Vídeo de la semana

¿Cómo pudo tener tan triste final el sobresaliente Imperio Romano?

Tal y como lo estableció Gibbon, lo que ocurrió es que los ciudadanos romanos y sus representantes políticos empezaron en un cierto momento a ignorar sus “virtudes cívicas”.

mapa del imperio romano
iStock

Hoy en día estamos acostumbrados a decir que el Imperio Romano experimentó una “decadencia” que acarreó un triste final a una civilización sobresaliente, pero esta explicación para los últimos siglos de Roma no existía antes de que Gibbon la sintetizara en el siglo XVIII. Él tuvo el mérito de ser el primero en analizar la Historia del Imperio latino de una forma global: examinó varias centurias, multitud de emperadores y todo tipo de sucesos. Fue él quien acuñó la visión decadentista, hoy instalada en nuestro imaginario, que nos hace pensar en emperadores indolentes entregados a sus banquetes y orgías (cuando no locuras), ignorando las obligaciones de gobierno.

Tal y como lo estableció Gibbon, lo que ocurrió es que los ciudadanos romanos y sus representantes políticos empezaron en un cierto momento a ignorar sus “virtudes cívicas”, es decir, su elevado sentido del deber y el buen hacer en los asuntos públicos. Esto los llevó a abjurar de algunas de las obligaciones más pesadas que imponía el sostenimiento del Imperio; en particular, la de nutrir el ejército de los necesarios efectivos humanos. Cada vez más, las legiones estuvieron pobladas por extranjeros, bárbaros que, a la postre, tuvieron en sus manos un aspecto clave: la defensa de las fronteras del Imperio. Faltos de la formación y también del compromiso necesarios para cumplir esta difícil tarea con la fortaleza requerida, las costuras del mundo romano acabarían rotas, desbordadas por otros pueblos necesitados de utilizar la guerra como forma de supervivencia, en especial los hunos.

La pérdida del interés por las virtudes cívicas y por el progreso del Imperio, ¿a qué se debía? Gibbon señala al cristianismo como un factor esencial en el incremento de la defección romana por los asuntos públicos. Aunque la fe cristiana solo podía practicarse de forma clandestina en sus primeros tiempos, acabó por prender con gran fuerza entre los romanos, incluidos sus dirigentes. Y esto tuvo consecuencias.

El legado del Imperio Romano

Durante la última república y la mayor parte del imperio, Roma fue la potencia dominante en toda la cuenca del Mediterráneo, la mayor parte de Europa occidental y grandes áreas del norte de África. Los romanos poseían un ejército poderoso y estaban dotados en las artes aplicadas del derecho, el gobierno, la planificación urbana y el arte de gobernar, pero también reconocieron y adoptaron las contribuciones de otros pueblos antiguos, en particular, los de los griegos, gran parte de cuya cultura fue por ello preservada.

El Imperio Romano se distinguió no solo por su destacable ejército —la base sobre la que descansaba todo el imperio— sino también por sus innovaciones. Las carreteras de Roma, que eran incomparables en el mundo antiguo, son ejemplo de ello. Los urbanistas romanos lograron estándares de higiene sin precedentes con sus tuberías, eliminación de aguas residuales, presas y acueductos. La arquitectura romana, aunque a menudo imita los estilos griegos, fue planificada y ejecutada con audacia. Los arcos de triunfo conmemoraban importantes ocasiones de estado, y los famosos baños romanos se construyeron para estimular los sentidos y limpiar el cuerpo.

Por último, el latín, el idioma de los romanos, se convirtió en el canal de comunicación de un importante cuerpo de obras originales de la civilización occidental. Los discursos de Cicerón, las historias de Livio y Tácito, el drama de Terence y, sobre todo, la poesía de Virgilio son parte del legado de Roma.

Continúa leyendo