¿Cuándo y cómo se descubrió Pompeya?

Un español encontró en el siglo XVIII la ciudad sepultada por la erupción del Vesubio.

Entre el año 79 d. C. una erupción del Vesubio sepultó las ciudades romanas de Pompeya, Herculano y Estabia, que quedaron sumidas en el olvido durante siglos. No fue hasta el siglo XVIII cuando unos obreros dirigidos por un español encontraron estas ciudades que habían permanecido congeladas en el pasado. Las noticias de los sorprendentes hallazgos se expandieron rápidamente, atrayendo al pie del volcán a investigadores y curiosos deseosos de ver las maravillas que se desenterraban. El trabajo arqueológico ha continuado hasta la actualidad en Pompeya, el buque insignia para conocer cómo era una ciudad del imperio romano. 

De la tragedia al tesoro arqueológico

El desastre natural ocasionado por la erupción del volcán acabó con la vida de miles de personas. Esta tragedia del pasado nos ha permitido tener hoy día un tesoro arqueológico. Pompeya y las ciudades vecinas que fueron sepultadas por el Vesubio se han preservado con un nivel de conservación incomparable. El descubrimiento de este enclave supuso un antes y un después para la arqueología como disciplina y para nuestro conocimiento acerca de la vida cotidiana, el arte, el urbanismo y, en definitiva, la vida misma tal y como se daba en el siglo I, concentrada de uno de los yacimientos más famosos del mundo. 

Teatro de Pompeya
Teatro de Pompeya | Wikimedia

Su descubrimiento se remonta al siglo XVIII. En 1734, Carlos de Borbón, el futuro Carlos III de España, fue nombrado rey de Nápoles. En sus tierras italianas quiso construirse un palacio y eligió Portici como lugar donde levantarlo, un emplazamiento que asoma al golfo de Nápoles, justo al pie del Vesubio. El encargado de llevar a cabo la edificación de la residencia para el nuevo rey fue Roque Joaquín de Alcubierre, un ingeniero militar nacido en Zaragoza.

Las ciudades sepultadas por el Vesubio nunca habían despertado mucho interés. El vago recuerdo sobre aquellas antiguas urbes se sacudía cuando aparecían algunas antigüedades romanas por la zona. Alcubierre conocía algo de estos hallazgos y propuso realizar algunas prospecciones con el fin de probar suerte y ver si encontraban alguna pieza de valor. El rey Carlos le animó a ello y Alcubierre se puso manos a la obra.

En 1738 comenzaron unos trabajos de excavación que resultaron más duros de lo sospechado. Tuvieron que realizar todo un entramado de túneles entre ceniza y lava solidificada que superaba los 20 metros de espesor. Estaban sobre las ruinas de Herculano, pero el esfuerzo era demasiado grande y decidieron excavar en otros lugares.

Fue con esta ampliación de la búsqueda como dieron con Pompeya en 1748, bajo una capa de rocas más fina. Esta zona más accesible sustituyó a Herculano y todo el interés se centró en Pompeya, si bien, la ciudad no fue identificada como tal hasta 1763, cuando unas inscripciones hicieron saber a Alcubierre qué calles estaba pisando. 

El nacimiento de la arqueología como disciplina académica

Se había descubierto Pompeya, pero el concepto de arqueología de entonces distaba mucho de la disciplina académica que estaba por formarse. De hecho, los descubrimientos de Pompeya y Herculano fueron claves para la configuración de la Arqueología Clásica, dada las posibilidades halladas en los yacimientos. Pero antes de estos avances, Alcubierre respondía a los intereses más comunes en los aficionados a la arqueología de la época: la búsqueda de tesoros y bellas piezas. Esta postura recibió críticas tan ingeniosas como duras, tal y como escribió en 1762 el arqueólogo alemán Johann Winckelmann sobre el trabajo de Alcubierre:

“La incompetencia de este hombre, que ha tenido tanto contacto con la Antigüedad como las gambas con la Luna, ha provocado la pérdida de muchas cosas hermosas”. 

Es curioso como el propio Winckelmann abogaba por una arqueología quizás más organizada y metódica y, sin embargo, volvía a caer en dar importancia a las cosas hermosas. Hijos de su tiempo. Sea como fuere, Alcubierre estuvo al frente de las excavaciones hasta su muerte, en 1780, cuando fue sustituido por Francesco La Vega, quien inició una serie de medidas para planificar una mejor excavación y conservar lo que ya se había descubierto. Por entonces, ya estaba claro que tenían en sus manos algo único, una ciudad romana conservada como nunca se habría podido imaginar ningún estudioso y esta responsabilidad empezó a generar la sensibilidad necesaria para implantar una conveniente prudencia. 

Ya en el siglo XIX se inició una actividad imparable, que solo haría crecer de la mano de la fama universal que ganó Pompeya. Napoleón invadió Italia y su cuñado, Joachim Murat, se quedó con el trono de Nápoles. Se fomentaron de manera considerable los trabajos de excavación con Pietro La Vega, hermano de Francesco, como responsable del yacimiento. Fueron los años en los que se sacó a la luz todo el perímetro de la muralla y algunas calles famosas. 

Cuando los Borbones volvieron a recuperar el trono napolitano se dio el único momento de estancamiento en el avance de las excavaciones. La falta de recursos económicos impidió continuar con el mismo ritmo, pero no faltaron grandes hallazgos como el famoso mosaico en la casa del Fauno donde se representó la batalla entre Alejandro Magno y Darío. A mediados del siglo, los medios de comunicación hacían referencia a las maravillas encontradas en Pompeya. No pararon de llegar cada vez más curiosos, lo que propició la inauguración de una estación de ferrocarril y la apertura de los primeros hoteles y restaurantes en la zona.

Mosaico Alejandro Magno

Mosaico sobre la batalla de Issos en la Casa del Fauno | Wikimedia

Los moldes de las víctimas

La etapa más fructífera de las excavaciones en Pompeya llegó cuando Nápoles se incorporó a Italia. La dirección del yacimiento recayó en Giuseppe Fiorelli, quien impuso un método arqueológico muy cercano en rigurosidad a lo que se pretende hoy día. Su división y numeración de la ciudad y sus edificios se sigue utilizando hoy día. Y dejó un legado todavía más aplaudido: Fiorelli ingenió la manera de crear moldes de las víctimas que se iban encontrando durante las excavaciones. Por si fuera poco, abrió Pompeya al público general. Una medida democrática que, sin embargo, también sirvió para que Pompeya sufriera saqueos. 

Molde victima Pompeya
El molde de una víctima de la erupción del Vesubio | Foto: Istock

La última etapa previa a la actual se dio durante el siglo XX. El régimen fascista de Mussolini tomó Pompeya como un símbolo nacionalista para demostrar la grandeza de Italia. No dudó en destinar importantes fondos a seguir descubriendo maravillas pompeyanas. En este tiempo se descubrió uno de los lugares más emblemáticos de Pompeya: la villa de los Misterios y sus bellos frescos extraordinariamente conservados. Desgraciadamente, poco después el yacimiento sufrió los bombardeos de las potencias aliadas durante la Segunda Guerra Mundial. 

Desde entonces, la restauración y conservación del patrimonio descubierto en Pompeya es uno de los grandes retos para los arqueólogos que siguen trabajando en el enclave, donde todavía queda parte de la ciudad por descubrir. 

Referencias:

Aguirre Jiménez, A. 2021. Pompeya, la ciudad que descubrió un zaragozano por error. aragondigital.es.

Romero Recio, M. 2010. Pompeya. Vida, muerte y resurrección de la ciudad sepultada por el Vesubio. La Esfera de los Libros. 

 

Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

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