El asedio de Numancia

El asedio de Numancia duró once meses, tiempo en el que los numantinos resistieron el cerco del ejercito romano liderado por Publio Cornelio Escipión. En el verano del 133 a. C. los numantinos supervivientes rindieron la ciudad. Numancia se convirtió en leyenda y su lucha por la libertad fue exaltada por escritores romanos posteriores.

Roma, tras veinte años de derrotas y desafíos a su poder por parte de la ciudad celtíbera de Numancia, decidió poner fin a ese estado de cosas y mandó a su general más prestigioso, Publio Cornelio Escipión, el vencedor de Cartago, para doblegar a los numantinos. Escipión, tras la campaña contra los vacceos, en el 134 a. C. avanzó para invernar en la región de Numancia y probablemente vio sus murallas en los primeros días de septiembre. Debió asentarse en un campamento ni cerca ni lejos de la ciudad y con un buen control de entorno de Numancia, muy posiblemente en la Gran Atalaya de Renieblas, a 8 km de Numancia.

Enseguida comenzó a estrechar el asedio a la ciudad, avanzando sus posiciones y estableciendo primero dos campamentos cerca de Numancia: Peña Redonda y Castillejo. Escipión iniciaría la circunvalación con la colocación de obstáculos provisionales para la aproximación contra el enemigo. Su preparación constituía el primer paso de la circunvalación. Los romanos tuvieron que traer consigo las estacas necesarias para la construcción de la primera empalizada lo más rápidamente posible. Hay que suponer que cavaron un foso, en el que se colocarían las grandes estacas, con mucha rapidez —era un ejército de 20 000 hombres— para sorprender a los numantinos. De esta obra no se ha localizado huella alguna en los alrededores de la ciudad.

Guerra numantina
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Una vez que tuvo adoptadas todas las medidas y podían protegerse las obras del asedio, se procedió a la construcción de un foso y una muralla. Schulten estimó que la anchura de la muralla en los sitios donde está mejor conservada fue de unos 4 m. Una escalera era necesaria para subir a lo alto de la muralla, que estaba construida con grandes piedras en sus dos frentes y un relleno entre ambos formado de tierra y piedras pequeñas. La altura de la muralla era de 10 pies (3 m), sin contar el parapeto superior de estacada de madera (2 m), en total 5 m de altura.

Según Schulten, solo cuando estuvo lista la muralla de bloqueo se procedió al cierre del asedio. Hoy sabemos que el cerco quedaría constituido por los dos campamentos principales —Castillejo y Peña Redonda—, los fuertes de El Molino, Dehesilla, Peña del Judío, Alto Real, La Vega, Travesadas y Valdevorrón, y el castillo ribereño, situado aguas abajo de la unión del río Merdancho con el Duero.

La tala de árboles para la obtención de madera para las grandes estacas del vallum, las torres de madera, y el resto de construcciones en los campamentos y fuertes se ha calculado que pudo rondar los 10 000 m 3 de madera, a lo que habría que añadir el combustible de madera para cocinar y calentarse los legionarios y tropas auxiliares. Sin duda, una fortísima deforestación para el territorio numantino. Por otro lado, la base de piedra del cerco y las cimentaciones de los campamentos apuntan a trabajos de cantería por un volumen cerca de 65 000 m 3 de piedra.

Calculando 60 000 efectivos las tropas del ejército romano y 362 kg de alimento por persona y año, resulta una cantidad de 21 720 000 kg de alimentos al año. Y podrían desglosarse en: cereales y vegetales: 9 774 000 kg; carnes: 5 430 000 kg; huevos/derivados: 3 258 000 kg; grasas: 1 303 200 kg y otros: 1 954 800 kg. La caballería del ejército romano durante el cerco utilizaría unos 4000 caballos que consumirían unos 10 kg de forraje diario cada uno, lo que representaría una cantidad aproximada de unos 40 000 kg de forraje diario, que a lo largo de un año supondrían 14 600 000 kg.

El cerco se afianza

El perímetro de Numancia era de 24 estadios (4400 m) y el de los trabajos de circunvalación más del doble del perímetro de la ciudad. Como no le fue posible prolongar el muro de circunvalación alrededor de la laguna de la zona oriental, la rodeó con un terraplén de igual anchura y altura que la de la muralla para que hiciera la misma función. Del foso delante del muro defensivo, referido por Apiano, no ha quedado huella alguna. En opinión de Schulten solo sería preciso en la llanura oriental, no siendo necesario en otras partes, ya que al ser escarpadas podían suplirlo, aprovechando el recorrido de los ríos Tera, Duero y Merdancho, como primer obstáculo. El foso de la zona de la llanura comprendía 2400 m. Si se añade el recorrido a lo largo del Tera, que no es muy ancho ni profundo, tenemos 1200 m más; un total de casi 4000 m. Para cerrar este espacio se necesitarían unas 16 000 estacas más.

El curso de la muralla puede seguirse por los restos encontrados y por el dato que aporta Apiano de que su circuito medía 48 estadios (unos 9000 m), lo que coincide con los restos hallados. Se ha encontrado entre el castillo ribereño del Molino y el campamento de Dehesilla, entre este y el campamento Alto Real, entre Castillejo y Valdevorrón, y entre Merdancho y Peña Redonda. La longitud total del cerco (conjunto del cierre de los campamentos alineados con el vallum ) sería de unos 9000 m. y se necesitaron al menos unas 36 000 grandes estacas. Para reforzar el valor de la muralla se levantaron torres de madera —más de 200— espaciadas entre sí unos 30 m, con una altura estimada de unos 10 m, y cuatro pisos, dos por encima del parapeto de la muralla, el de abajo para catapultas y el de arriba para señales.

Condenados a una muerte sin honor

El río Duero era muy aprovechado por los numantinos para el aprovisionamiento y el movimiento de tropas que entraban furtivamente en la ciudad a nado o en pequeños esquifes. Como Escipión no podía unir las orillas del río con un puente por ser ancho y muy impetuoso, construyó dos torreones, uno en cada orilla y desde cada uno colgó, con cuerdas, grandes tablones de madera que dejó flotar a lo ancho del río, y que llevaban clavados numerosos dardos y espadas, en descripción de Apiano, impidiendo así que nadie pudiera pasar a escondidas, ni nadando, ni navegando.

Cuando todo estuvo dispuesto, colocó a lo largo de la obra de fortificación numerosos mensajeros, que de día y de noche debían comunicarle lo que ocurriera transmitiéndose unos a otros las noticias. Para entonces las tropas romanas llegaban a 60 000 hombres, incluyendo las fuerzas indígenas.

Dispuso Escipión que la mitad del ejército se encargara de la guardia de la muralla y de acudir donde fuera necesaria su presencia; 20 000 hombres debían combatir desde los muros, cuando la ocasión lo requiriese, y otros 10 000 constituirían un cuerpo de reserva. El propio Escipión recorría el cerco para inspeccionarlo cada día y cada noche. Estaba firmemente convencido de que los enemigos, así encerrados, no podrían resistir por mucho tiempo, al no poder recibir ya armas, ni alimentos, ni socorro alguno. El sólido aparato de asedio podría resistir cualquier intento de los habitantes de la ciudad. Todo el recinto de unos 48 estadios (unos 9000 m) de perímetro ofrecía una gran capacidad para impedir salidas de los numantinos.

Los guerreros de la ciudad intentaron varias veces romper el cerco, ya que no había peor castigo para un celtíbero que no poder morir en combate. Sabemos que un intento, realizado por Retógenes y un pequeño grupo de guerreros, lo logró, llego a la ciudad de Lutia e intento reclutar combatientes. Los más jóvenes y valerosos se pronunciaron a favor pero, enterado Escipión, como castigo mandó cortarles las manos. Impedía así que empuñaran espadas, condenándoles a una muerte indigna, al no poder morir luchando. Así acabó el único intento de ayuda a Numancia.

La ciudad fue condenada a muerte por inanición, ya que unos 4000 hombres armados encerrados en la ciudad poco podían hacer frente al dispositivo romano. La escasez de víveres provocó una situación insostenible; los alimentos eran cada vez más escasos, llegando a tener que cocer para comer los cueros y las pieles, e incluso carne humana de los fallecidos. Pero lo peor para el concepto celtibérico del honor no era el hambre, sino el no poder morir luchando. Los numantinos, agobiados por el hambre, intentaron una entrega honrosa que Escipión negó tajantemente; irritados y desesperados incluso mataron a sus propios embajadores.

El final del asedio

Después de once meses de asedio, en el verano del 133 a. C. los numantinos supervivientes rindieron la ciudad. Apiano —la fuente más fiable— relata que algunos se quitaron la vida de distintas maneras, y otros acudieron al punto indicado por Escipión, con un aspecto pavoroso: cuerpos inmundos, cubiertos de pelo, largas uñas, un olor nauseabundo, vestimentas sucias, fétidas y unas miradas terribles llenas de ira, sufrimientos, fatiga y el remordimiento de haber devorado a compañeros. Escipión, después de haber elegido cincuenta de ellos para su triunfo, vendió a los restantes y arrasó hasta los cimientos la ciudad. Es, sin duda, la versión más plausible, que en nada empaña el acto de heroísmo y lucha por la libertad de los celtíberos de Numancia. Numancia empezaba a hacerse «eterna». Numancia se convirtió primero en leyenda y con el paso del tiempo hasta nuestros días, en un poderoso símbolo más allá de cualquier ideología y época.

La gesta y lucha por la libertad de un pueblo impresionó tanto a Roma que los escritores romanos posteriores mostraron simpatía por los numantinos y llevaron hasta la exaltación su heroísmo. Y así forjaron el comienzo de su leyenda, pero también paralelamente restaron valor documental y la veracidad que da la propia dimensión humana. La historia de los numantinos entraba en un camino en el que historia y leyenda se entrecruzan y, también, se manipulan. La arqueología y el avance de la investigación iluminan los márgenes de ambas y ayudan a corregir las distorsiones de las narrativas posteriores.

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