Mitología nórdica: de los Vanes a los Ases

Estos dos clanes de dioses –los primeros, vinculados al mar y pacíficos; guerreros los segundos– acabarían enfrentándose en una contienda singular. Tan singular y original como todo el repertorio mítico del frío norte.

Mitología nórdica
Imagen: Wikimedia Commons.

Odín, Thor, el Valhalla, las valquirias... Los mitos germánicos y vikingos siguen resonando hoy en nuestra imaginación, transportados por los artistas de los países de su ámbito lingüístico. Su presencia recorre toda la escala cultural, desde la fastuosa ópera El anillo de los nibelungos del compositor alemán Richard Wagner hasta los cómics de Thor creados por la editorial Marvel y hoy llevados al cine, que lo convierten en un superhéroe martillo en mano. Las leyendas fundacionales de los “bárbaros”, como les llamaron despectivamente los romanos, no son menos ricas que las de griegos y latinos. Es más: su complejidad y profundidad al intentar explicar el origen del mundo pueden incluso desafiarlas

Tenemos que evitar la visión simplificadora de unos dioses primitivamente guerreros y bebedores de cerveza en su paraíso del Valhalla. Algunos de los más antiguos pueblos germánicos tenían una concepción mucho más pacífica de quienes habían sido sus creadores. Las investigaciones indican que, en un primer momento, el panteón de dioses de estos pueblos, especialmente de los nórdicos, estaba formado por los vanes, un grupo de divinidades vinculadas al mar, eje de la vida de los pueblos de Escandinavia. El principal personaje entre ellos es Njördr, el padre de los vanes y dios del mar y la navegación. Este dios padre podría haber sido la versión masculina de una figura femenina más antigua, Nerthus, diosa de la fertilidad adorada entre los germánicos, como atestiguó el historiador romano Tácito en su famoso libro Germania. A Njördr le seguían en importancia Freyja, la diosa de la fertilidad y el amor, y Freyr, su hermano, que era el dios de la lluvia, el sol naciente y la paz.

 

Asgard, equivalente del Olimpo

En algún momento histórico, otros pueblos germánicos pudieron traer consigo un panteón mucho más guerrero, que es el que acabaría imponiéndose. Las migraciones y las luchas entre pueblos debieron ser los mecanismos con los que se extendieron estos nuevos dioses de la dinastía de los ases, palabra que ha pervivido para designar hoy a las figuras del deporte y a los héroes de disciplinas de riesgo.

Los ases son los dioses del cielo, que habitan en Asgard, lugar celestial que vendría a ser el equivalente del Olimpo. En el seno del Asgard se encuentra el Valhalla, un gran salón de banquetes al que los mortales solo pueden acceder si son guerreros muertos en combate. Así pues, el Valhalla vendría a ser algo así como el Paraíso de unos pueblos para los cuales la guerra era una actividad esencial y cargada de honorabilidad. El principal de los ases es Odín, dios de la sabiduría, la guerra y la muerte.

Entre dos clanes de dioses tan distintos no podía suceder sino un enorme enfrentamiento. Y por ello no es extraño que los grandes textos recopilatorios mitológicos que nos han llegado dediquen una atención principal a narrar la llamada “guerra de los ases y los vanes”. Fue este un conflicto dirimido violentamente entre las dos dinastías de dioses, que quizás deje traslucir un episodio bélico muy antiguo que opuso a pueblos agrícolas con otros nómadas y guerreros.

La curiosidad de esta guerra mitológica es que, al contrario de lo que cabría esperar, no acababa con la imposición de los unos sobre los otros. La querella entre los dioses se resuelve con un intercambio de rehenes y, a partir de entonces, ambas dinastías cohabitarán en el Asgard. De esta forma, aunque son los ases los vencedores y quienes gozarán de un mayor protagonismo a partir de entonces, gestionarán su triunfo integrando a la tradición preexistente y dando un elevado protagonismo a algunas de sus principales figuras. Esto, muy posiblemente, no sea sino un espejo de lo que sucedió en la realidad.

 

Las leyendas de los pueblos nórdicos no son menos ricas y complejas que las griegas y latinas

Asgard
Imagen: Wikimedia Commons

 

Odín, el padre de todos

La mitología germánica y nórdica se bifurca en una rica historia de leyendas y aventuras protagonizadas por multitud de dioses, como Odín, Thor, Freyr y Loki, y diosas, como Freyja, Frigga (la esposa de Odín), Gefión o Iduna. La personalidad de todos ellos es compleja y no siempre edificante.

Odín, denominado “el padre de todos”, se caracteriza por su sabiduría, para conseguir la cual tuvo que hacer un gran sacrificio: cedió su ojo izquierdo a petición del gigante Mimir, que custodiaba el pozo de la sabiduría en las raíces del árbol Yggdrasil y que solo así le permitió beber de aquellas mágicas aguas que le otorgaron toda la sapiencia. Odín es presentado a menudo participando en duelos de conocimiento con otros personajes, muchas veces humanos a los que visita en Midgard. Hasta ellos llega ocultándose siempre bajo un disfraz característico: se presenta como un anciano vagabundo de larga barba blanca que viste con una gran túnica azul y un enorme sombrero, su atuendo para estas ocasiones en el que JRR Tolkien se inspiró para crear al personaje de Gandalf. Esta pasión por el conocimiento no estaba exenta de ser ambivalente, ya que se le presenta asimismo como un experto en trampas y engaños.

Una función esencial de Odín era la guerra. La comenzaba arrojando su infalible lanza Gungnir e intentaba decantar su resultado siempre a favor de los nórdicos. Era capaz de irrumpir en batalla acompañado por sus dos inseparables cuervos, Hugin y Munin (que significan Pensamiento y Memoria), los cuales recogían informaciones para él. Se le juzgaba capaz de decidir la victoria y también de distinguir a quienes habían sido más valientes en combate. A estos los adoptaba y eran llevados por las valquirias –las bellas deidades femeninas servidoras del dios– hasta el Valhalla, donde participaban en un banquete eterno junto a Odín.

Odín
Imagen: Wikimedia Commons

 

Thor, Freyr, Loki y Freyja

 Thor, hijo de Odín, era su mano derecha y un dios protector con los humanos, siendo especialmente venerado por los agricultores, ya que se le consideraba el señor del clima. El atributo principal de Thor era su martillo Miölnir, que al ser golpeado provocaba chispas como rayos.

Freyr es el dios de los vanes que mayor protagonismo tiene en la mitología nórdica. Se le consideraba dios de la fertilidad y también estaba muy asociado a la paz, algo característico de los vanes. Una de las principales leyendas de esta tradición le tiene precisamente a él como protagonista: se trata de la que narra de qué forma Freyr sacrifica una de sus mayores posesiones, una espada mágica que tiene vida propia, entregándosela a un servidor, Skirnir, a cambio del amor de una gigante, Gerda. Freyr conseguirá así tener a su amada, pero la pérdida de la espada tendrá funestas consecuencias para él y para los dioses en la batalla final contra el mal, como veremos más adelante

Otros dioses importantes eran Heimdall (vigilante de la morada divina de Asgard) y Tyr, un valiente hijo de gigantes que sacrifica su mano derecha para lograr encadenar al lobo Fenrir, gran amenaza para los dioses.

Pero en este elenco celestial había sitio también para dioses menos heroicos. El principal de ellos es Loki, un personaje astuto y taimado, cuyas añagazas acaban creando siempre problemas a las principales deidades. Loki es un personaje que a veces resultará de gran ayuda para los dioses, pero que también parecerá simpatizar más con el mal que con el bien, por lo que nunca se podrá confiar en él del todo. Es, sin duda, uno de los personajes más singulares y complejos en ese rol de necesario antagonista de la mayoría de los dioses.

Entre las diosas, la principal era Freyja, del clan de los vanes y hermana de Freyr. Era la deidad más invocada para obtener suerte en el amor, así como fertilidad, a pesar de que algunas de estas potencialidades también las llevaba aparejadas Frigga, la esposa de Odín.

Tras este rico y entretenido universo legendario, vamos a encontrarnos siempre en la mitología nórdica con una compleja explicación del mundo y, en particular, del tema del bien y del mal, cuya convivencia es el asunto que, en el fondo, pretenden explicar las leyendas de estos pueblos. Muchas de las figuras mitológicas no son sino fenomenales metáforas para tratar este asunto.

 

Odín es presentado a menudo librando duelos de conocimiento con otros personajes, muchas veces humanos de Midgard

Freyr
Representación de Freyr. Imagen: Wikimedia Commons

La más singular es quizás un árbol, el fresno Yggdrasil, que enlaza los tres niveles en que los vikingos dividían el mundo de los dioses: el reino superior, medio y subterráneo. El fresno es sostenido por tres grandes raíces de las que brotan tres manantiales, cuyas aguas tienen todas diferentes poderes con los que bañan diversas regiones del universo mítico. Sin embargo, la frondosidad del árbol está perpetuamente amenazada por los animales que se alimentan de él y ejercen como depredadores naturales del mismo. Los hay temibles, como la serpiente negra Nidhöggr, habitante del abismo inferior, cuya inquietante corte de sierpes y gusanos corroe las raíces del fresno eternamente; también otros más benévolos pero no por ello menos insaciables, como la cabra Heidrum. Esta se alimenta de las hojas del fresno para poder producir constantemente hidromiel, la bebida de los dioses en el Valhalla, que es la que también se da a los hombres caídos en batalla escogidos para unirse a las divinidades en las grandes celebraciones de su salón celestial. Esto último es una metáfora de cómo la destrucción de un ser (el árbol) es fuente de vida para otros (los dioses y los inmortales), una muestra de la dualidad del mundo.

Yggdrasil
Yggdrasil. Imagen: Wikimedia Commons.

 

La gran batalla final

Pero quizás cuando se hace más turbadora y desasosegante la cosmovisión de los antiguos escandinavos es con su concepción del Ragnarök, la gran batalla final que creen se producirá en algún momento del porvenir y que tiene ciertos paralelismos con el Apocalipsis cristiano. Precedido por desastrosos fenómenos naturales, el Ragnarök consistirá en una batalla definitiva entre el Bien y el Mal. El primero está representado por los ases y el segundo por los jotuns, una raza de gigantes, y diversos monstruos opuestos a los dioses que han estado aguardando su oportunidad. La particularidad principal de esta batalla final, que la hace única en el mundo, es que los vikingos presagiaban la victoria del Mal.

Frente a frente se encontrarán Odín y el lobo Fenrir; Thor y la serpiente de Midgard Jörmungandr; Heimdall y el imprevisible Loki, finalmente alineado con los malvados; Tyr y el perro infernal Garm y, por último, Freyr, que combate contra el temible gigante de fuego Surtur. Freyr no tiene en esta ocasión su espada mágica, que había dado a Skirnir a cambio de conseguirle el amor de Gerda, por lo que morirá quemado por su ardiente enemigo.

Con los dioses aniquilados, Surtur culminará la tarea de las fuerzas del mal lanzándose envuelto en llamas contra el árbol Yggdrasil para dejarlo completamente calcinado. Con la desaparición del árbol de la vida, llegará el final absoluto para el mundo mitológico. Ni siquiera los dioses han sobrevivido a la imparable acción de las potencias malignas que habitan por doquier, aunque ellas mismas también sucumban cuando ya no les quede nada por destruir.

Y sin embargo, tras el Ragnarok, un último giro inesperado ocurrirá. Con el final del mundo conocido, otro completamente renovado emergerá poco a poco. Un nuevo Sol nacerá y sus rayos despertarán a la vida a una nueva pareja primordial, el joven Lif (la vida) y la virgen Lifhasir (que representa la energía). Con ellos, otro mundo comienza una nueva andadura llena de bondad y sabiduría... al menos por el momento.

Ragnarök
Surtur cabalgando en el Ragnarök. Imagen: iStock Photo.