La reconquista de la península Ibérica: guerra santa en Al-Ándalus

Con la ayuda de las Órdenes Militares, los monarcas cristianos se enfrentaron durante ocho siglos al invasor musulmán para recuperar los territorios perdidos. La reconquista no concluyó hasta 1492.

La noche del 27 de abril del año 711, unos siete mil hombres al mando de Tariq, lugarteniente del gobernador de Ifriquiya, cruzaron el Estrecho, desembarcaron en Gibraltar y derrotaron al ejército de Rodrigo, el último rey visigodo. En poco tiempo, se adentraron por las antiguas vías romanas hacia el centro de la Península echando abajo a su paso las defensas del Estado visigodo, un reino en fase terminal debido a la profunda crisis política, social y económica que padecía. Si los invasores ocuparon la Península en algo más de tres años, los reinos cristianos tuvieron que emplear ocho largos siglos para recuperar el terreno perdido.

Poner freno a los invasores

El primer paso lo dio un noble visigodo llamado Pelayo, que se rebeló contra los invasores poco después de que estos desembarcaran en el litoral andaluz. Fue el germen de la resistencia cristiana al poder de los musulmanes en la Península. Poco a poco, los reyes astures incorporaron a su corona los territorios de la actual Galicia y a mediados del siglo XI tomaron León, que a partir de entonces se convirtió en el centro urbano más importante de la Cristiandad peninsular. Pronto, otras ciudades se fueron incorporando al reino, como Astorga, Zamora y Burgos. Mientras se vertebraba el territorio de la Corona de León, el omeya Abderramán II (788-852) organizó el gobierno de Al-Ándalus al sur de la península Ibérica. Durante su reinado floreció una sociedad refinada y culta y se formó una eficaz estructura administrativa. Abderramán II, entre otras cosas, creó los monopolios estatales de acuñación de moneda y fabricación de telas preciosas y amplió el oratorio de la mezquita de Córdoba.

Años más tarde, Abderramán III (891-961) restauró la antigua dinastía omeya en Al-Ándalus, haciéndola independiente del califato abasí de Bagdad. En el año 981, la frenética actividad militar de Abu Amir Muhammad, más conocido como Almanzor, se plasmó en casi sesenta expediciones contra los cristianos, lo que incrementó los presupuestos y devaluó la moneda. Cada victoria de Almanzor reforzaba el prestigio de Al-Ándalus a la vez que hundía más y más la ya frágil economía del reino musulmán. Tras la muerte del militar andalusí, el califato de Córdoba se desmembró en una constelación de reinos de taifas que se enfrascaron en continuas intrigas y luchas de poder, lo que favoreció el contraataque de los reinos cristianos, que volvieron a cruzar el río Duero, penetrando de este modo en los territorios del actual Madrid y de Castilla-La Mancha.

El Cid les planta cara

Fue entonces cuando los almorávides, bajo el mando de Yusuf Ibn Tasfin, desembarcaron en Algeciras. Tras derrotar a los cristianos, aquellos fanáticos provenientes de los poblados bereberes saharianos conquistaron Sevilla y, en menos de dos años (1090-1091), dominaron todas las ciudades del ámbito musulmán peninsular a excepción de Zaragoza. Los almorávides restauraron la pureza religiosa y las costumbres islámicas hasta que sucumbieron a las comodidades de una vida fácil en Al-Ándalus, lo que relajó su ardor militar. Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid, fue el único que les plantó cara con éxito, conquistando grandes territorios en torno a la ciudad de Valencia, donde reinó hasta su muerte. Durante los siglos XI y XII, la Reconquista fue un proceso cambiante en el que se produjeron continuos avances y retrocesos y en el que las fronteras se desvanecían de un día para otro. Fue una época de alianzas entre los reinos cristianos y árabes a cambio de paz o de apoyo para combatir a facciones rivales. No eran inusuales los pactos entre enemigos y la contratación de mercenarios cristianos por parte de los musulmanes para luchar contra otros cristianos.

Un rey con inmensa herencia

A la muerte del rey leonés Alfonso VI, que en 1085 había conquistado Toledo, su hija Urraca le sucedió en el trono, contrayendo matrimonio con Alfonso I el Batallador, rey de Aragón. Tras el fallecimiento de este último, los nobles aragoneses nombraron rey a Ramiro el Monje, frustrando la última voluntad de Alfonso I, que había legado en su testamento todos sus territorios a las Órdenes Militares. La hija de Ramiro, Petronila, se casó con Ramón Berenguer IV, conde de Barcelona. El hijo de este matrimonio, Alfonso II de Aragón (1157-1196), heredó un inmenso territorio que con el paso del tiempo incluiría Aragón, Valencia, Mallorca, Barcelona, Sicilia, Cerdeña, Nápoles, Atenas y el Rosellón. Tras sufrir la presión de los almorávides, los pequeños reinos cristianos de la Península sintieron la nueva amenaza de los almohades, que cruzaron el Estrecho y se impusieron a los almorávides. En 1170, Alfonso VIII fue proclamado rey de Castilla, momento en que se concertó su matrimonio con Leonor de Plantagenet, hija de Enrique II de Inglaterra y de Leonor de Aquitania.

Nada más sentarse en el trono, su principal objetivo fue recuperar el territorio que habían perdido sus antecesores. El 19 de julio de 1195, el monarca organizó un ejército al que acompañó un grupo de caballeros de las Órdenes Militares de Calatrava y Santiago para enfrentarse a los musulmanes. Alfonso VIII ordenó el ataque sin esperar el apoyo de sus aliados navarros y leoneses, lo que propició la victoria de los almohades del califa Al-Mansur y la pérdida de los principales enclaves defensivos cristianos de la zona, entre ellos el de Calatrava, sede de la Orden Militar del mismo nombre, cuyos caballeros tuvieron que replegarse más al Norte, dejando en manos musulmanas un amplio territorio que hasta entonces había servido de colchón protector de Toledo, la capital castellana.

Creación del ejército cristiano

La derrota de Alarcos obligó a Alfonso VIII a acordar una tregua con el califato almohade que se prolongó hasta 1210, quince años que sirvieron para mejorar el entrenamiento de los “monjes guerreros”. Tras el desastre de la Cuarta Cruzada en Tierra Santa, el papa Inocencio III convocó una nueva Cruzada en la península Ibérica contra los almohades, a instancias del arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, y del propio rey Alfonso VIII. El monarca castellano utilizó el respaldo del pontífice para zanjar su enfrentamiento con los reinos de Navarra y León, obligándolos a aportar hombres y pertrechos para la lucha que se avecinaba contra los “infieles”. El ejército cristiano, al mando de Alfonso VIII, llegó a las tierras que rodean el actual municipio jienense de Santa Elena, donde divisaron a las tropas del califa Muhammad An-Nasir, llamado Miramamolín por los castellanos. Los medievalistas actuales creen que el ejército cristiano debió estar compuesto por unos 7.000 o 10.000 hombres y el almohade por unos 12.000. El 16 de julio de 1212, la caballería pesada de los cristianos cargó contra las primeras líneas del ejército almohade, cuyo jefe se encontraba en la retaguardia. En medio de brutales combates, los arqueros musulmanes no pudieron impedir el ataque de los ejércitos de reserva cristianos, cuyos hombres lograron romper el cinturón defensivo que protegía a Miramamolín, que aquel día sufrió una derrota que lo obligó a abdicar en favor de su hijo.

La victoria de las Navas de Tolosa (1212) no solo supuso el final de la dinastía almohade en Al-Ándalus, sino también la apropiación de un extenso territorio. La frontera con Al-Ándalus pasó del sur de Toledo a Sierra Morena, lo que permitió a los castellanoleoneses controlar toda la plataforma central de la península Ibérica. Esa gran victoria frente a los almohades convirtió a los monjes guerreros en la fuerza de élite que iba a controlar los territorios arrebatados a los musulmanes. La brutalidad y radicalización religiosa de los almohades recrudeció la violencia de los caballeros de las Órdenes Militares, que respondieron con contundencia a los ataques musulmanes bajo la consigna de la guerra santa.

Enfrentamientos y pactos con los musulmanes

Pocos días después de la batalla de las Navas de Tolosa, los castellanos se hicieron con gran parte de la provincia de Jaén. A partir de entonces, los reinos cristianos decidieron acosar a Levante y Andalucía desde los dos extremos. El monarca aragonés Jaime I el Conquistador arremetió contra Mallorca en 1229. Tres años después cayó Morella, al año siguiente Burriana, Benicarló, Peñíscola y Castellón. En 1238, el monarca aragonés conquistó Valencia y después Alicante. Cientos de miles de mudéjares (población musulmana) se quedaron en sus tierras a cambio de aceptar el vasallaje de los nobles aragoneses. Por su parte, el monarca castellano Fernando III el Santo tomó Córdoba en 1236 y poco después Murcia, que se sometió a los cristianos a cambio de protección. El monarca pensaba que había una forma más inteligente de acrecentar su poder que el enfrentamiento directo con los musulmanes. En 1246 Fernando III firmó el pacto de Jaén con Granada, cuyo texto dejaba bien claro que el rey musulmán se convertía en vasallo de la corona de Castilla y León.

La última gran empresa militar de Fernando III el Santo fue la conquista de Sevilla en 1248, en la que colaboraron las Órdenes Militares hispánicas (calatravos, santiaguistas y alcantarinos) y también los templarios, hospitalarios e incluso los caballeros teutónicos. Su hijo, Alfonso X el Sabio, que reinó hasta 1284, conquistó Jerez de la Frontera y Cádiz y reprimió las revueltas mudéjares en Murcia y en el valle del Guadalquivir. Otro de sus grandes logros fue la fundación de la Escuela de Traductores de Toledo, que reunió a intelectuales judíos, musulmanes y cristianos.

Control sobre los castillos

El Concilio de Vienne de 1312 acordó la disolución de la Orden del Temple, una noticia que pronto fue conocida en los reinos cristianos de Castilla y León y Aragón. Los templarios que no fueron ejecutados pasaron a depender de otras Órdenes Militares, como la de Montesa, en la Península. El 18 de mayo de 1314 el maestre Jacques de Molay y una treintena de templarios fueron quemados en una pequeña isla del Sena. Tras casi dos siglos de existencia, la Orden desapareció por completo, aunque las que siguieron en pie todavía tuvieron gran protagonismo en la Reconquista de los reinos cristianos peninsulares. En 1328, el rey castellano Alfonso XI nombró al maestre de la Orden de Santiago, Vasco Rodríguez de Coronado, como Adelantado Mayor de la Frontera en recompensa a sus servicios frente a los musulmanes. Los santiaguistas estuvieron presentes en las campañas de Archidona, Ronda y Antequera, localidades que habían vuelto a manos enemigas, y también participaron activamente en la batalla del gaditano río Salado en 1340.

Pero el destino de las Órdenes Militares hispánicas se fue torciendo con el paso de los años. Su creciente poder y su riquísimo patrimonio comenzaron a chocar con los intereses de las coronas castellanoleonesa y aragonesa, poco dispuestas a dejar en manos ajenas las fortalezas y los territorios que sus antecesores habían ido cediendo a las milicias. El Ordenamiento de Alcalá (1348) materializó el control regio sobre los castillos de las Órdenes Militares, con lo que se llevó a cabo de hecho la unificación jurídica de todos los bienes del reino castellanoleonés. Pedro I de Castilla, también llamado Pedro el Cruel, selló un acuerdo de no agresión con el monarca granadino Muhammed V, al que consideraba su amigo. Sin embargo, la tregua se rompió cuando el califa fue destronado por Muhammed VI. En 1361, un ejército granadino compuesto por unos seiscientos jinetes y cerca de dos mil soldados tomó la localidad de Peal de Becerro. El maestre de la Orden de Calatrava y otras fuerzas jienenses contraatacaron para liberar el municipio y en diciembre de 1361 derrotaron a las tropas musulmanas. Pocos meses después, en la batalla de Guadix, fuerzas granadinas lograron vencer a las castellanas al mando del maestre de la Orden de Calatrava, Diego García de Padilla, que fue capturado. En un gesto de buena voluntad, Muhammed VI lo liberó y luego viajó a Sevilla para solicitar a Pedro I el cese de las hostilidades, pero el monarca castellano lo mató con su propia lanza en los campos de Tablada. Los 37 caballeros granadinos de su escolta también fueron asesinados. Sus cabezas fueron expuestas en Sevilla y posteriormente enviadas al rey Muhammed V, que volvió al trono con la ayuda prestada por Pedro I de Castilla.

Los musulmanes lograron sobrevivir durante más de un siglo en el último reducto que les quedaba en la Península. Y eso fue posible debido a su papel de vasallaje respecto a Castilla: anualmente, el reino cristiano recibía como tributo un sustancial pago del emir. Pero el acuerdo comenzó a resquebrajarse cuando los cristianos se sintieron más fuertes. En pleno auge de los valores caballerescos, la idea de Reconquista volvió a cobrar brío.

Finalmente, con la llegada al poder de los Reyes Católicos, la monarquía adquirió un carácter absolutista cuya concepción religiosa no admitía infieles en sus territorios. Los vasallos musulmanes que pagaban escrupulosamente sus tributos ya no tenían cabida en el nuevo modelo monárquico. Los Reyes Católicos reactivaron la guerra santa poniendo en pie un importante ejército, que fue reforzado con los caballeros de las órdenes de Santiago, Alcántara, Calatrava, Hospital y Montesa. El objetivo era la conquista del reino nazarí de Granada, el último reducto islámico de la Península. Fue en aquel tiempo cuando los granadinos tomaron la localidad de Zahara, lo que dio un pretexto a los castellano-aragoneses para iniciar la guerra contra ellos.

La península vuelve a ser cristiana

En aquella peligrosa tesitura, al último rey nazarí no se le ocurrió mejor idea que lanzar un ataque sobre Lucena, cuyo resultado final fue la derrota de los granadinos y el apresamiento del propio Boabdil, que poco después fue liberado por los Reyes Católicos para que actuase como infiltrado suyo en la corte granadina. El resultado de aquella operación fue una guerra civil entre Boabdil, su padre, Muley Hacé, y su tío el Zagal. La potente maquinaria bélica cristiana y las divisiones de los granadinos dieron como resultado la inmediata toma de Ronda y Marbella.

Los bien pertrechados ejércitos castellanos, compuestos por unos 80.000 hombres –entre ellos, mercenarios suizos, ingleses y franceses– y apoyados por abundante artillería, dirigida por maestros alemanes y flamencos, tomaron Málaga en 1487. Cuatro años después, los castellanos exigieron a Boabdil que les entregara la soberanía del reino nazarí. El 25 de noviembre de 1491 se firmaron las condiciones y el 2 de enero de 1492 Granada se rindió, momento en que el joven Boabdil y los suyos abandonaron la Alhambra y se dirigieron a las Alpujarras, cuya propiedad les fue otorgada por los monarcas cristianos. Sin embargo, meses después, Boabdil decidió trasladarse a Fez con la indemnización que le habían pagado los Reyes Católicos.

A partir de entonces, toda la Península volvió a ser cristiana, aunque en ella permanecieron las comunidades judía y musulmana durante unos años, hasta que fueron expulsados definitivamente por los Reyes Católicos. La conquista de Granada también supuso el golpe de gracia que acabó con las Órdenes Militares, cuyo enorme poder se esfumó por la presión de la corona, temerosa de mantener vivas unas instituciones que podían hacerle sombra. A partir de entonces, los monjes guerreros hispanos dejaron su actividad armada.