En el amor y la guerra: el caballero medieval

Cada época de la historia suele ser identificada popularmente por determinados iconos y símbolos. La Edad Media se asocia con un castillo, una dama y un caballero. Guiados por unos códigos estrictos, estos últimos llegaron a ser considerados el escalafón más alto de la sociedad, y sus valores –coraje, piedad, cortesía– conformaron un ideal caballeresco al que apelaron constantemente las Cruzadas.

Caballeros medievales
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En el año 1281, el filósofo y teólogo mallorquín Ramon Llull publicó Llibre de l’orde de cavalleria. En sus páginas, este prolífico autor describía el nacimiento de la caballería como resultado de un mundo falto de verdad, justicia y caridad, en el que los hombres luchaban entre sí con deslealtad y falsedad: “Y por eso se hicieron del pueblo grupos de mil, y de cada mil fue elegido y escogido un hombre más amable, más sabio, más leal y más fuerte, y con más noble espíritu, con más educación y mejores modales que todos los demás. Se buscó entre todos los animales cuál es el más bello y el que corre más y pueda sostener más trabajo, y cuál es el más conveniente para servir al hombre, y se le dio al hombre que había sido elegido entre mil hombres; y por eso aquel hombre se llama caballero”. Cuando Ramón Llull publicó este libro, la figura del caballero llevaba años poblando con sus hazañas los libros de gesta y los relatos de aquellos trovadores medievales que deambulaban de pueblo en pueblo, de corte en corte, amenizando la vida de las gentes con unas canciones que causaban admiración y envidia.

 

El valor debía ir acompañado de piedad y misericordia, otros dos grandes dones del caballero ideal

Caballero medieval
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Valiente y piadoso a la vez

Valentía, coraje físico y moral eran los principales valores que se presuponían a los caballeros y que solo cumplía un hombre de cada mil. Puesto que la función primera de los caballeros era combatir, no es de extrañar que esas cualidades estén asociadas con el valor que se espera de todo soldado, dispuesto siempre a emplear su espada para granjearse el amor del rey. Un valor que se concibe en esta época como un comportamiento ante todo aristocrático, nobiliario, vinculado a la raza, la sangre, el linaje; como una acción individual cuyo resorte es la ambición y la avidez material, la preocupación por el honor, la gloria, el renombre póstumo. Un caballero debía, pues, evitar la vergüenza –frente a él mismo y frente a los suyos– derivada de actitudes de dejadez, pereza o cobardía. Pero el valor siempre debía ir acompañado de piedad y misericordia, otros dos grandes dones, de tal modo que no es raro encontrarse con batallas en las que se perdonó la vida al adversario vencido (siempre que también fuese un caballero).

El perdón tenía en los caballeros una finalidad social. Era una forma de reconocimiento mutuo, de saberse partícipes de un mismo grupo: el de la caballería, la élite. Por ello, el perdón no se otorgaba nunca a los herejes, ya que no eran ni caballeros ni cristianos, aunque hubo una salvedad durante la Segunda Cruzada. La valentía de los guerreros selyúcidas admiró tanto a los cristianos que estos acabaron reconociéndolos como miembros de su selecto grupo, en una especie de “ideal universal de la caballería”, hasta el punto de que Saladino sería considerado un modelo de caballero a pesar de ser musulmán. Los cruzados adornaron esta salvedad de un modo muy poético, creando la leyenda de que solo los turcos y los francos podían revindicar el título de caballeros al ser ambas razas descendientes de los troyanos, los antepasados más antiguos de la caballería medieval.

Caballería
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Iglesia, justicia y bien

A partir del siglo XI, junto a los caballeros cortesanos y galantes existieron otros que pusieron sus armas al servicio de la Iglesia y la defensa de los peregrinos. En la península ibérica ese papel lo protagonizaron los monjes guerreros de las Órdenes Militares, cuyo origen se remonta a principios del siglo XII, cuando las órdenes universales del Temple y del Hospital de San Juan de Jerusalén fueron requeridas por los reinos hispánicos para frenar las continuas acometidas de los musulmanes. De hecho, la primera vez que surgió el espíritu de cruzada en el mundo fue en la reconquista de Barbastro (Aragón), llevada a cabo por cruzados franceses y de los Pirineos en 1064, treinta y un años antes de la Primera Cruzada a Jerusalén. A los templarios y hospitalarios se unirían años después las primeras Órdenes Militares plenamente hispánicas (Calatrava, Santiago, Alcántara y Montesa).

La Iglesia contribuyó enormemente a la extraordinaria influencia de la caballería al otorgar a sus miembros la categoría de guerreros o milicias de Cristo. Ese ideal fue lo que les proporcionó una nueva reglamentación que los situaba por encima de la actividad militar. En este sentido, para el espíritu caballeresco de la época, las Cruzadas constituyeron una oportunidad de defender con valentía a los cristianos orientales del islam. El entusiasmo colectivo fue tal que los caballeros vendían parte de sus pertenencias para adquirir un equipo militar y costearse la expedición. Los hijos de nobles que no recibían herencia (solo la adquiría el primogénito) se dedicaron a combatir en Tierra Santa: así se ganaban la vida y canalizaban su ímpetu guerrero.

Pero no todos los caballeros estaban dispuestos a ceñirse a ese nuevo papel de guerreros de la cristiandad: algunos luchaban por su propio interés o para tratar de elevar su rango social en la muy estratificada sociedad medieval.

 

La Iglesia contribuyó a la extraordinaria influencia de la caballería al otorgarle la categoría de milicia de Cristo

Caballero medieval
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El amor cortés

La aportación de los caballeros fue fundamental para la creación de la cultura caballeresca cortesana, que aparentemente se oponía a su misión meramente militar. Ese nuevo papel tuvo su origen en las cortes reales y principescas, que convirtieron a la caballería en una sociedad cortesana. A sus integrantes ya no se les pedía guerrear en combates a campo abierto, sino en juegos, torneos y competiciones. Su austera vida y su tosco lenguaje militar dieron paso a un comportamiento educado que halló su máxima expresión en la literatura caballeresca.

Según se relata en Le Livre de Caradoc, obra anónima de finales del siglo XII, el aspirante a caballero debe ser prudente y saber jugar al ajedrez, tener buenas maneras y saber tratar a las damas y doncellas, lo que obliga a erigirse en defensor de las muchachas en caso de necesidad y, por supuesto, a poner cuidado en no faltarlas. “En la acción guerrera ha de mostrarse el mejor y fuera del campo de batalla ha de ser el más reservado”. La imagen ideal del caballero contenía en gran medida elementos de la cultura cortesana: la generosidad, la jovialidad, la virtud de dar, la constancia, el dominio de sí mismo, la templanza, la justicia y la búsqueda de belleza. En la saga artúrica, cuando el joven Tristán es investido caballero, la ceremonia concluye con una llamada al comportamiento virtuoso, vital y alegre que define el perfil que debe tener el caballero galante: “¡Sé siempre cortés, sé siempre alegre!”.

Pero, en un primer momento, ser cortés implicaba no desentonar con el medio y comportarse de manera conveniente según las costumbres de la época y del lugar y, al mismo tiempo, cortés era quien masacraba sin piedad a sus adversarios, asolaba sus tierras o utilizaba estratagemas guerreras eficaces. Sería el refinamiento de las sensibilidades el que, con el tiempo, fuera modelando este concepto. Así, en el siglo XI se pensaba que alguien cortés debía brillar, o al menos participar, en las conversaciones, los juegos y las danzas, devolver un cumplido, cantar, incluso componer un poema. “La palabra cortés se carga cada vez más de esos valores vinculados a la presencia del ‘bello sexo’”, afirma Jean Flori. Desde entonces, ya no habría novela de caballería sin bella dama ni canción en la que el trovador no hablase del triunfo del amor.

El siglo XII vio nacer la poesía de los trovadores, cuyas obras situaron a la mujer en el centro de la literatura occidental. Fueron ellos los inventores del amor cortés y de una nueva regla de conducta en los castillos señoriales del Midi francés. Fue el momento en el que cristalizó el ideal caballeresco y el del caballero galante, el que vivía en la corte y participaba en torneos y competiciones.

Torneo medieval
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Los torneos

El torneo fue la expresión más notoria de aquellos exquisitos guerreros, aunque nada tenía que ver con los torneos que muestran a un jinete enfrentándose a un adversario montado sobre un caballo ricamente enjaezado y cubierta su cabeza con un casco emplumado: ese tipo de espectáculo se dio en los siglos XIV y XV. Los torneos típicos del siglo XII fueron batallas en miniatura durante las cuales se enfrentaban dos equipos de caballeros. Estos juegos de guerra constituían una forma de entrenamiento que procuraba honores y reconocimiento popular a los jinetes. Tenían lugar en espacios abiertos y su fin no era matar al enemigo, aunque hubo torneos en los que se produjeron muertes. El objetivo primordial de los participantes era hacer prisioneros para obtener un rescate o hacer acopio de armas y caballos. Los torneos podían celebrarse también como una especie de competición deportiva, en la que los jinetes alardeaban de su destreza con las armas.

Contra lo que pudiera creerse, las justas y los torneos medievales no fueron una actividad bien vista en todos los países. Así, en Inglaterra estuvieron prohibidos hasta el año 1194, cuando Ricardo Corazón de León los autorizó previo pago de un impuesto, pero solo en lugares muy concretos y vigilados y enfrentándose a la Iglesia, que los repudiaba. Y es que, bajo el lema “Dios, mi rey y mi dama”, lo que las justas intentaban era dirimir mediante el combate disputas entre caballeros, ya fueran controversias mundanas o luchas por el amor de una dama. Otras veces lo que se disputaba era simplemente el orgullo por su país, llegándose al extremo de que quien perdía se convertía en prisionero del vencedor hasta el pago de un rescate por su liberación, o un pago algo menor por su liberación provisional. Sin embargo, lo más normal era que se dejara marchar al prisionero bajo la promesa de que regresaría cuando así se le requiriese.

Tampoco gustaba a la Iglesia que la justa fuera seguida de festejos en los que la lujuria hacía acto de presencia, lo que pervertía, a su juicio, el ideal caballeresco. Pese a ello, los caballeros viajaban por toda Europa buscando justas en las que batirse y probar su valía, bajo la excusa de que, cuando tuvieran que enfrentarse a los sarracenos, estarían mejor preparados en el uso de las armas.

 

Los torneos estuvieron prohibidos en Inglaterra hasta 1194, cuando Ricardo Corazón de León los autorizó

Caballero medieval
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El ‘Liber Augustalis’

En 1229, el ferviente cruzado y emperador alemán Federico II se ciñó la corona de rey de Jerusalén, ante el rechazo del mundo cristiano. Para reconciliarse con el papa Gregorio IX, ordenó la elaboración del denominado Liber Augustalis, en referencia al emperador romano Augusto, su modelo político. Aquel texto revisó el sistema feudal y la administración de la corte, reorganizó la caballería y estableció las diferencias sociales entre nobles de alto rango, condes, barones y caballeros. A partir de entonces, el acceso a la categoría de caballero solo fue posible por dos vías: la investidura de armas y la transmisión hereditaria. Es cierto que hubo cédulas anteriores que ya contemplaban ese requisito; por ejemplo, Federico Barbarroja prohibió en 1186 la entrada en la caballería a hijos de sacerdotes, diáconos y campesinos. Pero fue el Liber Augustalis el texto que codificó legalmente la investidura de caballeros y el que marcó la separación entre la alta y la baja nobleza. La alta nobleza logró lo que había perseguido durante años: diferenciarse de los nobles advenedizos, caballeros y escuderos.

A esto se unió que la Iglesia intentó cristianizar la figura del caballero dotándolo de una misión que hasta entonces no era típica en él (fuera del marco de las Cruzadas): proteger al clero y a los débiles, especialmente viudas y huérfanos. Fue entonces cuando se generó la imagen del caballero andante que vagaba por los campos y bosques con el cometido de imponer la justicia y el orden, un asunto capital en títulos novelescos como Baladro del sabio Merlín con sus profecías (1498), Los cuatro libros del virtuoso caballero Amadís de Gaula (1508) o Tirante el Blanco (1511). Las novelas caballerescas de los siglos XV y XVI expandieron una imagen muy deformada de este mundo. Para entonces la caballería ya estaba herida de muerte. En realidad esas obras, aunque muy leídas, solo habían logrado deformar grotescamente la imagen del auténtico caballero medieval hasta convertirlo en una caricatura de sí mismo. El golpe final llegaría con la introducción de las armas de fuego, cuando los escudos, las lanzas, las espadas y las armaduras demostraron no ser rivales de peso para los arcabuces.

Caballero medieval
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