Fraudes de la arqueología

En ocasiones, supuestos arqueólogos se han valido de argucias, falsificaciones e informaciones sesgadas para ofrecer una imagen del mundo antiguo que no se ajustaba a la realidad, pero sí a sus intereses.

Investigadores con el supuesto cráneo del Hombre de Piltdown

A mediados del siglo XIX, la pasión por las culturas de la Antigüedad conllevó la creación de numerosas colecciones de antigüedades en Europa. El desconocimiento sobre estas civilizaciones en los inicios de la arqueología como ciencia facilitó la proliferación de piezas falsas, que eran vendidas como verdaderas a importantes museos. Existen muchos ejemplos, algunos de los cuales lograron engañar incluso a reputados expertos. Uno de los casos más polémicos es el de Wolfgang Helbig, arqueólogo cuyo trabajo menospreciaba Theodor Mommsen, prestigioso historiador (y luego, en 1902, Premio Nobel de Literatura). Según la teoría aceptada hasta hace poco, Helbig, celoso de Mommsen y harto de que pusiera trabas a su carrera, decidió vengarse e inventó un descubrimiento de enorme relevancia, la inscripción más antigua en lengua latina: “Manios med e aked numasioi” (“Manio me hizo para Numeio”), anterior a las datadas por Mommsen a finales del siglo VI a.C. Según Helbig, su escrito, grabado sobre una fíbula de oro hallada en la necrópolis italiana de Preneste, era un siglo anterior. Todos, Mommsen incluido, dieron por auténtica la fíbula prenestina, y el hallazgo proporcionó a Helbig fama y prestigio. En 1980, sin embargo, la experta italiana Margherita Guarducci dijo que era falsa y que Helbig la había encargado a un artesano en 1886. Pero el asunto no está cerrado y nuevos análisis parecen demostrar lo contrario. También tuvo mucha repercusión el caso protagonizado en 1912 por un aficionado a la paleontología, Charles Dawson, que aseguró haber descubierto en Piltdown (Reino Unido) un cráneo a medio camino entre los primates y los humanos. Nadie puso en duda el valor del Hombre de Piltdown, que presentó junto al paleontólogo Smith Woodward, miembro del Departamento de Geología del Museo Británico. El cráneo se hizo famoso después de que la comunidad científica lo considerara una prueba del buscado eslabón perdido.

Del Hombre de Piltdown a Glozel

El engaño duró cuarenta y un años, hasta que en 1953 el antropólogo Joseph S. Weiner, el anatomista Wilfried E. Le Gros Clark y Kenneth Page Oakley, del Museo de Historia Natural de Londres, demostraron que solo era un puzle a base de huesos de orangután y hombre montados sobre una mandíbula de mono y tratados para que parecieran antiguos. Un análisis químico descubrió que la pátina se había elaborado con una tintura de dicromato de potasio, un sistema de envejecimiento bastante avanzado para la época. Tras reconocer el error, el Museo Británico dejó de exponerlo. Aparte del fraudulento Hombre de Piltdown, ha habido otros sonados hallazgos prehistóricos dudosos. Uno de los más polémicos son los materiales que sacaron a la luz en 1924 dos agricultores franceses, Claude Fradin y su nieto Émile, en Glozel, cerca de Vichy: cerámicas, objetos de hueso y hasta lo que se pensó era el primer ejemplo de escritura de la Historia, las llamadas Tablillas de Glozel.

Ante la magnitud que parecía tener el hallazgo, la comunidad científica quedó dividida. El médico Antonin Morlet, que analizó las tablillas, las consideró una prueba de que habían existido un alfabeto y una escritura en Europa alrededor de 6.000 años antes de Cristo. El asunto tuvo una repercusión inaudita y eran muchos los que pedían más evidencias, así que en el Congreso Arqueológico de Ámsterdam se estableció una comisión formada por algunos de los arqueólogos más eminentes: Forrer, Pittard, Pavret d’Espenay, Hamal-Nandrin, Garrod y Pere Bosch Gimpera, este último de la Universidad de Barcelona. Tras estudiar las excavaciones, dedujeron que la mayoría de los hallazgos eran falsos.

Glozel fue olvidado hasta que, en 1972, el ingeniero Henri François mandó analizar varias muestras. El carbono-14 probó la autenticidad de algunas piezas, otorgando a los restos óseos una antigüedad de entre 15.000 y 17.000 años, a las cerámicas, de 5.000 años, y a las tablillas, de unos 2.500. Aunque en 1990 Émile Frandin recibió un reconocimiento académico por su trabajo de preservación, la polémica sigue abierta.

 

Más información sobre el tema en el artículo No era lo que parecía de Laura Manzanera. Aparece en el EXTRA MUY HISTORIA, dedicado a Grandes enigmas de la Antigüedad.

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