Así era la vida de una prostituta en la antigua Roma

Dedicadas a un negocio tan rentable y legal como peligroso y denigrante.

 

Consideradas un mal necesario para la sociedad, las prostitutas de la antigua Roma vivieron situaciones muy distintas según el lugar donde trabajaron y el nivel adquisitivo de los clientes a quienes ofrecieron sus servicios. Tenían que lidiar con la deshonra que suponía su oficio, pero muchas lograron hacerse con el dinero suficiente como para comprar su libertad y lograr la independencia económica.

Estudiar la prostitución de la antigua Roma no es fácil. A pesar de los diversos y estupendos estudios que tenemos sobre la vida cotidiana en Roma, son escasas las fuentes directas que nos hablen de las personas de a pie. Suelen tener en cuenta a la élite, una minoría entre los millones de habitantes que poblaron el imperio romano. Y, en caso de que hablaran más allá de las élites, las fuentes se ocupan de los hombres, por lo que tenemos un vacío difícil de superar para contar las formas de vida de las mujeres corrientes en la antigua Roma.

Un negocio rentable

La prostitución fue un negocio rentable, pero con condiciones generalmente deplorables para quienes la ejercían. Robert C. Knapp, autor de “Los olvidados de Roma” explica que:

“A menudo se trataba de una vida no deseada, peligrosa y degradante; sin embargo, tanto la esclavitud como la pobreza exigían algo productivo de una mujer joven. Su capacidad de proporcionar sexo concordaba con las lujuriosas exigencias de los hombres en una cultura que guardaba celosamente la castidad de las mujeres casadas. Esta situación favorecía un próspero negocio al que muchos amos de esclavas y mujeres libres –y sus familias– no podían renunciar”.

Las posibilidades de hacer dinero también estaban disponibles para las propias mujeres que ofrecían servicios sexuales. Muchas esclavas pudieron comprar su libertad, aunque continuaran dedicadas al oficio por decisión propia. Algunas llegaron a convertirse en madamas y regentar un burdel.

Aunque la prostitución la ejercían una mayoría de mujeres, también hubo hombres que vendían sus servicios tanto a mujeres como a otros hombres. Legalmente no tenían una categoría distinta. La prostitución era un oficio igual para hombres y mujeres.

Una vida dura y peligrosa

Ya fuesen esclavas o libres, las prostitutas de Roma tenían una vida dura y, en muchas ocasiones, desesperada. Plauto nos retrata una situación lamentable:

“Desechos escuálidos, sucios y enfermos que se sostienen de pie, casi desnudos, delante de su celda mugrienta, cuya entrada apenas tapa un resto de cortina. Algunas de estas meretriculae son conocidas por sus especialidades: cularae, empleando diversos procedimientos, se ofrecen así al celo del cliente per anum”.

Puede que alguna mujer eligiera voluntariamente dedicarse a la prostitución, pero muchas lo hacían obligadas. Las personas esclavas estaban especialmente indefensas y eran explotadas, fuesen niños, hombres o mujeres. Tristemente, todo indica que los abusos sexuales fueron frecuentes en este ámbito de la antigua Roma.

Prostitución en la corte

Por otro lado, estaban las prostitutas de lujo, de las que no faltan voces que hablen de ellas en la tradición literaria. Suetonio escribió “Vidas de prostitutas famosas”, Plauto y Lucio entre otros también contaron historias que resultaban irresistibles al mezclar libertinaje e intrigas palaciegas. Así contaron la ocasión en que Calígula montó un burdel en su palacio:

“Y, para que no quedara por probar ningún vicio, preparó en su palacio una serie de pequeñas habitaciones exactamente igual que si se tratara de un burdel y las decoró suntuosamente. Tenía en las celdas a mujeres casadas y libres, de nuevo igual que si de un burdel se tratara. Entonces enviaba a heraldos a los mercados y lugares públicos e invitaba a jóvenes y viejos a que dieran rienda suelta a su lujuria. Disponía de dinero para prestar con intereses a aquellos que allí acudían, y los hombres escribían sus nombres encantados por contribuir a los ingresos del César”.

Un oficio legal

Todo apunta a que las instituciones pasaron olímpicamente del negocio sexual durante mucho tiempo. Ante este desinterés, se puede decir que la prostitución no infringía ninguna ley. Ni siquiera tenía una carga moral, pues en el caso de los clientes varones, el encuentro con una prostituta no constituía adulterio. No fue hasta mediados del siglo I d. C. cuando la administración cayó en la cuenta de que este oficio, como todos, también debía pagar impuestos.

Lugares donde encontrar compañía sexual

Por supuesto, el burdel era el centro de la lujuria romana y no faltaba una ubicación tal en una ciudad que se preciara. Pero no todas las prostitutas trabajaban en un burdel. Muchas lo hacían, como no, en la calle, acudiendo a zonas de ocio como el teatro, el anfiteatro, el circo o las termas, donde tenían más opciones de captar clientes. Algunas trabajaban a domicilio, otras tenían su propia casa para ofrecer servicios y las tabernas y casas de comidas podían ser también lugares en los que pagar por compañía en alguna habitación del local. Además, la literatura equipara frecuentemente a las camareras con prostitutas que servían comida y bebida.

Publicidad descarada

La arqueología nos ha dado buena muestra de cómo se anunciaban estos servicios. En Pompeya hay dibujos explícitos que marcan el camino hacia un burdel. Y, por parte de las propias prostitutas, una inscripción en una pared muestra un anuncio claro y directo:

“Quien se siente aquí, sobre todo que lea esto: si quieres follar, busca a Attis; la puedes tener por un denario”.

En Roma incluso hubo un festival de la prostitución. La Floralia era un evento celebrado durante la primavera en el que se formaba un desfile de prostitutas. Tertuliano lo describe así:

“Las prostitutas, sacrificadas en el altar de la lujuria pública, son sacadas a escena, bastante incómodas por la presencia de otras mujeres –las únicas personas de la comunidad de las que se ocultan–; desfilan ante los rostros de gente de todas las clases y de todas las edades; se revelan sus domicilios, sus precios y sus especialidades, incluso ante aquellos que no necesitan dicha información, y, lo que es peor, se revela a gritos lo que debería permanecer oculto en las sombras y en sus oscuras cuevas; pero guardaré silencio sobre ello. ¡Que el Senado se ruborice! ¡Que todo el mundo se avergüence! Esas mujeres, asesinas de su propia decencia, pasan vergüenza una vez al año, temerosas de que sus actos se expongan ante todo el mundo”.

Referencias:

Avial, L. 2018. Breve historia de la vida cotidiana del Imperio Romano. Nowtilus.

Knapp, R. C. 2011. Los olvidados de Roma. Prostitutas, forajidos, esclavos, gladiadores y gente corriente. Planeta.

Fran Navarro

Fran Navarro

Historiador y escritor (esto último solo lo digo yo). El destino me reservaba una carrera de ensueño en el mundo académico, pero yo soy más de divulgar, hacer vídeos y contenidos culturales para que mi madre se entere bien de lo que hablo. De entre las cosas menos importantes de la vida, los libros son lo más importante para mí. Y como no hay nada mejor que conocer bien un asunto para disfrutarlo al máximo, hice el máster de Documentos y Libros, Archivos y Bibliotecas. Para esto y todo lo demás tengo Twitter: @FNavarroBenitez.

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