Celtas, una sociedad de agricultores y ganaderos

Un pueblo dedicado a la ganadería, de pastores-guerreros: esa es la imagen que los escritores romanos nos transmitieron de los celtas. Su información es muy pobre, pero ha tenido mucho peso en la idea colectiva que perdura sobre la economía céltica. La arqueología ha avanzado y revela la compleja actividad agropastoril que caracterizó al mundo céltico.

Un pueblo dedicado a la ganadería, de pastores-guerreros: esa es la imagen que los escritores romanos nos transmitieron de los celtas. Su información es muy pobre, pero ha tenido mucho peso en la idea colectiva que perdura sobre la economía céltica. Afortunadamente, la arqueología ha avanzado y el análisis de los residuos de los asentamientos excavados revela la compleja actividad agropastoril que caracterizó al mundo céltico. No obstante, en un espacio tan amplio como el que ocuparon debieron existir matices regionales. Por encima de ellos hay indicios de formas comunes, como las hubo en la cultura material, las ideas o la lengua.

La organización del territorio refleja un sabio aprovechamiento de los recursos disponibles, donde las poblaciones cuentan con áreas de cultivo alrededor para autoabastecerse, complementando la dieta con la caza y la recolección. Hay que tener presente que las sociedades ganaderas crían a sus animales no solo como alimento sino, especialmente, como fuente de riqueza que pueden intercambiar por otros bienes, y por los productos que de ellos se obtienen, como la leche, la lana o el cuero. De hecho, los estudios de paleodieta muestran que la base de su alimentación no fue la carne, sino comidas derivadas de plantas, sobre todo de los cereales o de los frutos recolectados.

Castro celta en Galicia
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Recordemos que un sabio romano, Plinio, en su libro Historia Natural (1868), decía que el pan de trigo era una especialidad de los galos, y así debió ser porque gozó de muy buena reputación entre otros autores de aquel momento. Si dijéramos que la buena fama del pan francés se remonta a la época de los celtas parecería una exageración, pero es interesante recordar que la reja de arado de hierro, utensilio imprescindible para cultivar el trigo en cantidades importantes, en francés «soc», deriva del nombre galo «swch». Lo cierto es que los celtas fueron capaces de cultivar, ya desde el siglo v a. C., terrenos que sus antecesores no habían podido aprovechar. Eso fue posible gracias a que utilizaron arados cada vez más perfeccionados y técnicas sofisticadas para alternar los cultivos, que nos describen los textos romanos, pero que son difíciles de documentar a través de la arqueología porque no se conservan huellas tan espectaculares como sí nos dejan otros aspectos de su cultura.

Mejoras en la productividad

Los arados tirados por bóvidos se conocían en Europa desde antes del mundo céltico, pero ellos los mejoraron. Sabemos que utilizaron la reja, una pieza apuntada de hierro que sirve para labrar la tierra, con formas diferentes según las zonas. Algunas comunidades usaron unas rejas de arado de forma estrecha, que les permitieron colonizar toda la zona central de Europa para la agricultura. En la zona del Tirol se documenta otro tipo, con vertedera, para remover la tierra y formar un surco, lo que aumenta la circulación del aire y la canalización del agua. Además, desde los Balcanes hasta España se han conservado utensilios como las azadas, las hoces, los picos o los rastrillos, que atestiguan otros trabajos agrícolas realizados manualmente.

Existieron muchas hectáreas de campos cultivados por toda la Europa céltica, que aumentaron la productividad de las tierras y consiguieron altos rendimientos. No se sabe desde cuándo se extendió la práctica de la rotación de cultivos, pero se puede rastrear la sabia combinación de alternar la siembra de cereales de invierno con los de primavera y con el descanso del terreno, el barbecho. César, hablando de los suevos, decía que no estaban más de un año cultivando la misma tierra, y Tácito señalaba que los germanos cada año cogían un campo diferente y que nunca les faltaba tierra. También se consigue mantener la productividad de los campos de cultivo intercalando la siembra de habas, guisantes o nabos con el de los cereales, y todos ellos aparecen entre los registros de semillas recuperados en los sitios excavados. Los celtas no conocían que estos productos — que son un fertilizante natural— aportan nitrógeno al suelo pero, sin saberlo, practicaron un sistema que les permitía no agotar la tierra, para que pudiera seguir siendo productiva. Por ello, en buena parte de la Europa templada, los cereales, junto a la salazón de carnes, fueron una parte importante de las exportaciones del mundo céltico hacia los puertos del Mediterráneo.

Las semillas conservadas en los poblados célticos excavados, desde Centroeuropa hasta el interior de la Meseta castellana, muestran que se consumía el trigo, en su variedad de trigo común y de espelta. El cultivo del centeno fue avanzando durante toda la Edad del Hierro, sin duda por su resistencia al frío, y se sabe que en lugares como Alemania alcanzó su mayor auge al final del periodo. En Gran Bretaña, la espelta y la variedad de cebada vestida fueron los cereales más cultivados durante todo el primer milenio a. C. Sembrados en invierno, se consumían junto a los cereales de primavera, como es el trigo o la cebada desnuda. Al recogerlos en dos momentos diferentes, se difundió la imagen de que allí había dos cosechas anuales, que escritores como Diodoro de Sicilia nos han transmitido. No podemos dejar de mencionar el importante uso que dieron a la cebada para fabricar cerveza, hasta el punto de que el nombre que le damos parece derivar de uno céltico. Y no fue la única bebida alcohólica que consumieron; también nos han llegado noticias de otras que se obtenían de trigo mojado y fermentado. En cambio, el vino fue un producto de lujo importado desde el sur de Europa y las semillas de uva no aparecen en las regiones centroeuropeas hasta la conquista de Roma. Lo que sí sabemos que se consumía desde Alemania, Suiza, Polonia hasta Eslovaquia, eran los frutos del bosque como las avellanas o los hayucos, de la misma manera que en Hispania se comían bellotas, transformadas en harina. Se debieron cultivar también otras especies vegetales dedicadas a la obtención del lino y del cáñamo, porque se conocen ricos enterramientos principescos donde están bien representados tejidos realizados con ellos.

Los señores del ganado

Si las huellas dejadas por la agricultura son endebles, las de la ganadería no lo son. Las sofisticadas técnicas de estudio con las que cuentan los arqueólogos en la actualidad, especialmente el análisis en laboratorio del polen extraído de los sedimentos de las excavaciones, han puesto de manifiesto el retroceso de las zonas boscosas. Esto se explica no solo por el desarrollo de la agricultura, sino porque la cría de ganado necesita pastos. Hace unos pocos años, una publicación científica denominaba a las poblaciones prerromanas del occidente de la península ibérica «Los señores del ganado», que se podría extender a la mayoría de las comunidades célticas, porque tiene el acierto de resaltar su vocación ganadera. Los escritores romanos nos dejaron aquí y allá noticias sueltas sobre estos pueblos como criadores de ovejas, cabras y bóvidos, datos que concuerdan con los análisis de los huesos recuperados en las excavaciones arqueológicas.

El descubrimiento de verdaderos establos en los Países Bajos y en Alemania del Norte confirma la existencia de una ganadería organizada, que contaba con espacios bien delimitados donde los animales podían pastar sin entrometerse en tierras ajenas. En España, la aparición de esculturas de cerdos y toros de piedra en el área de los vettones, en Ávila y Salamanca, se ha interpretado como posibles marcadores del territorio para controlar el acceso a las zonas con mejores hierbas, porque para el mantenimiento del ganado se necesita tener aseguradas tierras donde pastar y fuentes de agua. En algunas zonas, especialmente de montaña, se ha puesto de manifiesto la existencia de la trashumancia, desplazamientos de gentes con sus rebaños para aprovechar los pastos de las zonas altas en verano y los de los valles en el invierno. Y no sería de extrañar, porque la movilidad —aun dentro de un territorio delimitado—, es habitual en las comunidades pastoriles, que se desplazan para aprovechar mejor los recursos del entorno.

La especialización ganadera varía entre las diferentes regiones en las que vivieron las poblaciones célticas. El ganado se diversificó y se adaptó a las condiciones de cada medio. Las ovejas y las cabras son las especies más representadas en los castros de la península ibérica, seguidas de los bóvidos y de los cerdos. En las granjas del final de la época de La Tène excavadas en Centroeuropa, el cerdo representa hasta un 40 % de los huesos recogidos. Resulta interesante señalar que en el yacimiento de Villasviejas del Tamuja (Cáceres) se echan en faltan los huesos de las paletas de los cerdos entre todos los restos óseos presentes en el sitio, lo que puede ser una prueba de que estas partes no las consumieron los que vivían allí, probablemente porque ya entonces los jamones estuvieron dedicados a la exportación.

Por último, hay que mencionar la presencia de los caballos entre los animales criados por los celtas, documentados desde el 800 a. C. por toda Europa como animal de prestigio. Aparecen representados en las monedas, en los adornos o en las decoraciones de las cerámicas. En las tumbas más ricas se encuentran arreos y otros objetos que se ponen a las caballerías para poder montarlas, como claro indicio de que tener un caballo era un rasgo de alto nivel social y símbolo de poder.

En definitiva, las características de los campos europeos que aparecen en época de los celtas dieron forma a un paisaje que, en líneas generales, se ha mantenido hasta hoy.

 

Ana Martín Bravo es jefa del servicio de documentación del Museo Nacional del Prado.

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