¿Cómo era vivir de alquiler en la antigua Roma?

Incómodo, peligroso y caro: los bloques de piso en una gran ciudad del mundo antiguo.

 

La ciudad de Roma conoció un incremento de población excepcional durante su época republicana e imperial, lo que llevó a la construcción de bloques cuyos incómodos e insalubres cubículos se alquilaban a la plebe por altos precios. Nada que nos sorprenda en nuestras grandes ciudades de la actualidad.

El hogar de la mayoría

La historia ha puesto su punto de mira durante mucho tiempo en los grandes personajes y acontecimientos. Por suerte, eso ha cambiado y corrientes historiográficas relativamente recientes miran al pasado preguntándose por las vidas del común de la población. Lejos de castillos, palacios o domus romanas, en este artículo hablamos de los bloques de piso que se elevaban en Roma: las insulae.

Hay investigadores que hablan de la existencia de estas construcciones desde el siglo IV a.C., otros optan por retrasarlo hasta finales del siglo III a.C. y, lo que es seguro, alquilar habitaciones en insulae era una realidad asentada en la Roma del siglo II a.C. Este modelo de vivienda se generalizó por el aumento de la población romana, que hacia el 130 a.C. pudo contar con 500 000 habitantes, y en época de Augusto alcanzar el millón. Conforme la población crecía, las insulae fueron ganando altura, aumentado así el peligro de derrumbe, por lo que en época imperial se reguló su construcción: Augusto puso un límite de siete plantas y Trajano lo rebajó a seis.

La insula se dividía en cenacula, los pisos de la antigüedad, con ejemplos de varias habitaciones para los inquilinos más acomodados y los casos en que la vivienda la constituía una sola habitación donde resguardarse. Estos edificios tenían ventanas abiertas a la calle y algunos contaban con patio interior que permitían más aberturas que dieran aire y luz a la casa. La insula pertenecía a un propietario y solían tener un administrador profesional encargado del cobro de los alquileres. Todo un agente inmobiliario de la antigüedad. A su vez, el profesional o el mismo propietario mandaba sobre un cuerpo de esclavos y porteros que se encargaba de vigilar y evitar cualquier problema propio de una casa de vecinos.

La planta baja de una insula podía estar concebida como una vivienda a disposición del propietario, otra domus sobre la que se levantaban cenacula, o bien podía abrirse en tiendas y almacenes (tabernae). Eran espacios, también de alquiler, para comerciantes o artesanos, quienes trabajaban y ofrecían sus productos en el mismo lugar. Tal era el caso de los thermopolia, establecimientos que vendían comida para llevar, un negocio rentable dado que muchas personas que vivían de alquiler no tenían cocina en su vivienda.

Caro, incómodo y peligroso

El coste del alquiler en la Urbs era elevado, lo que provocaba estrategias para compartir gastos: subarrendar parte de los cenacula o compartirlo con más inquilinos de lo recomendado. Este hacinamiento en un edificio de materiales constructivos pobres evitaba cualquier posibilidad de intimidad tal y como la entendemos hoy. En relación a los precios del alquiler en Roma, Juvenal decía que en las ciudades vecinas podías comprar “una casa cómoda por el precio por el que [en Roma] alquilas un tugurio por un año”. También nos suena esto a muchos. Los contratos solían ser anuales, iniciados en julio, por ello era habitual ver en ese mes a familias desahuciadas por impago del alquiler.

Al igual que hoy suma puntos tener el supermercado cercano a tu piso, por entonces la comodidad se buscaba con un pozo o fuente de agua pública cercana, ya que las insulae no contaban con agua corriente. Algunos bloques tenían aguador, y su servicio entraba en el precio del alquiler para todo el bloque.

El mobiliario justo y una iluminación deficiente. El peor acondicionamiento lo tenían los más pobres, que vivían en buhardillas, compartiendo espacio con palomas. Cuantos más escalones subías por una insula, peores condiciones tenía la vivienda y más barato era su alquiler. Muchas de estas habitaciones en los pisos más alto ni siquiera contaban con sanitarios, por lo que no era recomendable colocarse bajo las ventanas de estas viviendas, sobre todo por la noche, cuando muchos inquilinos tiraban sus restos fecales a la calle.

A partir de la época imperial se extendió el uso del ladrillo y el mortero para construir estos bloques de pisos en la antigua Roma, pero años anteriores lo común era usar madera y otros materiales muy combustibles. Por lo que al riesgo de derrumbe se sumaba el miedo a los numerosos incendios a los que Roma tuvo que hacer frente durante su historia. Aulo Gelio reconoció que “si se pudieran evitar los incendios de que son presa con tanta frecuencia las casas de Roma, me apresuraría a vender mis campos para hacerme propietario en la ciudad”, porque “las rentas que producen las propiedades urbanas son elevadas”.

Referencias:

Fernández, P. A. 2003. La casa romana. Akal.
Avial, L. 2018. Breve Historia de la vida cotidiana del Imperio romano. Costumbres, cultura y tradiciones. Nowtilus.
 
Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

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