Juan Guas y la revolución del tardogótico

Juan Guas pasó de ser considerado el primer “arquitecto estrella” a tomar las dimensiones de un mito. No en vano, su estilo fue tan imitado que se le han acabado atribuyendo múltiples edificios en los que probablemente jamás puso un pie. Pese a todo, y paradójicamente, gran parte de su vida sigue resultando un verdadero misterio a día de hoy.

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En el siglo XV, el reino de Castilla fue testigo de la creación de uno de los primeros Estados modernos de Europa. Una nueva aristocracia, surgida como consecuencia de la llegada de la dinastía Trastámara al poder, se topó con unas nuevas necesidades de legitimación y representación. En otras palabras, los nobles se encontraron con la obligada situación de hacerse especialmente visibles de cara a la sociedad. Como consecuencia, desde mediados del siglo, surgieron por todo el reino lujosos palacios que competían entre sí por mostrar el poderío de sus propietarios a través de suntuosas fachadas. Un camino similar siguió el estamento eclesiástico, que se embarcó en una feroz competición por ver quién edificaba la iglesia o el monasterio más imponente. Podría decirse que toda Castilla se llenó de escenarios teatrales esculpidos en piedra. Fue precisamente dentro de este vibrante panorama arquitectónico en el que floreció la figura de Juan Guas, el gran maestro al servicio de los Reyes Católicos, un personaje que trabajó para los clientes más distinguidos de su época, sin hacer distinciones entre monarquía, iglesia o aristocracia. Sus construcciones jalonaron la Península hasta el punto de transformar el paisaje monumental de su época, llegando a convertirse en una marca reconocible a simple vista.

 

¿Un maestro francés?

El lugar de origen de Juan Guas es una incógnita. Mientras algunos han sugerido que podría haber nacido en Torrijos (Toledo), la mayoría coincide en que probablemente era oriundo de la Bretaña francesa. Así, su apellido sería una castellanización del término francés Waas. Tampoco conocemos con seguridad el año de su nacimiento, aunque suele situarse entre 1430 y 1433. El primer dato nítido acerca de Guas no aparece hasta mediados de siglo, cuando lo encontramos trabajando en Toledo como joven aprendiz al servicio del taller de Hanequín de Bruselas. El maestro Hanequín había venido desde Flandes junto con su hermano Egas Cueman, trayendo con él un arte distinto que alcanzó rápidamente el favor de los clientes castellanos por su carácter exclusivo. Un estilo que en ocasiones ha sido calificado de “flamígero” por la semejanza de sus formas con las sinuosas llamas del fuego. Fue en el taller de Hanequín de Bruselas y Egas Cueman, que por esas fechas se encontraba trabajando en la catedral de Toledo, donde Guas aprendió los gajes del oficio de maestro cantero: desde la albañilería hasta la traza de complejas arquitecturas. Sin embargo, parece que en poco tiempo el aprendiz destacó claramente entre sus compañeros. En 1453 ya aparecía como mozo oficial en las obras de la Puerta de los Leones y, tan solo cinco años más tarde, como maestro. Esta meteórica carrera estableció a Juan Guas en un tiempo récord como profesional independiente. Y también como trabajador bien pagado, pues consta que ya en 1459 disponía de la nada desdeñable fortuna de 1.000 florines de oro.

 

Maestro de catedrales

El primer encargo en solitario le llegó a Guas desde la ciudad de Ávila en 1458. El cabildo de la catedral le contrató en ese momento para, entre otras tareas, realizar una nueva portada para el templo abulense. El desafío era evidente pues, por primera vez, el maestro se enfrentaba a la creación de una obra totalmente original salida de su mano. Sin duda, el resultado no debió dejar indiferente a nadie. Y es que, en vez de abarrotar el tímpano de la puerta de la catedral con figuras bíblicas, como venía siendo habitual, Guas decidió horadar completamente todo el espacio con tracerías que permitían el paso de la luz del sol al interior del templo. Nada parecido se había visto hasta entonces y el efecto debió de ser bastante sorprendente, aunque quizá demasiado atrevido. Las tracerías eran tan finas que su evidente deterioro en el siglo XVIII hizo que se decidiese tapiarlas y colocar sobre ellas algunos relieves. Afortunadamente, una reciente restauración ha devuelto a la portada su aspecto primitivo, recuperando de nuevo el proyecto original de Guas.

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Tras su éxito en Ávila, el maestro fue requerido en Segovia para levantar todo un nuevo claustro en la catedral. Se trataba esta vez de una empresa mucho más ambiciosa que la realizada en la catedral abulense, y que demandaba una organización mucho más compleja. En dicho claustro dio cuenta de su maestría mediante la construcción de algunas bóvedas de complicados diseños, un arte por el que el autor fue especialmente reconocido durante toda su carrera. Por otro lado, por esas fechas, Juan Guas ya había conseguido establecer un eficiente taller. Una red de trabajadores que le permitía diversificar su trabajo, simultaneando sus compromisos en la catedral de Segovia con otros encargos en Ávila. También con el que habría de convertirse en uno de sus proyectos fundamentales: la iglesia del monasterio de El Parral.

 

Un panteón digno de un rey

El monasterio de El Parral fue un empeño personal del príncipe heredero Enrique –el futuro Enrique IV–, que deseaba establecer una comunidad de monjes jerónimos a las afueras de la ciudad de Segovia. Para ello, hacia 1447, delegó los pormenores de la construcción de un monasterio en su hombre de confianza, Juan Pacheco, el marqués de Villena. Si bien la mano de Juan Guas solo aparece documentada en este edificio a partir de 1472, todo parece indicar que el favorito de Enrique IV habría contado con el maestro desde el principio de las obras. El arquitecto no defraudó. Guas diseñó en El Parral un novedoso panteón con planta de trébol en la cabecera de su iglesia, una original solución que jamás había sido vista antes en Castilla y que acabó siendo imitada en múltiples ocasiones.

Pero ¿un panteón para quién? Aunque el asunto no queda nada claro, es muy posible que el propio Enrique IV hubiese decidido enterrarse en Segovia. Sin embargo, todo hubo de cambiar el año 1471, pues consta que, en esa fecha, Juan Pacheco, quizá tras ver la notoriedad que estaba adquiriendo el edificio, consiguió que le fuese concedido el derecho a convertirlo en su propio mausoleo. El marqués de Villena, considerado una de las personalidades más intrigantes de su época, murió en 1474 sin ver finalizadas las obras de la iglesia. Fue su hijo Diego quien consiguió culminar años más tarde el proyecto de Juan Guas; sin duda, un panteón digno de un rey.

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Con los Mendoza

Si el marqués de Villena fue uno de los hombres que más poder acumuló durante el reinado de Enrique IV, la familia Mendoza ocupó tras él su lugar entre la aristocracia de los Reyes Católicos. De hecho, será para Íñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, para quien Juan Guas habría de realizar sus siguientes trabajos. El primero de ellos fue la decoración del castillo familiar de Manzanares el Real. A finales de la Edad Media, los castillos habían perdido prácticamente su función militar y se habían convertido en suntuosos palacios destinados a mostrar la hegemonía de sus propietarios. Siguiendo esta línea, Juan Guas diseñó para el Castillo de Manzanares un espacio abierto al exterior con una galería orientada hacia al sur y destinada únicamente al ocio de sus promotores. Un marco escenográfico para ver y ser vistos que repetiría algunos años más tarde en el que sería el gran encargo de los Mendoza, el Palacio del Infantado.

Contratado por el duque del Infantado, Juan Guas recala en Guadalajara para construir su nueva mansión palaciega, esta vez en colaboración con Egas Cueman, con quien ya había trabajado previamente durante su juventud en Toledo. Cuando se marchan de Guadalajara, en 1484, la mayor parte del edificio estaba completado. En menos de un decenio habían conseguido levantar uno de los palacios más fascinantes de Castilla, una obra que llevaría el nombre de los Mendoza a la posteridad. En la fachada de la residencia, decorada con puntas de diamante, se dispuso un gran escudo de la familia custodiado por dos salvajes. Un imponente recordatorio para el espectador de la categoría de los propietarios del edificio. Y sobre él, al igual que en Manzanares el Real, otra gran galería desde la que el duque del Infantado podía mostrarse durante los eventos más señalados. Pero el ingenio de Guas no se limitó al diseño de la fachada del Palacio del Infantado. Así, en su interior, un espectacular patio totalmente labrado y plagado de escudos de los Mendoza deslumbraba al visitante que lograba acceder a la parte más íntima de la residencia. Rodeando todo el espacio, además, una inscripción monumental recordaba la gloria del linaje del duque. Pero también inmortalizaba en piedra el nombre de los maestros constructores Guas y Cueman, en un asombroso gesto de autoconsciencia, excepcional para su época. Tal era la magnificencia que desprendía el palacio, que el viajero medieval Hieronymus Münzer dijo de él durante una visita a Guadalajara que se había construido más para la ostentación que para la utilidad.

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El encargo de los Reyes Católicos

Hacia 1479, Juan Guas, precedido por su reputación, se encontraba en la cima de su carrera. Dirigía un taller que era capaz de llevar a cabo obras en varias ciudades separadas entre sí por cientos de kilómetros y era requerido por los personajes más influyentes de Castilla. Será en este momento cuando le llegue el encargo que se acabaría convirtiendo en su gran testamento vital: el monasterio de San Juan de Los Reyes en Toledo. Una vez más en colaboración con el escultor Egas Cueman, Guas diseñó un edificio que habría de servir como enterramiento, nada más y nada menos, que de los Reyes Católicos. Para ello proyectó sobre las tumbas de los monarcas un gran cimborrio que se levantaría hacia el cielo, mientras los símbolos de los soberanos se multiplicaban esculpidos a tamaño monumental por toda la iglesia.

 

Su última morada

En abril de 1496, la enfermedad que venía persiguiendo al maestro en sus últimos años se agravó y, como consecuencia, acabó retirándose de sus últimos proyectos. Juan Guas no llegaría a ver finalizada la obra de San Juan de los Reyes. Tampoco supo nunca que los Reyes Católicos finalmente se enterrarían en Granada y no en Toledo. A sus espaldas dejaba, sin embargo, toda una generación de edificios que marcarían una época. La clave de su éxito: su capacidad de traducir los deseos de sus clientes a un nuevo lenguaje arquitectónico que resultaba comprensible por todos. En sus últimos años, poco antes de morir, Juan Guas fundó una modesta capilla en la iglesia de San Justo. El arquitecto que había diseñado las construcciones más extraordinarias de su tiempo decidía, de esta manera, ser enterrado en una humilde parroquia de Toledo. Su mujer tuvo que encargarse de finalizarla. Sobre la portada de la capilla, un sencillo escudo con las armas de Guas coronado por un compás de arquitecto aún nos recuerda el que fue el oficio de su ocupante. Una última genialidad del maestro. Moría el arquitecto. Nacía el mito.

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