Templarios: auge y caída de los guerreros de Cristo

Llegaron a ser una de las más formidables organizaciones medievales partiendo de un origen modesto: una especie de policía local creada en Jerusalén por un grupo de cruzados franceses. Y acabaron en una hoguera de infamia y mitos.

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Las órdenes caballerescas hunden sus raíces en la explosión de belicosa religiosidad que dio lugar a las Cruzadas. Este exacerbado sentimiento religioso se manifestaba en las peregrinaciones a lugares santos. Roma, meta tradicional de los peregrinos, había sido paulatinamente sustituida desde principios del siglo XI por Santiago de Compostela y sobre todo por Jerusalén, un destino lleno de peligros y obstáculos que, no obstante, no disuadían a los fieles, seducidos además por la esperanza de hallar en Oriente un sinfín de aventuras y riquezas.

Así, tras la caída de Jerusalén en manos turcas, la Europa cristiana se movilizó para rescatar la ciudad de los musulmanes al grito de “Dios lo quiere” (Deus vult), frase que encabezó el discurso del papa Urbano II en el Concilio de Clermont (1095) en el que convocó la Primera Cruzada. Las recompensas espirituales y terrenales prometidas hicieron que príncipes y señores respondiesen con prontitud al llamamiento del pontífice y, de este modo, la expedición militar culminó con la conquista de Jerusalén en 1099 y con el establecimiento de territorios latinos en la zona: los condados de Edesa y Trípoli, el principado de Antioquía y el reino de Jerusalén, cuyo primer monarca, entronizado en 1100, sería Balduino I.

 

Un modesto cometido inicial

Poco después, hacia 1118 o 1119 y ya bajo el reinado de Balduino II, algunos de los caballeros que habían participado de forma prominente en la Cruzada decidieron quedarse a defender los Santos Lugares y a los peregrinos cristianos que viajaban a ellos y ofrecieron al rey sus servicios. La tradición habla, concretamente, de nueve cruzados, todos provenientes de Francia y de la baja nobleza: Hugo de Payns, el jefe del grupo, Godofredo de Saint-Omer, Godofredo de Bisol, Payen de Montdidier, André de Montbard, Arcimbaldo de Saint-Amand, Hugo Rigaud y dos personajes de los que las crónicas solo han guardado sus nombres de pila, Gondemaro y Rolando. Balduino II, acuciado por la necesidad, aceptó la propuesta. Además, el hecho de que Hugo de Payns fuese pariente del conde de Champaña (y probablemente pariente lejano del mismo rey) le llevó a conceder a aquellos caballeros derechos y privilegios entre los que figuraba un alojamiento en su propio palacio, que no era sino la mezquita de Al-Aqsa, ubicada en el interior de lo que había sido el recinto del Templo de Salomón. De este modo, la recién constituida Orden adquirió no solo su cuartel general, sino también su nombre completo: los Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón.

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Durante este período inicial en Jerusalén, dado su exiguo número, los templarios se dedicaron únicamente a escoltar a los peregrinos: apostados en el desfiladero de Athlit, protegían los pasos de la zona de Cesarea cumpliendo las funciones de una especie de policía aduanera o de caminos. No obstante, hay que tener en cuenta que la cifra de nueve caballeros es engañosa: según la costumbre de la época, todos tenían un séquito, por lo que se considera que a cada uno de ellos habría que añadir cuatro o cinco personas a su servicio. Estaríamos hablando, pues, de unos treinta a cincuenta miembros de la Orden entre caballeros, peones, escuderos y servidores; un dato interesante que socava el supuesto “misterio” de que Balduino II hubiera donado un emplazamiento tan grande como la mezquita para acoger a nueve personas, misterio que ha alimentado la fantasiosa teoría de que el verdadero propósito de los primitivos templarios habría sido excavar en secreto los sótanos del Templo de Salomón en busca del Arca de la Alianza.

 

Consagrados en el Concilio de Troyes

La Orden fue muy bien recibida desde el principio tanto por el poder político como por el eclesiástico: el patriarca latino de Jerusalén, Garmond de Picquigny, la aprobó canónicamente y le impuso la regla de los agustinos del Santo Sepulcro. Además, Balduino II se encargó de escribir cartas a los reyes y príncipes más importantes de Europa a fin de que le prestaran todo su apoyo, y enseguida empezaron a afluir las donaciones.

Faltaba el refrendo papal y, a finales de 1127, Hugo de Payns regresó a Europa acompañado por Godofredo de Saint-Omer y Payen de Montdidier con varios objetivos: reclutar nuevos templarios, tomar posesión de las numerosas donaciones, organizar las primeras encomiendas en Occidente  y visitar en Roma al papa Honorio II para solicitar un reconocimiento oficial de la Orden mediante la convocatoria de un concilio.

El resultado de tantas gestiones llegó el 13 de enero de 1129, fecha en la que dio comienzo el Concilio de Troyes en la ciudad francesa del mismo nombre con el objeto de redactar la regla para la Orden del Temple. El concilio estuvo encabezado por el legado pontificio Mateo de Albano y a él concurrieron los obispos de Chartres, Reims, París, Sens, Soissons, Troyes, Orleans y Auxerre, destacados abades cistercienses como San Esteban Harding y San Bernardo de Claraval y nobles como los condes de Champaña y de Nevers. Hugo de Payns les expuso los humildes comienzos de su obra y manifestó la urgente necesidad de crear una milicia capaz de proteger a los cruzados y, sobre todo, a los peregrinos en Tierra Santa.

 

Claraval, protector de la orden

En el éxito obtenido en Troyes, Payns no estuvo solo: fue decisiva la ayuda prestada por San Bernardo de Claraval, quien, por su parentesco y cercanía con varios de los nueve primeros caballeros, se había esforzado sobremanera en dar a conocer la Orden en la corte papal. Bernardo era sobrino de André de Montbard y primo por parte de madre de Hugo de Payns, y era asimismo una de las figuras más influyentes y admiradas en Francia y en la propia Santa Sede por haber sido uno de los artífices de la reforma de la regla benedictina. Con estos avales, el monje participó en el diseño de la regla de la Orden del Temple –inspirada en la cisterciense que él profesaba– y asesoró a los templarios en su redacción. Posteriormente, ayudó de nuevo a Hugo de Payns en la confección de una serie de cartas en las que señalaba a la Orden como el verdadero ideal de la caballería e invitaba a las masas a unirse a ella.

Tras su consagración en Troyes, sucesivas bulas –Omne Datum Optimum (1139), Milites Templi (1144) y Militia Dei (1145) – concedieron cuantiosos y crecientes privilegios a los templarios. Así, se les dio autonomía formal y real respecto de los obispos, quedando sujetos solo a la autoridad papal. También se los excluyó de la jurisdicción civil y eclesiástica, se les permitió tener sus propios capellanes y sacerdotes y se les otorgó el poder de recaudar bienes y dinero de variadas formas. Además, estas bulas papales les concedieron el derecho sobre sus conquistas en Tierra Santa y atribuciones para construir fortalezas e iglesias propias, lo que les llevaría a alcanzar enseguida gran poder e independencia.

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Se inicia la expansión

Después de Troyes, cinco de los nueve integrantes primigenios de la Orden, encabezados por Hugo de Payns, viajaron primero por Francia y después por el resto de Europa con el objeto de recoger nuevas donaciones y alistar caballeros en sus filas. Se dirigieron inicialmente a los lugares de los que provenían, con la idea de que serían mejor aceptados, y se aseguraron así cuantiosas aportaciones económicas. En este periplo consiguieron reclutar en poco tiempo una cifra cercana a los trescientos caballeros, sin contar escuderos, hombres de armas y pajes. Se iniciaba así la enorme expansión de la Orden del Temple, que creció tan rápidamente en tamaño y poder que muy pronto sus integrantes dejaron de ser pauvres chevaliers para convertirse en formidables terratenientes: hacia 1170, unos cincuenta años después de su fundación, sus dominios se extendían ya por Francia, Alemania, Reino Unido, España y Portugal, además de contar con una larga serie de fortificaciones por todo el mar Mediterráneo y Tierra Santa.

Esta expansión territorial llevó aparejado un incremento proporcional de su riqueza, que llegó a ser como ninguna otra en todos los reinos de Europa. Para el año 1220, era la organización más grande de Occidente en todos los sentidos, desde el militar hasta el económico, con más de 9.000 encomiendas repartidas por Europa, unos 30.000 caballeros y sargentos, más de 50 castillos y fortalezas entre Occidente y Oriente Próximo y una flota propia anclada en los puertos de Marsella y La Rochelle.

 

La banca y la encomienda

Además, los templarios crearon todo un sistema socioeconómico sin precedentes en la historia: una red de comercio fija y establecida y un buen número de posesiones en Europa producían un flujo de dinero constante que permitía subsistir al ejército defensor en Tierra Santa. La Orden acaparaba donaciones, bienes inmuebles, parcelas, tierras, títulos, porcentajes en bienes e incluso pueblos enteros con sus derechos y aranceles. Muchos nobles europeos confiaron en ellos como guardianes de sus riquezas e incluso muchos templarios fueron usados como tesoreros reales, como en el caso del reino francés.

Todo este poder económico se articulaba en torno a dos instituciones características: la encomienda y la banca. Antes incluso que venecianos, genoveses y flamencos, los caballeros de Cristo se convirtieron en los primeros banqueros desde la caída de Roma. Conscientes de la escasez de moneda en Europa, ofrecieron en sus tratos intereses mucho más ventajosos que los de los mercaderes judíos y crearon toda una serie de instrumentos financieros para facilitar las transacciones, como los libros de cuentas, los pagarés e incluso las primeras letras de cambio: para evitar el peligro de transportar dinero en metálico por los caminos, la Orden disponía de documentos acreditativos que permitían recoger una cantidad entregada antes en cualquier otra encomienda, para lo cual bastaba con la firma o, en su caso, un sello.

La otra seña distintiva del proceder económico de los templarios, la encomienda, era un bien inmueble que se formaba gracias a donaciones y compras y a cuya cabeza se encontraba un preceptor. A partir de un molino, por ejemplo, los templarios compraban un bosque aledaño, luego unas tierras de labor, después un pueblo, y con todo ello formaban una encomienda, a la manera de un feudo. Así, establecieron encomiendas que se esparcían por toda la geografía francesa y que no distaban unas de otras más que un día de viaje, con lo que se garantizaba la seguridad de los que se trasladaban entre ellas.

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Toda esta riqueza, en teoría, tenía como única meta mantener en Tierra Santa un ejército en pie de guerra constante; de ahí el lema de la Orden: “Non nobis, Domine, non nobis, sed Nomini Tuo da gloriam” (No para nosotros, Señor, no para nosotros, sino para la gloria de Tu Nombre). Pero a principios del siglo XIV los musulmanes habían expulsado a todos los cruzados de Jerusalén, por lo que esa misión –la defensa de los Santos Lugares– estaba en entredicho. El papado propuso entonces la unificación de las distintas órdenes militares con el fin de recobrar fuerzas y lanzar una nueva Cruzada de reconquista, pero el Temple se negó por miedo a desnaturalizarse y perder su poder, y eso indispuso a la Orden con Roma. Fue el principio del fin.

 

Demasiado poder: la caída en desgracia

El verdadero problema era que el Temple se había convertido, de facto, en un Estado autónomo dentro de los reinos cristianos. La importancia de los templarios era especialmente señalada en Francia, donde atesoraban más riquezas, y por ello se habían convertido en un serio obstáculo para los planes del rey Felipe IV. La Corona francesa estaba muy endeudada desde hacía más de cincuenta años con la Orden, pues esta le había prestado la enorme cantidad que se tuvo que pagar para rescatar a Luis IX cuando cayó preso a raíz del fracaso de la Séptima Cruzada, y el mismo Felipe IV había vuelto a pedirles dinero para sufragar su política expansiva. Sin duda, si los templarios desaparecían, la deuda quedaría extinguida y el poder del monarca reforzado.

Así las cosas, el rey de Francia urdió una conspiración para acabar con ellos acusándolos del peor delito imaginable: la herejía. Con la ayuda traicionera de antiguos miembros de la Orden, Felipe IV elaboró un listado de sus supuestas prácticas heréticas para desprestigiar a los caballeros ante toda la Cristiandad y lograr, de paso, la imprescindible colaboración del papa Clemente V, ya que solo él tenía jurisdicción total sobre ellos. Tras un largo proceso de tiras y aflojas entre el papado y el monarca, de detenciones, torturas, confesiones, bulos, retractaciones e infamias, en 1311 la Orden del Temple fue disuelta y sus bienes –los que no robó el rey francés– se confiscaron y traspasaron a los hospitalarios. Y finalmente, el 18 de marzo de 1314, el último Gran Maestre templario, Jacques de Molay, y sus postreros partidarios fueron ejecutados en la hoguera.

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