Merlín: el druida de las leyendas artúricas

Según la tradición, era el consejero y protector del rey Arturo y un poderoso personaje, conocedor de los secretos del universo. Pero hay teorías que afirman que fue un augur y adivino escocés plenamente histórico.

Es la quintaesencia del mago occidental: un hechicero sabio de barba poblada, conocedor de los más recónditos misterios del universo, dotado del don de la ubicuidad, capaz de leer e incluso de alterar el futuro, señor de las bestias, poseedor de un conocimiento profundo de la naturaleza y de una innata habilidad para comunicarse con los animales. Merlín es la raíz sobre la que brota la imagen de todos los magos de la literatura europea posmedieval. Tolkien se inspiró en su legendaria figura para construir uno de los personajes más icónicos de El Señor de los Anillos (1954): Gandalf el Gris. No fue el único. Con barba blanca hasta la cintura, larga túnica, sombrero de pico y un báculo sobre el que proyectar sus infalibles sortilegios, Merlín es el hechicero con mayúsculas, y lo es desde su más temprana aparición en la literatura, en la Historia Brittonum de Nennio (siglo VIII o IX), hasta la más moderna reinterpretación del personaje, a cargo de Mark Twain en Un yanqui en la Corte del rey Arturo (1889) o de John Steinbeck en Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros (1976).

En realidad, Merlín, tal cual lo evocamos o imaginamos hoy, es una figura construida durante siglos, esculpida por el imaginario colectivo a partir de poemas, novelas y películas. Poco tiene que ver de hecho el Merlín del mito, como quedó configurado en la edad moderna –fruto de un proceso de siglos de alteraciones románticas–, con el Merlín original que presentaron sus primeros cronistas: el propio Nennio o, más decisivamente, Geoffrey de Monmouth, verdadero padre literario (o historiográfico) del personaje, que ocupa una posición central en su monumental Historia Regum Britanniae, redactada en la primera mitad del siglo XII y en la que nace el mago propiamente dicho.

El Merlín docto y dicho en las buenas artes de la magia, consejero modélico de reyes, sabio a la sombra del poder, mentor de Arturo y espina dorsal de la leyenda de Camelot y la Mesa Redonda cuaja como icono en los siglos posteriores; muy especialmente, a partir del barniz victoriano que le aplica Alfred Tennyson en Los idilios del Rey (1859), un conjunto de doce poemas que destripa con todo el halo romántico propio de la literatura decimonónica el conjunto de leyendas artúricas, configurando la imagen del hechicero tal cual hoy la asumimos como atávica, aunque no lo sea tanto. Esto es, la del hombre a la sombra de Arturo, el confidente impagable cuyo buen juicio era determinante para el buen gobierno de Camelot. Pero en realidad Merlín tiene su propia leyenda más allá de los límites de la vida y milagros de Arturo, lo entendamos como personaje literario o como semblanza legendaria de un caudillo histórico altomedieval sobre el que se tejieron mil romances, poemas y leyendas.

Un mito nacido en el siglo XII

Lo cierto es que las primeras referencias, más o menos históricas, al mago Merlín solo están tangencialmente vinculadas al mito artúrico. El personaje, desde que hiciera acto de presencia en las crónicas medievales, tuvo vida propia. Nunca fue, en ningún modo, un mero apéndice o complemento de las aventuras y desventuras de Arturo. En realidad, como tal, es decir, como un mago sabio e influyente que responde al nombre de Merlín, este enigmático personaje no cobra forma hasta la publicación en fecha tan tardía como 1136 de la citada Historia Regum Britanniae, del galés Geoffrey de Monmouth, un clérigo de ascendencia bretona que abordó un exhaustivo registro seudohistórico de la vida y milagros de los reyes británicos que hunde las raíces de la estirpe nada menos que en los exiliados de la Guerra de Troya.

La obra cubre los orígenes de la monarquía hasta el siglo VII e interrumpe el relato coincidiendo con el inicio de la dinastía anglosajona, y aunque se propone como un texto con propósitos historiográficos, en realidad, su historicidad es en el mejor de los casos muy intermitente. Lo cierto es que uno de los personajes más prominentes en la narrativa de la Historia Regum Britanniae es precisamente Merlín. La mayoría de los expertos coincide en considerar al mago, omnipresente a lo largo de todo el relato, como una mera figura de ficción, un recurso narrativo que ejerce como catalizador del relato histórico propiamente dicho. Geoffrey presenta a Merlín como un sabio legendario cuya figura él mismo habría rescatado de las tinieblas de la historia.

Primeras leyendas artúricas

A lo largo de la obra, el clérigo galés hace referencia a numerosas profecías pronunciadas por este singular personaje, así como a algunas historias que ponen en conexión por vez primera a Merlín con la leyenda artúrica. Por un lado, presenta al mago como responsable de la construcción de  Stonehenge, y por otro, se refiere a una vieja leyenda, la más antigua de entre las que lo relacionan de una u otra forma con el rey Arturo. En realidad, la figura de Merlín está más vinculada a la de Uther Pendragón, padre de Arturo. Al parecer, Uther, rey de Britania, quedó perdidamente enamorado de Lady Igraine, esposa del duque de Tintagel. Este, consciente del interés del monarca por su esposa, decidió encerrarla en el castillo de Tintagel para mantenerla alejada de aquel.

Fue entonces cuando el rey pidió ayuda al sabio Merlín, quien le proporcionó una poción que le permitía adoptar la forma del duque, gracias a lo cual pudo acceder al castillo y a los aposentos de Igraine y yacer con ella. Tradiciones posteriores añadieron un nuevo elemento al relato: según estos poemas y leyendas, Merlín hizo prometer al rey que, como recompensa por los servicios prestados, el niño que habría de nacer de esa unión le sería entregado. Al día siguiente, el duque murió en combate y Uther e Igraine pudieron casarse. Cuando nació su hijo, el rey cumplió su palabra y se lo entregó al mago, que lo puso bajo la custodia de Sir Hector, quien se encargaría de criar al futuro rey. Lo cierto es que en el relato de Geoffrey no hay absolutamente ninguna referencia a la estrecha relación entre Merlín y Arturo, y mucho menos al papel de mentor que habría ejercido sobre el joven Pendragón

Híbrido de posible raíz histórica

Hay otras referencias en la obra a la figura de Arturo, pero ninguna pista acerca del vínculo entre el mago y el monarca. Geoffrey cita a Merlín en su obra como su principal fuente de información para la recopilación de la historia de los reyes británicos. Según el autor galés, él simplemente se habría limitado a traducir sus profecías y testimonios al latín.

Así pues, Merlín emerge desde las páginas de la Historia Regum Britanniae como una figura supuestamente histórica. Pocos historiadores dan crédito a las afirmaciones de Geoffrey, y sin embargo no faltan argumentos para afirmar que, después de todo, es posible que, en efecto, el galés estuviera escribiendo sobre una figura real, de carne y hueso. El clérigo afirma que su fuente de información principal es un viejo y diminuto libro obtenido de manos de otro clérigo de Oxford, que rescata la figura del mago del olvido. Pues bien: en el siglo XIX, una aristócrata inglesa llamada Charlotte Guest habría traducido viejos textos histórico-mitológicos galeses al inglés y entre ellos figuraría el célebre librito, lo que corroboraría la veracidad del relato de Geoffrey de Monmouth, al menos en lo que respecta a haber utilizado como base para su obra –y para “resucitar” al semilegendario mago Merlín– el librito en cuestión. Con todo, la mayoría de expertos albergan serias dudas de la existencia de dicho libro.

En lo que la mayoría de los expertos sí coinciden es en interpretar la figura del icónico mago como un híbrido de viejas tradiciones británicas más o menos históricas. Merlín, en el relato de Geoffrey, nacería así de la fusión de dos personajes legendarios. El primero de ellos es el profeta britano Myrddin Wyllt, que habría vivido en el transcurso del siglo VI y que es una figura central del folclore altomedieval galés. Este singular personaje, según las crónicas, habría participado en el año 573 en la Batalla de Arfderydd, después de la cual habría perdido completamente el juicio. Como consecuencia de ello, se habría internado y se habría instalado en el corazón del bosque, donde se comunicaba con los animales y donde asimismo habría obtenido el don de la profecía. El segundo personaje es el caudillo celto-romano Ambrosio Aureliano, que vivió en el transcurso del siglo V y que tiene un papel relevante en la Historia Brittonum de Nennio.

Según el mito, Ambrosio había sido concebido milagrosamente, ya que no tenía padre. También es conocido por haber profetizado la derrota de los britanos a manos de los sajones. Geoffrey toma como referencia algunas de las leyendas relacionadas con él y las fusiona con la vida y milagros del mencionado Myrddin. La vinculación de este personaje con la leyenda artúrica es constante; tanto es así que algunas tradiciones acabaron identificando a Ambrosio con la figura del propio Arturo. Es decir, según algunas versiones, Ambrosio está vinculado al mago Merlín, y según otras, lo está con la persona del rey de Camelot.

El Santo Grial y el Anticristo

A comienzos del siglo XIII, ofrece nuevas pistas el poeta francés Robert de Boron, autor de dos poemas conocidos: José de Arimatea y Merlín. De este último apenas se conservan algunos fragmentos, pero es Boron el primero que vincula la leyenda del Santo Grial con el mito artúrico. Según su relato, los descendientes de José de Arimatea, que recogió en un cáliz las gotas de sangre de un Cristo moribundo, habrían llevado consigo la reliquia a Avalon –reino legendario tradicionalmente ubicado en Glastonbury–, donde se encargaron de custodiarlo hasta la entronización del rey Arturo.

Fue Merlín, según esta tradición, quien reveló a Arturo la existencia del Grial y quien profetizó que sería Lanzarote del Lago, uno de los caballeros de la Mesa Redonda, el que habría de encontrarlo. Boron sostiene además que Merlín era fruto de la unión del mismísimo Diablo y de una virgen cristiana, caracterizándolo, en consecuencia, como uno de los primeros Anticristos del Medievo. Así, con el paso de los siglos, dos tradiciones divergentes acerca del mago irían dando forma y cuerpo al mito. En la primera de ellas, la más universal, Merlín es el mentor sabio de Arturo, un personaje lleno de connotaciones positivas; en la segunda, por el contrario, es un personaje maligno y oscuro que nada tiene que ver con la figura de Arturo y con los hechos y leyendas de Camelot. Lo cierto es que el mito artúrico y la posición prominente de Merlín en él no comenzarían a forjarse hasta finales del siglo XV gracias a La muerte de Arturo (1485), de Thomas Malory, una recopilación exhaustiva de todas las tradiciones artúricas que sería la base sobre la que Tennyson y otros autores posteriores esculpirían el mito romántico de Merlín y, por ende, de Arturo, Camelot y la Mesa Redonda.