo habían intentado varias veces sin conseguirlo y esta vez sí lo lograron, muy probablemente gracias a que las aguas estaban heladas. Fue fácil para el nutrido contingente, del que se desconoce su número –puede estimarse en torno al cuarto de millón de personas entre guerreros, hombres de las más diversas actividades y edades (desde herreros a artesanos), mujeres y muchos niños–, derrotar a los escasos y desmoralizados mercenarios francos que custodiaban el limes y que llevaban años sin cobrar la soldada del Imperio. A continuación, el grupo se desbordó sobre la Galia romana. Se trataba en realidad de tres pueblos: los suevos, en su mayoría agricultores y cuya procedencia geográfica pudiera haber sido el entorno costero del Báltico, pero que ya se habían asentado en la parte alta del Danubio empujados por la presión de otros pueblos; los vándalos, guerreros muy belicosos procedentes de las actuales Alemania y Polonia, movidos por el hostigamiento continuo de los godos, y los misteriosos alanos.

Asentados, pero no pacíficos

Detenidos en los Pirineos gracias a la firmeza del ejército reclutado por los hermanos hispanorromanos Dídimo, Veridiano, Lagodio y Teodosio (parientes del emperador Teodosio), lograrían atravesar la cordillera tres años más tarde, en el otoño de 409, a través de la calzada romana de Roncesvalles. Siguieron dos años de caos y anarquía hasta que, en 411, el poder romano aceptó a los invasores de Hispania como federados del Imperio, articulados en un foedus o tratado de federación por el que se les concedieron la Lusitania y la Cartaginense.

Pero, así como los suevos buscaban tierra y al obtenerla se quedaban inicialmente tranquilos, para vándalos y alanos la posesión de un territorio no significaba la paz, y continuaron con sus costumbres de nomadismo y saqueo, dedicados en sus “ratos libres” a la caza y a la crianza de perros de presa o de guerra–hoy llamados alanos españoles– que usaban para el combate o para cazar osos. Prosigue el obispo Hidacio: “Asoladas las provincias de España, los bárbaros, resueltos por la misericordia de Dios a hacer la paz, se reparten a suertes las regiones de las provincias para establecerse en ellas: los suevos ocupan la Galicia, situada en la extremidad del mar Océano; los alanos , la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos llamados silingos, la Bética. Los hispanos que sobrevivieron a las plagas en las ciudades y castillos se someten a la dominación de los bárbaros, que se enseñoreaban de las provincias”. La situación de Hispania no podía ser más caótica.

Equipados para la lucha

Sus escudos eran normalmente de madera o mimbre, de forma alargada (que cubrían casi todo el cuerpo) o redondos (más pequeños y manejables), y tenían a veces una punta de hierro que permitía usarlos como arma de avance. Aunque el infante estaba armado básicamente de lanzas y espadas –la spad, spatha o espada de dos filos y la scramasax, de uno solo–, también empleaba hachas, muchas veces de dos filos y de gran tamaño, y armas arrojadizas como jabalinas y, naturalmente, arcos y flechas, disparadas siempre antes del buscado combate mano a mano, en el que se imponía la destreza personal.

Tácticamente, su mayor debilidad consistía en sus escasas dotes para el asalto de fortalezas al carecer de maquinaria de guerra, lo que los llevó en muchas ocasiones a retirarse tras asediar una ciudad, abandonando tras un corto periodo de tiempo en el que solían desmoralizarse más rápidamente que los sitiados.

Pero su mayor fortaleza era la guerra de guerrillas, con la que solían desesperar a las legiones romanas –habituadas al combate en orden cerrado– atacándolas mediante emboscadas o en pequeñas escaramuzas.

La posible causa de su derrota ante Roma

Tal vez, el hecho de que se asentaran en torno al mar Negro y se volvieran agricultores, reduciendo su caballería para contar solo a partir de entonces con una infantería, arqueros y tropas auxiliares, fuera la causa de su derrota ante Roma y, tal vez, de su posterior retorno a las costumbres nómadas y belicosas... y a la caballería.

En cualquier caso y frente a la iconografía habitual de guerreros a caballo, parece que la mayoría de las hordas bárbaras avanzaban y combatían a pie, aunque los godos -sobre todo, los ostrogodos– contaban también con caballería, ligera en su mayor parte. Resulta difícil generalizar, pero el guerrero bárbaro de infantería estaba escasamente protegido, confiando para la defensa en escudos, a los que se concedía gran importancia.

Allende el mar de Azov

Los misteriosos alanos no eran de origen germánico. Este pueblo procedía de las tierras cercanas al mar de Azov, en la actual Ucrania, y se autodenominaban en su lengua “alanos”, es decir, “arios”, como al parecer demostraban sus características físicas: altos y rubios. Tribus nómadas de costumbres guerreras, ya habían constituido una amenaza para el Imperio parto, en la actual Irán, cuando eran conocidos como escitas, y su habilidad guerrera los había llevado a derrotar a medos y armenios. Aunque su origen étnico era similar al de los aún más belicosos hunos, en el siglo IV los alanos se vieron obligados a desplazarse hacia el Cáucaso y la actual Polonia, donde parece que se fusionaron con algunos pueblos eslavos. Separados luego en dos grupos, los alanos occidentales se unieron a otros pueblos bárbaros germánicos, como suevos y vándalos, para invadir la Galia romana en el año 406, sembrando a su paso destrucción y muerte.

Bárbaros en las filas imperiales

En el año 419, una vez que Valia regresó a su reino abandonando Hispania, los vándalos entraron en conflicto con los suevos, produciéndose el enfrentamiento en los montes Nerbasos, según Hidacio, o en los Erbasos, según san Isidoro: en la región montañosa de León y Asturias. Los suevos del rey Hermerico resultaron derrotados por los vándalos de Gunderico, pero estos renunciaron a la explotación del éxito y no los persiguieron, prefiriendo ocupar la Bética. Una ocupación que dio lugar a que esta región fuera llamada luego Vandalucía; más tarde, dado que no hay V en árabe, los musulmanes la denominaron Al-Ándalus, y de ahí a la actual Andalucía. Los vándalos llegaron incluso a nombrar un emperador, lo que obligó finalmente a una intervención directa desde Italia.

Así, el general imperial fue enviado a acabar con los vándalos contando para ello con un poderoso ejército que incluía un decisivo contingente de tropas godas. Castino trató de rendirlos por hambre, posiblemente buscando una victoria que le permitiera incorporar tras su derrota a buena parte de los guerreros bárbaros en las filas imperiales (tal vez buscando engrosar su séquito personal de bucelarios germánicos, una especie de guardia de corps). Sin embargo, cuando estaba a punto de conseguir su objetivo, Castino se decidió a lanzar un ataque en campo abierto, en el que resultó vencido al verse traicionado por los guerreros godos que lo acompañaban, lo que lo obligó a emprender una rápida retirada hacia Tarragona. La defección de los auxiliares godos contribuyó a hacer más grave el desastre romano: tras la derrota de las tropas imperiales, los vándalos saquearon Sevilla y otras capitales y luego ocuparon los puertos de las costas atlánticas y sobre todo mediterráneas de Bética, desde los cuales se dedicaron a ejercer la piratería contra el tráfico marítimo e incluso las costas del Levante hispano, las islas Baleares y el África romana; una actividad que ponía en peligro el suministro de grano a la península itálica .

Por extraño que parezca, estas “barbaridades” no les hicieron perder la condición de federados y, de hecho, organizaron como tales una campaña contra los suevos que amenazaban Mérida, que no llegó a llevarse a cabo al morir el jefe de los suevos y cesar la amenaza. Finalmente, en la primavera de 429 los vándalos de Genserico decidieron embarcar para África con el fin de hacerse con las renombradas riquezas agrícolas del Imperio. Tras apoderarse de las embarcaciones hispanorromanas necesarias y sin apenas encontrar oposición, cruzaron el Estrecho .

El arte militar bárbaro

Los grupos germánicos no eran ejércitos, sino pueblos en marcha en busca de tierras donde asentarse. No obstante, sus capacidades militares no fueron menospreciables. Ya en el año 135, los alanos habían intentado invadir el Imperio romano, pero el griego Flavio Arriano, en su carácter de comandante de las legiones romanas en el limes de Armenia, logró frustrar el intento con una táctica militar –que luego dejó escrita en su Plan de movilización contra los alanos– consistente en situar en retaguardia a la caballería dotada de arcos, detrás de los legionarios, reforzados en los flancos por lanzadores de jabalinas y arqueros de a pie. Resulta cuando menos sorprendente que esta táctica diese resultado, dadas las habilidades ecuestres de los antecesores de los alanos, los escitas, que fueron de los primeros en utilizar la silla de montar y el estribo y eran por ello temibles arqueros a caballo, que incluso podían disparar sus flechas mientras se retiraban. Por si fuera poco, los escitas fueron los primeros en desarrollar las cotas de escamas de hierro o bronce cosidas solapadamente sobre los coseletes de cuero, lo que brindaba una adecuada protección al tiempo que bastante movilidad física a sus jinetes.

Buscando refugio de los saqueos

Dado que, cuando invadían un territorio, los romanos obligaban a la población diseminada en los campos a refugiarse en los fuertes y destruían muchas veces las fuentes de alimentos o las llevaban consigo, para que los bárbaros no pudiesen “vivir del terreno”, estos se preparaban durante meses antes del ataque, precisamente con pequeñas y rápidas incursiones de saqueo: se apoderaban de los cereales y otras vituallas que necesitarían para las operaciones de invasión posteriores, en las que sus caravanas transportarían consigo todo lo necesario para sorprender a los romanos y devastar grandes regiones sin darles tiempo a refugiarse en las ciudades o los fuertes.

Estas largas caravanas de carros pesados de cuatro ruedas eran además un medio móvil defensivo, pues actuaban de protección en caso de ataque formando un círculo cerrado, en cuyo interior se refugiaban. Esta táctica aparentemente rudimentaria fue fundamental en casos como la batalla de Adrianópolis, en 378, en la que los tervingios derrotaron al ejército del Imperio romano de Oriente mandado por el emperador Flavio Julio Valente, que murió en la batalla. Fue este el último combate en el que se emplearon las clásicas legiones, que a partir de entonces pusieron mayor énfasis en la caballería y en unidades menores como las llamadas comitatenses, tropas de legionarios y auxiliares que no se encontraban en los limeso fronteras y cuya misión era actuar como reservas móviles, y que fueron en realidad las que soportaron –o no, según se mire– el empuje de las invasiones bárbaras.

Los visigodos, aliados de Roma

Por otra parte, además de esos pueblos bárbaros sanguinarios, había otros federados romanos, como los visigodos que crearon el reino de Tolosa, a quienes Roma les había pedido que lucharan contra los invasores alanos y vándalos. En este cometido, en el año 416 aparecen los visigodos en España con su caudillo Valia (o Walia) al frente, cumpliendo lo que habían prometido a Constantino: liberar Hispania de los vándalos asdingos y silingos y de suevos y alanos. Sin embargo, esta segunda invasión acabó de hecho con las esperanzas de la población hispanorromana, que siempre había confiado en una milagrosa recuperación del Imperio.

Los alanos fueron destrozados de tal suerte por los godos que, muerto su rey Adax y destruido el reino, los pocos que quedaron se acogieron al patrocinio del rey de los vándalos, Gunderico, que se había retirado a la Gallaecia. En 418, el mismo Valia, después de derrotar a los vándalos silingos en la Bética, llevó prisionero a Roma a su rey Fredebaldo. Alanos y silingos, como pueblos independientes, desaparecieron para siempre.

En poder de los suevos

Quedó así Hispania despejada para que los suevos fueran el poder predominante. Aunque más asentados que vándalos y alanos, no por ello desaprovecharon la oportunidad de expandir su reino ocupando primero las comarcas abandonadas por los asdingos, en 422, y la mitad norte de la Gallaecia, en el decenio de 428 a 438, para luego bajar por el valle del Tajo y del Guadiana y llegar a establecer guarniciones en Lisboa y en Mérida, en 439. Para esta expansión partían desde su afianzado asentamiento en la Gallaecia, que les proporcionaba una retaguardia segura. Además sus reyes, de religión católica, eran vistos por muchos hispanorromanos como un alivio frente a los desmanes de alanos y vándalos, de religión arriana oficialmente, pero que la mayoría de las veces resultaban ser simplemente paganos.

Para el año 446, además de la Gallaecia, los suevos habían ocupado la Lusitania y la Bética y gran parte de la Cartaginense, alcanzando su mayor expansión tres años después al casarse el rey Réchila o Requila con una hija del rey visigodo Teodorico, lo que los convirtió en aliados de estos y en federados del Imperio, es decir, en el verdadero poder dominante de Hispania. De hecho, los suevos se consideraron tan parte del Imperio que llegaron a realizar dos expediciones contra los bagaudas –bandas de campesinos rebeldes y esclavos– avanzando en el valle del Ebro hacia la Tarraconense. Tal acción impulsó al Imperio romano a pedir nuevamente a los visigodos, a través de su rey Teodorico II, la ayuda precisa para controlar Hispania.

Los visigodos en España

Las tropas visigodas cruzaron los Pirineos y en 456 capturaron al rey Requiario, relegando a los suevos al territorio comprendido entre Galicia, parte de Asturias y León y la mitad norte de Portugal. El reino suevo se mantuvo independiente hasta finales del siglo VI. El resto de la Península quedó en manos visigodas y pasó a formar parte del reino visigótico de Tolosa, con capital en Toulouse (actual Francia). Las oleadas de conquista se sucederían con posterioridad, pero ahora para ocupar espacios donde dominaba todavía el Imperio romano. En el año 476, los visigodos ya se habían asentado en la península ibérica, y en 490 terminó el grueso de las migraciones desde el norte. La Hispania romana había dejado de existir y había nacido la España visigoda.

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