¡Deus Vult! El discurso papal que dio comienzo a las Cruzadas

Durante el Concilio de Clermont, el papa Urbano II hizo un llamamiento a toda la cristiandad para luchar contra el islam y recuperar Tierra Santa

El 27 de noviembre del año 1095, el papa Urbano II pronunció un discurso que marcó la historia medieval y cambió el panorama político y económico en Europa y Oriente Próximo durante dos siglos. Aquel día, ante más de tres centenares de nobles y miembros de la curia, el sucesor de san Pedro habló de la amenaza sarracena y llamó a las armas a todos los buenos cristianos para que partieran, espada en mano, a luchar en Tierra Santa y recuperar los lugares que creían ser suyos por derecho divino. Aquel 27 de noviembre comenzó la Primera Cruzada.

En marzo de ese mismo año, durante el Concilio de Piacenza, Urbano II había recibido una carta del emperador bizantino Alejo I Comneno en la que le pedía ayuda para luchar contra los selyúcidas, que estaban tomando la delantera en el campo de batalla. El papa recibió la noticia con entusiasmo ya que veía en ella una oportunidad única para reparar el Cisma de Oriente y Occidente reunificando a la religión cristiana bajo un único estandarte (el suyo) y aumentar su influencia. Urbano II convocó un nuevo concilio para noviembre, esa vez en Clermont (Francia), y pidió a los religiosos que iban a asistir que invitaran a los nobles más destacados y poderosos de Europa.

Llegada la fecha señalada, el concilio se desarrolló como otro cualquiera. Se trataron y discutieron asuntos teológicos y la anécdota más destacable es que el papa confirmó la excomunión del rey Felipe I de Francia por haber tomado nupcias por segunda vez. El día 27, refiriéndose a la carta que había recibido de Alejo I Comneno, Urbano II subió al estrado y dio un largo discurso (del que se conservan hasta cinco versiones distintas) en el que declaraba la guerra santa (bellum sacrum) contra los musulmanes y animaba a los reyes, nobles y caballeros del continente a marchar hacia Tierra Santa y recuperar Jerusalén y los demás lugares de la cristiandad. El papa Urbano II terminó su perorata con la exclamación ‘¡DeusVult!’, que significa ‘Dios lo quiere’ y que casi forzaba a todo señor que se considerara un buen cristiano a cumplir aquella voluntad divina.

Concilio de Clermont
Concilio de Clermont. Imagen: Wikimedia Commons

 

Por supuesto, no todos quedaron convencidos y el tema se trató durante varios días. Para animar la cosa y sumar adeptos a su campaña, Urbano II aseguró que la conquista de aquellos lejanos lugares supondría una nueva ‘tierra de la que mana leche y miel’ en la que nobles y campesinos europeos podrían instalarse. También se aseguró que todo aquel que muriese durante la guerra santa lo haría libre de pecado y por lo tanto podría disfrutar del Paraíso y que, para los que sobrevivieran, su paso por las Cruzadas sería considerado como una peregrinación completa y por lo tanto le serían perdonados todos los pecados. Además se propuso un concepto muy interesante: la Paz y Tregua de Dios, por la cual los reinos cristianos solo podían combatir entre ellos los lunes, los martes y los miércoles. Al limitar la posibilidad de guerrear contra sus vecinos o contra otros señores, la nobleza europea perdía una de las vías por las que ganaban poder, influencia y riqueza, teniendo que buscar un sustituto que le pareciera bien a la Santa Madre Iglesia.

El discurso de Urbano II consiguió lo que quería: inflamar los sentimientos religiosos y presentar un enemigo común contra el que todos los cristianos podrían combatir. Las movilizaciones de soldados (tanto profesionales como campesinos y siervos) fueron masivas y la Primera Cruzada comenzaría con entre 60 000 y 100 000 guerreros con la cruz al pecho marchando hacia Tierra Santa. Esa ‘voluntad de Dios’ de la que hablaba Urbano II daría lugar a ocho cruzadas repartidas entre los años 1095 y 1291, dos siglos de sangre y luchas religiosas que terminaron con la victoria de los cristianos.

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