El inmenso poder de las legiones del ejército romano

Preparadas para conquistar y proteger el mayor imperio entonces conocido, las legiones de Roma fueron la fuerza de combate más eficaz del mundo antiguo.

Legiones romanas

Las legiones romanas (del latín legio, derivado de legere, recoger, juntar, seleccionar) eran la unidad militar de infantería característica de la antigua Roma. Una legión consistía en un cuerpo de infantería pesada formado por unos 4.200 hombres, según cuenta el historiador griego Polibio (siglos III-II a.C.). Pero andando el tiempo, la composición de una legión alcanzaría entre los 5.200 y los 6.000 soldados de infantería acompañados por unos 300 jinetes, llegando así a un total de entre 6.000 y 6.300 efectivos, según refiere el historiador romano Tito Livio (siglos I a.C.-I). Las legiones tenían asignado un nombre y un número; de este modo se han identificado históricamente cerca de cincuenta legiones, aunque nunca llegó a haber tantas en un mismo momento de la historia de Roma. El número usual era de 28 legiones con sus unidades auxiliares, y se reclutaban más según las necesidades estratégicas y territoriales en cada momento.

En la época de la monarquía primitiva romana, la legio englobaba al ejército en su totalidad, compuesto de ciudadanos reclutados para las armas. Formaba al estilo de la falange clásica de las polis griegas, una formación muy cerrada y consistente pero de escasa movilidad, en la que los soldados oponían un frente de picas al enemigo. Con el advenimiento de la República, la legio se subdividió en dos legiones separadas, cada una bajo el mando de uno de los dos cónsules. Más tarde, tras la reforma de Cayo Mario (157-86 a.C.), político y militar romano y tío de Julio César, se adoptó el sistema de cohortes, formadas por unos 480 hombres divididos en tres manípulos de 160 soldados, divididos a su vez en dos centurias. Durante el Imperio Romano, la legión estuvo comúnmente reforzada por tropas aliadas, las auxilia, compuestas por soldados que no eran ciudadanos romanos. Estas tropas auxiliares eran reclutadas entre mercenarios o pueblos cuya habilidad bélica era bien conocida, como los jinetes númidas o los honderos baleares.

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Con el Imperio, la legión fue estandarizada y dotada de sus símbolos más reconocibles (los estandartes, el águila imperial), y alcanzaría su máximo poder y eficacia. Las legiones estuvieron comandadas desde entonces por un legatus (legado), que se convirtió en uno de los personajes más importantes del mundo romano. Usualmente, los legados eran elegidos entre senadores que rondasen los 30 años de edad y estaban en el cargo por tres años. Los subordinados inmediatos del legado eran seis tribunos militares, también elegidos para el puesto: cinco oficiales regulares y un noble en representación del Senado. Por debajo de estos había un grupo de oficiales con diversos cometidos: servicios médicos, ingenieros, cronistas y el praefecti castrorum (prefecto o comandante de campo), que antes debía haber servido como primus pilus o primer centurión. A continuación se hallaban los centuriones, que tenían como subordinado a un optio. Finalmente, en el lugar más bajo del escalafón estaba la masa de legionarios, los fieros legionarios de Roma, para los que era un motivo de orgullo servir –y morir, si era preciso– en las míticas legiones.

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