En tiempos de Mahoma: el nacimiento del Islam

Habían transcurrido seis siglos de era cristiana cuando apareció en el mundo una religión diferente, una manera nueva de ser y de pensar que en cuatro generaciones creó un imperio formidable. Aquella nueva fe iba a producir la civilización más brillante de su tiempo, y todo empezó con un humilde camellero nacido en La Meca.

Inscripción de Mahoma
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Según los paleoclimatólogos, la península Arábiga era entonces algo distinta a la actual. La desertización no había llegado a los extremos de hoy en día y el número de los oasis era notablemente mayor. Sin embargo, aunque había zonas más desarrolladas –la Saba yemení, la Palmira nabatea, La Meca– donde se produjeron asentamientos estables y crecieron auténticas ciudades, la vida de la mayoría de los árabes era de tipo nómada, similar a la de los actuales beduinos. Las distintas tribus que ocupaban los oasis se consideraban dueñas de territorios muy extensos, aunque sin valor real por su condición de deshabitados e inhabitables. Era como vivir en un archipiélago por entre cuyas islas se navegaba en camello. Cada una de ellas se organizaba en torno a la autoridad de un sheik o jeque asistido por un consejo de ancianos, y buena parte de su tiempo se empleaba en luchar contra las tribus vecinas siguiendo un sistema de enemistades y alianzas según la oportunidad del momento.

 

Muchas tribus, una lengua común

Entre las tribus, que practicaban costumbres similares y una moral parecida, había también un ambiguo sentimiento unitario promovido por la lengua común. El árabe tenía su propio alfabeto, derivado del fenicio que había empezado a escribirse quince siglos antes. Aunque se puede suponer que el idioma árabe de aquellos siglos estaba muy dialectizado como consecuencia de la fragmentación de la sociedad misma y de la falta de mecanismos de fijación, el hecho es que por regla general las tribus se las arreglaban para entenderse. Sin embargo, la escritura árabe anterior a la época musulmana es, por alguna razón, muy escasa. Hasta nosotros solamente han llegado cinco inscripciones seguras de aquellos tiempos.

En cuanto a la religión en cuyo seno nació el futuro Profeta, tampoco existen muchos datos fiables. Parece ser que los árabes practicaban una especie de animismo en el que proliferaban los genios y los demonios, además de otros seres que, en forma de grullas volando en lo alto de los cielos, servían de intermediarios con el Ser Superior, al que daban el nombre de Alá. En opinión de algunos teólogos cristianos y estudiosos de las religiones, la labor esencial de Mahoma consistió en limpiar, simplificar y fortalecer la noción de Ser Superior de su tribu, agrandándola en la de Dios Único.

 

A los cuarenta años, era un hombre muy espiritual que se retiraba cada año a orar

Mahoma
Grabado representando a Mahoma. Imagen: iStock Photo

 

Lo que sabemos de él

Mahoma, una figura plenamente histórica y merecedora de respeto para todas las culturas, nació en La Meca en torno al año 570 de la era cristiana. Su biografía ha sido y sigue siendo una de las más investigadas y, por lo mismo, una de las más debatidas. La enorme serie de tradiciones –desarticuladas y con distintos niveles de veracidad– conocida como hadiz resulta un laberinto por el que es muy difícil llevar a cabo un recorrido coherente. Resumiendo mucho, se sabe que por nacimiento procedía de una línea de la tribu coraixí y que, tras perder a sus padres siendo muy niño, fue educado por uno de sus tíos, Abu Talib, en compañía de su primo Alí. El joven Mahoma consiguió enrolarse en las caravanas que subían a Siria, y en aquella empresa tuvo fortuna, pues no solo terminó conduciéndolas sino que se casó con la dueña del negocio, la viuda Jadiya, con la que tuvo siete hijos de los que únicamente sobrevivió una niña: Fátima.

Lo cierto es que, a los cuarenta años, se había convertido en un ciudadano respetable. Era un hombre marcadamente espiritual que se retiraba cada año durante el mes de Ramadán a la cueva de Hira, situada en la ladera de uno de los montes desde los que se divisa La Meca. Allí llevaba a cabo sus meditaciones y sus ejercicios disciplinarios acompañado de Jadiya, y allí fue donde tuvo su primera experiencia mística durante la noche séptima de Ramadán del año 610 de la era cristiana.

Mahoma y el arcángel Gabriel
Mahoma y el ángel Gabriel. Imagen: WIkimedia Commons

 

Comienzan las revelaciones

Un ángel se presentó en su cueva exhortándole a que recitara, a lo que Mahoma se negó aduciendo que no era un kahin, uno de los supuestos adivinos a los que el vulgo consultaba si debía recoger la cosecha o si convenía casar a una hija, impostores a los que Mahoma despreciaba. Pero el ángel lo estrechó fuertemente en sus brazos hasta que Mahoma se vió formulando las palabras iniciales del Corán. Esto se produjo en un estado de sueño o de trance, y cuando salió de él se precipitó fuera de la cueva aterrado ante la idea de haber sido poseído por algún genio. Tan exasperado estaba, que comenzó a escalar la ladera del monte con la idea de tirarse desde la cumbre, pero le detuvo otra visión excepcional: la de una inmensa figura humana con un pie a cada lado del horizonte que se identificó como el arcángel Gabriel y le proclamó apóstol de Dios. Volvió como pudo a la cueva y se acurrucó junto a Jadiya muerto de miedo.

Las experiencias místicas continuaron; a veces lo que recibía eran palabras y otras veces imágenes en forma de visiones. Mahoma se angustiaba pensando que podían proceder de algún genio maligno que se hubiera apoderado de él. Fue su mujer quien consiguió convencerlo de que no había nada malo en aquellos trances, pues Dios no hubiera permitido que un hombre justo y temeroso de su poder cayese en manos de los demonios.

Luego transcurrieron dos años durante los que se instaló el silencio, dos años oscuros que concluyeron con la llegada de un nuevo mensaje en forma de la sura 93, conocida como la de la Claridad de la Mañana, por la que Mahoma entendió finalmente que quien hablaba por su boca no era otro que Alá, lo que resultó una gran liberación para sus angustias y temores acerca del origen de sus revelaciones.

Mahoma
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A partir de entonces se dedicó a dar a conocer los mensajes que recibía, pero sin ningún afán de proselitismo. Simplemente, los comunicaba a los contados miembros del grupo que le rodeaba: sus familiares, sus amigos y unos pocos seguidores. Los coraixíes empezaban a verlo como un problema que podía acarrear consecuencias políticas. La situación de los suyos en La Meca llegó a ser casi insostenible y se decidió a aceptar la oferta de las tribus de Yatrib, una localidad situada 350 km al norte de La Meca, para actuar como pacificador entre ellas. El mes de Muharram del año 622 de la era cristiana empezó así a correr la era musulmana o Hégira, cuando Mahoma y los suyos se pusieron en marcha hacia Yatrib, que sería conocida después como Medina, la Ciudad por antonomasia, la Ciudad del Profeta.

En Medina todo fue distinto. Las revelaciones se hicieron más largas, concretas y consistentes. Empezaron a recopilarse muy pronto, pero solo aparecieron en conjunto después de la muerte de Mahoma bajo el nombre genérico de Corán, que significa recitado o recitación. Si bien la dimensión religiosa del islam constituye su núcleo y su esencia, no son menos importantes las consecuencias sociales y políticas a que da lugar. Cualquier análisis reconocerá su voluntad agregativa, unitiva, que es consecuente a las necesidades políticas de una sociedad nómada, básicamente desarticulada y repartida en un cúmulo de pequeños núcleos independientes. Lo que se propone es un pueblo unido que siente, vive y progresa bajo las instrucciones de Dios.

Bajo esa bandera, y con tan solo cinco preceptos a cumplir por los creyentes (oración, limosna, ayuno, peregrinación y profesión de fe), Mahoma consiguió la unidad árabe que siempre había parecido imposible. Por supuesto, tuvo que esforzarse en el empeño. Desde Medina combatió y sometió a los coraixíes, a los que derrotó en la Batalla de Badr (624 o año 2 de la Hégira), pero aún transcurrirían seis años hasta su entrada victoriosa en La Meca, el 630 (8 de la Hégira).

 

Desde Medina, Mahoma combatió y sometió a los coraixíes, a los que derrotaría en la Batalla de Badr (año 624)

 

La difícil cuestión sucesoria

A su muerte, apenas dos años más tarde, la práctica totalidad de Arabia era territorio islámico, de modo que el triunfo de Mahoma lo había sido en toda regla. Entonces surgieron nuevas y serias dificultades, porque nadie había previsto lo que sucedería tras la muerte del Profeta ni se sabía cómo actuar. Todo eran reticencias entre las tribus, que habían estado sinceramente con Mahoma, pero que ahora se sentían libres para dejar el islam si el sucesor no era de su gusto. Parecía que la ingente labor y la sangre derramada hasta entonces se iban a malograr.

El primer sucesor (califa) fue Abu Bakr, viejo amigo y compañero de Mahoma, así como padre de su última esposa. Era un hombre sin vanidad, un ­ el servidor de las ideas de su amigo. La elección fue objetada por Alí, primo de Mahoma y esposo de su hija Fátima, quien se sentía con más méritos para ello ya que era su consanguíneo y había compartido la vida con él desde la infancia. Finalmente, Alí aceptó a Abu Bakr, aunque a regañadientes. Aquella diferencia, surgida desde la fuente misma de la legimitidad sucesoria, llegaría a ser un hachazo decisivo contra la unidad islámica

Abu Bakr solo gobernó dos años, durante los que engrandeció el islam con nuevas conquistas. A su muerte, y por designación suya, le sucedió Omar, también antiguo compañero de Mahoma y padre de Hafsa, otra de sus esposas. Este segundo califa prosiguió la expansión del islam derrotando a los bizantinos en Yarmuk y a los persas en Nihavand. Implantó legalmente el mecanismo por el que los no musulmanes eran libres de practicar sus religiones en suelo islámico siempre y cuando se acogieran al estatus de dimíes y pagaran unas tasas establecidas. También puso en funcionamiento una especie de cónclave (la shura) para la elección de los nuevos califas. A los diez años de su califato, fue asesinado mientras rezaba en la mezquita por un esclavo persa del que se sospechó que pudo actuar como un sicario.

Jinetes de camellos
Imagen: iStock Photo

 

Los dos últimos califas ortodoxos

Entonces, la recién estrenada shura escogió como sucesor a Utmán, un rico coraixí emparentado muy lejanamente con Mahoma en tercera generación, aunque casado con dos de sus hijas: primero con Rukaya y, al enviudar de esta, con su hermana Umm Kulzun. Además, Utmán tuvo el gran mérito de haber sido el responsable de la compilación de las revelaciones; o sea, de la versión o­ficial del Corán, la única que ha existido y la que continúa usando la comunidad islámica.

Pero, a esas alturas, el ambiente en Medina había cambiado. La riqueza que afluía sin parar, como resultado de las conquistas y los impuestos provinciales, estaba alterando las costumbres de la élite musulmana. La corrupción se instalaba en el imperio y Utmán creyó entender que controlaría mejor la situación si colocaba a sus familiares y amigos de con­fianza en cargos críticos. No fue así: también él sería asesinado mientras rezaba. Había generado muchos enemigos, entre los que se encontraba el siempre insatisfecho Alí, que fue designado califa al día siguiente de la muerte de Utmán.

La Meca
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Chiíes contra suníes

No se le acusó de aquel asesinato, pero él tampoco lo condenó, y hasta parece que mantuvo protegidos a sus autores. La de Alí es una ­ gura tan apasionante como controvertida, que necesitaría muchas páginas para ser desarrollada. Quedémonos en que, cuando este cuarto califa, último de los llamados ortodoxos, fue asesinado en 661, ocurrieron dos cosas: que el islam pasó de ser gobernado por individuos escogidos a serlo por una dinastía –la Omeya– y que aquella sangre dio paso a una línea de seguidores de la legitimidad de Alí (los chiíes: partidarios) que ocasionaron el mayor cisma que ha conocido el mundo islámico. Hoy, el chiísmo, ferozmente opuesto al sunismo, agrupa a unos 240 millones de ­ fieles. Y aquella sangre sigue corriendo.