Curiosidades sobre Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador

La vida y la leyenda de Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, se entremezclan a lo largo de los siglos para dar una imagen de héroe romántico y gallardo.

“En silencio intensamente llorando, volvía la cabeza, los estaba mirando”. Así arranca el Cantar del Mío Cid, el que es considerad por el Instituto Cervantes la primera gran obra de la literatura española escrita en una lengua romance; un relato épico que cuenta las hazañas de Rodrigo Díaz de Vivar desde su destierro hasta su venganza contra los infantes de Carrión y su muerte en el Día de Pentecostés. A su valor literario e histórico hay que sumar lo que este cantar supuso para la propia sociedad española de su tiempo y posterior, pues elevó al guerrero de Vivar (“el que en buena hora nació”) a la categoría de héroe nacional, de perfecto caballero y de símbolo atemporal.

Esto hace que el Cid sea una figura muy interesante desde un punto de vista académico, ya que tan grande es su leyenda que durante siglos ha sido tratada sin atisbo de duda como una verdad histórica. Su figura ha sido utilizada por reyes y líderes políticos de distintos siglos como icono de la llamada Reconquista o personificación de unos valores deseables que interesaba promover entre los españoles. Pero, como acabamos de decir, estas visión del Cid procedía o bien de un relato literario o de un interés partidista, por lo que la historia real que se esconde tras la leyenda del de Vivar es considerablemente menos conocida y no son pocas las fuentes que llevan los acontecimientos del Cantar a la categoría de hecho histórico.

Vamos a desmontar algunos mitos existentes en torno a Rodrigo Díaz de Vivar y a sustituirlos con lo que las crónicas, documentos históricos e investigaciones nos dicen que pasó.

 

Orígenes inciertos

Los primeros años de Rodrigo son poco conocidos e incluso las fuentes de la época parecen no ponerse de acuerdo en cosas tan básicas como el año en que nació. Los historiadores creen que debió ser entre el 1048 y el 1050 y que probablemente fuese en la aldea de Vivar, al norte de Burgos, ya que todas las fuentes y documentos se refieren a él como “el de Vivar” pero no existe ningún registro oficial que lo certifique.

Se cree que su padre era un señor menor que se había ganado un nombre defendiendo la frontera de Castilla y que Rodrigo no sería más que un infanzón venido a más, pero esto parece poco probable. Rodrigo fue enviado siendo bastante joven a la corte como compañero del futuro Sancho II y acabó por convertirse en su alférez durante su breve reinado, por lo que sería más probable que el de Vivar hubiera sido miembro de la vieja nobleza y que fuera ese linaje el que le hubiera permitido tener una relación tan estrecha con los reyes de Castilla.

 

Su relación con Alfonso VI

Sancho II, benefactor de Rodrigo Díaz, fue asesinado en el año 1072 cuando intentaba arrebatar la plaza de Zamora a su hermana Urraca. La leyenda dice que, durante la Jura de Santa Gadea, Rodrigo obligó a Alfonso VI a jurar que no había tenido nada que ver con el asesinato de su hermano Sancho antes de prometer serle leal como nuevo rey de Castilla pero esto, efectivamente, no es más que una leyenda. La Jura de Santa Gadea nunca tuvo lugar y de hecho la llegada al trono de Alfonso no supuso grandes perjuicios para Rodrigo. El nuevo rey apreciaba al de Vivar o al menos valoraba su destreza en combate y la lealtad que sus hombres profesaban por él y por ello le mantuvo en la corte con todos los honores e incluso le entregó en matrimonio a su propia sobrina, Jimena, y ejerció como padrino en la boda.

Incluso en los años del destierro de Rodrigo la relación fue medianamente buena, aunque sí es cierto que ni el rey odiaba al de Vivar ni el de Vivar conservaba una lealtad  ciega y romántica hacia su rey.

Jura de Santa Gadea
Jura de Santa Gadea. Imagen: Wikimedia Commons.

 

Los motivos de su destierro

Según los escritos, fue precisamente este insulto que supone obligar a un rey a jurar lo que llevó al Cid a su primer destierro pero, dado que este suceso no sucedió, parece poco probable que fuera la verdadera razón.

Rodrigo Díaz de Vivar fue desterrado dos veces por su rey. La primera vez (1081) fue debido a que, en respuesta a un ataque musulmán contra Castilla, el de Vivar decidió tomarse la justicia por su mano e hizo una incursión en la taifa de Toledo sin el consentimiento del rey. La temeraria acción de Rodrigo puso en peligro las negociaciones que Alfonso VI estaba realizando con Toledo para someterla a su control sin necesidad de derramamiento de sangre y es por esto que fue desterrado aunque no se le despojó de sus bienes. El segundo destierro llegó en el año 1089 cuando, por motivos no del todo conocidos, Rodrigo de Vivar no acudió a la llamada de auxilio del rey (o no llegó a tiempo) y este le declaró un traidor.

 

De dónde viene su nombre

Rodrigo Díaz de Vivar es conocido popularmente como el Cid Campeador. Parece que el primer apodo que recibió fue el de Campeador, debido a las victorias que logró en su juventud en el campo de batalla como segundo de Sancho de Castilla. Como alférez, Rodrigo era el campeón de los ejércitos castellanos y el responsable de defender la causa de su señor en combate singular si es que se decidía que el conflicto se solucionara así en vez de con una gran batalla.

El nombre de Cid, por su parte, lo recibió durante los años de su primer destierro. La palabra Cid deriva del árabe Sidi que significa “señor” y demuestra la estrecha relación e influencia que el de Vivar tenía con las taifas y los reinos musulmanes de la península.

 

Ni Tizona, ni Colada, ni Babieca

Sus nombres están ligados al de Rodrigo para toda la eternidad pero no por ello son más reales. No existe ningún documento o registro histórico de la época que respalde la teoría de que el Cid tenía dos poderosas espadas llamadas Tizona y Colada y una hermosa yegua llamada Babieca. No sería una locura pensar que les hubiera dado esos nombres a sus armas y montura pero todas las referencias que existen son de dos siglos posteriores a su muerte por lo que es más que probable que fueran un añadido. El que las espadas y el caballo tuvieran nombres aportaba grandeza al personaje y ayudaba a hacer crecer su leyenda. Esto mismo lo podemos encontrar, por ejemplo, en la Canción de Roldán, el equivalente francés al Cantar del Mío Cid.

Estatua del Cid
Estatua del Cid en Burgos. Imagen: iStock Photo.

 

Su hueste y sus aliados

El Cantar del Mío Cid cuenta que el de Vivar se exilió de Castilla solo pero que un buen grupo de sus hombres, leales a él, decidió seguirle al destierro. El Cid se convirtió en un poderoso señor de la guerra fronteriza, capaz de mantener uno de los pocos ejércitos profesionales permanentes con el que servir al mejor postor. La mayoría de sus hombres eran musulmanes a los que contrató o que se le unieron llamados por su buen nombre durante sus años por las taifas y es por ello que trascendió el nombre de Sidi.

Por mucho que en los escritos se le dibujara como a un gran héroe que defendió la fe y la causa de los reyes cristianos contra los árabes que habían invadido la península, pero la verdad es que luchó por igual con unos y con otros. Ya en tiempos de Fernando I los reyes cristianos estaban enfrentados entre ellos y el Cid combatía junto con Sancho contra los monarcas de Navarra o contra el propio Alfonso VI (por entonces Alfonso de León) sin que le temblara la mano. De hecho, tras su destierro, se puso al servicio del rey de la taifa de Zaragoza al-Muqtadir. El Cid era, como muchos otros en la época, un señor que vivía en la frontera y al que lo que más le importaba era ganar botín para sus hombres y conseguir tierras y favores. A través de quién lo consiguiese era un asunto menor.

 

Familia y muerte

El Cid murió en Valencia, ciudad que había defendido durante años contra los almorávides y que luego conquistó para él, en el año 1099. Se dice que fue herido por una saeta de ballesta cuando vigilaba las murallas pero casi todos los historiadores coinciden en que murió por causas naturales. Naturalmente, no fue exhumado y montado en su caballo para ganar una batalla aun después de muerto, sino que esta debió de ser una invención de la propia doña Jimena para acrecentar la leyenda de su marido y reforzar su derecho como nueva señora de Valencia. Rodrigo y Jimena tuvieron dos hijas, llamadas Cristina y María y no Elvira y Sol como se dice en el Cantar.

 

La leyenda de Menéndez Pidal y Franco

La mitificación del Cid se gestó durante siglos de relatos grandilocuentes y exaltaciones de su figura pero alcanzó una nueva dimensión cuando el historiador Ramón Menéndez Pidal publicó El Cid Campeador, un libro en el que recopilaba los documentos de la época e igualaba a un mismo nivel obras literarias como el Cantar con crónicas o registros históricos haciendo que durante muchos años las dos realidades se confundieran. A esto hay que sumar que, durante la dictadura franquista, Franco se apropió de personajes y eventos históricos del pasado español como los Reyes Católicos, la Reconquista o el propio Cid con el fin de que su régimen se identificara con ellos.

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