El curioso final del emperador Federico I Barbarroja

Rey de Alemania y emperador del Sacro imperio Romano Germánico, Federico I encontró la muerte en su camino hacia la Tercera Cruzada.

Algunos personajes de la historia parecen estar gafados, abocados a un destino trágico e injusto con el papel que podrían haber jugado si los hados no se hubieran entrometido. Gaudí, arquitecto de la Sagrada Familia de Barcelona, murió atropellado por un tranvía; Pierre Curie fue embestido por un carro de caballos y Albert Camus estrelló su coche contra un árbol durante un viaje que en origen planeaba hacer en tren. Si uno echa la vista atrás es fácil encontrarse con decenas de muertes absurdas de grandes personajes de la historia, pero aquí queremos destacar la de Federico I Barbarroja.

Hijo de Federico II de Suabia y de Judith de Baviera, heredó el título de su padre en el año 1147 y se convirtió en heredero del emperador Conrado III, su tío, ese mismo año cuando ambos regresaron de combatir en la Segunda Cruzada. En 1152 la asamblea de príncipes le nombró rey de Alemania casi por unanimidad ya que veían en él a un líder fuerte y justo que había demostrado sus aptitudes en numerosas ocasiones. En sus primeros momentos como monarca Federico probó su carácter conciliador al acabar con las disputas internas que dividían al país entre los que apoyaban a los Hohenstaufen y los que seguían a los Welf de Baviera. En 1155 sería nombrado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.

El reinado de Federico I es considerado uno de los puntos de mayor apogeo del imperio, en parte debido a la obsesión de este por recuperar el poder y la influencia de los tiempos de Roma previos a su declive. Siguiendo este fin, Barbarroja extendió las fronteras de Alemania hacia el este y el norte de Europa y acabó por mirar con deseo a la propia ciudad eterna. En el año 1154 sus tropas entraron en Italia para ayudar al papa a sofocar una rebelión y se ganó su favor pero su ambición llegaría demasiado lejos y acabaría nombrando a dos antipapas y enfrentándose a la Santa Sede (bajo el estandarte de la Liga Lombarda), contra la que perdería. En el año 1188, tal vez buscando reforzar sus relaciones y probar su compromiso con la fe cristiana, Federico I encabezó la Tercera Cruzada para tomar Jerusalén.

Federico I Barbarroja
Imagen: Wikimedia Commons.

 

El rey que quiso cruzar el río

A sus 66 años (un anciano para la edad media de la época), el emperador alemán reunió un gran ejército de entre 20 000 y más de 50 000 soldados según las fuentes y partió para unirse a las tropas de Felipe II de Francia y Ricardo I de Inglaterra en la lucha contra Saladino. Debido a que resultaba imposible embarcar a tantísimos soldados, Federico I decidió marchar hasta Tierra Santa a pie. Más de un año después de su partida y de muchos problemas por el camino se encontraban rumbo a Antioquía.

Pero, como ya se ha dicho, el destino es caprichoso. El 10 de junio del año 1190 Federico I Barbrroja cayó a las aguas del río Salef y murió ahogado. La teoría más extendida es que el rey se cayó del caballo cuando este se encabritó y la pesada armadura que llevaba le impidió salir a flote, pero otras versiones hablan de un infarto de miocardio al entrar el contacto con el agua fría del río, una apoplejía o simple agotamiento derivado de la larga marcha y su avanzada edad.

La muerte del emperador cambió las tornas de la guerra ya que, sin su liderazgo, el ejército que comandaba se dispersó y los que seguían dispuestos a luchar quedaron como un recuerdo anecdótico en comparación. El que mayor beneficio obtuvo en ese momento fue Ricardo de Inglaterra, que sumó a una parte considerable de los ejércitos alemanes a sus propias tropas, pero ni aún así se logró reconquistar la ciudad de Jerusalén. Por su parte, Barbarroja fue idolatrado y mitificado por sus descendientes, convirtiéndose en una figura destacada dentro de la historia europea.

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