La edad de oro de la cultura musulmana: el Renacimiento en el Islam

Resulta difícil, por no decir imposible, citar una materia en la que el mundo oriental −reunido bajo la religión islámica desde la rápida expansión de esta en el siglo VII− no superase al cristiano occidental en la Edad Media: ocurría en la medicina, pero también en las matemáticas, la astronomía, la química, las letras, las humanidades y su floreciente arte.

Edad de Oro del Islam
Imagen: Wikimedia Commons

Hacia 1138, en un momento de pausa en las guerras de las Cruzadas, un gobernador cristiano del Monte Líbano pidió al emir musulmán vecino que le enviara un médico para tratar algunos casos urgentes; sabía de la fama de la medicina que practicaban sus enemigos islámicos. Le cedieron a uno de la región que era cristiano oriental, para facilitar la relación. Este volvió, al cabo de pocos días, horrorizado ante las barbaridades que vio practicar a sus colegas occidentales, que acompañaban a los guerreros. Explicó el caso de un caballero con un enorme absceso de pus en la pierna que él quería tratar con un emplasto hasta que el tumor se abriera. Pero un matasanos franco (como llamaban a todos los cruzados) se le adelantó y le dijo al enfermo: “¿Qué prefieres, vivir con una pierna o morir con las dos?”. El guerrero, lógicamente, optó por lo primero. La innecesaria amputación fue, además, ejecutada bestialmente, a hachazos; como relató el médico oriental, “la médula salió fuera de la pierna y el herido murió en el acto”. Un caso que para la medicina islámica hubiera resultado fácilmente solucionable tuvo un final trágico. No es extraño que el narrador de la anécdota, el emir cronista sirio Usama Ibn Munqidh, tuviese una opinión poco elevada de los invasores. Cuando le propusieron que su hijo se educara en las cortes europeas, contestó que prefería llevarlo “a la cárcel antes que al país de los francos”.

 

Según algunos historiadores, el Renacimiento no empezó en Italia con el humanismo, sino en el islam

 

Dos mundos antagónicos

Las Cruzadas, con el obligado encuentro entre las dos civilizaciones, pusieron de mani­fiesto, para todos los europeos que acudieron a dominar a los “in­fieles”, algo que desde hacía tres siglos sabían los habitantes de Hispania: aquellos musulmanes estaban mucho más avanzados en todas las áreas del conocimiento.

La conclusión a la que han llegado gran parte de los estudiosos es que el mundo musulmán vivió su Edad de Oro entre los siglos VIII y XII-XIII, con un liderazgo intelectual fruto de haber conocido y mejorado el legado clásico de civilizaciones como la griega, la egipcia o la persa. Así lo demuestra una larga lista de descubrimientos y avances, que van desde el uso del petróleo hasta la inauguración de los primeros hospitales de los que tiene conocimiento la historia, o la revolución practicada en la agricultura y el aprovechamiento del agua. Algunos historiadores incluso se atreven a emitir un veredicto a la luz de estos apabullantes adelantos: el Renacimiento, con su revolución humanística, no empezó en Italia, sino en el islam.

Estatua de Averroes
Estatua de Averroes. Imagen: Wikimedia Commons

 

Una educación esmerada

El fundamento de los logros en todos estos campos emana de la importancia que se le concedió a la educación y el conocimiento, preconizada en el Corán. El islam medieval absorbió el legado clásico griego, y muy especialmente las obras de Aristóteles, vertidas al árabe por las e­ficaces escuelas de traductores que surgieron en cenáculos como la Casa de la Sabiduría de Bagdad, instituida en el siglo VIII por el famoso califa abasí Harún alRashid (el de Las mil y una noches).

Una de las mayores aportaciones islámicas sería el concepto de “enseñanza superior”. Aunque la consideración de primera universidad del mundo la ostenta Bolonia (Italia), fundada en 1088, tal título se lo disputa la madrasa de Qarawiyyin, en Fez (Marruecos), creada en el año 859 por dos mujeres y reconocida incluso en el Libro Guinness de los Récords.

La madrasa (nombre que hoy se asocia a escuelas coránicas) fue creada para ofrecer una enseñanza más especializada, asimilable a nuestro concepto de universidad, aunque integraba distintas funciones, entre ellas la propia de la enseñanza y la de colegio mayor.

La división que hoy hacemos entre ciencias y letras era totalmente ajena a la mentalidad cultural del islam de la Edad Media. Para ellos, los saberes se organizaban en otros dos grupos. Por un lado, lo que llamaban “ciencias de los antiguos”, que eran aquellas disciplinas basadas en conclusiones racionales (lo que vendrían a ser nuestras actuales ciencias); la primera de todas, la ­filosofía, “la reina de las ciencias”, como también lo había sido para los griegos, cuyo modelo educativo era similar. Emanando de ella, se enseñaban las matemáticas y las diversas ciencias naturales, especialmente la medicina, la alquimia (precedente de la química), la astronomía y la astrología (una suerte de astronomía aplicada).

La otra gran rama del árbol del saber islámico la formaban las “ciencias del Corán”, derivadas del estudio de su libro sagrado y cuyo fundamento era la inspiración divina, por lo que no se cuestionaban racionalmente, sino que se aceptaban por autoridad y tradición. Serían nuestras “ciencias religiosas”. Este campo incluía el estudio y la recitación del Corán y de las tradiciones vinculadas, pero también todas las disciplinas de letras: filología, gramática, literatura (que, además de prosa y poesía, abarcaba la historia) y, asimismo, jurisprudencia (Derecho), ya que el ordenamiento jurídico tenía raíz religiosa (no había legislación civil).

Al Razi
Al Razi. Imagen: Wikimedia Commons

 

Apasionados de la ciencia

Impresiona la enorme producción científica de la que hicieron gala los árabes durante el período de entre cuatro y seis siglos que abarca su Edad de Oro, tanto por su calidad como por la diversidad de sus intereses. Se vivía una auténtica pasión por la ciencia que acarreaba descubrimientos y avances en casi todas las disciplinas. Prueba de ello es que incluso aparecieron las primeras historias de la ciencia, que recogían los grandes logros del pasado.

La más notable de todas fue escrita precisamente en la península Ibérica por el almeriense Said alAndalusí, un respetado intelectual que llegó a ser un importante político y hombre de confianza del rey de Toledo Al-Mamún, quien le nombró cadí de la ciudad. Allí encontró tiempo para desarrollar su pasión por el saber y escribió el Libro de las categorías de las naciones (Kitab Tabaqat al-Umam). Esta obra no solo fue un gran compendio sobre la evolución de la ciencia, sino que resultó innovadora en sí misma porque, en lugar de adoptar un enfoque biográfico, se escribió con una organización temática, centrada en la expansión de la ciencia desde la Antigüedad hasta sus contemporáneos.

 

Muchos de los médicos eran andalusíes; Albucasis realizaba operaciones de ojos, oídos y garganta

Médico musullmán
Imagen: Getty Images

 

Médicos que también eran filósofos

Como hemos visto en la anécdota que iniciaba este artículo, la medicina árabe estaba a años luz de la europea. Mientras los practicantes de esta, en el siglo XI, apenas si superaban la categoría de curanderos, en Damasco ya se había creado el primer hospital en el año 707. Los mejores especialistas islámicos tenían un rasgo en común: su condición de médicos filósofos, dominadores de un amplio abanico de disciplinas, el distintivo de los humanistas.

Si el precursor fue el médico persa del siglo IX Al-Razi, que diferenció entre las enfermedades de la viruela y el sarampión y escribió tratados enciclopédicos, muchos de los grandes nombres de la medicina árabe que nos han llegado son andalusíes. El primero es Albucasis (Córdoba, 936-1009). Se le considera pionero de la cirugía moderna, mérito al que hay que sumarle que era más versátil que los actuales cirujanos especializados: realizó operaciones oftalmológicas, de oído, de garganta e incluso implantes dentales. Además, fue el inventor del fórceps. Su gran tarea práctica la documentó con una abundante descripción de sus técnicas y de los aparatos quirúrgicos que utilizaba, plasmada en su enciclopedia de treinta volúmenes Kitab Al-Tasrif (Libro de la práctica médica). Este texto se convirtió en manual de referencia durante casi seis siglos, en el mundo islámico y en Europa (fue traducido al latín). Albucasis solo sería eclipsado por Avicena (980-1037), quien desarrolló su carrera en Irán y escribió la obra de mayor influencia en la materia, el Canon de Medicina. Otra figura fue el sevillano Avenzoar, que describió los fundamentos de varias enfermedades, como la otitis, la meningitis y la sarna; también introdujo la disección en autopsias.

Averroes (Córdoba, 1126–Marrakech, 1198) probablemente sea la personalidad más recordada hoy de toda la ciencia árabe. Se le conoce sobre todo por su producción filosófica, en especial por sus comentarios a la obra de Aristóteles, que le llevaron a ser llamado “el comentador”. A pesar de este apodo, Averroes no se quedó en Aristóteles, sino que profundizó con ideas propias que lo distanciaron a veces de las conclusiones del maestro griego. Sus aportaciones más importantes las realizó en la filosofía del conocimiento, al intentar explicar el intelecto del ser humano, su capacidad de percepción y formulación de ideas y sus cinco sentidos. Aquí se combina su faceta de filósofo con la de observador del cuerpo humano, ya que postula la interacción entre el corazón, los nervios y el cerebro y da a este último el rol clave que hoy sabemos que tiene en las sensaciones, por entonces objeto de discusión entre los que apoyaban las ideas aristotélicas (que lo negaban) y las de Galeno (que sí había percibido su importancia). Averroes trató de superar esta disyuntiva.

Los avances de la medicina islámica alcanzaron una incontable cantidad de aspectos, que van desde las operaciones de cataratas hasta la anestesia, en la que fueron pioneros utilizando las propiedades soporíferas de las esponjas.

 

En la Casa de la Sabiduría de Bagdad se tradujo al árabe a Aristóteles y a otros autores griegos clásicos

Patio de la acequia
Patio de la acequia. Imagen: Wikimedia Commons

 

La revolución agrícola

Si en la medicina se aprecia el fuerte componente práctico de los científicos islámicos, la disciplina en la que más brilló la “I+D medieval musulmana” fue la agricultura. Esta área, fundamental en la economía de las sociedades islámicas, fue por primera vez objeto de una consideración científica y ello derivó en un avance exponencial de sus rendimientos, que ha llevado a los historiadores a hablar de una “revolución agrícola del islam medieval”.

Este enfoque científico partía de hacer acopio de la mayor cantidad de información posible de plantas y campos. Así, se compusieron manuales agrícolas sobre todos los aspectos relacionados, desde las técnicas de siembra hasta las necesidades de cada tipo de producto y sus ritmos de crecimiento. De esta forma, se pudieron introducir nuevos cultivos en lugares que hasta entonces no los tenían.

Punto y aparte merece el so­fisticado aprovechamiento del agua de que hicieron gala los agricultores islámicos. Introdujeron o mejoraron máquinas hasta entonces no conocidas o insuficientemente aprovechadas, como la noria, la presa hidráulica y los molinos de viento e hidráulico. Gracias a ellas y a otros ingenios, pudieron aumentar en gran cantidad la super­ficie de tierras cultivables. En conjunto, todas estas innovaciones dieron paso a una transición desde la economía de subsistencia a otra destinada al comercio y la exportación. Los protagonistas de estas actividades comerciales, los mercaderes árabes, aprovecharían también los conocimientos logrados en otras dos grandes áreas: la geografía y la astronomía.

Alhacén
Portada de la traducción al latín del Opticae Thesaurus de Alhacén. Imagen: Wikimedia Commons

 

Más allá de Ptolomeo

La Geografía de Ptolomeo fue traducida en Bagdad y, con el paso de los años, mejorada con descripciones más pormenorizadas de diversas regiones, en particular de África y Oriente. Luego, multitud de cartógrafos coadyuvarían a lograr una representación más completa del mundo conocido hasta entonces. Entre ellos sobresalió el ceutí Al-Idrisi (1100-1165), que en su Libro de Rogerio (el rey de Sicilia al que sirvió) dibujó cartografías muy precisas que serían de referencia durante los tres siglos posteriores. Al-Idrisi, además, defendió la esfericidad de la Tierra.

Además de los mapas y otros elementos cartográficos, los musulmanes utilizaron en sus expediciones el astrolabio, instrumento que, a pesar de haberles llegado a través de los griegos, era desconocido en la Europa medieval hasta que los árabes lo reintrodujeron en el Viejo Continente. Esto demuestra lo avanzado de su astronomía, que tuvo una vez más en Al-Ándalus su epicentro. Entre sus principales producciones destacan las Tablas Toledanas, que predecían el movimiento del Sol, la Luna y los planetas en relación a las estrellas, que en aquella época se consideraban fijas.

En definitiva, cabe a­firmar que, sin la influencia islámica, resulta difícil imaginar todos los avances cientí­ficos y tecnológicos que Europa adoptaría varios siglos después.

Astrolabio
Astrolabio del siglo XI. Imagen: Wikimedia Commons