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Cuando Calígula le declaró la guerra al mar

Odiado por casi todos y asesinado a las puertas del senado, pero siempre será recordado como el emperador que le ganó un pulso a Neptuno

Batallas del pasado
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Cayo Julio César Augusto Germánico, el verdadero nombre de Calígula, nació en Roma, en el año 12. Era hijo de un reconocido general, Germánico, y desde muy pequeño acompañó a su padre en las campañas militares, vistiendo un uniforme de su talla y calzando un pequeño par de caligas (sandalias) similares a las de los legionarios. Fueron estos los que lo apodaron cariñosamente Calígula, o sandalias pequeñas.

Hoy juzgamos a Calígula como déspota, dedicado a las orgías, más interesado en que su caballo fuera senador que en el senado propiamente. Pero nos olvidamos de sus orígenes. Cuando el pequeño nació, el gobierno de Augusto estaba llegando a su fin y, ante la necesidad de nombrar un sucesor, nombró a su hijastro Tiberio, un líder muy impopular. Sin embargo, su elección vino con una advertencia: sabiendo que la decisión no sería del agrado de todos, Augusto obligó a Tiberio a adoptar a Germánico como su hijo y nombrarlo su heredero. Cuando muere Augusto, Tiberio cumple su promesa y adopta al pequeño Calígula…al tiempo que envía a Germánico (padre biológico de Calígula) a las provincias orientales de Roma para una misión diplomática. Germánico enfermó y murió a los pocos días. La madre de Calígula, Agrippina la Mayor, culpó públicamente a Tiberio por la muerte de su esposo y Tiberio la envió a una isla remota donde la dejó morir de hambre. Luego Tiberio encarceló a sus dos hijos mayores: uno de ellos se suicidó y el otro también murió de hambre. Ese era el modelo de padre que le quedó a Calígula. Por eso no era extraño que disfrutara viendo torturas y ejecuciones durante el día y las noches en orgías.

Cuando en marzo del año 37 Tiberio enferma, Calígula se prepara para ascender al poder. Tenía 24 años y aunque no tenía ninguna experiencia ni en la guerra, ni en la diplomacia, el Senado lo nombró emperador de Roma. Sus primeras medidas fueron bien recibidas: liberó a los ciudadanos que habían sido encarcelados injustamente por Tiberio y eliminó un impuesto impopular. También organizó eventos como carreras, combates de boxeo, obras de teatro y espectáculos de gladiadores. Sin embargo, seis meses después de su mandato, Calígula cayó gravemente enfermo. Durante casi un mes, estuvo entre la vida y la muerte. En octubre del 37 d.C., se recuperó pero ya no volvió a ser el mismo… sino el que todos los libros de historia recuerdan. Fue a partir de ese momento cuando exigió a los senadores que lo adoraran como a un dios, tomó a las esposas de estos como concubinas y ordenó las ejecuciones arbitrarias de muchos de los que lo rodeaban. Sobrevivió apenas 4 años: a los 29 años el tercer emperador de Roma fue despedazado a la salida del teatro.

Pero entre toda la letanía de fechorías de Calígula, hay un episodio que no deja de asombrar: su declaración de guerra a Neptuno, dios de los mares. La fuente principal de este curioso episodio proviene de Suetonio, el antiguo biógrafo de los primeros 12 emperadores.

“Por fin, como decidido a hacer la guerra, reunió a su ejército en la orilla del océano (se cree que el lugar elegido fue la actual ciudad de Boulogne-sur-Mer, en el Norte de Francia), con sus balistas y otras máquinas de guerra. Y aunque nadie podía imaginarse lo que pretendía hacer, de repente les ordenó que recogieran conchas marinas y se llenaran los cascos y los pliegues de sus túnicas con ellas, llamándolas "el botín del mar debido al Capitolio y al Palatino”.

Los soldados se dedicaron a apuñalar las aguas del mar y cuando Calígula se dio por satisfecho, como monumento a su éxito, erigió un faro. Finalmente, prometiendo a los soldados una recompensa de cien denarios cada uno, como si hubiera superado los más eminentes ejemplos de generosidad, dijo: “Id y alegraos; ¡porque ahora sois ricos!”.

Hay quienes dicen que esto fue una maniobra para que los soldados confiaran en su emperador antes de lanzarse a la conquista de Gran Bretaña… algo que finalmente consiguió el sucesor de Calígula, Claudio.

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